martes, 17 de febrero de 2015

El cordero de Meme


El hombre abrió la puerta de su casa y salió a la carrera bajo la lluvia que había traído aquella noche de principios de otoño. Una de sus ovejas estaba por dar a luz, y él debía asistirla en un lugar preparado para la ocasión, al que llamaba cobertizo de paritorio. Alzó al animal con mucho cuidado y lo llevó a upa hacia allí.
El granjero tardaba más de lo habitual en salir del establo. Entonces, preocupado, el rebaño se fue acercando al lugar sin importarle el torrencial aguacero que caía.
En aquel momento, un rayo iluminó el cielo y un trueno estalló a continuación, al mismo tiempo en que las puertas del establo se abrían de par en par.
Era el hombre. Las ovejas balaban, ansiosas por conocer al nuevo miembro de la familia, pero eso no pasó. El dueño se asomó con algo entre sus brazos. Pero ninguna de ellas pudo precisar si se trataba del corderito recién nacido, ya que lo que allí cargaba estaba cubierto con un trapo. Cuando el humano se retiró en sentido contrario a su casa, hacia donde los árboles formaban una especie de bosque en el campo, las ovejas se acercaron al trote al interior del galpón.
—Señoras, no deberían estar aquí —dijo un caballo.
—¿Dónde está Meme, Rotundo? —preguntó una de ellas. Él bufó.
—Seño…
—Nada de nada. ¿Dónde está Meme?
—Ella… ella murió.
Las ovejas se miraron unas a otras, negando la verdad, hasta que algunas rompieron a llorar.
—¿Quieres decir que lo que llevaba el patrón era a nuestra amiga?
—No —respondió Rotundo, vacilante—. Ella sigue allí. —Hizo un gesto con el hocico. La oveja fue en esa dirección. Lagrimeaba desconsoladamente cuando regresó junto al caballo.
—¿Y el cordero? ¿Dónde está su hijo?
—La verdad es que no lo vi, Teté. Ni yo ni ninguno de los otros. —Teté giró para ver a los demás animales en sus corrales, que le daban la espalda, como haciéndose los tontos.
Teté soltó un balido tan triste que contagió a sus amigas, y todas juntas comenzaron un concierto ensordecedor de llanto.
Rotundo y sus parientes se inquietaron por los insoportables alaridos, que acabaron en el acto cuando un fuerte relincho se hizo escuchar.
—¡Ya está bien!  Fuera de aquí ahora mismo o las aplasto a todas con mis herraduras —las amenazó el caballo.
El rebaño retrocedió, alarmado, y se marchó. Menos Teté, la cual insistió.
—Por favor, dime dónde está el cordero de Meme.
—De verdad que no tengo idea. Lo que sí sé es que, sea lo que sea lo que haya salido de tu compañera, no fue nada bueno.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Teté, desconcertada.
—El jefe gritó. —Teté abrió los ojos como platos—. Así como lo escuchas. Estaba asustado. Pude sentir eso; y ya sabemos que él no se asusta con nada.
Teté se sentía confundida.
—Espera un minuto. Aquello envuelto en trapos era… ¿eso? —Rotundo asintió.
—Muchas gracias, Rotundo. Debo irme.
—Ve y descansa. Mañana será otro día.
—No, iré tras él. Debo saber qué es ese pequeño que acaba de nacer.
Y dejando al caballo con la palabra en la boca, Teté se encaminó en busca del rastro de su pastor. Le llevó gran parte de la noche dar con lo que había ido a buscar, pero la perseverancia dio sus frutos.
Halló un pozo, el cual se iba llenando con agua de lluvia. Del interior del hoyo se oía el continuo «be» del huérfano animalito. Teté se arrimó con cautela y echó un vistazo el fondo de la cavidad. La quijada de Teté casi casi se desencajó de tanto que la abrió.

