jueves, 29 de noviembre de 2012

Cambio de guardia



Basado en ARQUEOLOGÍA de Héctor Priámida Troyano.

El guarda dormitaba en el pasillo ante la sala de Egipto. No escuchó a sus espaldas las pisadas del monstruo, amortiguadas por los vendajes.




El retén que habían enviado de la planta como reemplazo del personal nocturno de seguridad no estaba acostumbrado a trabajar de noche. Al terminar su ronda con un recorrido por la sala de Egipto, que se encontraba en el pasillo lindante a la base de vigilancia, le invadió una modorra impresionante.
A las tres de la mañana pasó por teléfono el QRU correspondiente y se acomodó en su silla. En la mano sostenía un rollo de lo que parecía ser un papel, el cual había encontrado en el piso junto al sarcófago que habían traído el día anterior en una embarcación procedente del Mediterráneo.
El hombre desplegó la lámina y trató de interpretar el galimatías que allí había escrito: palabras como IbKaBaAjRenSheut y jeroglíficos extraños donde destacaba el de un halcón con cabeza y brazos humanos. No entendió un carajo.
El guarda empezó a adormecerse y al rato sus párpados acabaron por cerrarse. El papiro se le resbaló de las manos y fue a parar al linóleo verde.
Pasados unos segundos, y con el hombre completamente ajeno a lo que acaecía a su alrededor, una sombra se cernió sobre la figura del durmiente y alguien lo tomó por la espalda. En el sobresalto, abrió los ojos como platos y se vio sofocado por un montón de trapos sucios que hicieron presión en su boca. Aterrorizado, se impulsó con los pies hacia arriba para intentar asestar un cabezazo a quien lo atacaba. El impacto provocó una súbita polvareda nauseabunda que le causó escozor en la vista. El vigilante echó su osamenta hacia atrás y tuvo la sensación de estar recostándose en un almohadón macizo. Forcejeó hasta zafarse y, al girar en redondo y quedar de cara al agresor, el tipo se quedó de piedra: ante él había una momia.
Lo poco que se apreciaba del monstruo bajo el atavío de tiras astrosas era parte de su piel curtida como el cuero, carne seca de cadáver deshidratado. Resuelto a eviscerar a su presa por cada uno de los orificios del cuerpo, el ser avanzó con movimientos anquilosados y atenazó con sus petrificadas zarpas marchitas al estupefacto mortal.
En el cambio de guardia, nadie reparó en el vigilador que se retiraba con una peculiar sonrisa en su rostro; pero sí en los órganos, la sangre, la mierda y los sesos en torno al cuerpo vendado del ataúd egipcio.

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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
   Por ser vísperas de Halloweenn, en esta oportunidad había que escribir un relato de terror de 400 palabras basándose en un microrrelato de otro autorcon narrativa externa y en pasado, en el que estaba prohibido incluir zombis, hombres lobo o vampiros. El resultado fue «Cambio de guardia», versión libre de «Arqueología» de Héctor Priámida Troyano.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Rabioso celuloide



Basado en PLENILUNIO de Diego Adrián Olguín Flores.

Tras la pelea sigo en la calle. Su mordida quema.
La luna llena lo ampara y me cambia. Oigo su aullido.
Me niego, pero al final yo iré a él.


Tras una breve estática y un fundido en negro de la pantalla, la luz roja de la cámara titiló dos veces en señal de que continuaba grabando.
La escena se veía torcida, como si el asfalto se apreciara cuesta arriba. Unas patas peludas pasaron frente a la lente. De fondo, muy lejos, una mujer cruzó a las corridas con un bebé en brazos; seguidamente, un auto estrelló su trompa contra un poste de luz en esa misma esquina: quedó con el capó abierto y echando humo del motor. Gritos, pisadas, gruñidos, cristales que se rompían; el bullicio producía fuertes interferencias en la recepción del sonido, como si se tratase de un acople entre dos sistemas acústicos próximos. Una salpicadura de sangre fue a parar al vidrio de la filmadora y se deslizó por él como una lágrima espesa.
El dueño de la videocámara apareció en el epicentro de la filmación con una de las bestias prendida a su tobillo. Con el pie libre le daba de patadas al hocico para que lo soltara, pero el animal no cedía. Desgañitándose de pánico y de dolor, el chico deslizó su culo hacia atrás por el pavimento impulsándose con sus antebrazos, arrastrando consigo a la fiera hasta dejar en cuadro tan solo los cuartos traseros de la alimaña. A continuación se oyó un quejido y el cuerpo del feroz atacante se fue de lado, quedando apenas a la vista la convulsión de sus extremidades posteriores.
El tomavistas se bamboleó y ofreció imágenes difusas. A modo de toma aérea, enfocó el piso adoquinado y asomaron las puntas de unas zapatillas sucias. El muchacho había regresado por su máquina y, con un primer plano sobrecogedor, mostró su pierna mutilada; jirones de carne y jean colgaban de la lesión que le habían infligido. La mordida se presentaba hasta el hueso y sentía que le quemaba.
Con profundos jadeos filmó a su agresor, el cual yacía con el cráneo abierto en un charco de sangre junto al fierro con el que el adolescente se había defendido. Ejecutó un veloz movimiento en travelling hacia el oscuro y estrellado firmamento para hacer una captura de una impactante luna llena y, en ese instante, alucinó con que él se transformaría en uno de esos seres rabioso.
Practicó una panorámica del lugar para mostrar el masivo ataque que una jauría de perros de todas las clases estaba efectuando contra las personas.

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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
   Por ser vísperas de Halloweenn, en esta oportunidad había que escribir un relato de terror de 400 palabras basándose en un microrrelato de otro autorcon narrativa externa y en pasado, en el que estaba prohibido incluir zombis, hombres lobo o vampiros. El resultado fue «Rabioso celuloide», versión libre de «Plenilunio» de Diego Adrián Olguín Flores, historia por la cual me distinguieron con el diploma que ven a continuación:



     
     

viernes, 19 de octubre de 2012

Tres por noche



Zombaby

El feto, declarado muerto hacía unos minutos, se revolvió en la placenta y devoró a su madre por dentro hasta surgir por el vientre rasgado.



Aria

Le dedicó una serenata a su amada a las tres de la madrugada.
«Te amo», leyó ella en los labios de él cuando se lo llevaban en el patrullero.



Astado

La odio. Un toro no tendría cuernos si la vaca fuera honrada.
Un niño me confundió con ella e intentó ordeñarme. ¡Qué ultraje más denigrante!

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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
En esta oportunidad había que escribir tres microrrelatos, uno de terror, otro de amor y el tercero cómico, de ciento cuarenta caracteres cada uno, y los resultados fueron «Zombaby, Aria y Astado».

martes, 25 de septiembre de 2012

Yo soy así

A Eric.
Soy tu fan, hijo.


Eric se sentía muy triste. Por alguna extraña razón había perdido sus superpoderes. El día anterior había salido volando por la ventana de su habitación, como lo hacía habitualmente, pero apenas pudo mantenerse en el aire unos minutos.  Dando manotazos de ahogado con desesperación, terminó incrustado entre las ramas de un alto y frondoso árbol. Al descender de allí arriba, asestó un golpe de puño al tronco, con el fin de derribarlo, pero lo único que consiguió fue fracturarse la mano y la muñeca derechas.
Anegado en lágrimas, el pequeño héroe recurrió a sus padres, los cuales lo consolaron lo mejor que pudieron antes de llevarlo al hospital para que lo enyesaran.
Eric comprendió que había llegado la hora de desprenderse de la capa, guardarla para siempre, y volver a ser un niño normal. Así fue como el jovencito tornó a vestir su viejo delantal de jardín de infantes, y se reintegró a una sociedad a la que había dejado de lado. De esta manera pudo revivir y disfrutar de cosas tan simples como compartir una galletita con sus compañeros, ser cariñoso con sus padres y sus hermanos, ver series de dibujos animados y dibujar una y otra vez a su personaje favorito: Ben 10.
Una noche, luego de una semana sin sus virtudes especiales, su mamá ingresó a su cuarto con la intención de arroparlo y de darle el beso de las buenas noches y, para sorpresa de ella, Eric se encontraba despierto, de pie frente al espejo adherido detrás de la puerta.
—¿Te encuentras bien, hijo? — preguntó su mamá, preocupada.
—Sí —respondió el muchacho, sin apartar la vista de su reflejo. La mamá se le acercó por detrás y apoyó sus manos en los hombros de su hijo.
—¿Qué ves? —se interesó ella, con una sonrisa dibujada en los labios. Eric la observó a través del espejo y dijo:
—Lo que soy.
—¿Y eso sería…?
—Un niño.
—Mi niño.
—Tu niño, sí.
—Mi héroe.
—¿Aun sin poderes? —La mujer hizo girar a Eric y se acuclilló para quedar a la altura de sus ojos.
—No necesitas tener facultades asombrosas para ser mi superboy: con que seas un buen hijo, respetuoso, compañero y educado, me basta.
—Yo soy así.
—Por eso te amo, hijo.
Se fundieron en un fuerte abrazo y unas lágrimas brotaron de los ojos de la mujer, y no era un sollozo sentimental. Su pequeño la apretaba de tal manera que estuvo a punto de estrujarla. Pero, por el momento, no pensaba decirle a Eric que sus capacidades sobrehumanas habían regresado; claro que no. Nada arruinaría su momento de amor entre ella y su pequeño.


sábado, 15 de septiembre de 2012

De ratones y hadas


El ratón trepó por la cobija que colgaba del borde de la cama y, con sigilo, se aproximó a escasos centímetros del rostro de la niña que allí dormía. La olisqueó alzando el cuello y se introdujo debajo de la almohada. A los pocos segundos, salió con un billete en el morro. Los ojos del animalito parecían desencajados por la incredulidad. Con gran presteza, estiró el papel con sus patas delanteras y lo estudió un momento. Luego lo comenzó a romper. Lo rasgó y lo mordisqueó hasta que lo hizo trizas. Cuando concluyó su frenética labor, pegó un salto hacia el suelo alfombrado y se perdió en la oscuridad del dormitorio.
Al día siguiente, la pequeña despertó más temprano de lo habitual, ávida por el regalo con que el hada de los dientes la habría obsequiado a cambio de su muela de leche, pero lo único que encontró fueron los pedazos del dinero diseminados en su ropa de cama.
Se levantó, decepcionada, disgustada, y se fue al baño para asearse y para hacer sus necesidades antes de ir a desayunar.
—Buen día, amor —la recibió su papá ni bien ella apareció en la cocina—. ¿Vinieron los ratones?
—El hada de los dientes —lo corrigió su mujer, propinándole un codazo.
—Bueno, el hada de los dientes.
—Sí —masculló la nena—. Se llevó el diente y me dejó esto. —Sus padres observaron los restos que su hija desparramó sobre la mesa.
—¿Por qué hiciste eso? —la recriminó el padre.
—Yo no lo hice, me lo dejó así.
El hombre frunció los labios y se mordió la carne por dentro.
—Bueno, termina el desayuno que te retrasarás. A la tarde hablaremos.
Después de que terminaron de alimentarse, la madre acompañó a la muchacha hasta la vereda para esperar el micro escolar. Cuando este llegó, despidió a su hija con un beso y regresó a la casa.
—¿Cien pesos por un diente? —inquirió su marido.
—Eso mismo te iba a decir.
—Yo no se lo dejé. Ni siquiera lo recordé.
—Yo tampoco.
El matrimonio analizó la plata destrozada con desconcierto.

***

El niño perdió su diente por culpa de un pelotazo que había recibido mientras jugaba al fútbol con un amiguito. Lo colocó bajo la almohada y se adormeció pensando en el ratón Pérez.
Bien entrada la noche, una esfera de luz se manifestó repentinamente y un hada surgió de ella. Sobrevoló la cabeza del infante y, jovial y luminosa, se lanzó en picada a la búsqueda del tesoro que la aguardaba. Concluido el intercambio, diente por dinero, el ser alado besó la frente del durmiente y se disipó, dejando un halo brillante tras de sí.
En un rincón de la alcoba, el ratón presenció la escena en sumo silencio; inmóvil como una piedra. Solo una de sus pupilas daba señales de que era una especie con vida, ya que no cesaba de contraerse contra su voluntad. Al cabo de un rato, se irguió y avanzó con cautela hacia el pie del lecho, por el cual se encaramó hasta posarse en el pecho del niño. Con las diminutas patas, comenzó a halar de las sábanas con el fin de destaparlo. El chico empezó a removerse hasta quedar despabilado y su visión se topó con el roedor. Apenas realizó el ademán de abrir la boca para emitir un grito, el ratón se arrojó de cabeza hacia la abertura que separaba los labios. Desesperado, el joven alcanzó a sujetar la movediza cola del repulsivo intruso que se abría camino en su interior, pero no lograba tener éxito.
El muchacho se puso azul y, a falta de aire y presa del pánico, perdió el conocimiento. El ratón hincó sus filosos incisivos en las encías y mordió hasta llegar a la raíz de la dentadura. La sangre brotaba por las comisuras del desmayado mientras la alimaña tironeaba y arrancaba uno de los molares.
Por la mañana, al ver que su hijo no se levantaba, la madre se encaminó en su busca y encontró a su bebé tendido en un charco de plasma bordó, con la carne que cubría interiormente los maxilares reventada y desdentada, y el cuerpo adornado con dinero.

***

La aparición de niños muertos, con sus dentaduras extirpadas, se convirtió en moneda corriente con el transcurso de las semanas. Los investigadores locales no encontraban indicios de violencia familiar ni de sospechosos que hubieran penetrado por la noche para cometer aquellos actos atroces. Mucho menos se explicaban el efectivo que dejaban en cada escena del crimen.
Al no ofrecer declaraciones a la prensa por falta de evidencias, los noticieros hablaban de «trafico de dientes».
Nada apuntaba a un ratón psicótico.

