martes, 26 de agosto de 2014

Chloe

Basado en «Atrapada», microrrelato de Gloria Neiva Antúnez

Es una noche fresca en la ciudad. Las personas transitan por la vía pública ataviadas con sus correspondientes abrigos y con bufandas al cuello para abrigarse de la ventisca.
Chloe circula a paso lento, con un imperceptible meneo de sus cuartos traseros. Siente el frío pavimento bajo sus patas entre tanto busca con qué alimentarse.
No puede contar más con la generosidad de la señora Alper. La semana pasada la sacaron de su casa adentro de una bolsa negra. No era una dama muy entrada en años, pero el caso es que Elsa Alper ya no pasea entre los vivos. Sin embargo, Chloe suele visitar la vivienda de la fallecida dama de vez en cuando, le gusta contemplarla deambular por la casa como si aún la habitara.
El primer encuentro que tuvo con ella no fue muy agradable. La gata se había erizado, y bufó con ferocidad ante la aparición que se hubo presentado de la nada. Le costó adaptarse, pero, al cabo, terminó por acostumbrarse.
El punto es que ahora debe valerse por sí misma. Como al principio, cuando la desampararon en aquel vasto descampado.
El sonido de un viejo jazz surge de un domicilio y Chloe se demora un minuto a disfrutar de la dulce melodía, sentada bajo la lánguida luz de una farola, y envuelta en el vaho que brota de una alcantarilla cercana.
Las tripas le rugen justo en el instante en que un movimiento reclama su atención: una rata corretea por el borde del cordón de la vereda, muy campante y displicente.
Ni lerda ni perezosa, Chloe se agazapa y de un brinco caza a la alimaña, que lucha por su existencia a base de chillidos y mordiscos, pero el esfuerzo resulta en vano, porque las fauces del felino se cierran en su garganta. Zarandea al roedor de un sitio a otro hasta dejarlo sin aliento y, una vez muerto entre sus dientes, comienza a dar buena cuenta del banquete.
Satisfecha, emprende su marcha, dejando los restos del cadáver en la zanja.
Las gotas del rocío nocturno acumuladas en un alero despiertan a Chloe al caer arriba de su mollera. La gatita se sacude y se despereza del descanso que acaba de tomar, arqueando el lomo e irguiendo la cola. Un bostezo corona el despertar.
Abandona la zona de reposo para iniciar una nueva peregrinación. Un individuo que cruza por su lado le propina una patada para apartarla. Hay momentos en que aborrece a los humanos y sus manías agresivas.
Al andar por un callejón, se detiene a observar a un niño que se encuentra allí, sentado en el piso con la espalda apoyada a la pared; la visera de la gorra en su cabeza le oculta el rostro. El muchacho tiene un guante de béisbol y lanza una pelota en el muro de enfrente para que al botar regrese a él. En un descuido del chico, la bola se escabulle de entre sus manos y sale despedida hacia los pies de una señorita que pasa por el área. Esta chica echa un vistazo al lugar de donde provino el esférico, pero no ve a nadie. Chloe percibe el temor de la muchacha, la cual huye a la carrera sin mirar atrás. El pibe la ignora, gira su faz sin rasgos y de blanca palidez directo a la gata, se ajusta el gorro y continúa con lo suyo: arrojar el balón (que asombrosamente vuelve a tener en su poder) contra la muralla que tiene delante.
Las horas nocturnas llegan a su fin. El tránsito se torna más fluido, y la minina se mantiene precavida. Aun así, no sabe cómo termina en brazos de la pequeña que la lleva en andas. El contacto con la humana se siente cálido, agradable. Percata el cariño que le profesa, y Chloe se abriga en su seno, rendida a su amor.
¿Cuánto hace que no concibe una emoción parecida? Los recuerdos de su amo son difusos. Demasiado vagos para poder comparar.
La niñita, atados sus cabellos con dos colitas, la traslada a su hogar. Esconde al animal bajo un cajón de madera en su habitación. Chloe pierde la noción del tiempo, así que le es imposible calcular el periodo que tolera a oscuras en ese «calabozo», pero no se inquieta, no advierte malas intenciones en ese acto.
Repentinamente, un súbito destello de luz la ciega por completo.
—¿Qué pretendes con ese gato? —dice una mujer de serio semblante.
—La encontré afuera, mamá —explica la nena.
—¿Y? —Por el tono de la madre, Chloe se imagina nuevamente vagando a la intemperie.
—¡La quiero, ! Es linda. —Mientras expresa esto, la jovencita levanta a la gata a la altura de la cara de su progenitora.
La mirada de mamá se suaviza de pronto.
—Dana…
—¡Por favor! Cuidaré de ella…
—Está bien, pero no sé qué opinará tu papá.
—Él me dirá que sí. No podrá negarse.
La mujer ríe y suspira.
—Ay, Dana, ya veremos.

Aguardaron al padre durante todo el día. Chloe había almorzado alimento para mascotas y había evacuado sus necesidades sobre «mágicas» y «reconfortantes» piedras sanitarias para gatos.
Durmió como un tronco en la cama de su nueva dueña, y al abrir los ojos se halló en soledad.

Procede a estirarse como siempre luego de recobrarse de un profundo sueño reparador, clava sus garras en el acolchado y salta al suelo.
Maúlla fuerte, convocando a su ama, pero no recibe respuesta alguna.
Se mueve de manera elegante, se asoma al recibidor y se planta ante la puerta. Recostada en sus posaderas, se endereza de improviso al ver ingresar al hombre de la casa. Los pelos se le erizan y sus uñas despuntan de entre sus dedos, pero de inmediato se calma. El sujeto la franquea como si ella no existiera. Da vueltas por la estancia, examina el ambiente como si desconociera lo que está ahí.
Una brisa helada se eleva en el aire, y el tocadiscos se enciende solo. La púa cae encima del vinilo y el jazz es otra vez protagonista de la escena.
Chloe se arrellana en un mullido sillón y, mientras Louis Armstrong entona You'll never walk alone, lame su pata derecha y se enjuga el hocico, despreocupada, sabiendo que ya no importa la resolución que pudiera haber ofrecido el jefe de familia; desde hoy, ese será su nuevo hogar, y confía en que ya nunca jamás en su vida tendrá que volver a caminar sola por las calles.


-------------------------------------------------------------------------------------------------
  Este relato los hice para «El Taller Comunitario de Literatura», que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Redactar a partir de una de las doce historias que participaron en «MICROCUENTOS SOBRE HAIKUS» un cuento de entre dos y cuatro páginas de extensión basado en la mencionada historia.
El resultado fue «Chloe», historia por la cual obtuve el diploma que ven a continuación: