jueves, 3 de septiembre de 2015

Secretos de baldío


Un cuento de Raúl Omar García
Bajo el seudónimo de
Ricardo Scala


Beni no era habilidoso, pero contuvo la pelota, giró el cuerpo, haciendo que su rival pasase de largo y, apuntando al arco, metió un zapatazo tremendo. El defensor del equipo contrario, Luca, se cubrió la mollera con las manos y se agachó, un acto reflejo en vano, dado que el balón salió alto y bien lejos. Lo dicho: Beni no era habilidoso.
El esférico se perdió por arriba del murallón que estaba a unos pocos metros detrás del arco improvisado con mochilas y remeras.
El Especial, que jugaba para él, le reprochó la acción. Beni chistó y pidió que lo ayudasen a subir la pared. Lo auparon entre los dos arqueros, el Urso y Migue, y de un empujón lo elevaron hasta el borde del muro. Pasó con cuidado una pierna para el otro lado y luego la otra. Cuando estuvo bien sentado, se dejó caer hacia adelante y desapareció de la vista de sus amigos.
—¿Cómo hará para volver para acá? —preguntó Sombrita, algo preocupado.
—Ya se las ingeniará —contestó Migue.
Benicio se limpió las palmas de las manos en los pantalones cortos y se fijó por dónde se habría ido la bola. Anduvo en línea recta, esquivando ramas, y se encontró con un pronunciado desnivel en el terreno. Bufó y emprendió el descenso.
Estuvo a punto de caer de culo en varias oportunidades, pero se mantuvo en pie hasta que al fin el suelo se niveló, pero no pudo dar un paso más. Sus piernas comenzaron a temblar y sintió como le bajaba la presión: palideció y se sintió mareado. La bocha estaba allí, pero alguien la tenía en sus manos.

***

Habían transcurrido diez minutos desde que Benicio se había ido, y hacía cinco que Trinidad se había unido al grupo. Algo preocupada por la tardanza de su amigo, Trini comenzó a llamarlo, pero no recibió respuesta alguna.
—¿Le habrá ocurrido algo? —preguntó, y despertó la inquietud en el resto. Entonces, menos Sombrita y Luca, Migue, Trini, el Especial y el Urso decidieron ir en su búsqueda.
Cruzaron la pared uno a uno, ayudados a escalar por los más grandotes. El último en trepar fue el Urso, que apenas necesitó que Sombrita le arrimase el hombro para procurarse el envión que le hacía falta.
—¿Todos bien? —gritó Luca, y recibió la respuesta afirmativa de todos, a coro—. Trae el walkman —le dijo a Sombrita—, tengo un casete de AC/DC.

***

No veían a Benicio por ningún lado. Se adentraron un poco más en los matorrales y Trinidad llamó: ¡BENI!, bien fuerte; a la sazón obtuvieron una respuesta.
¡Allá abajo! —vociferó el Especial, y marcharon en tromba en esa dirección.
Cuando al fin pudieron distinguir la figura de Benicio, se sintieron más aliviados, pero al llegar hasta donde estaba él parado, todo cambió.
Trinidad fue la primera en acercarse a Benicio, y la segunda en llevarse la sorpresa, la cual fue de igual naturaleza para los que se asomaron detrás de ella. La muchacha ahogó un gemido con las palmas de sus manos, y los chicos se mostraron boquiabiertos, en estado de estupefacción.
Frente a ellos había un infante de unos siete años de edad, ataviado con un pijama de dos piezas con la imagen de los osos gummi estampada en la camiseta. Estaba amarrado al tronco de un árbol con una soga muy gruesa anudada en torno a su cintura. El nene iba descalzo y ostentaba pupilas lechosas; su piel se presentaba putrefacta, con jirones de carne colgándole del rostro y de las manos. Sus uñas eran largas y sucias, al igual que su cabello, que le caía duro de mugre sobre los hombros. Su dentadura, amarronada y verdosa, era irregular. Y el hedor que despedía de su cuerpo era nauseabundo, mezcla de comida podrida, orín y mierda recién pisada. Olfateó el aire, apuntando su nariz macilenta hacia los chicos, y soltó un alarido feroz. Trini se horrorizó y se aferró al brazo de Beni.
—Es un… —alcanzó a pronunciar ella, y Benicio asintió con la cabeza, cortándole la frase a la mitad.
—Vamos —expresó nervioso Miguel—. Eso no es posible.
—Lo estamos viendo, Migue— manifestó el Urso.
—No, no, esto no está bien —expuso el Especial—. Hay que avisarle a alguien, a algún adulto. Ese pibe…
—Está muerto —declaró Beni.
¡¿Cómo lo sabes?! —estalló el Especial—. ¿Acaso lo comprobaste?
Beni tragó saliva y bajó la vista. A sus pies había una vara de hierro.
—Intenté sacarle la pelota y casi me arranca los dedos de un mordisco. Pegué un par de vueltas, pensando en cómo hacer para arrebatársela, y me encontré esto apuntalado por allá —indicó, señalando a su izquierda—. Lo traje y le di unos golpes en las manos con él. —Trini frunció el ceño—.  No fueron fuertes. El punto es que no la largaba, así que… bueno… yo simplemente le hundí el fierro en el cuello.
Tras la confesión, Beni se puso rojo como un tomate. Trinidad se alejó de él, como si fuera a contagiarse de algo.
—Así que, sí, lo comprobé. Está muerto. Lo estaba antes y permanece igual.
—Eres un enfermito —juzgó el Especial—. Yo me largo de aquí.
—Espera, Pablo —pidió Benicio—. Deja que les muestre algo.
Benicio se volvió hacia el niño atado y se acuclilló a una distancia prudente, teniendo en cuenta el largo de la cuerda, y estiró los brazos a la vez que movía los dedos. El zombi gruñó y mordisqueó la pelota. Un hilo de baba se pegó a ella y a su labio inferior, y se quedó balanceándose hasta que se cortó. Apoyó la esfera de cuero entre sus pies desnudos y la pateó hacia Benicio.
—Ay, Dios —susurró Trinidad. Beni atajó el suave disparo y, contemplando a sus amigos, esbozó una inmensa sonrisa.

***

Aquella noche Beni no cenó. Pretextó estar mal del estómago y se dirigió a su cuarto. Pero eran las dos de la mañana y seguía sin cerrar los párpados. No podía dejar de pensar en el personaje del baldío. Dejarlo atrás le hizo sentir culpa. Pensaba en si tendría frío, o hambre. ¿Hacía cuánto tiempo que permanecía en ese lugar? ¿Quién lo pudo haber abandonado allí? Tantas preguntas sin respuesta lo mantenían insomne. La única certeza que abrigaba era que a la mañana temprano volvería a visitarlo, pero antes iría de compras.

***

Beni arrojó tres sesos —que consiguió en la carnicería— junto al nenito, y resultó ser como lanzarle alimento a un animal hambriento. Los devoró en un instante. Al acabarlos, se proyectó como una bala hacia Benicio, con las fauces abiertas. Beni se estremeció de miedo, pero no reculó. Prestó oídos sordos a esos clamores desagradables mientras extraía de su mochila la pelota, la cual exhibió ante el no muerto.
Sorprendentemente, se interrumpieron los bramidos.
«Aaaah» —articuló, y era claro que intentaba comunicarse: pedía el balón—. «AAAAAH».
Beni lo colocó en el piso y lo pateó con delicadeza.
El muerto viviente la detuvo con un pie.
«Aaaaah» —profirió, elevando el semblante al cielo.
—Que me maten ahora mismo si eso no es una expresión de alegría —murmuró Beni, frotándose la frente.

***

Benicio se dedicó a visitar al niño cada día. A veces solo, otras con alguno de los chicos, salvo con Luca y Sombrita, a quienes no les contaron nada sobre lo descubierto.
Le había llevado distintos juguetes con los que entretenerse, pero, excepto por un peluche del topo Gigio, por el que se mostró atraído antes de arrancarle las orejas con los dientes, su único interés verdadero era la pelota; hasta que Trinidad le proporcionó armonía a sus oídos.
Una tarde, mientras Beni, el Urso, Migue y el Especial se divertían haciendo rodar la redonda entre ellos y el zombi —práctica que el autómata ya manejaba a la perfección—, Trini quitó los auriculares de su aparato musical portátil y el sonido se amplificó en el ambiente, proporcionando al oído de todos «Construye» de The Housemartins, del álbum de estudio «Las personas que sonreían a la muerte», casete que Trinidad había obtenido como regalo de cumpleaños la semana anterior. La experiencia sentó de maravilla. La criatura cesó en todo tipo de acción corporal y enfocó su atención hacia el walkman. Avanzó hasta que la atadura se tensó en sus caderas, y se quedó algo inclinado hacia adelante, como el paso antigravedad que ejecutara Michael Jackson en el videoclip Smooth criminal.
Así permaneció el lapso que duró la canción, y de esa forma continuó con los subsiguientes temas, con la boca abierta, echando saliva y con la mirada ausente, pero colmada de una nostalgia difícil de explicar, aunque no de comprender, ya que los jóvenes contenían las lágrimas que amenazaban con brotarles mientras lo observaban en un aura de respetuoso silencio y quietud.
El chiquillo putrefacto se había convertido en parte de la tropa. Cada uno de ellos pensaba de modos disímiles que correspondía cuidar de él; era su deber. Y cumplieron con esa orden divina por un largo período; hasta la mañana en que el Especial se presentó en la escuela con un ojo morado y el labio roto.
—Pablo… —se lamentó Trinidad al notar las heridas.
—Me atendieron Cristian y su banda de infradotados.
—¿El hijo del Paí? —se inquietó Beni—. ¿Por qué te pegó?
—Dice que antes de ayer nos vio saltar el paredón, y quería saber qué hacíamos allí.
—¿Qué les dijiste? —urgió saber Benicio.
—Que nos informaron que en ese sitio una mae umbanda se la chupaba a aquellos que fueran más inteligentes que su hijo idiota.
Descomprimieron la tensión con una fuerte carcajada.
—Ja, ja, ja, sí que te la buscaste —dijo Beni, pasándole un brazo por los hombros—. Vamos a contarle al Urso, y arreglemos para ir a ver al camarada zombi a la salida.

***

Cristian ingresó al terreno con su séquito de perversos corderos siguiéndole: tres muchachos y una chica. Llevaba en el bolsillo del pantalón una manopla de acero y una navaja. Uno de sus compinches, el Colo, blandía un bastón extensible de policía. Difícilmente las usaran no más que para dar un buen susto a esos mocosos, particularmente a ese bocón del Especial, pero sería muy divertido.
Al descender por la empinada área frondosa, no se toparon con los adolescentes, pero sí encontraron algo.
Cristian no salía de su asombro, trataba de asimilar con la mente lo que no concebían sus ojos. Sus perros fieles se mostraban tan o más anonadados que él.
Rodearon en un semicírculo el cuerpo aprisionado al tronco y lo observaron con rictus de asco y animadversión en sus semblantes. El pelirrojo del clan levantó la cara hacia Cristian en espera de alguna indicación, cuando aquel ser empezó a gruñir y se les tiró encima.

***

Caía la noche, cálida, serena. La luna se mostraba en toda su plenitud, con las estrellas como centinelas en torno a ella. Bajo el fulgor de su luz, cuatro niños y una joven disertaban en un rincón de la calle. Estaban sudados, embarrados y salpicados de sangre ajena.  Sostenían picos y palas. Uno de ellos llevaba una pelota. Este último, Benicio, lloraba con una agonía inusitada. Sus amigos, notablemente angustiados, no encontraban palabras para consolarlo, y tampoco las encontrarían. Sucedió que el pequeño zombi ya descansaba en paz. Bastaron unos certeros golpes con las palas en el cráneo para ello. Y le dieron santo sepulcro. Luego se dedicaron a enterrar a las víctimas que sirvieron de último banquete para el muerto vivo. Todos lloraron durante la faena. Antes discutieron sobre lo que debían hacer, si llamar a la policía, contarles a sus padres, pero, a instancias de Beni, decidieron en común acuerdo guardar el secreto y mantenerlo lo mejor oculto posible.
Se despidieron en la esquina con la sensación de que se habían vuelto adultos de repente y de que nada volvería a ser como antes. Se quitarían las manchas de su cuerpo con una ducha, pero las de su alma se mantendrían indelebles, como el recuerdo de ese chiquito, que supo ser feliz con patear una simple pelota de fútbol.
Por lo menos, eso es lo que Beni deseaba creer.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que  elaborar un relato basado en la imagen superior, no igual a la escena de la película que representa (Children of the Corn), basándome solo en lo que aparece en la foto, y escrito bajo seudónimo. El resultado fue «Secretos de baldío», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación:

jueves, 16 de abril de 2015

Drogas, adolescentes y padres monstruosos


Miro a los jóvenes que hay detrás de mí mientras aplico todas mis fuerzas sobre el picaporte para que no abran la puerta que trabo con mi cuerpo, el cual se sacude por las embestidas que dan del otro lado, y lo que veo es solo a niños asustados y no a los drogones que creía encontrar.
No los culpo. Yo también estoy aterrado.
*****
Esa mañana había llegado a mi despacho un matrimonio con un pedido de lo más peculiar, aunque no poco habitual. Una misión sencilla que no merecía los gastos de mis servicios si se dedicaran a ser buenos padres.
La mayor parte del tiempo habló la mujer. El hombre le susurraba cosas al oído que, al parecer, ella repetía. Una actitud sumamente inquietante, les diré. No suelo sentirme incómodo, mucho menos en mi oficina, pero puedo asegurar que esa escena me resultó embarazosa.
Después de que me explicara los motivos de su visita, la señora rompió en llanto. Y hago un paréntesis aquí mismo, porque… A ver. Tanto su rostro como su cuerpo demostraban que había entrado en una crisis nerviosa. Sus hombros subían y bajaban, los ojos se encontraban entornados y sus labios formaban un horrible ocho. De arriba abajo era la viva imagen de una persona que lloraba desconsoladamente, pero faltaba lo esencial: lágrimas. No soltaba una puta gota. Disculpen la palabra…: una sola gota. O era una buena actriz, o presenciaba yo un fenómeno insólito de ausencia de lagrimales.
Su marido apenas parecía sobarle el lomo como quien acaricia a un perro.
En fin, dadas las circunstancias, de más está mencionar que tuve mis reparos al tomar el encargo, pero la «acongojada» pareja me colocó sobre el escritorio un fajo de billetes que me fue imposible rechazar (clink: caja, acepto).
Era prioridad empezar el seguimiento de inmediato. Ah, sí, mi nuevo caso era encontrar pruebas de que el gurrumín de la familia era un drogón en potencia.
El hijo de la pareja partió de su casa a las tres de la tarde. Tiré el cigarrillo a medio fumar por la ventanilla del auto y encendí el motor para seguir sus pasos. Anduvo muchas cuadras y pegó más vueltas que una calesita. Por momentos se volteaba, como si supiera que alguien lo venía siguiendo. Eso me puso tenso. Sé hacer mi laburo, y la manera de actuar del muchacho parecía dejarme en evidencia aunque yo supiera que no era así. Lo cual me llevó a una suposición: intentaba rehuir a alguien y no era a mí.
Finalmente se detuvo frente a una ruinosa vivienda, a la cual ingresó no sin antes efectuar el típico gesto de ver si había moros en la costa. Entró deprisa y sin golpear: el pendejo tenía llave.
Anoté la dirección del domicilio en mi libreta y la guardé en el bolsillo interior de la campera de cuero. Luego usé el teléfono celular y llamé al inspector Víctor Vega a fin de que me proporcionara información sobre los dueños de la propiedad. Como presumí, era una residencia abandonada en terreno fiscal.
Bajé del auto y rodeé el sitio para poder espiar por alguna ventana. Localicé una, pero el cortinado apenas me regalaba figuras de siluetas deformes. Eran cinco allí adentro.
Escuché ruido en la entrada principal y me escabullí detrás de un arbusto. Apareció un muchacho alto y desgarbado, que caminó hacia la esquina, donde se detuvo. Revisaba su teléfono a cada rato, ansioso, hasta que un coche dobló la esquina y se paró cerca de él. El conductor estiró un brazo y manoteó el dinero que el pibe le ofrecía y a continuación le proporcionó una bolsita. ¡Digan whisky! Inmortalicé la imagen del día con la Polaroid Spectra 1200i que me había obsequiado un amigo forense de Estados Unidos, una maquinita que largaba una instantáneas impresionantes. Terminada la transa, el flacucho regresó al hogar.
Retorné a mi auto y me quedé ahí sentado hasta el anochecer. Comenzaba a adormecerme de aburrimiento. Encendí la radio y busqué una AM que pasara tangos. El cambio de dial efectuó su interferencia habitual cuando la portezuela del acompañante se abrió de golpe.
—Sabía que tu retiro no duraría mucho —dijo Vega tras acomodarse en el asiento.
—La concha de tu hermana, vas a matarme de un infarto.
—Te ofrecí un lugar en la fuerza y lo rechazaste.
—Y yo te dije que la fuerza es muy corrupta. ¿Qué haces aquí?
—Lo recuerdo… ¿Andabas con ganas de acción?
—La necesidad no tiene nada que ver con las ganas —le respondí. Y era verdad.
—¿Necesitas dinero? Sabes que puedes contar conmigo, ¿no? —Claro que sabía, pero no le respondí, hurgué en la guantera, saqué el recorte de un diario y se lo entregué.
Clarín miente —soltó en seguida.
—Sí, lo sé, pero en esta ocasión no.
Lo que le invité a leer fue lo siguiente:

AUMENTA EL NÚMERO DE PADRES QUE CONTRATAN DETECTIVES PARA VIGILAR SI SUS HIJOS SE DROGAN
Buscan saber qué hacen y con quiénes se juntan. Droga, alcohol, adicción a Internet y pedofilia son las mayores preocupaciones. Para los expertos, la tendencia habla de padres alejados de sus hijos que usan "intermediarios" para enterarse de sus vidas.
Las agencias de detectives privados, famosas por descubrir infieles y cazar deudores o estafadores, ahora también se dedican a seguir chiquilines para ver dónde y con quiénes vaguean, si se drogan o se emborrachan. Sus sofisticados servicios también permiten meterse en sus computadoras y leer sus mails, ver cada página por la que navegan, seguir paso a paso sus chats. Lo mismo con sus celulares. Los temerosos padres pueden así obtener informes pormenorizados de sus hijos en tan solo un santiamén. Eso sí, la falta de confianza y la incapacidad de dialogar les salen carísimo, hasta mil pesos diarios.
Hace poco, distintas consultoras hicieron encuestas sobre los temores de los padres de adolescentes. Los resultados son prácticamente iguales: le temen, fundamentalmente, al consumo de estupefacientes y alcohol, también a la inseguridad. Y reconocen que lo que más les cuesta es ponerles límites a sus hijos.
Según los detectives, la pedofilia, la droga y el alcohol son los principales fantasmas de los padres. También hay otro: la homosexualidad. Pero en ese tema, aseguran los sabuesos, ellos no se inmiscuyen porque "es asunto privado". Igual, a veces les pasa que investigan porque los progenitores sospechan por drogas y terminan descubriendo una relación homosexual.
Investigadores informan que son padres que arrastran sospechas desde hace mucho y confirman que quieren saber en qué andan sus hijos: si trabajan, si estudian, qué parejas tienen, si están en la droga, ya sea porque consumen o venden. Algunos también, porque están perdidos, buscan su paradero. Los chicos que ellos deben “espiar” van de los doce a los veintiséis años.
También nos cuentan que el "problema" de los más chicos es la adicción a Internet. Sus padres quieren saber con quién chatea, y también temen que caigan en bandas de pedófilos. Los motivos de investigación en los más grandes están relacionados con la adicción a los narcóticos y al alcohol. Los siguen a la salida del colegio, ven si toman cerveza, si fuman. También van a boliches, observan si se meten en líos, etc. Se interviene la PC con aparatos, o programas especiales, con autorización de los progenitores. Se vigilan los celulares (se ve a quiénes escriben, a quiénes llaman), se interviene el teléfono de línea de la casa para asegurarse si lo usan cuando los padres no se hallan. Se les sigue en sucesivas ocasiones, el lapso en que no están en sus casas. A la hora de seguirlos utilizan chicas jóvenes que pasan desapercibidas y generan menos sospecha, y saben sacar más información. Utilizan softwares y equipos usados para intervenir las computadoras llamados keyloggers, los cuales se consiguen en Internet, pero afirman que no todos los detectives saben usarlos. Coincide la mayoría en que los chicos son muy hábiles con el ordenador y solo gente acostumbrada a esto sabe cómo hacer la intervención. Se investigan sus contactos celulares y de Facebook, sus contactos en MSN, sus charlas. Todo.
El oficio que implica develar misterios, secretos o verdades ocultas tiene estrategias especiales a la hora de tratar con adolescentes.
“Que seas paranoico no quiere decir que te estén persiguiendo”, dice una conocida frase popular. Pero quizá sí, cualquiera podría acechar tus movimientos desde atrás de un árbol, seguirte con el auto o hasta infiltrarse en tu grupo de amigos o en tu computadora.

Vega me observó con pesadumbre.
—¿Te dedicas a esto, Norman? —Asentí y bajé la vista—. El Norman Brichta que yo conozco resuelve hechos que el común de nosotros jamás lograría y me confirmas que investigas…
Interrumpió la perorata a la mitad. Un grito se alzó del interior de la casa que estuve vigilando. Vega y yo nos bajamos a toda prisa. Víctor avanzaba con su arma en la mano. Se me adelantó y, a la carrera, arremetió contra la puerta de una patada. El joven al que le seguía la pista se hallaba inconsciente en el piso, rodeado de sus compañeros: el larguirucho, un morrudo y dos señoritas que no pasarían los dieciséis años.
—¿Qué tomó? —rugió Vega guardando la pistola. Los adolescentes parecían no reaccionar—. Le agarró una sobredosis, ¿no? ¿De qué?
—¿So-sobredosis? —balbuceó el alto, y Vega lo cazó de la oreja.
—Dame la falopa, borrego del orto —ordenó—, o te pego semejante patada en el culo que te vas a cagar de hambre en el aire.
¡Fueron nuestros padres! —aulló una de las chicas. Víctor y yo la contemplamos desconcertados—. No son humanos. Y quieren matarnos por no ser como ellos.
Vega me lanzó una mirada que expresaba: ¿De qué carajo habla…? Pero no pudo articular ni un vocablo. Un sonido como de una tela sacudida por el viento fue el preludio de la llegada de una sombra surgida de la noche, que succionó a mi amigo hacia el exterior. La casa tembló. Las niñas se abrazaron y, de rodillas, lloraron a moco tendido. El morrudo intentó huir, pero un ser inmenso y monstruoso volaba hacia nosotros. Me precipité hacia la puerta, la cerré y apliqué todas mis fuerzas sobre el picaporte para que no la abrieran. Mi cuerpo se sacudía por las embestidas que daban del otro lado. Contemplé a los jóvenes que tenía detrás de mí y lo que vi fue solo a niños asustados y no a los drogones que creía encontrar.
No los culpé. Yo también estaba aterrado.
*****
Abro los ojos y tardo en darme cuenta de que me encuentro en la habitación de un hospital. Parado a los pies de la cama, el inspector Vega me dedica una de sus sonrisas socarronas.
—Ay, Norman. Más viejo, más pelotudo.
—¿Qué me pasó? —carraspeo. Me duele la garganta.
Pasó que la viga podrida a la que ataste la corbata para ahorcarte se quebró. —Cierro mis párpados y suelto un suspiro—. Cuando charlamos anoche no te noté bien. No poseo tus facultades deductivas, pero me considero un sabueso que sabe cuándo algo huele mal. Fui a verte y no atendías cuando toqué timbre. No me quedó más remedio que forzar la puerta de una patada. Te encontré tirado junto a la silla, con la cara tan azul como un pitufo. Norman, si quieres mantenerte ocupado, atiende mis llamados y juega en serio, y deja esos trabajos de mierda.
Mi semblante le debe comunicar mi desconcierto, porque a continuación agrega:
—Dejaste esta hoja de diario en el suelo. —Me extiende el papel y comprendo de inmediato al leer el titular sobre el aumento del número de padres que contratan detectives para vigilar si sus hijos se drogan—. Recupérate pronto. Mañana vendré a visitarte. Tengo un deceso que quiero que analices. Un fiscal fue hallado muerto en el baño con un tiro en la sien.
—Y no piensas que sea suicidio —murmuro.
—No existen rastros de pólvora en sus manos. —Sonríe—. Extraoficialmente, esto es para ti. Pide que te traigan un Clarín para que te vayas empapando en el tema, pero no te dejes llevar por sus noticias, tergiversan la realidad —dice, me guiña un ojo y da media vuelta para retirarse.
—Víctor —le llamo, y él se vuelve—. Gracias. Y sí sé que puedo contar contigo—. No comprende qué le quiero decir con eso, pero le debía la respuesta a esa pregunta que no sabe que me formuló en mis locas fantasías. Me dedica un gesto de saludo militar y se va.
Yo me quedo solo, cavilando en drogas, adolescentes y padres monstruosos.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un cuento basado en el titular de una noticia periodística, y el resultado fue «Drogas, adolescentes y padres monstruosos».

martes, 17 de febrero de 2015

El cordero de Meme


El hombre abrió la puerta de su casa y salió a la carrera bajo la lluvia que había traído aquella noche de principios de otoño. Una de sus ovejas estaba por dar a luz, y él debía asistirla en un lugar preparado para la ocasión, al que llamaba cobertizo de paritorio. Alzó al animal con mucho cuidado y lo llevó a upa hacia allí.
El granjero tardaba más de lo habitual en salir del establo. Entonces, preocupado, el rebaño se fue acercando al lugar sin importarle el torrencial aguacero que caía.
En aquel momento, un rayo iluminó el cielo y un trueno estalló a continuación, al mismo tiempo en que las puertas del establo se abrían de par en par.
Era el hombre. Las ovejas balaban, ansiosas por conocer al nuevo miembro de la familia, pero eso no pasó. El dueño se asomó con algo entre sus brazos. Pero ninguna de ellas pudo precisar si se trataba del corderito recién nacido, ya que lo que allí cargaba estaba cubierto con un trapo. Cuando el humano se retiró en sentido contrario a su casa, hacia donde los árboles formaban una especie de bosque en el campo, las ovejas se acercaron al trote al interior del galpón.
—Señoras, no deberían estar aquí —dijo un caballo.
—¿Dónde está Meme, Rotundo? —preguntó una de ellas. Él bufó.
—Seño…
—Nada de nada. ¿Dónde está Meme?
—Ella… ella murió.
Las ovejas se miraron unas a otras, negando la verdad, hasta que algunas rompieron a llorar.
—¿Quieres decir que lo que llevaba el patrón era a nuestra amiga?
—No —respondió Rotundo, vacilante—. Ella sigue allí. —Hizo un gesto con el hocico. La oveja fue en esa dirección. Lagrimeaba desconsoladamente cuando regresó junto al caballo.
—¿Y el cordero? ¿Dónde está su hijo?
—La verdad es que no lo vi, Teté. Ni yo ni ninguno de los otros. —Teté giró para ver a los demás animales en sus corrales, que le daban la espalda, como haciéndose los tontos.
Teté soltó un balido tan triste que contagió a sus amigas, y todas juntas comenzaron un concierto ensordecedor de llanto.
Rotundo y sus parientes se inquietaron por los insoportables alaridos, que acabaron en el acto cuando un fuerte relincho se hizo escuchar.
—¡Ya está bien!  Fuera de aquí ahora mismo o las aplasto a todas con mis herraduras —las amenazó el caballo.
El rebaño retrocedió, alarmado, y se marchó. Menos Teté, la cual insistió.
—Por favor, dime dónde está el cordero de Meme.
—De verdad que no tengo idea. Lo que sí sé es que, sea lo que sea lo que haya salido de tu compañera, no fue nada bueno.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Teté, desconcertada.
—El jefe gritó. —Teté abrió los ojos como platos—. Así como lo escuchas. Estaba asustado. Pude sentir eso; y ya sabemos que él no se asusta con nada.
Teté se sentía confundida.
—Espera un minuto. Aquello envuelto en trapos era… ¿eso? —Rotundo asintió.
—Muchas gracias, Rotundo. Debo irme.
—Ve y descansa. Mañana será otro día.
—No, iré tras él. Debo saber qué es ese pequeño que acaba de nacer.
Y dejando al caballo con la palabra en la boca, Teté se encaminó en busca del rastro de su pastor. Le llevó gran parte de la noche dar con lo que había ido a buscar, pero la perseverancia dio sus frutos.
Halló un pozo, el cual se iba llenando con agua de lluvia. Del interior del hoyo se oía el continuo «be» del huérfano animalito. Teté se arrimó con cautela y echó un vistazo el fondo de la cavidad. La quijada de Teté casi casi se desencajó de tanto que la abrió.

*****

La primera vez que descubrieron a Teté hablando sola en la noche, fue al año de la muerte de Meme. Muchas pensaban que se había vuelto loca, pero no se atrevían a mencionarlo en voz alta. La observaban teniendo largas conversaciones, en las que en ocasiones se la veía mangonear o reír a carcajadas.
Por supuesto, la espiaban a escondidas. No querían herir sus sentimientos.
—La pobre debe creer que charla con Meme —opinaba una.
—Aquella noche estuvo perdida por horas —mencionó otra—. ¡Con la tormenta que había! Se le enfrió el cerebro.
Así fueron pasando los días, al punto de tomar como normal las conversaciones que Teté mantenía con ella misma al anochecer.
Una madrugada, mientras el grupo dormía de manera apacible, algo irrumpió de súbito y las despertó. Un gigantesco lobo las atacó, haciendo volar por los aires a las ovejas. Todas se llevaron un susto bárbaro. Mientras gemían, brincando unas sobre otras, Teté huyó espantada, pero no pudo alejarse demasiado, ya que sintió unas garras aferrar su cuerpo.
—¡Auxilio, socorro! —pedía Teté, pero nadie la ayudaba. El lobo feroz la alzó hasta llevarla hacia su boca babeante y llena de dientes, y ella cerró los ojos, esperando a ser devorada.
—¿En dónde lo tienes? —rugió la fiera. Teté abrió su ojo derecho—. Dímelo o te comeré.
En cuanto dijo esto último, el lobo recibió un golpe a la altura de su cintura, que lo obligó a soltar a la oveja. Teté cayó despatarrada y observó cómo el lobo era atacado por una fuerza invisible. De hecho, todas eran testigo de ese acto insólito.
El lobo caía para un lado y para otro, como si lo empujaran. Recibió un golpe en la panza que lo tiró a unos metros de donde estaba parado y lo dejó sin aire.
«Aléjate de ellas», se escuchó de repente, y todos hicieron silencio.
¿Quién había hablado?
Nadie lo supo.
En ese instante, de la casa salió el hombre, descalzo y en cueros, con una escopeta y con una linterna en las manos.
Con el haz de luz redondo enfocó al lobo allí tendido, y apuntó para dispararle, pero Teté se interpuso entre ellos.
—Sal del medio, oveja —ordenó el hombre, pero Teté no se movió, se dio la vuelta y miró al lobo, que también la contemplaba algo confundido.
—Chicas —habló la oveja—. Concéntrense en ese sector y dejen que la vista se acostumbre a la oscuridad.
Todas le hicieron caso sin saber qué esperar, y de repente algo ocurrió.
No tuvieron que aguardar para poder ver en la noche, ya que el hombre llevó la luz de la linterna hacia el sitio en el que su rebaño curioseaba. Y todos fueron testigos de la presencia que allí estaba.
Era una oveja negra, más negra que cualquier otra cosa que hubieran conocido de ese color. Comprendieron que no podían verla antes justamente por su apariencia, que desaparecía en la negrura de la noche. Pero lo extraño de esa oveja no era su pelambre diferente a la del resto, tan blanco como una nube, sino su aspecto: tenía cara de lobo.
¡Hijo mío! —aulló el lobo y se lanzó sobre la oveja negra. El pequeño buscó a Teté, asombrado.
—Él es tu padre, querido.
Ante la confesión, todos se quedaron boquiabiertos. El lobo besuqueaba a su hijito, feliz de haberlo encontrado.
Una oveja vieja y gorda se colocó al lado de Teté y le preguntó:
—¿Era con él con quien hablabas a escondidas?
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Teté.
—Bueno, al terminar el día te espiábamos. Pero a él no lo veíamos. Por lo negro que es. Creíamos que te habías vuelto loca de remate. Debiste confiar en nosotras y habérnoslo contado. Te habríamos ayudado.
—Pensé que lo rechazarían. Sabía que Meme andaba noviando con el lobo, pero no creí que fueran a tener un hijo.
—Ni me hables de Meme… andar de amoríos con esa bestia. ¿Qué haremos ahora?
—Confío en que el niño le enseñe el buen camino. He trabajado en su educación por más de un año. Esperaba que esto pasara.
El lobo y la oveja negra se revolcaban felices de haber descubierto su parentesco. Ante tal escena de amor, los presentes rieron contentos, convencidos de que ese era el comienzo de una nueva etapa en sus vidas como rebaño.
Todos festejaban menos el hombre, que apuntaba con su arma de aquí para allá, haciendo bailar la luz de la linterna.
—Ahora sí me aborregué —dijo, apoyando la escopeta como bastón y rascándose la frente.
Lo que él oía como balidos y aullidos eran carcajadas de alegría.

Colorín, colorado, esta historia ha terminado.



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  Esta historia la hice para «Versus», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la segunda ronda de eliminación.