*****

La primera vez que descubrieron a Teté hablando sola en la noche, fue al año de la muerte de Meme. Muchas pensaban que se había vuelto loca, pero no se atrevían a mencionarlo en voz alta. La observaban teniendo largas conversaciones, en las que en ocasiones se la veía mangonear o reír a carcajadas.
Por supuesto, la espiaban a escondidas. No querían herir sus sentimientos.
—La pobre debe creer que charla con Meme —opinaba una.
—Aquella noche estuvo perdida por horas —mencionó otra—. ¡Con la tormenta que había! Se le enfrió el cerebro.
Así fueron pasando los días, al punto de tomar como normal las conversaciones que Teté mantenía con ella misma al anochecer.
Una madrugada, mientras el grupo dormía de manera apacible, algo irrumpió de súbito y las despertó. Un gigantesco lobo las atacó, haciendo volar por los aires a las ovejas. Todas se llevaron un susto bárbaro. Mientras gemían, brincando unas sobre otras, Teté huyó espantada, pero no pudo alejarse demasiado, ya que sintió unas garras aferrar su cuerpo.
—¡Auxilio, socorro! —pedía Teté, pero nadie la ayudaba. El lobo feroz la alzó hasta llevarla hacia su boca babeante y llena de dientes, y ella cerró los ojos, esperando a ser devorada.
—¿En dónde lo tienes? —rugió la fiera. Teté abrió su ojo derecho—. Dímelo o te comeré.
En cuanto dijo esto último, el lobo recibió un golpe a la altura de su cintura, que lo obligó a soltar a la oveja. Teté cayó despatarrada y observó cómo el lobo era atacado por una fuerza invisible. De hecho, todas eran testigo de ese acto insólito.
El lobo caía para un lado y para otro, como si lo empujaran. Recibió un golpe en la panza que lo tiró a unos metros de donde estaba parado y lo dejó sin aire.
«Aléjate de ellas», se escuchó de repente, y todos hicieron silencio.
¿Quién había hablado?
Nadie lo supo.
En ese instante, de la casa salió el hombre, descalzo y en cueros, con una escopeta y con una linterna en las manos.
Con el haz de luz redondo enfocó al lobo allí tendido, y apuntó para dispararle, pero Teté se interpuso entre ellos.
—Sal del medio, oveja —ordenó el hombre, pero Teté no se movió, se dio la vuelta y miró al lobo, que también la contemplaba algo confundido.
—Chicas —habló la oveja—. Concéntrense en ese sector y dejen que la vista se acostumbre a la oscuridad.
Todas le hicieron caso sin saber qué esperar, y de repente algo ocurrió.
No tuvieron que aguardar para poder ver en la noche, ya que el hombre llevó la luz de la linterna hacia el sitio en el que su rebaño curioseaba. Y todos fueron testigos de la presencia que allí estaba.
Era una oveja negra, más negra que cualquier otra cosa que hubieran conocido de ese color. Comprendieron que no podían verla antes justamente por su apariencia, que desaparecía en la negrura de la noche. Pero lo extraño de esa oveja no era su pelambre diferente a la del resto, tan blanco como una nube, sino su aspecto: tenía cara de lobo.
¡Hijo mío! —aulló el lobo y se lanzó sobre la oveja negra. El pequeño buscó a Teté, asombrado.
—Él es tu padre, querido.
Ante la confesión, todos se quedaron boquiabiertos. El lobo besuqueaba a su hijito, feliz de haberlo encontrado.
Una oveja vieja y gorda se colocó al lado de Teté y le preguntó:
—¿Era con él con quien hablabas a escondidas?
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Teté.
—Bueno, al terminar el día te espiábamos. Pero a él no lo veíamos. Por lo negro que es. Creíamos que te habías vuelto loca de remate. Debiste confiar en nosotras y habérnoslo contado. Te habríamos ayudado.
—Pensé que lo rechazarían. Sabía que Meme andaba noviando con el lobo, pero no creí que fueran a tener un hijo.
—Ni me hables de Meme… andar de amoríos con esa bestia. ¿Qué haremos ahora?
—Confío en que el niño le enseñe el buen camino. He trabajado en su educación por más de un año. Esperaba que esto pasara.
El lobo y la oveja negra se revolcaban felices de haber descubierto su parentesco. Ante tal escena de amor, los presentes rieron contentos, convencidos de que ese era el comienzo de una nueva etapa en sus vidas como rebaño.
Todos festejaban menos el hombre, que apuntaba con su arma de aquí para allá, haciendo bailar la luz de la linterna.
—Ahora sí me aborregué —dijo, apoyando la escopeta como bastón y rascándose la frente.
Lo que él oía como balidos y aullidos eran carcajadas de alegría.

Colorín, colorado, esta historia ha terminado.



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  Esta historia la hice para «Versus», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la segunda ronda de eliminación.