martes, 14 de marzo de 2017

La cabaña de «Skins» Carson


V
Dejaron atados los caballos a un árbol cercano a la vivienda. Un poco más atrás quedó la carreta del sacerdote. Los animales estaban nerviosos e inquietos. El sheriff se encaminó a la entrada, secundado por su ayudante; detrás de este venía el cura. Una fuerte ráfaga de viento amenazó con volarles los sombreros. La puerta de la cabaña, que se encontraba abierta, se cerró de un golpe. El padre se hizo la señal de la cruz.
El sheriff tocó a la puerta, pero no hubo respuesta. Lo sobresaltó el ruido de algo que se cayó en el interior y su mano derecha se dirigió por instinto a la culata de su arma, y entró.
—Carson —llamó.
Adentro hacía mucho más frío que afuera. Un maletín se hallaba en medio de la estancia, como si hubiera sido colocado allí de forma deliberada.
—Es mío —dijo el sacerdote al notar la extrañeza en los rostros de los representantes de la ley—, pero yo no lo puse ahí. —Los hombres se giraron hacía él—. Lo arrojé al salir corriendo de aquí, pero recuerdo haberlo soltado en el porche antes de huir.
«Skins*» pudo haber regresado, entonces —supuso el sheriff.
Sheriff Farrel, le aseguro que el señor Carson no está aquí. —Ni bien terminó de pronunciar esta afirmación, el religioso levantó las manos y, boquiabierto y asustado, reculó: el joven alguacil le estaba apuntando con su revólver.
—Jerry, ¿qué haces? —dijo su jefe, sorprendido.
Jerry Stout tenía la mirada desencajada y los ojos humedecidos. Avanzó un paso y Jed Farrel desenfundó al instante.
—Baja el arma, chico.
Jerry miró a su jefe, enajenado.
—¿No la ve? —preguntó el muchacho, angustiado.
—¿Si no veo qué? —inquirió Jed.
—Sea lo que sea que estés observando, hijo, ignóralo y concéntrate en mí —dijo el padre, pero Jerry aparentaba no oírlo, y parecía al borde del llanto.
El ruido de unas pisadas desconcentró a Jed y este giró hacia su izquierda, amartillando el colt. La temperatura descendió de forma repentina, helando el lugar. Centró su atención nuevamente en Jerry, que no cejaba en su actitud.
Jed Farrel se consideraba un tipo duro, de esos difíciles de amedrentar. Su reputación se había extendido por todo el condado gracias a su tajante determinación de prohibir la portación de armas de fuego a civiles y de no permitir la presencia de cazarrecompensas, pero en estos momentos experimentaba algo de ese sentimiento llamado miedo. Había escuchado pasos, estaba seguro. Comenzó a notar el vaho de su aliento salir de su boca cuando sintió que le mordían la pantorrilla. Fue un dolor punzante y atroz que lo obligó a inclinarse y a tomarse de la pierna. Se remangó el pantalón y expuso, perplejo, las marcas de una dentellada en su zona carnosa. Jerry Stout atinó en ir en su ayuda, pero se vio despedido hacia atrás de manera sobrenatural, como si hubiese recibido una tremenda coz en el pecho. Terminó desarmado y despatarrado contra la pared, con hilos de sangre corriéndole por las fosas nasales.
El padre, aferrando la cruz que colgaba de su cuello, mandaba, a modo de oración, a algún espíritu inmundo que se marchara a lugares secos y oscuros, mientras hurgaba en el interior de su maletín, del cual extrajo un frasco.
—¡Te ordeno en el nombre del Señor, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te muestres ante mí! —vociferaba el religioso, arrojando el líquido del recipiente a las paredes y al piso de la cabaña—. ¡Muéstrate y dime tu nombre!
Jed no podía creer lo que veía. Estaba alucinado. En todos los sectores que eran alcanzados por el agua bendita salía humo, como si la madera se estuviera prendiendo fuego. Jerry se encontraba tan turbado como su jefe. Estaba a punto de hablar, pero se le cerró la garganta. Sintió que lo estrangulaban. Su espalda se pegó a la pared y fue arrastrado por la misma hasta que su cabeza tocó el techo. El muchacho pataleaba y pegaba manotazos de ahogado, buscando auxilio en su jefe con la mirada. Jed estaba inmóvil. Paralizado por completo. La pierna le ardía horrores y cada vez tenía más frío. Daba la impresión de que todo ese espectáculo transcurría a cámara lenta. La morada entera se asemejaba a una caja torácica de madera, que inhalaba y exhalaba oxígeno. Sentía que su cabeza se hinchaba y se desinflaba como el saco vocal de un sapo. Entonces, reaccionó. Se precipitó hacia el arma de Jerry, y con una pistola en cada mano descerrajó a balazos todo el interior del sitio. El cura se hizo un ovillo cuando un disparo le hizo saltar el sombrero por los aires. Los plomos agujereaban y destrozaban todo lo que alcanzaban, provocando lluvia de astillas, vidrios y demás elementos. A voz en grito, Jed se fue quedando sin municiones y la última detonación resultó ser la causante de que Jerry cayera al piso. El joven tragó una profunda bocanada de aire y le acometió un violento ataque de tos, luego dejó de respirar.
Jed lo sacudió, gritando su nombre, pero ya era tarde, Jerry Stout estaba muerto.
El sheriff sintió una mano sobre su hombro y se giró, dispuesto a disparar, pero se encontró con el sacerdote.
—Mire eso.
Jed dirigió la mirada hacia donde le indicaba el hombre y contempló, azorado, los orificios del tiroteo que acababa de ejecutar, de cada uno de ellos drenaba un fluido espeso y oscuro.
—Es sangre —expresó el padre.
—¿Cómo es eso posible? —articuló Jed.
—Esta casa está infestada.
De pronto se oyó un susurro.
«Wamakaskan.»
«Apa.»
La puerta de entrada fue acometida de repente por unos golpes que la hicieron temblar. Seguidamente, fue emprendida a arañazos. El padre reanudó las oraciones.
Exorcizo a todo espíritu impuro, a todo poder satánico, a cada incursión del adversario infernal, a cada legión, a cada congregación y secta diabólica. Vete, Satanás, inventor y maestro del engaño, enemigo de la salvación humana. Humíllate bajo la poderosa mano de Dios; tiembla y huye, teme al nombre de Jesús. Señor, líbranos de las asechanzas del demonio. Dios es maravilloso. Dios de Israel, dame fuerza y poder. Bendito sea Dios. Gloria al Padre, Hijo y Espíritu santo.
La puerta se abrió repentinamente, permitiendo el ingreso de un olor nauseabundo. El padre sintió que lo agarraban de un tobillo y se desplomó de espaldas, y fue impulsado hacia el exterior. Con el cuerpo tendido sobre el porche, y la cabeza pegada al marco del umbral de la puerta, el padre bramó:
—¡Jesucristo, cúbreme con tu sangre!
El primer portazo dejó al religioso aturdido y le tajeó las orejas, el segundo le llegó a lastimar las sienes, el tercero le hundió el cráneo por ambos lados. Al cuarto, los ojos se le salieron de las órbitas y el viejo perdió el control de los esfínteres. Jed ya había abandonado la cuenta cuando la materia gris rodeó al párroco.
¡Ya basta, maldita seas! —chilló el sheriff.
«Wakan Tanka.»
Jed fue asaltado por una fuerza invisible. El iris y las pupilas se le voltearon hacia arriba hasta perderse por detrás de las cuencas oculares, dejando tan solo las escleróticas inyectadas en sangre. Su cuerpo se elevó a centímetros del suelo y comenzó a convulsionarse en el aire.
«Hablo, Isto, Huki, Nape, Si, Nab´okazunte, Sipha, Cankpe, Cante, Ista, Nata.»
Los hombros de Jed se dislocaron a la par. Las piernas y los brazos se quebraron por las rodillas y los codos, respectivamente. Los dedos de los pies y de las manos se doblaron de modo grotesco. La cadera se le salió de lugar. Los crujidos de todo su ser dieron paso a huesos y cartílagos que quedaron expuestos. Finalmente, la cabeza se torció de una manera imposible.
El corazón del sheriff Jed Farrel había dejado de latir antes de caer desplomado.

IV
El ayudante del sheriff buscaba en su jefe algún gesto, o algo que le indicase que la historia que les contaba el padre era una locura, pero no encontró nada. El hombre permanecía inalterable. Escuchaba con respeto y atención; después de todo, las palabras provenían de boca de un religioso.
Cuando se le preguntó al católico qué le había sucedido, respondió después de un largo silencio, con la mirada perdida, como si no estuviese allí.
—Lo que pasó es que no le creí —dijo, y se le humedecieron los ojos. Su mentón comenzó a temblar.
—¿A quién no le creyó, padre? —inquirió el sheriff.
—A Jerome Carson.
—¿Jerome «Skins» Carson?
—Vino a verme. Me dijo que algo no estaba bien en su cabaña.
—No sabía que tuviera una cabaña —comentó el ayudante.
—La tiene —confirmó el padre—, casi oculta, donde termina la zona boscosa, cerca de las montañas. El mes pasado aguardó a que se retirase el último de los fieles de la iglesia, y me abordó tomándome por sorpresa. Me asustó. Preguntó si tenía un momento para escucharle. «Claro», le dije. Lo hice pasar al recinto, nos sentamos en el banco delantero del santuario y me contó los acontecimientos que lo llevaron hasta allí.
»Entonces no le di importancia, ¿saben? Por Dios, eran solo delirios de un montañés atormentado por la soledad y el alcohol. Me habló de sonidos extraños en su casa, los cuales atribuí al viento y a las criaturas del bosque. Mencionó olores nauseabundos que aparecían de repente, aromas que le hacían escocer la nariz y llorar la vista, y le dije que seguro se debía a las pieles que colgaba en el porche de su casa. Dijo que algunas plantas se marchitaban y morían sin explicación lógica: «A causa del frío», añadí.
—Ajá.
—Su perro se comportaba de forma extraña, comentó. A veces pasaba varios minutos mirando hacia un sector en particular y se quedaba paralizado, gimiendo; «como asustado», fueron sus palabras. Declaró que lo tuvo que sacrificar de un golpe en la mollera con un tronco luego de que el animal, alterado de un momento a otro, lo atacara de súbito. A esto no quise ni opinar.
—Entiendo.
—Continuó el relato con las repentinas corrientes de aire frío sin motivo aparente en días calurosos o templados y con la baja de temperatura en ciertos ambientes o en unas zonas específicas de la vivienda. Detectó manchas inexplicables en las paredes y en el suelo, o suciedad y desorden sin que hubiera intervención directa o indirecta de su parte. Y remató su historia con hechos insólitos tales como movimientos de objetos por sí solos, o que cambiaban de lugar, junto con otras anomalías: manifestó oír gritos, ruido de cadenas, rasguños en su puerta y susurros ininteligibles que le hacían al oído. Expresó que ya no dormía bien de noche, que se despertaba todos los días a las tres de la madrugada, hora que marcaba su Waltham Watch —reloj que, según él, encontró en el bosque—, porque sentía que lo despertaban o que alguien se acostaba a su lado. En fin, traté de tranquilizarlo y me ofrecí a bendecirlo, a lo cual, para mi sorpresa, accedió. Dejó que apoyara mi mano en su frente y oré por él. Me dio las gracias y se fue.
—¿Entonces?
—Regresó a las dos semanas. «Quiero confesarme», soltó. Imaginen mi sorpresa.
—La imaginamos.
—Ese hombre debía de tener pecados acumulados desde el día en que nació.
—Al grano, padre.
—Estaba preparado para escuchar cualquier cosa, pero lo que me contó… Lo resumo:
—Por favor,
—Salió a cazar, como lo hace siempre. Salió muy temprano. Todavía era de noche. Un día normal en la vida de un montañés. Pero, al volver al mediodía a su casa, se llevó una sorpresa: había cadáveres en el interior.
El sheriff y su ayudante intercambiaron miradas.
—En realidad, un solo cadáver, lo demás eran restos de miembros diseminados por toda la estancia.
—¿Cómo?
—Así como lo oye. Él fue más gráfico al describir lo que descubrió. Habló de partes humanas arrancadas de cuajo.
—¿Y eso de un solo cadáver…?
«Una piel roja», esas fueron sus palabras. El cuerpo de una india en medio de un círculo hecho con sangre.
Jed Farrel se acarició la barba y levantó las cejas a su compañero.
—Mire, yo me sentí igual como usted se siente ahora.  El asunto es que se encargó de hacer la limpieza y de enterrar el cuerpo y las otras extremidades. Él cree que todas las cosas extrañas que me contó que sucedían en su cabaña tenían que ver con ese hecho.
—¿Y por qué no se lo confesó antes, cuando fue a verlo la primera vez?
—El hombre no quería propagar una historia de muertos en la casa de un montañés.
—¿Usted qué hizo?
—Me pidió que fuera a echar un vistazo.
—¿Y fue?
—Vengo de allí.
—Un momento —interrumpió Jerry Stout—. ¿Se confesó hace dos semanas y fue recién hoy?
—No pensaba ir. Les repito, no le creí. Entiendan, por favor, me insinuó que era atormentado por almas de gente muerta. ¿Quién puede creer en eso?
—Usted cree en Jesús —le espetó Jed.
—¿Y eso qué significa?
—Nada, nada, continúe.
—Me sentí culpable. Si el pobre hombre deliraba y acudía por ayuda de la gracia del Señor, no sería yo quien se la negase. Así que preparé algunas cosas que pudieran servir de ayuda para convencerle que todo estaba bien: un crucifijo, agua bendita, ya saben. Subí a mi carreta y me puse en marcha. Los caballos no me dejaron llegar a destino. Clavaron los cascos y comenzaron a relinchar. Intenté ponerlos en marcha, pero fue en vano. Luego los entendí a la perfección. Yo tampoco pude arrimarme a la cabaña. Había una fuerza, que no puedo explicar, en torno a ese lugar. Percibí una densidad que no me permitía respirar bien. Me pensé sugestionado. Me obligué a avanzar hasta el porche, y hasta ahí llegué.
—¿Qué sucedió?
—Había pieles de castores colgadas a mi izquierda… Sheriff, empezaron a moverse.
—¿Qué?
—Se estremecían, todas, como si intentaran soltarse. Se estiraban hacía mí.
—Padre…
—No les pido que me crean, solo que me acompañen.
Jed inspiró profundo.
—Bien. Jerry, ensilla los caballos.

III
Una joven india sioux aprovecha que sus captores duermen la mona, logra desamarrarse de la soga que la aprisionaba al árbol a la que estaba atada (la venía rozando contra el tronco hacía varios días sin que ellos lo notaran; el resultado dio sus frutos) y huye en la profunda oscuridad de las últimas horas de la noche. En poco tiempo amanecería.
Está muy herida, no puede ir a gran velocidad. Fue golpeada y violada hasta el cansancio. Tiene los muslos manchados de sangre, chorrea tanto de su vagina como de su ano. Ambos le arden horrores, al igual que sus pechos sin pezones, que le fueron arrancados con los dientes. No ve de un ojo, está cerrado e hinchado, del tamaño de un puño, como el que se lo dejó en ese estado. Apenas puede respirar, tiene sangre seca en los orificios de la nariz y absorber aire por la boca duele, ya que le propinaron muchas trompadas.
Logra recorrer un largo trecho, se siente a salvo, hasta que escucha voces a lo lejos. Ya la descubrieron. No puede permitir que la vuelvan a alcanzar.
Piensa en sus padres.
«Ate, Ina.»
Los hombres se acercan, no tiene escapatoria, pero… Vislumbra un refugio. Un sujeto enorme sale de aquel lugar. Suelta un silbido y un perro se le va encima. La muchacha se estremece. Suspira cuando el hombretón y su fiera se dirigen en dirección al río, momento en que aprovecha para meterse en la vivienda.
Ingresa justo a tiempo. Los bandidos ya están afuera. Los escucha hablar, aunque no les entiende. Busca un elemento cortante, y encuentra un cuchillo de los grandes. Se sienta en medio de la sala, deja el elemento cortante a un lado, empapa las palmas de las manos con su propia sangre y dibuja un círculo en torno a su figura, luego junta las manos y recita:
«Sichum, Nagi Gluhapi: ¡Yuwipi!
Cangleska Wakan. Ishna ta awi cha lowan. Wakanta: Taku Wakan.
¡Yuwipi!»
Se apuñala en el vientre y se practica un tajo de lado a lado. Las vísceras se abren paso por la abertura de la carne. La joven sioux fallece justo cuando sus perseguidores ingresan por la puerta.

II
Cuando uno de los hermanos Heart descubre que se les escapó su presa, se pone como loco. Despierta a su pariente a patadas y le avisa de lo sucedido. Se culpan mutuamente y se enzarzan en una pelea de puños.
La muy puta no debía estar muy lejos. Encuentran un rastro de sangre y lo siguen. Van discutiendo e insultándose en el trayecto. Las huellas los guían hacia una cabaña.
Dan vueltas para cerciorarse de que no hay nadie más que la zorra indígena allí dentro. El menor de los Heart escucha el eco de la lengua lakota alzarse desde  la casa, y  avisa:
—Está ahí.
Se meten en la cabaña con sus revólveres prestos.
El cuadro que tienen delante no es para nada agradable. Miran la escena anonadados y dan un salto cuando la puerta se cierra de un golpe.
El hermano mayor le pega en el brazo al menor, y este le devuelve el gesto diciéndole que él no fue. Hubiera comenzado una nueva discusión entre ellos si no fuera porque de sus bocas solo salieron gritos de dolor cuando una manifestación incorpórea los comenzó a desmembrar.

I
—¿Ya vio esto, jefe?
—¿Qué cosa?
—Los afiches. Son los hermanos Heart. Un dineral por quien los capture vivos o muertos.
—Maldita sea.
—Pensé lo mismo.
—¿Sabes qué me molesta más de un cazarrecompensas, Jerry?
—No.
—Lo que producen alrededor de ellos mismos. Llegan a los pueblos como tipos rudos, ganadores. Se toman el whisky de nuestros bares, se acuestan con nuestras mujeres. Los niños quieren ser como ellos. Nadie piensa en convertirse en un agente de la ley.
—A usted no le gustan los niños, y ellos lo saben, Jed. Se lo hace notar. Ninguno querría ser como usted. Demonios.
—Qué.
—Creo que Nellie Oakley me contagió algo.
—Ya te dije que no gastes tu dinero en prostitutas y te busques una chica decente. Deja de rascarte las pelotas delante de mí, pégate un baño y aféitate los pelos de los genitales.
—¿Afeitarme?
—Sí, si quieres sacarte los bichos que te dejó Nellie allí abajo. Y hazme un favor, no uses la misma navaja que utilizas para el rostro.
—¿Qué haremos entonces si nos topamos con los Heart?
—Al calabozo y a llamar al marshal.
—Y si aparece un caza…
—Lo desarmo y lo muelo a golpes, como hice con el último que puso una sucia bota en mi ciudad.
—Ja, ja, ja… Esa carreta viene demasiado a prisa, ¿no le parece, jefe?
—Es el sacerdote, ¿qué hace?
—Viene hacia aquí.
—Lo que nos faltaba, problemas celestiales.
—Vamos, Jed, ¿qué daño le puede hacer un poco de fe? Además… ¿qué problemas nos podría traer el padre Arlen?

*«Skins» palabra en inglés que significa pieles.