***

El problema contra el cual el animal tropezaba era que nunca lograba llegar antes que su competidora. Y eso lo sacaba de quicio. ¿Por qué razón tenía él que manchar su cuerpo de sangre cuando el diente que debía llevarse por derecho propio lo podría sacar con tranquilidad de debajo de las almohadas?
Por un tiempo tuvo que contentarse con desgarrar bocas; hasta que una noche obtuvo su oportunidad.
De inmediato percibió que la ninfa aún no se había presentado. La atmósfera estaba limpia de su inmundo hedor seductor. Subió por uno de los apoyos de la cabecera de la cama y se alojó bajo la almohada, pero, en lugar de hacerse con el diente, se acurrucó, furtivo, en espera de su antagonista. Esta sería la ocasión de demostrar de una vez por todas quién era el verdadero recolector de los dientes. Ya bastante tenía con soportar que los mocosos lo apellidaran Pérez como para que ahora una zorra voladora le robase el trabajo al cual se había dedicado durante años.
No hubo de aguardar demasiado para que el hada se mostrase. Irrumpió como de costumbre y, con un delicado desplazamiento aéreo, se embutió entre la funda y la sábana.
Un alarido agudo, casi inaudible, se alzó en las penumbras del cuarto. La niña se revolvió en su colchón a causa de la ondulación que producía su almohada y, al abrir los ojos, se encontró con una imagen sobrenatural: una mujer diminuta se agitaba aterrorizada en el aire con algo colgándole de un ala.
Muda del pánico y de la sorpresa, la pequeña estrujó el cubrecama contra su cara, a la altura de la nariz, sin poder dar crédito a lo que presenciaba.
El ratón se enroscaba y pataleaba prendido del hada con su hocico. Ella luchaba por desprenderse de él a manotazos, y efectuaba enloquecidas piruetas en el aire sacudiendo la extensión membranosa que le quedaba libre en la espalda. Pero el peso del bicho peludo la impelía hacia abajo, impidiéndole permanecer en vuelo.
Atraídos por la influencia gravitacional, ambos seres terminaron en el piso flotante símil madera, terreno en el cual el «ente etéreo» no tendría la menor posibilidad de salvarse de su agresor.
El roedor cargó toda su osamenta sobre el cuerpo del ser mágico y la aprisionó contra el suelo. Con impetuosos zarpazos, rasgó la figura y las alas de su presa, al mismo tiempo que le roía el rostro. Incrustaba los dientes en la tierna piel del suave semblante y arrancaba lonjas de carne sanguinolentas.
La mártir tiraba de las orejas del atacante con el fin de apartarlo, pero sus esfuerzos eran en vano.
Tras eternos minutos de agonía, el ratón remató su faena mascándole el cuello.
El hada parecía sonreír debido a la falta de dermis, músculos y tendones que presentaba de la nariz para abajo, donde su mandíbula había quedado al descubierto. De su yugular mutilada brotaban, como escupitajos, chorros de sangre caliente.
Desquiciado, el ratón se dio la vuelta con el afán de arremeter contra la niña y triturar sus encías hasta arrancarle diente por diente, pero esta ya no estaba; la puerta de la habitación se hallaba abierta. En algún momento se había marchado.
Se restregó la testa, frustrado, y persiguió su cola al igual que lo haría un perro con la suya. Se detuvo, defecó en el torso de la moribunda, y comenzó a lamer con ansias la sangre de su víctima, la cual ejecutaba leves movimientos con su quijada tratando de conseguir oxígeno para sus pulmones. Con doliente mirada, sus ojos escrutaban la manera en que engullían su fluido vital.
Concentrado en la inmunda tarea de saciar su sed, el mamífero verdugo se sobresaltó al oír una voz desagradable de timbre aterrador.
—Vaya, vaya, vaya. Eso sí que es repugnante. —Quien hablaba estaba parado en el umbral de la puerta del dormitorio.
—No —dijo el ratón, alarmado—. No eres real. Eres un maldito invento.
—Todos lo somos —expresó el duende de los dientes—. Algunos gozan de más popularidad que otros, claro está, pero yo, Fatina, o el Topino, como suelen llamarme en ocasiones, soy tan innegable como tú; o como ella. —Señaló a la desahuciada caída con el mentón cuadriforme.
El duende avanzó al interior del cuarto y el ratón retrocedió asustado.
—Sabrás que no solo gratifico a los pequeñuelos por sus donaciones dentales, ¿verdad? —El ratón se relamió, nervioso—. Mi oficio es cazar ratones, y soy muy hábil, por cierto.
El gnomo esbozó una sonrisa escalofriante, con los bordes de su boca tocándole las orejas puntiagudas. Ejecutó una nueva marcha al frente, y el ratón volvió a recular.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.

***

El hombre salió de su cuarto y advirtió de soslayo la puerta de la calle entreabierta, por donde una criatura de baja estatura se alejaba a toda prisa, sosteniendo en el hombro un palo con una especie de red para cazar mariposas, atada a la punta, dentro de la cual un ratón chillaba y se retorcía enajenado.
La niña sobrepasó a su padre, se dirigió a su habitación y buscó los restos del hada de los dientes, pero no había ni rastros de ella ni de su sangre. Caminó hacia su cama y levantó la almohada; en donde debía estar su diente, había en su lugar una moneda de oro.
El papá se acercó a su hija y le acarició los brazos. La niña levantó la cabeza y los dos se observaron con perplejidad.

Fin

miércoles, 29 de agosto de 2012

TOC


     Hacía años que Brichta se había retirado de su trabajo como detective privado: los casos por infidelidad lo habían terminado por agotar y por aburrir. La investigación más importante le venía a tocar justo cuando ya estaba fuera de juego. Si no considerara a Vega un «amigo», no habría aceptado ayudarle, pero, como sí lo valoraba como tal, pues allá fue.
     La llamada había sido realizada bien entrada la madrugada de una noche fría y con una leve, pero molesta, llovizna que ni siquiera llegaba a mojar. Bajo las luces «enfermas» de los faroles de las desoladas calles de su barrio, Brichta caminó a pie hacia la escena del crimen, donde el inspector lo estaría esperando.
     Sentado en la escalera, y fumando un cigarrillo, Vega lo recibió con una sonrisa y un fuerte apretón de manos.
     —Sabía que no me fallarías —dijo, arrojando el pucho.
     —Ni sé por qué estoy aquí.
     —Porque te llamé.
     —¡Claro!, qué estúpido.
     —Ja, ja, ja. Ven, puede que tengas para divertirte hasta el día que te mueras, con esto.
     —A mi edad, con este frío y esta garúa, voy a divertirme hasta mañana a la mañana si pesco una pulmonía.
     Subieron la escalera hasta la puerta de entrada. Pasaron por debajo del cordón policial y entraron a la casa. Se notaba a grandes rasgos el trabajo de la inspección técnico-policíaca, ya que solo se veían las manchas de sangre seca por doquier; aunque también se advertía un orden un tanto inusual. Vega avanzó hasta lo que parecía ser el escenario primario (Brichta suponía esto porque allí se apreciaba el mayor contacto entre el agresor y la víctima, a juzgar por el reguero de líquido cuajado de ambos). El ex detective preguntó por los indicios forenses y Vega hizo un chasquido con la boca antes de responder.
     —Mira, este asunto ya está cerrado, Norman. —Se escrutaron unos segundos—. Sabes lo que es un hedonista, ¿verdad?
     —¿Los monstruos esos que están con el de cabeza con clavos? ¿Los de la película del cubo?
     —Esos son cenobitas. Hedonista es un tipo que busca el placer como fin supremo intentando evitar el dolor; o algo así, no soy filósofo. Pero en la jerga criminológica es el que asesina por la simple satisfacción de hacerlo; aunque las características que ellos presentan difieren. Algunos se deleitan con la persecución y el hallazgo de una víctima más que con cualquier otra cosa, mientras otros pueden estar, en principio, motivados por los actos de tortura y abuso del mártir en tanto siga con vida. A pesar de eso, otros pueden asesinar al instante, casi como una rutina, y después gratificarse con actos de necrofilia o canibalismo. Existe un pronunciado rasgo sexual en los crímenes, aun cuando no sea obvio en un inicio, pero algunos asesinos obtienen una oleada de excitación que no es de naturaleza carnal, matan al azar y luego escapan sin siquiera tocar a las víctimas.
     »La cuestión es que esta es la historia que saldrá a la luz: un hedonista asesina a una mujer en su hogar y es abatido de un disparo por la policía local en su intento de escape.
     —Puras patrañas, ¿verdad?
     —En parte. El NN ya estaba muerto cuando llegamos. A los periodistas les gustan las palabras estrambóticas en situaciones de esta índole. En dos días todo el mundo estará utilizando la palabra hedonismo para cualquier cosa.
     »El asunto aquí es otro. El desgraciado yacía tendido junto a la víctima sin ningún rastro de violencia en su cuerpo.
     —¿Un infarto?
     —¿Para qué carajo te habría llamado si fuera ese el caso, Norman?
     —¿Me estás queriendo decir…? —empezó a decir Brichta, pero Vega lo cortó.
     —Los forenses no encontraron nada. La autopsia no se realizó por completo porque… —El inspector se restregó el mentón y estiró su labio inferior—. La policía llegó justo cuando el intruso intentaba huir con un cuchillo en sus manos, y respondió de inmediato con un certero tiro en el pecho. Punto.
     El hecho de que hubieran abaleado a un muerto para archivar el caso y así poder llevarse el crédito del operativo no sorprendía en absoluto al detective. Conocía de sobra los tejemanejes de la Federal.
     —Entonces —dijo Brichta—, tenemos un asesinato esclarecido y una muerte dudosa, y, aunque ya te has encargado de que todo quede enterradito, tu conciencia pide a gritos la verdad sobre el deceso del Natalia-Natalia porque…
     —La necesito. La autocracia policíaca se rige así. No me puedo tirar en contra del sistema. Pero por dentro sigo considerándome un sabueso de ley. Carezco de tus habilidades, amigo, y, si me encontraran metiendo las narices en este asunto, me colgarían del forro de las pelotas. Solo quiero dormir sabiendo que cumplí con mi trabajo. Es más, te pagaré.
     —Nunca dije que no te cobraría.
     Vega se lo quedó observando y luego estalló en carcajadas.
     —Déjame contarte todo lo que sabemos del crimen.
     Y así lo hizo. Brichta escuchó atento durante una hora. Tomó notas en una vieja y gastada libreta mientras repasaba todo el perímetro. Interrumpió al inspector en pocas ocasiones, y una de ellas fue para preguntar acerca de las declaraciones de los testigos. Una vez concluido el relato, Norman Brichta decidió que había inspeccionado suficiente y que se marcharía con Vega. Una vez afuera, el inspector lo guió hacia el auto del atacante.
     —¿Y por qué sigue aquí? —quiso saber Brichta.
     —Retrasé el traslado del vehículo por si deseabas echarle un vistazo.
     Brichta asintió con un ademán y Vega abrió una de las portezuelas.
     —¿Quieres mirar? —Más que una pregunta era una invitación a hacerlo. El detective retirado metió la cabeza en el habitáculo y un denso calor le azotó el rostro. Entrecerró los ojos y olisqueó profundamente como un perro. Luego volvió a erguirse y escribió algo en su cuadernito. Vega lo contemplaba curioso.
     —Hay dos clases diferentes de aromas de perfume allí dentro —comentó Brichta, guardando sus cosas en el bolsillo interior de su campera de cuero. Vega, impasible—. Lo que me hace pensar que… Uno, este muchacho no vino solo. Dos, alguien lo mató mientras intentaba escapar y lo volvió a llevar a la casa.
     Brichta percibió la consternación en el rostro de su amigo ante esta segunda opción, una cara de: «¿Te olvidas acaso de que el cuerpo no tenía indicios de ataque alguno? Esto no es un capítulo de Criminal Minds, es la vida real».
     —En la casa existen huellas de sangre que van hacia fuera. Apenas se distinguen, porque da la impresión de que las trataron de limpiar. Pero no lo hicieron bien. Si las había en la calle, es claro que la lluvia se ha encargado de borrarlas, así que ni tu gente las pudo haber advertido, porque hace tres días que no para de llover. Es decir, tu hedonista salió del edificio, de eso estoy seguro. ¿Lo mató su compañero? Eso es lo que tengo que descubrir. Y cómo y por qué.
     —Eres un puto genio.
     —Solo observador.
     Se despidieron con otro apretón de manos. Una vez en su casa, Brichta efectuó un estudio mental de todo lo que tenía a su alcance antes de sumirse en un profundo sueño. Durante el día siguiente se dedicó a recopilar información de los pocos testigos que habían declarado la noche del crimen. No le llevó demasiado tiempo. Entre sus quehaceres diarios siguió uniendo cables sueltos. Ni bien cayó la noche, otra vez lluviosa, salió con un paraguas en dirección a la casa del homicidio, pero, a media cuadra de llegar a destino, se detuvo de súbito y se ocultó detrás de un gran palo borracho.
     Desde la vereda de enfrente, alguien observaba el lugar al que se dirigía.
     Era un sujeto de baja estatura y robusto. De cabellos ralos que se pegaban al cráneo a causa del agua que caía del firmamento. Un relámpago iluminó su rostro para mostrar una tez pálida, con acentuadas ojeras bajo los ojos. Permaneció allí quieto unos cuantos minutos y, cuando se puso en movimiento, lo hizo de manera muy peculiar: caminaba dando saltos; esquivaba las rayas y las grietas de la acera. A los pocos metros se adentró a una casa.
     Brichta se aproximó hacia la entrada de la morada del desconocido y memorizó la ubicación del domicilio. Sacó su celular y llamó a Vega.
     —¿Víctor?, Norman. Te paso una dirección, y constata si pertenece a alguno de los que declararon. Viamonte mil nueve veintidós. Bien, espero tu mensaje. Chau.
     Cruzó la calle a toda prisa e ingresó a la casa a la que pensaba ir en un comienzo. Recorrió la escena principal asintiendo ante cada cosa que veía y que coincidía con su especulación. Se dirigió a la cocina y cada vez estaba más seguro de sus deducciones. Cuando husmeó el baño, se hallaba convencido. Fue al dormitorio, abrió un cajón de la cómoda y la disposición de la ropa interior fue suficiente para cantar bingo. Solo esperaba la confirmación de Vega, que gracias a Dios no se tardó en llegar: «la dirección coincide con la de uno de los declarantes. Fabio Gauna», decía el mensaje.
     Sin esperar un segundo, Brichta abandonó la casa y se encaminó a la del tal Gauna. Tocó el timbre y esperó. Se oyó un chasquido en la cerradura y luego la puerta se abrió apenas unos centímetros para volver a cerrarse, así hasta tres veces antes de que la cara del individuo asomara por la abertura.
     —¿Sí? —preguntó el propietario.
     —Mi nombre es Norman Brichta y soy investigador privado. —El semblante de Gauna no se inmutó ante la presentación—. Tengo entendido que usted declaró por el asesinato de la señorita Débora Branca.
     —Ya he dicho todo lo que sé a la policía.
     —¿También que usted mató al delincuente, Fabio? —Fabio Gauna empalideció el doble de lo que estaba—. Solo quiero hablar.
     El hombre lo hizo pasar y cerró la puerta tras de sí de la misma manera anterior, con tres intentos antes de hacerlo del todo. Invitó al detective a sentarse en un sillón y este accedió sin vacilar.
     —No tiene nada que temer —comunicó Brichta—. El caso está cerrado y yo estoy jubilado. No va a ir preso. Pero puedo conseguir que lo encierren si no me cuenta la verdad.
     —No posee pruebas de las estupideces que está diciendo.
     —¿Permite pasar a su casa a todo extraño que le dice cualquier gansada, Fabio? —Este tragó saliva—. Si le digo toc. ¿Le suena de algo?
     —Un toc siempre suena.
     —Me gusta la gente que es rápida para las ocurrencias. De verdad lo digo. —Y lo afirmaba en serio—. Trastorno obsesivo-compulsivo, Fabio. Es el que usted padece y el que lo delató. Todos los objetos en torno a los cadáveres encontrados muestran un orden que crispa los nervios. Hay tres retratos dispuestos de menor a mayor en una misma línea, hasta los lápices de adentro de una lata están agrupados de igual forma. En un principio pensé que la mujer sufría de toc, pero nada en su hogar, salvo la estancia donde fue hallada muerta, lo demostraba; ni siquiera en el cajón de las prendas íntimas. Tuve la suerte hace un rato de verlo a usted espiando allí afuera y advertí su manera de andar. Y recién, la forma en que abrió y cerró la puerta.
     —Eso no me convierte en culpable de nada.
     —El auto apesta al perfume que lleva puesto ahora —continuó Brichta sin prestarle atención—. ¿Cómo lo hizo? Cuénteme y prometo que no volverá a saber de mí. De lo contrario me veré en la obligación de delatarlo.
     —¿Qué gana usted con todo esto?
     —Eso no le incumbe. Lo único que le debe interesar es no terminar en la cárcel.
     Gauna suspiró y tomó asiento frente al implacable viejo que lo acusaba. Lo miró a los ojos y comenzó a hablar.
     «Fabio estaba enamorado de Débora desde siempre y, por supuesto, no era correspondido. Por ende, se contentaba con espiarla la mayor parte del tiempo que podía. Gracias a ello avistó el vehículo que había comenzado a acechar a la chica día y noche así como al sujeto que estudiaba cada movimiento de la joven.
     A modo de antihéroe, urdió un plan para estar preparado en el supuesto caso de que Débora se viera en problemas por culpa de aquel acosador misterioso. Como buen enfermero que era, almacenaba en su casa montones de cosas las cuales lo dejarían sin trabajo si llegasen a enterarse en el hospital. «Hurtos de los permitidos», los llamarían algunos sinvergüenzas. Entre aquellas sustracciones, destacaba un hallazgo invaluable e insólito que había conseguido del laboratorio del hospicio: una caja con frascos de adelfa pura. Fabio sabía que con tres dosis de cincuenta centímetros cúbicos de ese veneno podía dar muerte en un minuto a cualquiera, y que su efecto era absolutamente mortal y limpio, no dejaba señales de intoxicación en el cuerpo y no tenía sabor ni olor que lo delatara.
     La noche que vio el auto del acechador sin el conductor en él, se desesperó. Corrió en busca de unos guantes de látex, se los enfundó y agarró una jeringa descartable, la cual llenó con el contenido de tres ampollas de la toxina. Salió a toda prisa de su residencia, sorteando rayas y líneas de las baldosas de la vereda, sin darle importancia a la lluvia, y enfiló por uno de los flancos de la casa de su vecina para poder escudriñar por la ventana lateral como lo había hecho en otras oportunidades; aunque con distintas intenciones. Y fue en ese instante en que se dio cuenta de que todo estaba perdido.
     El sujeto arrastraba a Débora de sus cabellos; antes de un rubio blancuzco, ahora teñidos de sangre. Se encontraba completamente desnuda y con una cinta de embalar pegada a su boca. Sus movimientos denotaban el intento de zafarse de su atacante, pero se la veía aturdida, de seguro por el golpe que le había provocado la brutal herida en la cabeza. Una franja roja, producto del roce de sus nalgas al ser jalada, se trazaba desde la habitación hasta el centro de la vivienda. Allí la soltó y extrajo una sevillana de su chaqueta. Se puso de rodillas y comenzó a cercenar los pezones de la muchacha, que se retorcía por el dolor infligido. Fabio estaba estupefacto y aterido. Su mente no respondía. Tan solo se quedó allí, como un perverso voyerista, sin siquiera pestañear.
     El criminal detuvo los movimientos de la joven con múltiples golpes en su rostro y, en cuanto la dejó atontada, empezó a apuñalarla una y otra vez en el estómago. En cada cuchillada, el sujeto se estremecía y su rostro reflejaba el placer que le provocaban las embestidas. Fabio reaccionó y dio la espalda al espectáculo macabro, con una mano en la boca. Se desplomó en la hierba mojada y se largó a llorar. Con resignación, se puso de pie y avanzó ligero, dando saltitos esquivos, hacia el auto del homicida. Tanteó la puerta trasera, rogando que se hallara abierta, y resultó que lo estaba. Entonces, se precipitó en la parte de atrás para aguardar al maldito.
     El tiempo de espera fue eterno e insufrible para Fabio, pero, como nada es para siempre, el asesino llegó y se acomodó en el asiento del conductor en un santiamén. El hombre agazapado respiró con profundidad cuatro veces y saltó como un resorte. Tapó la boca del sujeto al que iba a atacar y le clavó la aguja de la jeringa en la nuca, donde vació el narcótico por completo. Con euforia y horror, se apartó del hombre que se encontraba al volante y este comenzó a convulsionarse con violencia. Al poco tiempo dejó de sacudirse. Fabio bajó del auto, guardando el arma homicida en un bolsillo del pantalón. Abrió la puerta del conductor y se colocó el cadáver en los hombros. Lo cargó hasta la casa y lo depositó junto al cuerpo desnudo de su amor imposible. El desorden del lugar desequilibraba mentalmente a Fabio y no pudo resistir la tentación de colocar todo lo que veía allí en alineaciones precisas para que su cerebro las asimilase como correspondía. Con un trapo rejilla que consiguió de la cocina, se tomó el trabajo de limpiar las pisadas que él y el malviviente habían impreso de camino a la puerta de entrada. Era conveniente que la policía creyese que se había muerto de un infarto a causa de la sobrexcitación.
     Antes de irse, se arrodilló junto al cuerpo de Débora, le besó la frente y le pidió perdón.»
     Brichta no lo interrumpió durante el transcurso de su relato de la historia. Salvo los detalles escabrosos, y la forma en que cometió el crimen, todo era como lo había supuesto. Obsequió al muchacho un apretón de hombros sin palabras de consuelo. Se trataba de un fisgón que había actuado como pudo, no más que eso. No era el héroe que pretendió ser. Su único alivio era que el culpable de todo esto estaba muerto y que él no terminaría en una celda.
     Brichta se despidió y volvió a prometer que no sabría de él jamás, cosa que cumplió.
     Tras el triple portazo antes de cerrarse la puerta, abrió el paraguas y usó su celular para llamar a Vega y contarle todos los detalles importantes.
     —Así que ya te puedes quedar tranquilo —decía Brichta caminando bajo la aspersión del cielo.
     —Eres bueno de verdad, Norman. Tengo los contactos necesarios en la fuerza para que te den trabajo a pesar de la edad. No deberías estar retirado.
     —La fuerza es muy corrupta para mi gusto, mi estimado. Déjame como estoy.
     —Okay, como tú quieras. ¿Estamos en contacto?
     —Estamos en contac… ¡La concha de la lora!
     —¡¿Qué pasó?!
     —Pisé mierda.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato policíaco (clásico o detectivesco), y el resultado fue «TOC».
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

jueves, 26 de julio de 2012

Casos peculiares sobre adolescentes masculinos que sufren el desprendimiento de la parte superior del cuerpo


  José se había dado cuenta del tajo en su cuello cuando, haciendo fila en la parada del colectivo, una anciana dijo:
   —Joven, me está empapando. —La sangre le salía a chorros del corte, y regaba la cara de la mujer.
    Pasaron los días y la hendidura se abrió más. Esto le obligó a llevar una muda de vendas, las cuales debía cambiar cada cinco minutos.
    En la escuela, sus amigos le lanzaban protectores diarios; o lo llamaban por teléfono a su casa solo para preguntar: «¿Tajo-sé?».
    Así vivió un tiempo hasta que la cabeza se desprendió de su cuerpo.
    Unos niños dieron con el cadáver a las pocas horas, y jugaron al fútbol con el esférico de carne y hueso hasta que llegó la policía.
     —¿Otro más? —preguntó el suboficial mayor al oficial.
     —Sí, señor. Con este, son diecinueve los adolescentes que perdieron la cabeza por un tajo, esta semana.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad debía escribir un microrelato humorístico, con un título de quince palabras. El resultado fue «Casos peculiares sobre adolescentes masculinos que sufren el desprendimiento de la parte superior del cuerpo», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación:



miércoles, 4 de julio de 2012

Frígida


     El lugar era gélido, pero a él no le importó. La mujer desnuda sobre el lecho le proporcionaba el calor corporal suficiente para mantenerse a la temperatura justa. Se acercó hasta ella y le acarició el cabello, el rostro y el cuello y, de forma juguetona, llegó a los pechos. Apretó uno de ellos y comenzó a sobarlo; entonces, su pene se puso duro. Se inclinó y se dedicó a lamer y morder el pezón erecto de la joven.
     Deslizó una mano hacia la parte íntima de la muchacha y hundió los dedos en aquella hendidura exquisita; aunque seca.
     Se mordió el labio inferior y empezó a desvestirse. Una vez que estuvo sin ropas, se colocó encima de ella, una rodilla a cada lado de sus caderas, y besó otra vez sus duros y firmes pechos, su cuello y debajo de la oreja. Desde allí exploró con la lengua cada centímetro de la pálida piel, hasta llegar al pubis. Una suerte de electricidad atacó al joven en los testículos, y se estremeció.
     —No dices nada, ¿eh? —balbuceó, mientras intentaba separar las piernas de ella con las suyas para poder penetrarla—. No te hagas la frígida conmigo. —Pronunció estas últimas palabras con esfuerzo, dado que le costaba consumar la acción a causa de la estrechez que ella ofrecía. Cuando por fin logró «invadirla», e inició el meneo con énfasis, arriba y abajo, apretando las nalgas de su poseída, el intercomunicador sonó.
     El joven se bajó de un salto y oprimió el botón para hablar.
     —¿Qué?
     —No le vayas a acabar adentro —le dijeron del otro lado—, que mañana le hacen la autopsia.
     —¿Para eso me interrumpes? —Se volvió hacia el cadáver que había dejado en la camilla y suspiró con fastidio. Ya se sentía tan frío como ella.

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     Esta historia surgió a partir de la invitación que me hizo Juan Esteban Bassagaisteguy para participar, como su invitado, en el Segundo Juego Literario (Escribir un microcuento erótico) realizado en el sitio web Historias En La Azotea, página de Facebook, y blog, las cuales administra junto a Bibi Pacilio, Claudia Medina Castro, José Luis Bethancourt, William E. Fleming, Mauricio Vargas Herrera, Sebastián Elesgaray y Laura de la Rosa; todos ellos escritores amateurs en un espacio donde comparten sus historias, desafiándose en juegos literarios.
     Comentarios en la publicación original.

viernes, 29 de junio de 2012

Alejandra Graziano: su curiosidad y su designio


     Lo que llamó la atención de Alejandra Graziano en la Terminal de Micros, el día que iba a ir junto con su marido a Entre Ríos en viaje de placer, fue el sujeto que se aproximó a hablar con el chofer. Era un tipo de unos sesenta años, con camisa leñadora (a pesar del calor) a cuadros negros y rojos, arremangada a la altura de los codos. Tenía el cabello entrecano peinado hacia atrás; llevaba una barba afeitada al ras, unos jeans gastados y unas zapatillas igual de usadas. Era un hombre fornido, de hombros anchos, manos inmensas, con dedos como chorizos y de estatura media. Pero no era la persona en sí lo que indujo el interés de Alejandra, sino el bolso que llevaba cruzado sobre el hombro izquierdo, de esos comunes, modelo deportivo de poliéster azul, de tres cierres, el cual saltaba a la vista que estaba vacío. Ella acompañó a su esposo en el momento en que él entregaba sus pertenencias para que fueran guardadas en el maletero y no vio en ningún momento a aquel individuo dejar nada allí. Por alguna extraña razón, un sudor frío le recorrió la espalda cuando el fulano entregó el pasaje al chofer y este último desvió la mirada hacia ella. Las cañas de pescar que sostenía en forma vertical estuvieron a punto de caérsele, y en eso llegó su esposo.
     —¡Epa! ¿Nerviosa? —dijo él sujetando las cañas.
     —Creo que la cerveza que tomé con tu mamá me está haciendo efecto.
     —Si apenas bebiste un vaso para brindar por un buen viaje.
     —Suficiente para que duerma todo el trayecto. Ocho horas hasta La Paz, en paz. ¿Subimos?
     —Déjame prender el último pucho, o voy a volverme loco hasta la primera parada.
     —La realiza aquí nomás en Retiro, Gabriel.
     —¿Y quieres que me aguante hasta allí? —respondió él, risueño. Alejandra puso los ojos en blanco y esperó a que su marido terminara su dichoso cigarrillo. Cuando se percataron de que se habían olvidado de dejar en el maletero las cañas de pescar, se rieron a carcajadas y las llevaron a que las guardaran.
     El micro era uno de esos de dos pisos, y los asientos de ellos estaban en la parte superior. Alejandra ascendió, un tanto abatatada, con su mochila a cuestas, mientras Gabriel la seguía por detrás entregando los boletos al chofer. La mujer esquivó la mirada del conductor, aun sabiendo que él no la estaba observando, pero el recuerdo de la manera en que le había echado un vistazo cuando dejaba subir al del bolso vacío, le producía repelús.
     En el fondo del piso inferior del coche, atisbó al viajero sospechoso, pero enseguida lo ignoró y siguió por la escalerilla que la conducía arriba. Se sentó junto a la ventanilla y, cuando Gabriel se puso a su lado, le dijo:
     —¿Viste al tipo de camisa leñadora?
     —Sí, ¿qué tiene?
     —No trae más equipaje que el bolso que lleva cruzado, y está vacío.
     —¿Y?
     —¿No te parece raro? Son ocho horas de viaje y no trae nada.
     —A lo mejor se baja en Pacheco, o en alguna de las paradas más próximas.
     Alejandra no dijo nada y se recostó en su lugar. Su mente trabajaba a mil por hora, y pensaba cosas absurdas, como que en la ruta los podrían interceptar unos cómplices del sujeto y terminar robándoles hasta las bandejitas con comida que les daban para el viaje; o peor, que era un asesino y que adentro del bolso ocultaba una cuchilla con la que descuartizaría a todos los pasajeros.
     Decidió sacarse esas ideas tontas de la cabeza tomando unos mates y charlando con su amor. Más tarde, cuando salieran de Retiro, dormiría; en lo posible hasta Escobar. Si Gabriel quería bajar a fumar en Pacheco, Zárate o Gualeguay, que lo hiciera, pero sin despertarla.
      Y así fue. A los quince minutos de zarpar, Alejandra se sumió en el más profundo de los sueños.

     Alejandra abre los ojos somnolienta. Gira la cabeza y se encuentra con que su marido no está a su lado. En realidad no hay nadie en el micro. Se convence de que han realizado una parada. Aún es de noche y el silencio es absoluto. Se levanta de su asiento y camina por el pasillo hacia la escalerilla central. Antes de descender, se detiene ante el dispenser de bebidas y se sirve un poco de jugo de naranja helado. Lo bebe de un trago y baja. «Deben estar todos afuera», piensa, ya que allí tampoco se ve a nadie. La puerta del bus está abierta, y sale al exterior. Ni un alma a la vista, pero el panorama no solo es preocupante por eso. ¿Dónde demonios se han detenido? La zona es desértica y montañosa y no hay nada de nada en los alrededores. De pronto, el viento le trae al oído un sonido rumiante. Se vuelve hacia el micro y lo rodea por delante. Al llegar al otro lado se detiene de súbito y da un respingo. A unos cincuenta metros, más o menos, el grupo de pasajeros se encuentra aglomerado encima de un animal enorme. Alejandra no puede identificarlo, pero es muy grande, y aquellas personas lo descarnan con los dientes. Los escucha masticar y gruñir a pesar del silbido del ventarrón y la distancia. Las piernas de la mujer le tiemblan al reconocer las ropas de Gabriel en el tumulto enardecido y, por instinto, lo nombra. Todos reaccionan y se giran hacia el llamado. Las caras de esta gente se hallan deformes y empapadas por la sangre de la presa que estaban devorando. Cuando la ven a Alejandra, sueltan un chillido estridente e intolerable y se abalanzan hacia ella en estampida. La mujer profiere un grito y sale corriendo de vuelta al micro. Logra subir y cerrar la puerta en el momento justo en que la turba iracunda se pega como moscas a los vidrios de las ventanas y puertas del vehículo. Se atemoriza cuando ve que uno de ellos realiza un salto imposible de ejecutar sobre el morro del micro, se adhiere al cristal con manos y pies como una araña y comienza a rasguñar el parabrisas.
     —«No se puede borrar con el codo lo que se escribe con la mano». —Alejandra se vuelve sobrecogida por la sorpresiva expresión, y divisa una silueta sentada en el fondo. La figura se pone de pie y ella reconoce al hombre del bolso azul. La azorada mujer retrocede ante el avance del extraño, el cual se quita la correa de los hombros para desprenderse de su carga; esta se ve voluminosa, y algo se mueve en su interior.
     —Toma —dice el sujeto, y le tiende el bulto—. Ahora es tu responsabilidad.
     Alejandra comienza a decir que no con la cabeza, se lleva las manos a la boca y, tras un susurro de negativas, termina gritando:
     —¡Noooooo!

     Alejandra se irguió en su asiento, apenas consciente de que acababa de despertar. Gabriel la tomó del brazo, entre preocupado y divertido, y le preguntó si se encontraba bien. Ella suspiró y se reclinó sobre el respaldo, con una mano apoyada en la frente sudada.
     —¿Una pesadilla? —preguntó él, aun sabiendo la respuesta. La mujer asintió con la cabeza—. ¿Quieres contarme?
     —¿Me traerías un vaso con agua, antes? —pidió ella.
     —Sí, claro. —Gabriel se levantó y fue en busca de lo solicitado.
     Alejandra ojeó por la ventanilla y advirtió la oscuridad de la noche. Por lo visto ya habían pasado por Retiro. ¿Cómo había sido posible que no se hubiera despertado?
     Su esposo regresó y le ofreció el vasito descartable. Ella se bajó el contenido de un trago.
     —Despacio —advirtió él—. Vas a ahogarte.
     —Soñé con el tipo del bolso azul —habló Alejandra, y tragó saliva.
     —La curiosidad de saber por qué viaja tan liviano de equipaje te tiene mal, ¿no?
     —Parece que sí, ja, ja, ja. —Gabriel se le unió a la risa—. ¿Por qué no me despertaste en Retiro?
     —Lo hice, pero estabas muerta.
     —Qué lo parió. —Alejandra se restregó los ojos con las manos—. ¿Tomamos unos mates y te cuento la pesadilla?
     —Bueno. —El hombre sacó el juego de mate de la mochila que estaba entre los pies de su mujer, y marchó a llenar el termo con agua caliente.
     Bebieron hasta vaciar el recipiente. El sueño de Alejandra se convirtió en una anécdota a los pocos minutos de charla. Sin darse cuenta, ya habían arribado a Pacheco. Esta vez, Alejandra bajó con el resto de los pasajeros. Cuando estaba por descender del micro, miró de soslayo hacia el fondo, y allí descubrió al viejo arrellanado en su lugar. Desvió la vista y bajó a toda prisa.
     Gabriel prendió un cigarrillo y ella lo abrazó por la cintura. Tenía un poco de frío. Pero en realidad estaba nerviosa. Se sentía una estúpida, pero no podía evitar la inquietud que el desconocido le causaba.
     —No baja —soltó ella.
     —¿Quién? —Alejandra señaló con el mentón hacia el micro. Gabriel acompañó con los ojos la dirección del gesto y divisó la silueta de alguien sentado—. ¿Por qué no lo dejas en paz y te lo quitas de la cabeza? —requirió Gabriel, un tanto hastiado.
     —Es que tengo un mal presentimiento.
     —No me vengas ahora con tus premoniciones baratas. Esas novelitas de terror que lees te están atrofiando el cerebro.
     —No seas malo —dijo ella dándole una palmada en el pecho.
     —Mejor subamos, que me estoy cagando de frío.
     —Siempre tan fino él.

     El gigante de dos pisos está deshabitado y en penumbras. Alejandra se encuentra de pie, de espaldas a la cabina del conductor. Con ambas manos, sujeta con fuerza los respaldos de cuero de los asientos que tiene a sus flancos. En el medio del pasillo, iluminado por el fulgor de una luna llena, se destaca el bolso deportivo de poliéster. Está abultado, y la tela se tensa y cede como si lo que estuviera allí dentro buscara una vía de escape. El corazón de Alejandra bombea sangre a sus sienes, y su garganta se comprime de pánico. Quiere huir, pero no puede; está yerta. De pronto, la cremallera del bolso empieza a descorrerse, y se desliza lentamente hasta abrirse del todo. Un quejido se eleva en el aire, proveniente de adentro de aquella cosa, y, de forma imprevista, veloz, un ser horrendo —un bosquejo abominable de un bebé concebido por Botero y finalizado por algún delirante pintor surrealista— sale de allí directo hacia Alejandra, quien estalla en un estruendoso alarido de pavor.
     Los brazos de la aterrada mujer se abren en cruz y queda despojada de sus ropas como si alguna entidad invisible se las rasgara de ambos lados. La criatura se prende de ella como una garrapata; con lo que aparentan ser sus piernas, por la cintura, y, con lo que parecen brazos, por el torso. Entonces, el monstruo abre las fauces para succionar uno de los pechos de Alejandra. El dolor que la muchacha experimenta es indescriptible. ¡Aquel ser se está amamantando! Poco a poco, Alejandra percibe cómo el monstruo le va sorbiendo hasta la sangre de su organismo. Las fuerzas la abandonan y todo se vuelve borroso.

     Cuando despertó lo hizo llorando. No era un llanto desconsolador, pero sí lo bastante aflictivo como para que su esposo lo advirtiera. Él le preguntó si estaba bien y ella le respondió que sí, que solo se había tratado de un mal sueño.
     —¿Otra vez con lo mismo? —consultó él.
     —No —mintió ella—. Ni siquiera lo recuerdo.
     El resto del viaje lo efectuaron en silencio. La mayoría de los pasajeros dormían, y su marido hacía lo mismo, con la cabeza colgando hacia el lado del pasillo, y con la boca abierta. En cambio, ella no. Se mantenía desvelada y pensaba en el sujeto de abajo. Intentó apartárselo de la mente escuchando un poco de música que tenía en el celular, pero le fue imposible. Intuía que algo no andaba bien. No era normal que sufriera esas pesadillas sin motivo. En un instante bajó la vista hacia sus manos, y se encontró con que sus nudillos estaban blancos por la presión que ejercían los dedos al clavárseles las uñas en las palmas. Alivió la tensión y prestó atención a las marcas sangrantes que se había infligido. No les dio importancia y contempló indiferente por la ventanilla el paisaje nocturno.
     En el momento en que el micro realizó su parada en Zárate, Alejandra bajó junto a Gabriel para tomar un poco de aire fresco. Cuando Gabriel encendió un cigarrillo, ella le pidió que le convidase uno.
     —¿Vas a fumar?
     —Sí, ¿por?
     —No, por nada —dijo él, y le tendió el paquete—. Ale, ¿seguro que estás bien?
     —¿Me veo mal?
     —Bueno, algo nerviosa.
     —Puede ser.
     —Y…
     —¿Por qué no me dejas de romper las pelotas, eh?
     —¿Me tienes que hablar así?
     —¿Acaso no dices que me ves nerviosa?
     —Sí, pero…
     —Bueno, porque me ves nerviosa, te hablo como te hablo.
     —Buen punto —dijo él, dubitativo—. Subo. Cuando te calmes, te espero arriba.
     Otra vez en marcha hacia La Paz, Entre Ríos. Alejandra se enfrascó de nuevo en el tipo del bolso, quien, para colmo, tampoco había bajado la parada anterior. Eso no era natural, cualquier persona necesita estirar las piernas luego de tantas horas de viaje. La situación la estaba volviendo loca. Intentó leer el diario, pero no le fue posible concentrarse. Así permaneció un buen rato y, sin darse cuenta, comenzó a adormecerse hasta caer rendida.

     Alejandra transpira. Tiene la boca abierta y el entrecejo fruncido. Se mece hacia delante y atrás en intervalos regulares. Se halla desnuda. Sabe que el sujeto del bolso la está penetrando por detrás, pero no puede evitarlo. Le duele y le encanta. Siente las acometidas de la ingle de él en sus nalgas en cada enardecido movimiento de pelvis. Una de sus manos, grandes, ásperas y callosas, la sostiene de un hombro, mientras la otra soba uno de sus pechos oprimiéndole el pezón. El hombre jadea, y ella percibe la viciada respiración antes que su lengua le lama la oreja y el cuello. Alejandra suelta gemidos reprimidos a cada embiste trasero. Él baja la mano que la sostiene del hombro para que sus dedos se abran paso en la vagina, y comienza a masturbarla de manera frenética. La velocidad del meneo aumenta, así como el empuje del hierro caliente, que de forma impetuosa deja escapar su secreción dentro de ella. Alejandra no se controla, contrae su cuerpo a fuerza de espasmos y acaba junto con él. Siente correr el semen de él y su propio flujo entre sus muslos y sus piernas, y escucha el ¡plop! que produce el miembro al retirarse de su ano.
     Se deja caer de rodillas, abatida, satisfecha, y frente a su rostro aparece el bolso azul con el cierre abierto. Del interior surgen unas manitas de bebé que juguetean con el aire.
     —Ha llegado el momento de tu designio —oye Alejandra que sentencia el hombre a sus espaldas.
     Un llanto se alza de la garganta del bebé, al que no se le ve su complexión, y, de pronto, un potente chorro de sangre se proyecta escupido desde donde está la criatura, hacia arriba. Alejandra se ve empapada por aquel plasma pegajoso, resbala y cae boca arriba, justo para ver al dueño del bolso reír a carcajadas, con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las gotas encarnadas.

     Alejandra Graziano despertó como si hubiera estado ahogándose en el fondo del mar. Con una mano en el pecho, y la otra clavando sus dedos en la pierna de su esposo, se irguió hacia delante con la boca en forma de un óvalo deforme, y los ojos como huevos duros. Algunos de los pasajeros se voltearon a curiosear, pero ella permanecía en su mundo de pesadillas.
     Gabriel, preocupado, le pasó un brazo por los hombros y le acarició el rostro.
     —¡¿Ale, qué te pasa?! —quiso saber él.
     Alejandra lo contempló con los ojos brillantes, anegados en lágrimas. Bajó la vista a su entrepierna y se cubrió allí con ambas manos.
     —Me indispuse —soltó ella—. Voy al baño.
     Agarró la mochila y se levantó, pasó arrebatada empujando las piernas de su pareja y salió precipitada por el pasillo. Gabriel la observó bajar la escalerilla sin saber qué hacer.
     Alejandra sabía que no estaba en fecha del período. ¡Había eyaculado durante su pesadilla! Se sentía sucia, ultrajada. Aquel viejo inmundo la había vejado. Era inverosímil, cierto, pero lo había hecho. De alguna manera se había introducido en sus sueños con el fin de darle a conocer un propósito del cual ella no pensaba formar parte. La obligó a ver aquellas cosas terribles y la había… ¡la había violado! Se gritaba este pensamiento una y otra vez, tratando de olvidar la evidencia de que lo había gozado, a tal punto de despertar mojada.
     Así anduvo por el pasillo de abajo. Se acercaba al lugar donde viajaba el hombre, pero pasaría a su lado lo más rápido posible. Al acercarse entrecerró los ojos y se lanzó hacia la puerta del baño, la cual abrió con brusquedad y cerró con mayor violencia aún. La trabó y, sin esperar un segundo, se arrojó sobre el inodoro, donde vomitó todo lo que había ingerido en las últimas horas. Las arcadas parecían llevarle el estómago hasta la garganta. Las venas del cuello se le tensaron, y las escleróticas se llenaron de relámpagos rojos. Una vez que vació su estómago, se dejó caer abrazada a la taza. Estaba agotada. Se quedó allí, llorando de impotencia.
     Oprimió el botón para hacer correr el agua, se levantó del piso y se enjuagó la boca en el lavatorio. Se lavó la cara y se secó con una toalla de mano que tenía en la mochila. Sacó un paquete de protectores diarios y tomó uno de ellos. Se quitó las zapatillas para poder quitarse los pantalones. Se desprendió de la bombacha mojada y se limpió la entrepierna con las toallitas húmedas que utilizaba para el exceso de grasa del rostro. Mientras lo hacía, volvió a llorar.
     Se acomodó el apósito y se subió el pantalón. Tendría que seguir el resto del viaje sin ropa interior; esta la tuvo que envolver en papel higiénico. Ya no volvería a usarla jamás.
     Respiró con profundidad mirándose al espejo. Estaba dispuesta para salir, cuando unos golpes a la puerta la sorprendieron.
     —Ocupado —dijo.
     —¿Se encuentra bien?
     «Oh, por Dios, es él», se dijo en un brote de desesperación interna.
     Por un instante se quedó muda. Su cuerpo empezó a sacudirse como una rama fina y vieja que está a punto de quebrarse a causa de un fuerte viento.
     —Estoy bien —se oyó pronunciar, y habría jurado que las palabras no habían salido de su boca.
     —¿Quiere que vaya por su marido?
     La estaba probando, era eso. Sabía quién era ella y que se encontraba acompañada. La había estado vigilando todo el tiempo. No, no solo eso. Él había mantenido relaciones con ella. Ahora más que nunca se hallaba segura de ello. Cerró los ojos unos segundos y todo lo que creyó que eran sueños se le dibujó en la mente como certezas horrorosas.
     —Sí, por favor —casi bramó al abrir los ojos—. Si sabe quién es, dígale que venga a buscarme.
     —Por supuesto, aguarde un momento —respondió el hombre. Se lo escuchaba preocupado y servicial, pero no caería en su trampa. La quería a ella. Sí, ahora lo comprendía todo. El bolso no constituía más que una grotesca metáfora de su placenta. Él era un demonio. Quería poseerla para dejarla embarazada del anticristo, y así endemoniar a toda la raza humana. Eso era lo que le evocaban sus vívidas pesadillas. Y no lo permitiría, no. No, no, no y no.
     Pum, pum, pum, pum, pum.
     —Ale —llamó su marido al otro lado de la puerta—. Ale, ¿estás bien?
     Alejandra tragó saliva, reconfortada al escuchar la voz de su esposo. Estiró el brazo para destrabar el cerrojo de la puerta y se vio expelida contra esta, con suma violencia. Su rostro impactó de lleno contra la madera y la sangre manó a borbotones de su boca y su nariz. Rebotó hacia atrás y la cadera dio contra el lavatorio. El golpe la impulsó de costado y fue a parar contra el inodoro de plástico duro, el cual se desprendió del suelo y se partió en dos. El cuarto de baño se había convertido en un lavarropas industrial y ella estaba aprisionada dentro sin poder salir.

     Alejandra parpadea y esa simple señal de vida le duele horrores. Se encuentra recostada en una posición incómoda. Intenta moverse y siente un aguijón clavarse en su hombro: está dislocado. Se acomoda como puede y pega una patada dolorosa a la puerta que la había mantenido encerrada. Esta se abre como si fuera una tapa y es entonces cuando cae en la cuenta de que el micro debió chocar y volcar de costado. Ella yace sobre los cristales del espejo del lavatorio. Cada movimiento que intenta hacer le supone un suplicio. Aun así continúa esforzándose por ponerse en pie.
     «Es otro de esos sueños», se dice para sus adentros, convencida. Se asoma por el rectángulo del marco y el panorama que tiene delante no es nada alentador. Hay cuerpos revolcados por doquier. Da la impresión de que todos están muertos, cosa que la persuade más todavía de que está soñando. Busca con la vista a su marido y lo encuentra despatarrado a pocos metros, con el cuello en una postura impracticable hasta para el mejor de los contorsionistas. Alejandra sale de su hueco y avanza sorteando respaldos de cuero, equipajes y cuerpos hasta Gabriel. Va lamentándose paso a paso, chorreando, con la boca abierta, lágrimas, mocos y sangre. Cuando llega junto a Gabriel, lo envuelve en un abrazo maternal y lo acuna desconsolada. Entonces, una mano se posa sobre su hombro herido. La contusión y el espanto le obligan a proferir un alarido estridente y se aleja como puede de ese contacto inesperado. Al advertir de quién se trata el individuo que la había tocado, su rostro se transforma en una mueca deforme repleta de rabia y, con inconmensurable vehemencia, se lanza sobre el tipo que había tratado de dominarla desde que había abordado el micro.
     Antes de que pueda decir nada, Alejandra agarra de los cabellos al hombre de camisa a cuadros rojos y negros y, entre espantosos chillidos, le aplasta la cabeza una y otra vez contra una de las ventanillas, que en este caso sirve de suelo. El cristal astillado se resquebraja cada vez más, pero la mujer no para de golpearlo hasta que no ve que la sangre pasa de roja a gris, y de gris a negra.
     Lo suelta con asco y cae de espaldas, gimiendo a más no poder. Mira en torno suyo en busca de testigos del homicidio, pero no hay nadie que pueda juzgarla. Y de manera casi oportuna, su mirada choca contra lo peor de sus pesadillas: el bolso azul.
     Allí está, solo, en medio del desastre. Parece puesto allí a propósito, listo para que ella lo tome.
     Alejandra se incorpora y se estira hasta el condenado objeto. Lo aferra de una de sus asas y tira hacia ella. El simple contacto con aquella textura es repulsivo. Lo siente en cada centímetro de la piel. El bulto llega hasta su regazo y Alejandra lo palpa, temblorosa.
     —No soy responsable de ti —susurra, y descorre el cierre.