lunes, 13 de mayo de 2013

Padre de familia



Afuera el viento arreciaba. La mujer preparaba la cena en la cocina mientras sus hijos jugaban en la habitación. Entretanto, él tomaba un vaso de vino tinto con limón, y miraba por la ventana la manera en que los árboles parecían rozar sus ramas en el piso. El hombre se rio ante un comentario chistoso de su esposa, y un trueno resonó con furia, provocando que soltara un «¡mierda!» del cagazo que se había pegado, reacción que provocó que su mujer se desternillara de risa.
Los chicos berreaban y alborotaban sin hacer caso alguno a la orden de «¡despacio!» que les mandaba su padre desde el comedor.
—Se viene el agua nomás —comentó él, dirigiéndose a donde estaba su pareja. Y tras sus palabras, la lluvia comenzó a caer fuerte y en abundancia.
—Fíjate si las ventanas de los cuartos están cerradas —le pidió ella, y su esposo obedeció, apoyando el vaso en la mesada de mármol.
—Sírveme un poco más de vino —dijo antes de cumplir con el recado, y le dio una palmada en las nalgas.
La ventana de su pieza estaba cerrada, pero la de sus hijos, no, y las gotas ingresaban a raudales.
—¿No ven como entra el agua, ustedes dos? —regañó a los pequeños, los cuales dejaron de jugar y no abrieron la boca—. Sí, no contesten. Qué los parió, viejo. No se dan cuenta de nada.
Volteó hacia ellos, les revolvió el cabello a ambos con una mueca en la boca que escondía una sonrisa, y se retiró en el instante en que sonaba el timbre.
—¡Yo voy! —voceó el ama de casa, y se dirigió a la puerta. Al abrirla, una figura avanzó hacia ella sin darle tiempo a protestar. La mujer abrió la boca, embobada, y empezó a sacudir la cabeza de un lado a otro a modo de negativa.
—Me costó trabajo encontrarte —pronunció el visitante.
—¿Qué haces? —irrumpió el propietario, tirando del antebrazo de su esposa para alejarla, y colocando la palma de la mano en el pecho del intruso—. Sal de mi casa.
—Yo que tú no haría eso —dijo el sujeto. El dueño de la casa cerró los dedos estrujando la vestimenta del tipo, lo empujó con denuedo a la calle y cerró la puerta de un golpe.
—Llama al novecientos… —intentó decir cuando se apercibió de algo curioso: el desconocido no estaba mojado. Giró sobre sus talones con gesto de incredulidad y casi se cayó de culo al ver al extraño de pie en el interior de la casa.
—Eres obstinado o estúpido. Te advertí que no hicieras eso. —El individuo frunció el entrecejo y separó los labios para mostrar cómo sus dientes mutaban a algo semejante a hojas de acero cortantes. La piel se le escamó y cambió a un tono negruzco, y sus ojos se tornaron dos ranuras con pupilas negras verticales con la esclerótica de un verde lechoso. Un sonido crujiente desgarró su espalda y dos cortinas membranosas aparecieron súbitamente. Sus manos se estiraron de forma grosera y espeluznante.
El hombre reculó, pasmado, con la mandíbula desencajada por el horror, cubriendo con su cuerpo a su cónyuge. Al llegar hasta ella, sintió que el estómago le daba un vuelco. Tanteó la silueta de su compañera sin voltear, asegurándose de que lo que tocaba era real. Viró el cuello gradualmente y su vista se topó con otro monstruo idéntico al que acababa de irrumpir en su hogar.
El humano soltó un alarido agudo, casi femenino, y se alejó de aquella entidad con alas.
—Amor —dijo la criatura con una voz gutural, y con una mirada que denotaba desconsuelo y tristeza—. Lo lamento.
El hombre llevó sus manos a la cabeza y se aferró a sus cabellos, tirando de ellos mientras derramaba las primeras lágrimas.
—No es verdad —clamó, con la boca hecha un ocho y arrojando babas.
—Lo siento… —rogó el ser, avanzando hacia él.
¡Aléjate de mí! ¡Hijooos! —Corrió atolondrado hacia el dormitorio de los pequeños y se vio obligado a frenar de sopetón, apoyándose en las paredes del pasillo para no derrumbarse de bruces, porque de allí salían dos de aquellas cosas, pero de menor estatura. Sus hijos también eran como ellos.
—Es hora de que me devuelvas a mi prole —determinó la aberración masculina.
La hembra y los lagartitos alados se vieron obligados a seguir las órdenes del macho, pero algo no iba bien. ¿Acaso ella denotaba angustia en su porte?
La fémina estiró una garra en dirección a quien hasta hace un momento fuera su esposo, y este percibió en esa actitud que ella le imploraba que no permitiese que esto sucediera.
El pobre muchacho se encontraba trastornado, toda su vida se había convertido en una mentira. Se sentía asqueado, desubicado en su propia vivienda. ¡Si hasta fue progenitor de esos dos abortos!
Apoyó la espalda contra la pared y se dejó resbalar hasta caer sentado. Lloraba a moco tendido, contemplando de qué manera tan irreal le arrebataban a su familia…
Su familia.
La puerta de entrada se abrió sola de par en par y los engendros se disponían a abandonar el recinto para salir a la oscuridad borrascosa del exterior, pero interrumpieron la marcha cuando uno de los adefesios menores exclamó:
—Papá…
El endriago adulto reparó en que uno de los pequeños contemplaba hacia la puerta trasera que daba al patio del fondo, la cual, abierta, se sacudía impelida por la ventisca. El agua se adentraba con violencia en ambos laterales de la casa, y la persona ya no se hallaba allí.
—Yo soy tu padre ahora —señaló autoritario la monstruosidad, y salió afuera. La mujer y los niños lo siguieron. Ella advirtió que la lámpara colgante de la galería donde guardaban las herramientas estaba encendida. Escudriñó los alrededores, presintiendo lo que sucedería a continuación y, entonces, oyó el motor de la motosierra.
Las cuatro criaturas dieron media vuelta y se encontraron con el hombre parado bajo la lluvia, empapado, con las piernas separadas a la altura de los hombros y con la sierra eléctrica sujetada con ambas manos por los mangos delantero y trasero. Un relámpago destelló de pronto, mostrando un rostro fuera de sí, que parecía sonreír y a punto de gritar al mismo tiempo.
¡Yo soy papá! —bramó a modo de carcajada el mortal, realzando la pronunciación en el «YO» y la segunda «A», y se lanzó sobre el réptil hampón.
El bicho no se esperó jamás algo semejante, y la reacción lo agarró por sorpresa. La cadena lo alcanzó en el hueco entre el cuello y el hombro, y una sustancia verdosa se disparó a borbotones. Los chillidos se alzaron en la tormenta, una agonía desgarradora, impensada. La bestia despidió un zarpazo que rasgó la camisa y el pecho del atacante en cuatro líneas irregulares, de las cuales brotó sangre real, roja; como debía ser.
El hombre presionó con furia la máquina hacia abajo, bañándose en aquel petróleo viscoso y caliente, y la soltó para aferrar los costados del cráneo del siniestro agresor. Con todas sus fuerzas le asestó un cabezazo en plena testa, lastimándose seriamente su propio rostro. Se alejó trastabillando hacia atrás, y la criatura se fue de espaldas. Cuando esta estuvo revolcada en el pasto mojado, él se abalanzó sobre ella y extirpó su trasto del cuero partido; luego tiró de la cuerda de arranque con la mano derecha hasta que encontró la resistencia que le avisaba que debía halar varias veces hasta que el motor produjera una explosión. Cuando eso sucedió, solo restó cercenar.
Para cuando las luces vecinas, alertadas por el escándalo, se fueron encendiendo, el verdadero padre de familia se desplomó boca arriba extenuado.
Desangrándose por las heridas del torso, y con las gotas de lluvia —sumada su propia sangre (y la ajena; mucho más de esta última)— escurriéndose por la cara, apenas tuvo una clara visibilidad de los tres pares de ojos que lo escrutaban desde arriba antes de ser levantado en volandas.
Mientras ella meneaba sus caderas empujando hacia abajo para que el miembro de él chocara hasta el fondo de su cavidad femenina, el hombre, con los párpados cerrados, apretaba con aprensión aquellos senos de dermis áspera que se bamboleaban sobre su faz lastimada.
Durante todo este tiempo trató de convencerse de que lograría acostumbrarse a convivir con esas cosas como parte de su familia, pero qué diablos, apenas lograba dejar de sentir dolor en las heridas infligidas en su pecho.
El sexo no era malo, su vagina era un fuego, extremadamente húmeda, pero sí era irracional.
Y sus hijos…
Al tiempo en que pensaba en ellos, el padre de familia escuchó a su fogosa hembra aullar de placer (si es que eso era lo que hacía), y abrió los ojos como platos, largando una puteada al percatarse de que estaba acabando y no se había puesto forro.


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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato basado en el enfrentamiento entre dos personas. El objetivo era definir personajes y describirlos en una pincelada del estado más natural del ser humano, la adrenalina, el temor, la defensa y el ataque, y el resultado fue «Padre de familia», historia por la cual recibí el diploma que ven a continuación:
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.