jueves, 3 de septiembre de 2015

Secretos de baldío


Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Ricardo Scala


Beni no era habilidoso, pero contuvo la pelota, giró el cuerpo, haciendo que su rival pasase de largo y, apuntando al arco, metió un zapatazo tremendo. El defensor del equipo contrario, Luca, se cubrió la mollera con las manos y se agachó, un acto reflejo en vano, dado que el balón salió alto y bien lejos. Lo dicho: Beni no era habilidoso.
El esférico se perdió por arriba del murallón que estaba a unos pocos metros detrás del arco improvisado con mochilas y remeras.
El Especial, que jugaba para él, le reprochó la acción. Beni chistó y pidió que lo ayudasen a subir la pared. Lo auparon entre los dos arqueros, el Urso y Migue, y de un empujón lo elevaron hasta el borde del muro. Pasó con cuidado una pierna para el otro lado y luego la otra. Cuando estuvo bien sentado, se dejó caer hacia adelante y desapareció de la vista de sus amigos.
—¿Cómo hará para volver para acá? —preguntó Sombrita, algo preocupado.
—Ya se las ingeniará —contestó Migue.
Benicio se limpió las palmas de las manos en los pantalones cortos y se fijó por dónde se habría ido la bola. Anduvo en línea recta, esquivando ramas, y se encontró con un pronunciado desnivel en el terreno. Bufó y emprendió el descenso.
Estuvo a punto de caer de culo en varias oportunidades, pero se mantuvo en pie hasta que al fin el suelo se niveló, pero no pudo dar un paso más. Sus piernas comenzaron a temblar y sintió como le bajaba la presión: palideció y se sintió mareado. La bocha estaba allí, pero alguien la tenía en sus manos.

***

Habían transcurrido diez minutos desde que Benicio se había ido, y hacía cinco que Trinidad se había unido al grupo. Algo preocupada por la tardanza de su amigo, Trini comenzó a llamarlo, pero no recibió respuesta alguna.
—¿Le habrá ocurrido algo? —preguntó, y despertó la inquietud en el resto. Entonces, menos Sombrita y Luca, Migue, Trini, el Especial y el Urso decidieron ir en su búsqueda.
Cruzaron la pared uno a uno, ayudados a escalar por los más grandotes. El último en trepar fue el Urso, que apenas necesitó que Sombrita le arrimase el hombro para procurarse el envión que le hacía falta.
—¿Todos bien? —gritó Luca, y recibió la respuesta afirmativa de todos, a coro—. Trae el walkman —le dijo a Sombrita—, tengo un casete de AC/DC.

***

No veían a Benicio por ningún lado. Se adentraron un poco más en los matorrales y Trinidad llamó: ¡BENI!, bien fuerte; a la sazón obtuvieron una respuesta.
¡Allá abajo! —vociferó el Especial, y marcharon en tromba en esa dirección.
Cuando al fin pudieron distinguir la figura de Benicio, se sintieron más aliviados, pero al llegar hasta donde estaba él parado, todo cambió.
Trinidad fue la primera en acercarse a Benicio, y la segunda en llevarse la sorpresa, la cual fue de igual naturaleza para los que se asomaron detrás de ella. La muchacha ahogó un gemido con las palmas de sus manos, y los chicos se mostraron boquiabiertos, en estado de estupefacción.
Frente a ellos había un infante de unos siete años de edad, ataviado con un pijama de dos piezas con la imagen de los osos gummi estampada en la camiseta. Estaba amarrado al tronco de un árbol con una soga muy gruesa anudada en torno a su cintura. El nene iba descalzo y ostentaba pupilas lechosas; su piel se presentaba putrefacta, con jirones de carne colgándole del rostro y de las manos. Sus uñas eran largas y sucias, al igual que su cabello, que le caía duro de mugre sobre los hombros. Su dentadura, amarronada y verdosa, era irregular. Y el hedor que despedía de su cuerpo era nauseabundo, mezcla de comida podrida, orín y mierda recién pisada. Olfateó el aire, apuntando su nariz macilenta hacia los chicos, y soltó un alarido feroz. Trini se horrorizó y se aferró al brazo de Beni.
—Es un… —alcanzó a pronunciar ella, y Benicio asintió con la cabeza, cortándole la frase a la mitad.
—Vamos —expresó nervioso Miguel—. Eso no es posible.
—Lo estamos viendo, Migue— manifestó el Urso.
—No, no, esto no está bien —expuso el Especial—. Hay que avisarle a alguien, a algún adulto. Ese pibe…
—Está muerto —declaró Beni.
¡¿Cómo lo sabes?! —estalló el Especial—. ¿Acaso lo comprobaste?
Beni tragó saliva y bajó la vista. A sus pies había una vara de hierro.
—Intenté sacarle la pelota y casi me arranca los dedos de un mordisco. Pegué un par de vueltas, pensando en cómo hacer para arrebatársela, y me encontré esto apuntalado por allá —indicó, señalando a su izquierda—. Lo traje y le di unos golpes en las manos con él. —Trini frunció el ceño—.  No fueron fuertes. El punto es que no la largaba, así que… bueno… yo simplemente le hundí el fierro en el cuello.
Tras la confesión, Beni se puso rojo como un tomate. Trinidad se alejó de él, como si fuera a contagiarse de algo.
—Así que, sí, lo comprobé. Está muerto. Lo estaba antes y permanece igual.
—Eres un enfermito —juzgó el Especial—. Yo me largo de aquí.
—Espera, Pablo —pidió Benicio—. Deja que les muestre algo.
Benicio se volvió hacia el niño atado y se acuclilló a una distancia prudente, teniendo en cuenta el largo de la cuerda, y estiró los brazos a la vez que movía los dedos. El zombi gruñó y mordisqueó la pelota. Un hilo de baba se pegó a ella y a su labio inferior, y se quedó balanceándose hasta que se cortó. Apoyó la esfera de cuero entre sus pies desnudos y la pateó hacia Benicio.
—Ay, Dios —susurró Trinidad. Beni atajó el suave disparo y, contemplando a sus amigos, esbozó una inmensa sonrisa.

***

Aquella noche Beni no cenó. Pretextó estar mal del estómago y se dirigió a su cuarto. Pero eran las dos de la mañana y seguía sin cerrar los párpados. No podía dejar de pensar en el personaje del baldío. Dejarlo atrás le hizo sentir culpa. Pensaba en si tendría frío, o hambre. ¿Hacía cuánto tiempo que permanecía en ese lugar? ¿Quién lo pudo haber abandonado allí? Tantas preguntas sin respuesta lo mantenían insomne. La única certeza que abrigaba era que a la mañana temprano volvería a visitarlo, pero antes iría de compras.

***

Beni arrojó tres sesos —que consiguió en la carnicería— junto al nenito, y resultó ser como lanzarle alimento a un animal hambriento. Los devoró en un instante. Al acabarlos, se proyectó como una bala hacia Benicio, con las fauces abiertas. Beni se estremeció de miedo, pero no reculó. Prestó oídos sordos a esos clamores desagradables mientras extraía de su mochila la pelota, la cual exhibió ante el no muerto.
Sorprendentemente, se interrumpieron los bramidos.
«Aaaah» —articuló, y era claro que intentaba comunicarse: pedía el balón—. «AAAAAH».
Beni lo colocó en el piso y lo pateó con delicadeza.
El muerto viviente la detuvo con un pie.
«Aaaaah» —profirió, elevando el semblante al cielo.
—Que me maten ahora mismo si eso no es una expresión de alegría —murmuró Beni, frotándose la frente.

***

Benicio se dedicó a visitar al niño cada día. A veces solo, otras con alguno de los chicos, salvo con Luca y Sombrita, a quienes no les contaron nada sobre lo descubierto.
Le había llevado distintos juguetes con los que entretenerse, pero, excepto por un peluche del topo Gigio, por el que se mostró atraído antes de arrancarle las orejas con los dientes, su único interés verdadero era la pelota; hasta que Trinidad le proporcionó armonía a sus oídos.
Una tarde, mientras Beni, el Urso, Migue y el Especial se divertían haciendo rodar la redonda entre ellos y el zombi —práctica que el autómata ya manejaba a la perfección—, Trini quitó los auriculares de su aparato musical portátil y el sonido se amplificó en el ambiente, proporcionando al oído de todos «Construye» de The Housemartins, del álbum de estudio «Las personas que sonreían a la muerte», casete que Trinidad había obtenido como regalo de cumpleaños la semana anterior. La experiencia sentó de maravilla. La criatura cesó en todo tipo de acción corporal y enfocó su atención hacia el walkman. Avanzó hasta que la atadura se tensó en sus caderas, y se quedó algo inclinado hacia adelante, como el paso antigravedad que ejecutara Michael Jackson en el videoclip Smooth criminal.
Así permaneció el lapso que duró la canción, y de esa forma continuó con los subsiguientes temas, con la boca abierta, echando saliva y con la mirada ausente, pero colmada de una nostalgia difícil de explicar, aunque no de comprender, ya que los jóvenes contenían las lágrimas que amenazaban con brotarles mientras lo observaban en un aura de respetuoso silencio y quietud.
El chiquillo putrefacto se había convertido en parte de la tropa. Cada uno de ellos pensaba de modos disímiles que correspondía cuidar de él; era su deber. Y cumplieron con esa orden divina por un largo período; hasta la mañana en que el Especial se presentó en la escuela con un ojo morado y el labio roto.
—Pablo… —se lamentó Trinidad al notar las heridas.
—Me atendieron Cristian y su banda de infradotados.
—¿El hijo del Paí? —se inquietó Beni—. ¿Por qué te pegó?
—Dice que antes de ayer nos vio saltar el paredón, y quería saber qué hacíamos allí.
—¿Qué les dijiste? —urgió saber Benicio.
—Que nos informaron que en ese sitio una mae umbanda se la chupaba a aquellos que fueran más inteligentes que su hijo idiota.
Descomprimieron la tensión con una fuerte carcajada.
—Ja, ja, ja, sí que te la buscaste —dijo Beni, pasándole un brazo por los hombros—. Vamos a contarle al Urso, y arreglemos para ir a ver al camarada zombi a la salida.

***

Cristian ingresó al terreno con su séquito de perversos corderos siguiéndole: tres muchachos y una chica. Llevaba en el bolsillo del pantalón una manopla de acero y una navaja. Uno de sus compinches, el Colo, blandía un bastón extensible de policía. Difícilmente las usaran no más que para dar un buen susto a esos mocosos, particularmente a ese bocón del Especial, pero sería muy divertido.
Al descender por la empinada área frondosa, no se toparon con los adolescentes, pero sí encontraron algo.
Cristian no salía de su asombro, trataba de asimilar con la mente lo que no concebían sus ojos. Sus perros fieles se mostraban tan o más anonadados que él.
Rodearon en un semicírculo el cuerpo aprisionado al tronco y lo observaron con rictus de asco y animadversión en sus semblantes. El pelirrojo del clan levantó la cara hacia Cristian en espera de alguna indicación, cuando aquel ser empezó a gruñir y se les tiró encima.

***

Caía la noche, cálida, serena. La luna se mostraba en toda su plenitud, con las estrellas como centinelas en torno a ella. Bajo el fulgor de su luz, cuatro niños y una joven disertaban en un rincón de la calle. Estaban sudados, embarrados y salpicados de sangre ajena.  Sostenían picos y palas. Uno de ellos llevaba una pelota. Este último, Benicio, lloraba con una agonía inusitada. Sus amigos, notablemente angustiados, no encontraban palabras para consolarlo, y tampoco las encontrarían. Sucedió que el pequeño zombi ya descansaba en paz. Bastaron unos certeros golpes con las palas en el cráneo para ello. Y le dieron santo sepulcro. Luego se dedicaron a enterrar a las víctimas que sirvieron de último banquete para el muerto vivo. Todos lloraron durante la faena. Antes discutieron sobre lo que debían hacer, si llamar a la policía, contarles a sus padres, pero, a instancias de Beni, decidieron en común acuerdo guardar el secreto y mantenerlo lo mejor oculto posible.
Se despidieron en la esquina con la sensación de que se habían vuelto adultos de repente y de que nada volvería a ser como antes. Se quitarían las manchas de su cuerpo con una ducha, pero las de su alma se mantendrían indelebles, como el recuerdo de ese chiquito, que supo ser feliz con patear una simple pelota de fútbol.
Por lo menos, eso es lo que Beni deseaba creer.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que  elaborar un relato basado en la imagen superior, no igual a la escena de la película que representa (Children of the Corn), basándome solo en lo que aparece en la foto, y escrito bajo seudónimo. El resultado fue «Secretos de baldío», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación: