domingo, 16 de febrero de 2014

Mamá, tampoco


Habían sido los ataques de ira de William los que lo habían abocado a la desdichada situación en la que se encontraba. Por más medicado que lo mantuvieran en el hospicio, nada conseguía proporcionarle consuelo, a pesar de que no recordaba ni el más mínimo detalle de los atroces hechos. Llevaba internado desde las últimas Navidades, fecha en la que se había desatado el horror, y no había terminado preso por ser menor de edad; aunque no se salvó de ir a parar al loquero.
En noviembre del presente año, le habían comunicado que una pariente lejana había reclamado la tutela de su persona, una tía abuela paterna a la que jamás había oído nombrar.
Ocurrió que dicha señora residía en un sitio llamado La Riestra.
«Es campo», informó al joven la asistente social, la misma que habría de encargarse del traslado a su nuevo hogar.
El «día D» sobrevino precisamente para Pascuas. Will pasó la fiesta brindando con algunos de sus compañeros, y también con los enfermeros y el personal de limpieza y de seguridad. El corcho de una sidra sin alcohol le impactó directo en la mollera, y él interpretó ese golpe como una señal de buena fortuna. Ya había preparado su valija durante la tarde del día veinticuatro, así que no tenía de qué preocuparse.
El viaje le resultó largo y tedioso. Casi no cruzó palabras con la mujer que conducía. La trabajadora social era una dama estricta, pero, gracias a los meses que hacía que la conocía, el adolescente sabía que podía ser bastante benévola si se lo proponía.
Luego de varias horas a bordo del Volkswagen Bora, bordearon un inmenso sembradío de girasoles. No avistaban ningún indicio de civilización desde hacía un buen tiempo, hasta que, al fin, William pudo vislumbrar el techo de una construcción en la distancia.
—¿Allí es? —inquirió Will, ansioso. Y, entonces, el auto se detuvo.
—No quiero ser injusta contigo, Bill. —La asistente social tragó saliva, abrió la guantera y extrajo una tarjeta—. Telefonéame si necesitas algo, lo que sea. No importa lo que hayas realizado en el pasado. No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.
William era consciente de que se refería a la muerte de su familia, aunque…
—No alcanzo a comprenderla del todo.
La mujer accionó el motor, y sentenció:
—Ya entenderás.
Cuando arribaron a la entrada de la vivienda, una nube de polvo se elevó alrededor de los neumáticos del vehículo y la pareja de viajantes descendió de él. Antes de llegar al inmenso boquete que ostentaba la fachada a modo de umbral de la puerta, pero desprovisto de ella, una mujer de proporciones descomunales asomó por allí, y Will adivinó el motivo de tan asombrosa abertura. Esa elefanta no podría haber traspasado una puerta normal ni de casualidad.
Cada paso que daba parecía apisonar el terreno que soportaba su peso. Las carnes de los tobillos se desparramaban como trozos de mondongo por sobre las tiras de cuero de sus sandalias, o lo que fuera que llevara por calzado. Ataviada con un vestido que se asemejaba a un camisón de dormir, de un blanco amarillento, la dama mamut bamboleaba las tetas enormes, las cuales rebotaban sobre su prominente vientre. Mostraba el cabello suelto; largo y blancuzco, se extendía hasta la espalda. Sus ojos eran dos ranuras sucias que daban la impresión de desaparecer entre sus pómulos carnosos.
«Papá Noel es mujer, y es mi tía abuela», pensó William, pero, por alguna razón, la idea no le produjo gracia.
—Señora Del For —pronunció la asistente social extendiendo la mano.
—Amelia, por fin me has traído al querubín. —La señorona apretó la mano de la aludida, y Will se figuró que se la estrujaba hasta reventarla. Lo imaginó porque la manita de la joven era engullida dentro de la manota de su supuesta tía—. Con que tú eres el nieto de mi hermano, ¿eh? Sí que eres cachetón —dijo, pellizcando una de sus mejillas—. Vamos, dilo: ¡chusma, chusma! Jo, jo, jo.
El rostro del chico se tornó rojo, y una vena se le hinchó en la frente. En aquel momento, Amelia intervino, apoyando un brazo protector sobre los hombros del muchacho.
—Señora Del For. Ya hablamos del síndrome que padece Wi…
—Sí, sí —interrumpió la tía—. Su problemita con la intolerancia. Proviene de familia, sé de qué se trata. —Como si de pronto cayera en la cuenta de que había dicho una barbaridad, la señora Del For aclaró—: No de la mía, por supuesto. Mi difunto esposo era un hombre muy temperamental, ¿sabe? Descuide usted. El nene estará bien conmigo.
—La custodia es temporal, señora. William no puede vivir en estas condiciones.
—Oh, la señorita decide, ¿cierto? Vaya con Dios, hija.
Amelia se inclinó y le ofreció un beso de despedida a William.
—Llámame —le susurró al oído. Will se ajustó las gafas con el dedo índice y asintió. Amelia se arrimó al auto, abrió la portezuela trasera y sacó de allí el modesto equipaje del niño, y se lo entregó.
—Hasta pronto —saludó la asistente, y se subió al coche. Cuando este se perdió de vista, William experimentó una verdadera congoja, que le oprimía el pecho.
—Hasta que al fin se fue esa puta —soltó de pronto la mujer gorda. William se dio la vuelta, sorprendido.
—¿Cómo dice?
—William Casanova Santos. Jo. Dudo que con esa cara seas un casanova, y, por cómo te comportaste con tu familia, de santos no tienes un carajo.
—No le permito…
¡Plaf!
El cachetazo que recibió el chico fue lo que se dice un soberano soplamocos. Los anteojos le quedaron torcidos, los ojos, vidriosos, la nariz le cosquillaba y el labio inferior se había partido.
—Vamos, enséñame tu bipolaridad. ¿Te pones verde, o algo así?
Will no prestaba crédito a lo que le acaecía. Esa mujer estaba demente.
—Confiésame una cosa, Bill. ¿Crees en Papá Noel? —El joven no sabía qué responder a aquello.
—No —balbuceó. Y dijo la verdad.
—Claro que no. Ya tienes pelos en las pelotas para aceptar esas cosas. Pero déjame que te revele algo. Al fin y al cabo, es Navidad, Jo, jo, jo.
«Diablos», pensó Will, «Mamá Noel está desquiciada».
Siguió a la mujer hasta la parte posterior del edificio. Marchar detrás de semejante trasero le inspiraba repugnancia. Desde esa posición, le era posible contemplar cómo las carnes de sus grasientos muslos se rozaban entre sí. Si pudieran, sacarían chispas.
Cuando la tía se giró para enfrentarlo, Will amagó a protegerse con su bolso.
—Eres todo un machote. Jo, jo, jo. Tira ese bolso a la mierda y agarra eso.
Will bajó la vista y volvió a clavarla en la sebosa carota de ella.
—¿Adviertes lo que es?
—Un tipo de cuchilla.
—Una hoz, ignorante. Sujétala.
—¿Para qué?
—Yo te voy a dar para qué —espetó la mujer, mordiéndose el labio de abajo, y comenzó a atizar de manotazos a Will, que fue incapaz de contener las lágrimas.
—Ya, ya, flojito de mierda. Levanta esa herramienta antes de que te deslome a trompazos.
William le hizo caso.
—Pesa demasiado.
—Claro que no, lo que sucede es que eres un inútil. Acomódate esas lentes y cesa de guiñar ese ojo, me estás irritando. —Will intuyó que se refería a su tic nervioso, el cual no podía controlar—. Ahora, voilà.
El orondo mastodonte se apartó a un lado, y dejó al descubierto lo que su gigantesca osamenta le había estado ocultando al aterrorizado joven. En la hierba, a los pies de un árbol, se encontraba tendido, con las cuatro patas atadas, un cérvido de un tamaño colosal. Pero eso no constituía lo más insólito de la escena, sino la particularidad de que el animal tenía una nariz redonda que destilaba una luz roja.
—Te presento a… ¡Rodolfo! —vociferó la tía.
William se sentía flotar. Era absurdo, pero allí estaba. El reno más conocido de Papá Noel.
—No… es… posible…
—¿Eres ciego o qué, cuatro ojos? Mátalo.
—¡Qué!
—Córtale el gaznate.
—No voy a…
—¡VAS A REALIZAR LO QUE TE MANDO, MALDITO NERD DEL CULO, O JURO POR DIOS QUE ME ARROJARÉ SOBRE TI Y TE OBLIGARÉ A QUE FORNIQUES CONMIGO HASTA QUE TE ASFIXIES! ASÍ QUE… ¡REBÁNALE EL PESCUEZO AL PUTO PAPÁ DE BAMBI!
William se acercó al rumiante aprisionado, incapaz de hacer otra cosa más que temblar y llorar.
Le habían asegurado que él había asesinado a su familia el año anterior, pero no se acordaba de ello. ¿Era esta la forma que había elegido el destino de hacerle expiar los pecados cometidos?
«No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.»
La voz de Amelia resonaba como un eco en su cabeza, pero vacilaba en confiar en ella, dadas las circunstancias.
«Es atreverse. Tienes que presionarlo en ti. Tú únicamente lo estás pensando. Eso es lo que haces. Mantén la calma, atrévete.»
Recitó en su mente aquellas estrofas de la canción Dare, de Gorillaz, como para infundirse ánimos. Pero lo que en definitiva lo empujó a degollar a Rodolfo no fue el tema en sí, sino la patada que le propinó el hipopótamo humano. A diestra y siniestra blandió Will la hoz, rasgando carne, y haciendo saltar sangre y órganos. Cuando William concluyó su frenética tarea, se derrumbó de rodillas, agitado, sollozando, y dejó caer el objeto cortante. La nariz de Rodolfo se fue consumiendo de manera intermitente hasta quedar apagada.
—¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo —rio la tía Del For, bailoteando—. ¡Ese es mi sobrino nieto! Ven, que hay más.
William se incorporó, se enjugó la sangre tibia del rostro y, nuevamente, anduvo tras las huellas de la loca, que esta vez lo condujo hacia el interior de la morada. Lo contuvo frente a lo que parecía ser una habitación para huéspedes. Abrió la puerta y ordenó:
—Acaba ahora con Papá Noel.
Un hombre, tan obeso y grande como su tía, se encontraba postrado en una cama, amarrado de pies y manos, y con una mordaza obstruyéndole la boca. Su cabello era crespo y blanco, así como su barba. Vestía con los ropajes típicos de Papá Noel. Gemía, con los ojos desorbitados.
—Pa… pá… No… él…
Papá no él, y mamá, tampoco. Jo, jo, jo. —El muchacho apenas escuchaba los delirios que profería su tía abuela. ¿En aquel cuarto en penumbras yacía realmente Papá Noel?—. Mata a Santa.
William recibió un guantazo por la espalda, y la mano agresora le cubrió todo el costado derecho de la cara, incluida la oreja. El golpe lo dejó sordo de ese oído, y al pitido que lo asaltó de repente lo acompañó un fuerte mareo.
El muchacho caminó hasta la mesita de luz, en la cual se posaba una chuchilla de mango negro. La aferró con miembros temblorosos y, cerrando los ojos, apuñaló a Papá Noel una y otra vez, hasta que notó que se acalambraban los brazos.
La tía Del For bailaba y cantaba como una posesa. Will miraba a Santa con una aflicción jamás vivida. Se percibía aún más niño de lo que era. Aparentaba estar inmerso en un sueño, mágico y terrorífico a la vez. Hasta que…
La tía se había desplomado. Tenía el semblante contraído, y sus hombros se pegaban a las orejas. Estaba roja como un tomate. Tanta excitación le había provocado un infarto.
William intentó separarse del santo al que acababa de acuchillar, cuando sus dedos se enredaron en la barba del muerto, y esta se desprendió de su rostro. Era falsa.
—Hija de…
William arrancó el pelambre de mentira del cadáver, y se aproximó al cuerpo de la mujer. A su lado había una especie de dispositivo en forma de toma de luz. Comprendiéndolo todo, Will corrió hacia la ventana que se orientaba hacia la parte de atrás de la casa y miró por allí al reno despedazado. Oprimió el botón que sujetaba en la mano y la nariz del animal se encendió. Volvió a apretar, y el fulgor se desvaneció.
William torció el cuello tres veces y guiñó un ojo. «Mamá, tampoco», pensó. Luego sonrió. Ya no era él mismo. Si todavía continuaran vivos, cualquiera de su familia lo reconocería.
Regresó a la casa y se dirigió al teléfono que había en la sala central. Sacó una tarjeta de su bolsillo y marcó el número que allí figuraba.
—Hola, ¿Amelia? Soy Bill. Debes volver pronto. Olvidé darte tu regalo de Navidad.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un cuento de Navidad en el que cada participante, en forma anónima, crearía un relato cuyo protagonista sería otro de los participantes del Especial Navidad 2013, y el resultado fue «Mamá, tampoco», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación: