martes, 14 de marzo de 2017

La cabaña de «Skins» Carson


V
Dejaron atados los caballos a un árbol cercano a la vivienda. Un poco más atrás quedó la carreta del sacerdote. Los animales estaban nerviosos e inquietos. El sheriff se encaminó a la entrada, secundado por su ayudante; detrás de este venía el cura. Una fuerte ráfaga de viento amenazó con volarles los sombreros. La puerta de la cabaña, que se encontraba abierta, se cerró de un golpe. El padre se hizo la señal de la cruz.
El sheriff tocó a la puerta, pero no hubo respuesta. Lo sobresaltó el ruido de algo que se cayó en el interior y su mano derecha se dirigió por instinto a la culata de su arma, y entró.
—Carson —llamó.
Adentro hacía mucho más frío que afuera. Un maletín se hallaba en medio de la estancia, como si hubiera sido colocado allí de forma deliberada.
—Es mío —dijo el sacerdote al notar la extrañeza en los rostros de los representantes de la ley—, pero yo no lo puse ahí. —Los hombres se giraron hacía él—. Lo arrojé al salir corriendo de aquí, pero recuerdo haberlo soltado en el porche antes de huir.
«Skins*» pudo haber regresado, entonces —supuso el sheriff.
Sheriff Farrel, le aseguro que el señor Carson no está aquí. —Ni bien terminó de pronunciar esta afirmación, el religioso levantó las manos y, boquiabierto y asustado, reculó: el joven alguacil le estaba apuntando con su revólver.
—Jerry, ¿qué haces? —dijo su jefe, sorprendido.
Jerry Stout tenía la mirada desencajada y los ojos humedecidos. Avanzó un paso y Jed Farrel desenfundó al instante.
—Baja el arma, chico.
Jerry miró a su jefe, enajenado.
—¿No la ve? —preguntó el muchacho, angustiado.
—¿Si no veo qué? —inquirió Jed.
—Sea lo que sea que estés observando, hijo, ignóralo y concéntrate en mí —dijo el padre, pero Jerry aparentaba no oírlo, y parecía al borde del llanto.
El ruido de unas pisadas desconcentró a Jed y este giró hacia su izquierda, amartillando el colt. La temperatura descendió de forma repentina, helando el lugar. Centró su atención nuevamente en Jerry, que no cejaba en su actitud.
Jed Farrel se consideraba un tipo duro, de esos difíciles de amedrentar. Su reputación se había extendido por todo el condado gracias a su tajante determinación de prohibir la portación de armas de fuego a civiles y de no permitir la presencia de cazarrecompensas, pero en estos momentos experimentaba algo de ese sentimiento llamado miedo. Había escuchado pasos, estaba seguro. Comenzó a notar el vaho de su aliento salir de su boca cuando sintió que le mordían la pantorrilla. Fue un dolor punzante y atroz que lo obligó a inclinarse y a tomarse de la pierna. Se remangó el pantalón y expuso, perplejo, las marcas de una dentellada en su zona carnosa. Jerry Stout atinó en ir en su ayuda, pero se vio despedido hacia atrás de manera sobrenatural, como si hubiese recibido una tremenda coz en el pecho. Terminó desarmado y despatarrado contra la pared, con hilos de sangre corriéndole por las fosas nasales.
El padre, aferrando la cruz que colgaba de su cuello, mandaba, a modo de oración, a algún espíritu inmundo que se marchara a lugares secos y oscuros, mientras hurgaba en el interior de su maletín, del cual extrajo un frasco.
—¡Te ordeno en el nombre del Señor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te muestres ante mí! —vociferaba el religioso, arrojando el líquido del recipiente a las paredes y al piso de la cabaña—. ¡Muéstrate y dime tu nombre!
Jed no podía creer lo que veía. Estaba alucinado. En todos los sectores que eran alcanzados por el agua bendita salía humo, como si la madera se estuviera prendiendo fuego. Jerry se encontraba tan turbado como su jefe. Estaba a punto de hablar, pero se le cerró la garganta. Sintió que lo estrangulaban. Su espalda se pegó a la pared y fue arrastrado por la misma hasta que su cabeza tocó el techo. El muchacho pataleaba y pegaba manotazos de ahogado, buscando auxilio en su jefe con la mirada. Jed estaba inmóvil. Paralizado por completo. La pierna le ardía horrores y cada vez tenía más frío. Daba la impresión de que todo ese espectáculo transcurría a cámara lenta. La morada entera se asemejaba a una caja torácica de madera, que inhalaba y exhalaba oxígeno. Sentía que su cabeza se hinchaba y se desinflaba como el saco vocal de un sapo. Entonces, reaccionó. Se precipitó hacia el arma de Jerry, y con una pistola en cada mano descerrajó a balazos todo el interior del sitio. El cura se hizo un ovillo cuando un disparo le hizo saltar el sombrero por los aires. Los plomos agujereaban y destrozaban todo lo que alcanzaban, provocando lluvia de astillas, vidrios y demás elementos. A voz en grito, Jed se fue quedando sin municiones y la última detonación resultó ser la causante de que Jerry cayera al piso. El joven tragó una profunda bocanada de aire y le acometió un violento ataque de tos, luego dejó de respirar.
Jed lo sacudió, gritando su nombre, pero ya era tarde, Jerry Stout estaba muerto.
El sheriff sintió una mano sobre su hombro y se giró, dispuesto a disparar, pero se encontró con el sacerdote.
—Mire eso.
Jed dirigió la mirada hacia donde le indicaba el hombre y contempló, azorado, los orificios del tiroteo que acababa de ejecutar, de cada uno de ellos drenaba un fluido espeso y oscuro.
—Es sangre —expresó el padre.
—¿Cómo es eso posible? —articuló Jed.
—Esta casa está infestada.
De pronto se oyó un susurro.
«Wamakaskan.»
«Apa.»
La puerta de entrada fue acometida de repente por unos golpes que la hicieron temblar. Seguidamente, fue emprendida a arañazos. El padre reanudó las oraciones.
Exorcizo a todo espíritu impuro, a todo poder satánico, a cada incursión del adversario infernal, a cada legión, a cada congregación y secta diabólica. Vete, Satanás, inventor y maestro del engaño, enemigo de la salvación humana. Humíllate bajo la poderosa mano de Dios; tiembla y huye, teme al nombre de Jesús. Señor, líbranos de las asechanzas del demonio. Dios es maravilloso. Dios de Israel, dame fuerza y poder. Bendito sea Dios. Gloria al Padre, Hijo y Espíritu santo.
La puerta se abrió repentinamente, permitiendo el ingreso de un olor nauseabundo. El padre sintió que lo agarraban de un tobillo y se desplomó de espaldas, y fue impulsado hacia el exterior. Con el cuerpo tendido sobre el porche, y la cabeza pegada al marco del umbral de la puerta, el padre bramó:
—¡Jesucristo, cúbreme con tu sangre!
El primer portazo dejó al religioso aturdido y le tajeó las orejas, el segundo le llegó a lastimar las sienes, el tercero le hundió el cráneo por ambos lados. Al cuarto, los ojos se le salieron de las órbitas y el viejo perdió el control de los esfínteres. Jed ya había abandonado la cuenta cuando la materia gris rodeó al párroco.
¡Ya basta, maldita seas! —chilló el sheriff.
«Wakan Tanka.»
Jed fue asaltado por una fuerza invisible. El iris y las pupilas se le voltearon hacia arriba hasta perderse por detrás de las cuencas oculares, dejando tan solo las escleróticas inyectadas en sangre. Su cuerpo se elevó a centímetros del suelo y comenzó a convulsionarse en el aire.
«Hablo, Isto, Huki, Nape, Si, Nab´okazunte, Sipha, Cankpe, Cante, Ista, Nata.»
Los hombros de Jed se dislocaron a la par. Las piernas y los brazos se quebraron por las rodillas y los codos, respectivamente. Los dedos de los pies y de las manos se doblaron de modo grotesco. La cadera se le salió de lugar. Los crujidos de todo su ser dieron paso a huesos y cartílagos que quedaron expuestos. Finalmente, la cabeza se torció de una manera imposible.
El corazón del sheriff Jed Farrel había dejado de latir antes de caer desplomado.

IV
El ayudante del sheriff buscaba en su jefe algún gesto, o algo que le indicase que la historia que les contaba el padre era una locura, pero no encontró nada. El hombre permanecía inalterable. Escuchaba con respeto y atención; después de todo, las palabras provenían de boca de un religioso.
Cuando se le preguntó al católico qué le había sucedido, respondió después de un largo silencio, con la mirada perdida, como si no estuviese allí.
—Lo que pasó es que no le creí —dijo, y se le humedecieron los ojos. Su mentón comenzó a temblar.
—¿A quién no le creyó, padre? —inquirió el sheriff.
—A Jerome Carson.
—¿Jerome «Skins» Carson?
—Vino a verme. Me dijo que algo no estaba bien en su cabaña.
—No sabía que tuviera una cabaña —comentó el ayudante.
—La tiene —confirmó el padre—, casi oculta, donde termina la zona boscosa, cerca de las montañas. El mes pasado aguardó a que se retirase el último de los fieles de la iglesia, y me abordó tomándome por sorpresa. Me asustó. Preguntó si tenía un momento para escucharle. «Claro», le dije. Lo hice pasar al recinto, nos sentamos en el banco delantero del santuario y me contó los acontecimientos que lo llevaron hasta allí.
»Entonces no le di importancia, ¿saben? Por Dios, eran solo delirios de un montañés atormentado por la soledad y el alcohol. Me habló de sonidos extraños en su casa, los cuales atribuí al viento y a las criaturas del bosque. Mencionó olores nauseabundos que aparecían de repente, aromas que le hacían escocer la nariz y llorar la vista, y le dije que seguro se debía a las pieles que colgaba en el porche de su casa. Dijo que algunas plantas se marchitaban y morían sin explicación lógica: «A causa del frío», añadí.
—Ajá.
—Su perro se comportaba de forma extraña, comentó. A veces pasaba varios minutos mirando hacia un sector en particular y se quedaba paralizado, gimiendo; «como asustado», fueron sus palabras. Declaró que lo tuvo que sacrificar de un golpe en la mollera con un tronco luego de que el animal, alterado de un momento a otro, lo atacara de súbito. A esto no quise ni opinar.
—Entiendo.
—Continuó el relato con las repentinas corrientes de aire frío sin motivo aparente en días calurosos o templados y con la baja de temperatura en ciertos ambientes o en unas zonas específicas de la vivienda. Detectó manchas inexplicables en las paredes y en el suelo, o suciedad y desorden sin que hubiera intervención directa o indirecta de su parte. Y remató su historia con hechos insólitos tales como movimientos de objetos por sí solos, o que cambiaban de lugar, junto con otras anomalías: manifestó oír gritos, ruido de cadenas, rasguños en su puerta y susurros ininteligibles que le hacían al oído. Expresó que ya no dormía bien de noche, que se despertaba todos los días a las tres de la madrugada, hora que marcaba su Waltham Watch —reloj que, según él, encontró en el bosque—, porque sentía que lo despertaban o que alguien se acostaba a su lado. En fin, traté de tranquilizarlo y me ofrecí a bendecirlo, a lo cual, para mi sorpresa, accedió. Dejó que apoyara mi mano en su frente y oré por él. Me dio las gracias y se fue.
—¿Entonces?
—Regresó a las dos semanas. «Quiero confesarme», soltó. Imaginen mi sorpresa.
—La imaginamos.
—Ese hombre debía de tener pecados acumulados desde el día en que nació.
—Al grano, padre.
—Estaba preparado para escuchar cualquier cosa, pero lo que me contó… Lo resumo:
—Por favor,
—Salió a cazar, como lo hace siempre. Salió muy temprano. Todavía era de noche. Un día normal en la vida de un montañés. Pero, al volver al mediodía a su casa, se llevó una sorpresa: había cadáveres en el interior.
El sheriff y su ayudante intercambiaron miradas.
—En realidad, un solo cadáver, lo demás eran restos de miembros diseminados por toda la estancia.
—¿Cómo?
—Así como lo oye. Él fue más gráfico al describir lo que descubrió. Habló de partes humanas arrancadas de cuajo.
—¿Y eso de un solo cadáver…?
«Una piel roja», esas fueron sus palabras. El cuerpo de una india en medio de un círculo hecho con sangre.
Jed Farrel se acarició la barba y levantó las cejas a su compañero.
—Mire, yo me sentí igual como usted se siente ahora.  El asunto es que se encargó de hacer la limpieza y de enterrar el cuerpo y las otras extremidades. Él cree que todas las cosas extrañas que me contó que sucedían en su cabaña tenían que ver con ese hecho.
—¿Y por qué no se lo confesó antes, cuando fue a verlo la primera vez?
—El hombre no quería propagar una historia de muertos en la casa de un montañés.
—¿Usted qué hizo?
—Me pidió que fuera a echar un vistazo.
—¿Y fue?
—Vengo de allí.
—Un momento —interrumpió Jerry Stout—. ¿Se confesó hace dos semanas y fue recién hoy?
—No pensaba ir. Les repito, no le creí. Entiendan, por favor, me insinuó que era atormentado por almas de gente muerta. ¿Quién puede creer en eso?
—Usted cree en Jesús —le espetó Jed.
—¿Y eso qué significa?
—Nada, nada, continúe.
—Me sentí culpable. Si el pobre hombre deliraba y acudía por ayuda de la gracia del Señor, no sería yo quien se la negase. Así que preparé algunas cosas que pudieran servir de ayuda para convencerle que todo estaba bien: un crucifijo, agua bendita, ya saben. Subí a mi carreta y me puse en marcha. Los caballos no me dejaron llegar a destino. Clavaron los cascos y comenzaron a relinchar. Intenté ponerlos en marcha, pero fue en vano. Luego los entendí a la perfección. Yo tampoco pude arrimarme a la cabaña. Había una fuerza, que no puedo explicar, en torno a ese lugar. Percibí una densidad que no me permitía respirar bien. Me pensé sugestionado. Me obligué a avanzar hasta el porche, y hasta ahí llegué.
—¿Qué sucedió?
—Había pieles de castores colgadas a mi izquierda… Sheriff, empezaron a moverse.
—¿Qué?
—Se estremecían, todas, como si intentaran soltarse. Se estiraban hacía mí.
—Padre…
—No les pido que me crean, solo que me acompañen.
Jed inspiró profundo.
—Bien. Jerry, ensilla los caballos.

III
Una joven india sioux aprovecha que sus captores duermen la mona, logra desamarrarse de la soga que la aprisionaba al árbol a la que estaba atada (la venía rozando contra el tronco hacía varios días sin que ellos lo notaran; el resultado dio sus frutos) y huye en la profunda oscuridad de las últimas horas de la noche. En poco tiempo amanecería.
Está muy herida, no puede ir a gran velocidad. Fue golpeada y violada hasta el cansancio. Tiene los muslos manchados de sangre, chorrea tanto de su vagina como de su ano. Ambos le arden horrores, al igual que sus pechos sin pezones, que le fueron arrancados con los dientes. No ve de un ojo, está cerrado e hinchado, del tamaño de un puño, como el que se lo dejó en ese estado. Apenas puede respirar, tiene sangre seca en los orificios de la nariz y absorber aire por la boca duele, ya que le propinaron muchas trompadas.
Logra recorrer un largo trecho, se siente a salvo, hasta que escucha voces a lo lejos. Ya la descubrieron. No puede permitir que la vuelvan a alcanzar.
Piensa en sus padres.
«Ate, Ina.»
Los hombres se acercan, no tiene escapatoria, pero… Vislumbra un refugio. Un sujeto enorme sale de aquel lugar. Suelta un silbido y un perro se le va encima. La muchacha se estremece. Suspira cuando el hombretón y su fiera se dirigen en dirección al río, momento en que aprovecha para meterse en la vivienda.
Ingresa justo a tiempo. Los bandidos ya están afuera. Los escucha hablar, aunque no les entiende. Busca un elemento cortante, y encuentra un cuchillo de los grandes. Se sienta en medio de la sala, deja el elemento cortante a un lado, empapa las palmas de las manos con su propia sangre y dibuja un círculo en torno a su figura, luego junta las manos y recita:
«Sichum, Nagi Gluhapi: ¡Yuwipi!
Cangleska Wakan. Ishna ta awi cha lowan. Wakanta: Taku Wakan.
¡Yuwipi!»
Se apuñala en el vientre y se practica un tajo de lado a lado. Las vísceras se abren paso por la abertura de la carne. La joven sioux fallece justo cuando sus perseguidores ingresan por la puerta.

II
Cuando uno de los hermanos Heart descubre que se les escapó su presa, se pone como loco. Despierta a su pariente a patadas y le avisa de lo sucedido. Se culpan mutuamente y se enzarzan en una pelea de puños.
La muy puta no debía estar muy lejos. Encuentran un rastro de sangre y lo siguen. Van discutiendo e insultándose en el trayecto. Las huellas los guían hacia una cabaña.
Dan vueltas para cerciorarse de que no hay nadie más que la zorra indígena allí dentro. El menor de los Heart escucha el eco de la lengua lakota alzarse desde  la casa, y  avisa:
—Está ahí.
Se meten en la cabaña con sus revólveres prestos.
El cuadro que tienen delante no es para nada agradable. Miran la escena anonadados y dan un salto cuando la puerta se cierra de un golpe.
El hermano mayor le pega en el brazo al menor, y este le devuelve el gesto diciéndole que él no fue. Hubiera comenzado una nueva discusión entre ellos si no fuera porque de sus bocas solo salieron gritos de dolor cuando una manifestación incorpórea los comenzó a desmembrar.

I
—¿Ya vio esto, jefe?
—¿Qué cosa?
—Los afiches. Son los hermanos Heart. Un dineral por quien los capture vivos o muertos.
—Maldita sea.
—Pensé lo mismo.
—¿Sabes qué me molesta más de un cazarrecompensas, Jerry?
—No.
—Lo que producen alrededor de ellos mismos. Llegan a los pueblos como tipos rudos, ganadores. Se toman el whisky de nuestros bares, se acuestan con nuestras mujeres. Los niños quieren ser como ellos. Nadie piensa en convertirse en un agente de la ley.
—A usted no le gustan los niños, y ellos lo saben, Jed. Se lo hace notar. Ninguno querría ser como usted. Demonios.
—Qué.
—Creo que Nellie Oakley me contagió algo.
—Ya te dije que no gastes tu dinero en prostitutas y te busques una chica decente. Deja de rascarte las pelotas delante de mí, pégate un baño y aféitate los pelos de los genitales.
—¿Afeitarme?
—Sí, si quieres sacarte los bichos que te dejó Nellie allí abajo. Y hazme un favor, no uses la misma navaja que utilizas para el rostro.
—¿Qué haremos entonces si nos topamos con los Heart?
—Al calabozo y a llamar al marshal.
—Y si aparece un caza…
—Lo desarmo y lo muelo a golpes, como hice con el último que puso una sucia bota en mi ciudad.
—Ja, ja, ja… Esa carreta viene demasiado a prisa, ¿no le parece, jefe?
—Es el sacerdote, ¿qué hace?
—Viene hacia aquí.
—Lo que nos faltaba, problemas celestiales.
—Vamos, Jed, ¿qué daño le puede hacer un poco de fe? Además… ¿qué problemas nos podría traer el padre Arlen?

*«Skins» palabra en inglés que significa pieles.


martes, 7 de febrero de 2017

Lo que no dije

Versión sucinta


Ya en nuestra primera cita había preguntado por mi colgante. De haber sido sincero, las cosas habrían sido distintas. Tras la discusión de anoche, ella, en un arrebato, me arrancó del cuello el medallón que impedía mi transformación. Ahora mi cuarto está regado de sus vísceras.
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Esta obra ha sido elegida en el III Concurso de microrrelatos de terror "Microterrores" y formará parte de la antología que llevará el mismo nombre. Para esta ocasión han sido seleccionados alrededor de 1.000 microcuentos de los más de 2.200 presentados a concurso.
Hagan clic acá para leer su versión original: Lo que no dije.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Elm st.


♪ ♫ ♪ ♫

Dos bolsas de arena cargan tus párpados.
Aspirinas y café deseas en tu boca.
Cuatro chirridos lastiman tus oídos.
Calderas encendidas arden como locas.

Prolongas las horas hacia la eternidad.
Te lastimas para poder mantenerte en vela.
Los miedos te aferran a tu crucifijo,
y rezas aun sabiendo que él está muy cerca.

Duermes.
Corres.
Gritas.
Mueres.

Ya no puedes conciliar el sueño con tranquilidad.
Verás: no puedes escapar.
Te tiene en su poder y nada hay que se pueda hacer,
solo intentar vivir,
pero igual…
él te atrapará.

Del uno al diez la cuerda da vueltas.
Lentos saltos que las niñas dan.
La piel arrugada muestra sonrisas
que empañan de sangre el despertar.

Duermes.
Corres.
Gritas.
Mueres.

Ya no puedes conciliar el sueño con tranquilidad.
Verás: no puedes escapar.
Te tiene en su poder y nada hay que se pueda hacer,
solo intentar vivir,
pero igual…
él te atrapará.

♪ ♫ ♪ ♫

miércoles, 10 de agosto de 2016

Lo que no dije

Ya en nuestra primera cita me había preguntado por mi colgante.
—Un recuerdo —le dije, para evitar explicaciones. Deseaba mantener esta relación.
De haber sido sincero, la cosa no habría terminado así.
Apenas llegamos al mes.
Tras la discusión acalorada de anoche, ella, con el afán de agredirme, me arrancó el collar, despegando de mi pecho el medallón que impedía mi transformación.
Ahora mi cuarto está regado de sangre, vísceras y extremidades de mi novia. 
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Este microrrelato nació gracias a la invitación de Luciana Baca de participar en LoQueNoDije, sección de su página de facebook Perro Gris.
¡Gracias, Lu!

jueves, 9 de junio de 2016

Un hombre solitario


Con su habitual andar parsimonioso, llegó hasta un banco de la plaza y se sentó allí a disfrutar de la tarde soleada. Sacó del bolsillo de su saco a cuadros marrones un pan seco, el cual fue arrojando a trozos en el pasto para darle de comer a las palomas, que no tardaron en posarse ante él en busca de las migajas.
    Así pasaba los días ahora. Ya estaba viejo y era un hombre solitario que había dejado atrás todas sus costumbres lozanas. Darles comida a las aves le hacía sentir bien. Encontraba en ello una satisfacción que resultaba incomprensible, incluso para él mismo. Solía quedarse ahí un par de horas y después retomaba su vuelta al hogar. Era una rutina a la que le había tomado el gusto.
El viento alborotó su cabello y arremolinó las hojas caídas, apenas alterando a los plumíferos. Un papel danzó en el aire y fue a parar de lleno en el pecho del hombre, quien, por reflejo, se llevó la mano al torso para atraparlo. Estaba a punto de hacer un bollo con él cuando se percató de que tenía algo escrito.
Se trataba de una receta de cocina copiada a mano con lápiz negro, con letra elegante, delicada: «letra de mujer», se dijo.
El anciano frunció el entrecejo y soltó un bufido que pretendió ser una risa, pero se puso serio al instante. Levantó la cabeza y echó una ojeada a su alrededor en busca de alguien que pudiera haberle lanzado ese apunte con la intención de jugarle una broma, pero, a simple vista, solo había dos mujeres (una de ellas con un bebé en su cochecito) a pocos metros de él muy concentradas en su conversación, y ambas lo ignoraban por completo. Bajó la mirada y leyó detenidamente:

Para el seso:
1 cerebro entero.
2 cucharadas de vinagre, o jugo de 1 limón.
1 hoja de laurel.
1 ramita de tomillo.
Granos de pimienta.
1 cdta. de sal.
Primero se pone en un recipiente abundante agua fría y se sumerge el seso allí durante media hora.
Luego se le quita la película o telilla que lo cubre, con cuidado, se enjuaga bien y recién entonces estaría listo para cocinar.
Ponerlo con todos los ingredientes en una cacerola con agua.
Llevar a fuego suave hasta que el agua llegue a punto de hervor, luego dejarlo cocinar durante 10 minutos más. Si los sesos fuesen pequeños, se debe emplear la mitad de tiempo en su cocción.
Es conveniente dejarlo en la misma agua si el seso no se va a utilizar enseguida, de lo contrario se retira y se deja enfriar un rato antes de la elaboración del plato.
Los sesos más empleados en la cocina son los de bebés (estos son ideales para saltearlos en una sartén con ajo, perejil, aceite de oliva, sal a gusto, y mucho limón), niños y adolescentes.

En caso de preservar la cabeza del infante:
 1 cabeza.
2 cabezas de ajo.
Hierbas a gusto.
Sal a gusto.
En primer lugar, afeita el cráneo y las cejas.
Si tiene dientes, quítalos con una pinza o tenaza.
Enjuaga bien la cabeza en agua helada para retirar los restos de sangre y pelos.
Frotamos la cabeza con el ajo y las hierbas. Rellenamos con ellos la boca y los orificios de las orejas. Dejamos reposar por tres días en la heladera.
Si lo deseas, puedes separar la lengua para prepararla al escabeche o a la vinagreta.
Hervimos agua en una cacerola. Agregamos la extremidad.
La dejamos cocinar por 5 horas a fuego lento.
Retiramos y dejamos enfriar.
La mojamos con mucho jugo de limón, o de naranja, y la metemos al horno por 45 minutos a 180 grados, hasta que la piel esté crujiente.

El hombre no podía creer lo que estaba leyendo, sonrió y quitó la vista del papel. Volvió a mirar en torno a él: por la esquina cruzaba un paseador de perros con ocho canes sujetos al cinturón. Un grupo de jóvenes andaban en patineta en dirección a las pistas de skate que había a dos cuadras de allí. Observó nuevamente a las mujeres en las que había reparado antes. Una de ellas rebuscaba en los bolsillos de su pantalón mientras oteaba el piso. La otra, la que sostenía el cochecito, le hablaba con gesto adusto. La que buscaba con impaciencia se palmeó los muslos con vehemencia, se llevó una mano a la cintura y la otra a la frente. Parecía indignada. Entonces, su visión se topó con la del viejo. Este dio un respingo. Arrugó la hoja y se la metió en el bolsillo. Tragó saliva. Se hizo el desentendido. Su mente era un torbellino de ideas locas y deducciones absurdas. Tiró un poco más de migas a los pájaros, se levantó y se fue.
Una vez que estuvo en su domicilio encendió el televisor y se sentó a la mesa. Sacó la hoja con la receta y la estiró para leerla otra vez. Respiró profundo, negó con la cabeza, chasqueó la lengua, se puso de pie y arrojó el papel al cesto de basura. Se dirigió a la heladera, abrió la puerta del freezer, metió la mano entre los restos congelados de carne humana (dedos, orejas, lonjas de glúteos cortadas para milanesa, penes, testículos), y sacó del fondo el cadáver de un bebé. Lo colocó en la bacha de la mesada y abrió la canilla para dejar correr el agua sobre él. Cerró el grifo, puso el cuerpo sobre la tabla de madera que sacó del bajomesada y con una cuchilla que extrajo del primer cajón le cortó la cabeza de un golpe.

El hombre preparó la comida con la certeza de que no estaba tan solo como él suponía.  Y por primera vez en su vida, tendría la oportunidad de poder invitar a alguien a cenar sin temor a que su invitado terminara como plato principal.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez, Robe ferrer y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que elaborar un relato en el cual se incluya una receta de cocina cuya base sea la carne humana y/o la preparación de un humano para alimento.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Bahía del silencio


Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Miriam Blass


Es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias. El nombre Lia no me decía nada hasta que soltó el apellido y de pronto la imagen de su rostro se me presentó de inmediato.
Cuando sonó el teléfono, qué sorpresa la mía al enterarme de que la que estaba del otro lado de la línea era una antigua amiga del secundario con la que había tenido una estrecha amistad.
Se había ido a vivir a Italia a finales del 97 —por ese entonces ya éramos egresadas de quinto año— y no había vuelto a saber de ella desde entonces.
Que cómo estás tanto tiempo, cuándo fue que llegaste, que si estás casada, y todas esas preguntas típicas se dieron antes de quedar en vernos. El asunto era que ella quiso encontrarse conmigo esa misma noche.
Aunque era viernes, yo estaba cansada y no me apetecía salir. Me acababa de bañar y pretendía irme a dormir. Para colmo, no tenía un mango, y al otro día me había comprometido a cuidar a la hija de mi hermana, y esa nenita era un dolor de ovarios, pero, ¿cómo le decía que no?
—Sí, seguro. ¿A qué hora y dónde nos encontramos? —le dije, por puro compromiso.
—Bueno, yo estoy fuera de onda, así que, pásame la dirección de tu casa y te iré a buscar con el auto. Tú eliges el lugar.
Con el auto, me dijo; y yo ni con una moneda para el colectivo. Me obligaba a romper el chanchito para no quedar como una rata.
Me acuerdo que agarré lo primero que encontré en el ropero y me lo puse. Luego, busqué entre las páginas de un libro la plata que guardaba para pagar la tarjeta de crédito antes de que me la bloquearan (demás está decir que no aboné y me la inhabilitaron) y me fui a peinar.
—Péinate que viene gente — expresé. Esa frase me decía mi abuela y se me pegó de por vida. Cada vez que agarro un peine la cito como si se tratase de una máxima.
Al oir el timbre, ya estaba lista.
Me costó identificar a la mujer que estaba en la entrada de mi casa como Lia Alejandra Briega. La Lia que yo recordaba era una joven torpe y regordeta, blanca como la leche, con carita redonda y gesto bonachón. En cambio, esta que se encontraba parada frente a mí era una hembra delgada, con la piel tostada por tanta cama solar y una cara de puta impresionante.
—¿Lia? —pregunté, algo confundida.
—¡Cintia! —gritó ella, y se me lanzó encima, dándome un fuerte abrazo—. ¡Por Dios, estás igual!
—Ja, ja, ja. Tú también. —¿Qué iba a decir?
En fin, nos reconocimos, y admito que hubo algo de emoción. Al fin y al cabo, fue mi amiga. Millones de imágenes se agolparon en mi cabeza y el rememorarlas trajo mucha añoranza.
Y así fue toda la velada.
Terminamos en un bar llamado Open, en el cual bebimos cerveza y platicamos del pasado. Nos reímos mucho. Me di cuenta de que algunas cosas se me habían borrado de la memoria, porque de verdad que no me acordaba de ellas. La edad no viene sola. Otra de las frases de mi abuela. Hacia las tres de la mañana habíamos pedido un clericó de vino blanco. Lia llenó los vasos por última vez y levantó el suyo para hacer un brindis.
—Por habernos reencontrado —pronunció, y chocamos los vidrios. Supongo que se olvidó de que habíamos puesto sorbetes en los vasos, porque en lugar de beber por aquel se llevó el vaso a los labios y se clavó la pajita en el ojo izquierdo.
Estallé.
La bebida que estaba ingiriendo me salió disparada por la boca y de las fosas nasales. Hasta juraría que me salían pedazos de fruta por las orejas. Me ahogué y comencé a toser y a reír al mismo tiempo. Un combo espantoso, si los hay. A eso se le sumó una meadita. Ja, ja, ja. Las mujeres no podemos contener las ganas de orinar como lo hacen los hombres.
Parecíamos dos estúpidas, pero la estabamos pasando en grande.
Al salir de allí me propuso ir a bailar, pero le expliqué lo de la hija de mi hermana (me negaba a llamar sobrina a esa borrega), y por suerte entendió, así que se ofreció a acercarme a casa. En auto. Y, obviamente, acepté.
Acá es donde todo se fue a la mierda, literalmente. Porque Lia estacionó frente a mi casa —eran como las cinco y media de la mañana— al mismo tiempo en que mi vecina, doña Carmen, salía a barrer la vereda (vieja de mierda y la puta que la parió, ¿por qué carajo no dormía?), y cuando abro la puerta del acompañante para bajar del coche, me vuelvo para despedirme y mi amiga me come la boca de un beso.
Me quedé paralizada, saboreando los labios carnosos de Lia. Fui abriendo la boca, como posesa, y di lugar a que su lengua encontrara la mía y la enrollara como una boa a su presa. Me transó de manera caliente y apasionada y accedí a su lujuria. Hasta que reaccioné y la alejé de un empujón.
—Cintia, lo siento —susurró. Yo me limpié los labios con el dorso de mi mano y, sin responderle, me bajé del auto.
Apenas miré de soslayo a doña Carmen, con la escoba en la mano y la jeta desencajada a causa de la escena que acababa de presenciar, pero advertí que se persignó.
Entré a mi casa como una tromba y di un portazo al cerrar. Me fui al baño y me tironeé del pelo al mirarme en el espejo. Abrí la canilla de la ducha y dejé correr el agua mientras me desnudaba.
Me sentía sucia.
Me duché, y bajo el agua caliente me masturbé, acto que hizo que me sintiera más sucia.
Me metí en la cama y encendí el televisor. Enganché una película casi terminada, y vi el final comiéndome un Mantecol. Cuando comenzaron los títulos, un rectángulo apareció en la parte inferior derecha de la pantalla, anunciando que la programación continuaba con «Secreto en la montaña». Se me revolvió el estómago, escupí la pasta de maní que estaba masticando y apagué la tele.
A dormir.
Al mediodía me despertó el timbre de casa. Era mi hermana con la nena. Me había quedado dormida. Las recibí con mi mejor sonrisa y le alboroté el cabello a la niña, demostrando ternura, pero sabía que eso le molestaba a la guachita.
—Me llamas si hace falta, ¿sí? —dijo mi hermana.
Tú, tranquila; yo, nerviosa —le respondí—. Sonia y yo sabremos entretenernos —a la niña—: ¿verdad?
—¡La tía es la mejor! —Mentirosa desvergonzada…
—Bueno, entonces me voy. Chau, hija, te amo —se despidió—. Gracias, Cin.
—De nada, chau.
Ni bien cerré la puerta, la pibita se me paró delante, cortándome el paso, y dijo:
—Mami dice que eres pobre, por eso deja que me cuides, para que te ganes el pan.
—Podría estrangularte con una sola mano, así que no me rompas las pelotas, y ve a jugar a la play. Y no me dirijas la palabra hasta que llegue tu madre o juro que te haré tragar el joystick y lo sacaré por el lugar que todavía no te aprendes a limpiar bien.
Estaba irritada, y quería que le quedara claro. Por la cara que puso, supongo que me entendió, porque no me habló durante las tres horas que estuvo allí. Cuando por fin retornó mi hermana y se llevó a la pequeña demonio, salí a comprar pan con la plata que me había dejado por hacerle de niñera. Ja, la pendeja tenía razón.
Cuando volví, maldije por dentro al ver a doña Carmen en la puerta de su casa. Hice un rápido ademán con la cabeza a modo de saludo, y ella me devolvió el gesto con un enérgico movimiento de mano y con una inmensa sonrisa. Me sorprendió su actitud después de que fuera testigo del vergonzoso episodio nocturno, así que también le sonreí. Entonces, la mujer se pasó la lengua por los labios, humedeciendo primero el de arriba, después el de abajo. Pestañeé dos veces, incrédula, y mi vecina se mordió el labio inferior al tiempo que acariciaba su escote desnudo.
—Oh, por Dios —balbuceé, y detrás de ella apareció su esposo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre, azorado.
—¿Qué? Nada. —Se hizo la desentendida, la doña.
—Entra a la casa, quieres —ordenó el señor.
—Ya voy, ya voy —contestó, cocorita, la vieja pervertida.
No quise ver más y me fui adentro. Esto era demasiado para mí. Colgué la llave en el ganchito de la pared y dejé la bolsa con pan en la mesa.
Justo en ese momento sonó el teléfono.
—Hola —dije.
Era ella, como esperaba.
***
Lo que me llevó a evocar aquel día fue un mensaje de correo electrónico que recibí ayer, donde Sonia me pedía un consejo.
Estuve casada con Lia durante veinticinco años y fui la mujer más feliz del mundo. Aunque falleció el año pasado, aún la extraño.
Ahora, respondiendo el mail desde mi hogar cercano a las arenas de Bay of Silence de Sestri Levante, una de las últimas localidades situadas en las costas meridionales del golfo de Tigullio, en Italia, le sugiero a mi sobrina que deje de derrochar dinero en psicólogos y que lo ahorre para venir a visitarme. Le escribo que me pondría muy contenta tenerla aquí, que no tengo con quién pelear. Y le comento que su «novia» es también bienvenida.
Estaba segura de haber odiado a esa pendeja…
…pero es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias.
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  Esta historia la hice para «Versus 3», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaCarmen GutierrezPepe MartinezRobe Ferrer Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la cuarta ronda de eliminación, la final. La consigna: escribir una comedia romántica donde la relación amorosa sea entre dos mujeres.
    Con esta historia gané el mundial y recibí el siguiente diploma: