lunes, 1 de febrero de 2016

Pa, ya está por anochecer


Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Miriam Blass


Veo que la puerta del cuarto está entreabierta. Los gemidos provienen del interior y suenan como si alguien estuviera teniendo relaciones sexuales. Un sudor frío me corre por la frente y tirito de tal manera que no puedo controlarme.
Apoyo la mano en la puerta y la empujo suavemente para abrirla del todo: sentada en el suelo, desnuda, con la espalda pegada a la pared, mi esposa jadea sin cesar. Está amamantando a un bebé, una criatura horrenda con una cola de animal que le sale de arriba de la raya del culo, con una boca alargada que se asemeja al hocico de un perro, y unas manitas con garras en lugar de uñas, que se clavan en las tetas de su madre, infligiéndole heridas profundas y sangrantes. El niño succiona del pecho izquierdo y ella parece marchitarse ante cada chupada.
Mi mujer tiene las piernas abiertas y se está masturbando con su mano derecha. De pronto, un reguero de sangre brota de su vagina con inusitada presión. Todo ese flujo pegajoso me alcanza por completo y quedo empapado en plasma. Estoy estupefacto y no puedo moverme, aunque tiemblo como una hoja. Cuando el líquido deja de salir, ella comienza a parir, y de sus partes íntimas surge una cría de lobo. Revolcándose en el charco rojo, el recién nacido me observa, y dice:
—Papá…
Se despierta sobresaltado y se sienta de golpe en el sillón. Tiene los ojos irritados y un sabor amargo en la boca.
—Te quedaste dormido —dice su hijo. Él lo mira algo desorientado—. Ya está por anochecer.
El hombre no puede evitarlo. Odia mostrarse débil, pero rompe a llorar. El niño lo abraza fuerte, y él le devuelve el gesto con toda el alma.
—No puedo, hijito —lloriquea—. No puedo.
Un estallido los interrumpe de súbito. El tiro ingresó por la ventana y se incrustó en el aparador que tenían detrás de ellos.
«Entrega a tu hijo, André», se oye desde el exterior.
El chico está ardiendo en fiebre. Se aleja de su padre y se marcha a su dormitorio. Cuando regresa, trae consigo un arma, que deja sobre la pierna de su papá. Luego extiende el brazo para darle unas balas de plata, las cuales le deposita en la palma de la mano.
—No quiero que me maten ellos —dice el nene—. Me duelen los huesos, pa. Me duele todo el cuerpo.
El hombre llora a moco tendido.
—Yo te amo…
—Se oculta el sol, pa…
El muchacho se dobla de dolor y lanza un alarido. Su padre, aterrado, coloca las municiones en el tambor del revólver y dirige la boca del cañón al pecho de su hijo, quien se convulsiona de manera espeluznante. Se escucha el crujir de los huesos cuando su cara y sus manos se alargan de forma grotesca. Las orejas se le ponen en punta al tiempo que sus dientes se transforman en sierras y su cuerpo se va cubriendo de vello oscuro.
El hombre toma el arma de fuego con ambas manos y apunta a su pequeño que tanto ama.
Con el dedo titubeando en el gatillo, el hombre pega un grito desgarrador antes de disparar.
El picaporte de la casa es destruido de un escopetazo y, acto seguido, una turba iracunda de sujetos armados entra a la vivienda, pero lo único que hallan es el cuerpo de André tendido en el piso, con un buraco en la nuca, por el cual salió la materia gris que se ve esparcida por la sala tras haber detonado el revólver que se llevó a la boca.
—André y la reputísima madre que te parió —suelta el tipo que encabeza al grupo de individuos.
La noche los envuelve sin aviso y deja a oscuras la morada.
Vista desde afuera, la única iluminación que se aprecia en aquella residencia es la que otorga la luna llena que se alza en el firmamento y la de los fogonazos que producen los disparos cuando la bestia que habita la estancia se les echa encima.

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  Esta historia la hice para «Versus 3», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaCarmen GutierrezPepe MartinezRobe Ferrer Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la sgunda ronda de eliminación. La consigna: escribir un relato de horror. La historia debe incluir a un hombre lobo como personaje, principal o secundario.