martes, 30 de diciembre de 2014

Pánico y locura en Tombstone

I
De pie frente al saloon, contuvo el aliento unos segundos y, enseguida, exhaló un bufido. Su chaleco de cuero marrón emanaba hilos de humo, como si fuera a prenderse fuego en cualquier momento. Se encasquetó el sombrero y se ajustó el cinto. Las espuelas de sus botas soltaron destellos cuando el reflejo de los rayos de sol del amanecer pegó en ellas al avanzar hacia el bar.
El personaje en cuestión entró al lugar y dejó batiendo las puertas de madera que se abrían en ambos sentidos. El sonido de un piano surgía del interior, una música ensordecedora y festiva que de seguro estaría haciendo menear el culo a las bailarinas de cancán.
Risas y cantos, y el rumor de miles de conversaciones, fueron reemplazados por el silencio más absoluto.
De pronto, un grito ensordecedor. A continuación un disparo, y otro, y otro más, que sirvieron de comienzo a un festival de pánico y locura.
Una mujer afloró al exterior a la carrera con su vestido de encaje destrozado, exhibiendo sus medias negras y el portaligas. Sus alaridos se alzaron como el aullido de un coyote. Las puertas se zarandeaban de manera alternada, de adentro hacia afuera, cuando un joven prorrumpió a balazo limpio. Cayó de espaldas y perdió su sombrero, pero no cesó de disparar. Cuando el tentáculo se asomó por la entrada del salón, el muchacho pretendió escabullirse a gatas, profiriendo bramidos, pero fue alcanzado por el gigantesco apéndice, el cual lo enlazó por la cintura para devolver al chico al sitio de donde procedía.
Un torso estalló una ventana y voló a metros del establecimiento. Un grupo de personas se abrió paso a empujones, y cuatro rancheros arremetieron con sus revólveres a aquello que los atacaba. La fachada del saloon empezaba a agujerearse, soltando astillas por doquier.
Nuevamente los tentáculos aparecieron por los ventanales y por el acceso principal. El acontecimiento que atormentaba a los parroquianos se encontraba fuera de toda lógica. Una prostituta rezaba de rodillas. Un mozo de cuadra, borracho hasta la médula, tomó una pistola que se hallaba en el suelo y se reventó la tapa de los sesos.
Las insólitas prolongaciones se agitaban como látigos en busca de víctimas. La punta de una de aquellas alcanzó a uno de los rancheros a la altura de la sien, y el simple contacto le arrancó la mitad del cráneo. Sus compañeros escaparon despavoridos. El horror se imponía ante la lealtad.
Solo unos pocos sobrevivieron a la matanza que aconteció esa mañana en Gray Moon Saloon, y se puede dar fe de que ninguno de ellos habló del tema en la vida. Era algo imposible de explicar sin pasar por loco.
Los únicos que se animaron a declarar fueron el alguacil y el dentista que lo acompañaba.
Después del tiroteo, Wyatt Earp y Doc Holliday fueron acusados de asesinato, pero en la audiencia preliminar el juez de paz determinó que no había suficientes pruebas en su contra para un juicio. Lo cierto era que los hechos resultaban inconcebibles, y lo que exponían los acusados pondría en ridículo al tribunal por llevar a juicio semejante disparate.

II
Virgil Earp descansaba en su reposera en el porche de la prisión, cuando vio circular a una mujer como alma que lleva el diablo, con sus ropas rasgadas, y salpicada en sangre. El oficial se incorporó de un salto; aferrando con firmeza su Winchester, llamó a gritos a sus hermanos, que estaban dentro:
—¡Wyatt, Morgan, vengan rápido!
Cuando los aludidos acudieron a él, más gente cruzó las calles en distintos rumbos, destino a sus hogares. Daban la impresión de sentirse aterradas.
Morgan bajó la escalera de la dependencia y cazó del brazo a uno que venía en su camino.
—Oye, detente. Dime, ¿qué es lo que sucede? —Los ojos del hombre parecían salírsele de las órbitas—. ¡Habla!
—En la frontera…
—¿La frontera?
Gray Moon está cerca del Río Grande.
—No te comprendo.
—Un brujo nos atacó. El Nahual. —Sin decir nada más, el individuo se desprendió de Morgan y se alejó a toda prisa. En ese instante, Wyatt se colocaba a su lado.
—¿Y bien?
—No sé, algo pasa en el salón de la frontera, el Gray Moon.
—¿Requiere de nuestra presencia?
—¿Tienes idea de qué es un Nahual?
—No, tal vez Virgil…
—Por favor, ¿Virgil? Será mejor que vayas a buscar a Doc, él es el académico, nosotros los esperaremos en el Gray.
—De acuerdo. Tengan cuidado.

III
Morgan y Virgil llegaron montados en sus caballos. Se detuvieron a una distancia prudente, porque el panorama no era alentador. Cuerpos y partes de ellos se hallaban diseminados en torno al local, y la tierra era un charco de sangre seca por dondequiera que se la apreciara. Un aroma putrefacto provenía del saloon, lo que obligó a Morgan a cubrirse la nariz con su mano enguantada.
—¿Qué demonios ocurrió?
Contemplaban la escena con repugnancia y perturbación. Nunca habían presenciado un evento igual. Era un espectáculo inverosímil.
Descendieron de sus monturas y anduvieron sorteando cadáveres. Al aproximarse al recinto, alguien les habló:
—Será mejor que se queden donde están si quieren seguir respirando. —Los Earp interrumpieron súbitamente su marcha—. Arrojen sus armas y dense la vuelta.
Morgan y Virgil cumplieron las órdenes y, al girar, descubrieron a Frank y Tom McLaury, a Ike y Billy Clanton y a Billy Claiborne apuntándoles.
—¿Qué es lo que hacen aquí? —preguntó Virgil, iracundo.
—Nosotros nos encargaremos —sentenció Ike—. Ustedes pueden volver a sus escritorios para ponerse al servicio de los capitalistas que imponen la ley a favor de la burguesía de la ciudad.
—Esto no tiene que ver con tus estúpidos conceptos de ideología política, Clanton. Regresa por donde has venido y prometo no mandarte a la sombra.
—Ja, ja, ja, no nos hagas reír, ayudante del alguacil. Por como está la situación, no intuyo de qué manera cumplirías tal cosa.
El estruendo de un disparo interrumpió la perorata, y el sombrero de Ike salió despedido por los aires con una marca de munición en él.
Con las manos y los hombros arriba, giró la cabeza en dirección en la que provino la detonación y, con sorpresa, descubrió a Doc Holliday con su revólver echando humareda del orificio.
—Ya estoy harto de ustedes. Si no dejan de amenazar a mis amigos, voy a tener que repartir plomo.
Sin perder tiempo, los Earp indefensos recogieron sus armas de fuego. Ahora, los nueve se medían con cautela. Nueve, porque Wyatt Earp flanqueaba al doctor, apuntando con su fusil de palanca.
—Quietos —ordenó Virgil a los adversarios, e inmediatamente después de sus palabras se escucharon los goznes de las puertas del establecimiento.
La atención de los presentes se centró en el sujeto que estaba allí parado. Fumaba un cigarro a medio terminar. Wyatt y Holliday desmontaron de sus alazanes, sin quitarle la mirada de encima.
—¿Que no se iban a tirotear? —preguntó el forastero.
—¿Quién es usted? —interpeló Wyatt.
—Esa es una pregunta difícil de contestar.
—Opta por una respuesta o no te ofreceré otra oportunidad de hablar.
—Bueno, bueno… soy… soy lo que yo decida ser.
—Muy bien, bocazas —ladró Ike—, elige ser un cadáver.
Después de esta frase, todo se desmadró.

IV
El combate duró apenas unos treinta segundos, e incluyó treinta disparos. No hubo certeza de quién apretó el gatillo primero. Tras iniciar la balacera, Billy Claiborne disparó a Wyatt, fallando el tiro. Wyatt, a sabiendas de que el tirador más experimentado era Frank McLaury, le perforó el abdomen. A pesar de ello, Frank continuó amartillando hasta caer abatido.
Virgil fue herido de gravedad por Billy Claiborne. Holliday recibió lesiones menores. Wyatt se mantuvo inmóvil y resultó ileso. Irónicamente, Ike Clanton, que era quien desencadenó la refriega, abandonó el enfrentamiento sin un rasguño. Billy Clanton cayó por disparos de Morgan y de Doc Holliday, falleciendo de inmediato. Tom McLaury sucumbió al ser ejecutado por los proyectiles de Wyatt. Morgan resultó muerto por la espalda, no se sabe por quién.
¿Y el desconocido del saloon?
Bien, de ningún modo se mencionó acerca de él en los expedientes extendidos por los jueces, claro está, y la versión que presentaron lejos está de la que expusieron Wyatt Earp y Doc Holliday, la cual relata que…

V
… luego de la sugerencia de Ike, el extraño visitante de Gray Moon comenzó a sufrir una transformación inconcebible. Su piel se fue desgarrando, y bajo su dermis afloró algo que asemejaba ser plumas, tan negras como el ébano. Doc reconoció, sin dudar, a una corneja en la mutación, pero de características infernales. El hombre-pájaro levantó vuelo y se lanzó en picada hacia los pasmados espectadores. Billy Claiborne disparó, fallando el tiro. Wyatt formó un buraco mortal en el abdomen del ave. A pesar de ello, esta no se detuvo y arremetió contra Frank, arrancándole el hombro izquierdo con una de sus patas, constituida de tres dedos dirigidos hacia delante y uno hacia atrás; McLaury continuó amartillando hasta caer desangrado.
Virgil se halló a merced de las sombras de sus alas, y el enorme pico lo hirió de gravedad, ocasionándole, más tarde, la muerte. Billy Clanton distrajo al monstruo con una descarga desacertada, que acabó en el pecho de Claiborne. En el desplazamiento desenfrenado del ser volador, Holliday recibió lesiones leves en el cuello, la cara y los brazos. Tom McLaury sucumbió a causa de un corte en su garganta producido por una garra del mutante. Wyatt se mantuvo estático, más por estupor y horror que por gallardía, y resultó ileso. La corneja humana besó el polvo con una dura caída debido al agujero que Wyatt le había formado en el vientre. Billy Clanton quedó muy cerca de ella y nada pudo hacer cuando, de un brinco, el pajarraco posó su cuerpo sanguinolento sobre él, aprisionándolo, y llevó, como alimento, su cabeza hacia las fauces salientes de su rostro — piezas duras terminadas en punta—.
Asqueados ante el terrible cuadro, Morgan y Doc dispararon una vez cada uno; un proyectil alcanzó al ser en la mollera, y el otro en la parte superior del pico. Se percibió el dolor en los graznidos que la rapaz producía. Sacudió sus extremidades, y se revolcó hasta que poco a poco dejó de moverse.
Morgan Earp cayó de rodillas para acabar en el piso: una bala lo había sorprendido por la retaguarda.
De forma paradójica, Ike Clanton, quien había sido el causante de la violencia, huyó del enfrentamiento sin apenas ninguna magulladura. Nadie supo jamás de su paradero.
La corneja había retornado a su cualidad humana.

VI
Sentado en su caballo, Wyatt guardó silencio antes de expresar:
—Si es como me explicas, el verdadero brujo debe estar más allá, atravesando las aguas fronterizas. Es un maldito extranjero. Ese que fusilamos no era el Nahual del que me cuentas, Doc. Un pistolero, un hombre de colt, no se dedica a las brujerías, y menos a convertirse en criaturas inhumanas.
—Animales, Wyatt. Un Nahual transmuta en toda clase de animal. Eso es lo que cuenta la leyenda. Lo que presenciamos arroja por la borda hasta el mito del hombrepieles.
—Cuentos para asustar niños…
—Que bien podrían estar basados en el Nahual. —Un repentino ataque de tos acometió a Doc, quien cubrió su boca con la mano.
—No estás en condiciones de acompañarme —opinó Wyatt—. Será mejor que te quedes y que te atienda un médico.
Doc contempló la sangre entre sus dedos y se limpió los labios con el antebrazo.
—Si agarramos al supuesto hechicero… ¿quién dice? Tal vez lo obligue a que cure mi tuberculosis.
Dedicó una sonrisa cómplice a su amigo, y Wyatt se la devolvió.
Prestos, partieron a galope de cacería.

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  Esta historia la hice para «Versus», un Mundial de Relatos que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria. Con este cuento participé en la primera ronda de eliminación.

martes, 11 de noviembre de 2014

Vuelo suspendido


Compró los billetes para el martes, así que le quedaba todo un día para disfrutar de la nevada. Paseaba abstraída en sus pensamientos cuando, de improviso, detuvo su marcha. Unos metros más adelante, en medio del camino, alguien había creado un «hombre de nieve» de proporciones inmensas y aspecto caricaturesco; aparentaba tener vida propia. Llevaba una chistera ladeada de manera imposible, como si desafiara la gravedad. La joven rondó en torno a la figura helada hasta quedar cara a cara con ella, y retrocedió presa del susto cuando el muñeco le dijo:
—¿Te gusto, puta?
Sin tiempo a nada, la mujer se halló capturada por las garras ramificadas que el ser poseía por brazos.
La chica dejó caer su cartera y sus pertenencias se desparramaron en la escarcha, destacándose entre ellas los dos pasajes de avión que ya no usaría.

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Microrrelato escrito para el sitio megustaescribir, que propuso (con la imagen superior incluida) lo siguiente en uno de sus post:
¡Los martes son sinónimo de #microcuento! Completad: "Compró los billetes para el martes..." #ganasdeescribir.

martes, 26 de agosto de 2014

Chloe

Basado en «Atrapada», microrrelato de Gloria Neiva Antúnez

Es una noche fresca en la ciudad. Las personas transitan por la vía pública ataviadas con sus correspondientes abrigos y con bufandas al cuello para abrigarse de la ventisca.
Chloe circula a paso lento, con un imperceptible meneo de sus cuartos traseros. Siente el frío pavimento bajo sus patas entre tanto busca con qué alimentarse.
No puede contar más con la generosidad de la señora Alper. La semana pasada la sacaron de su casa adentro de una bolsa negra. No era una dama muy entrada en años, pero el caso es que Elsa Alper ya no pasea entre los vivos. Sin embargo, Chloe suele visitar la vivienda de la fallecida dama de vez en cuando, le gusta contemplarla deambular por la casa como si aún la habitara.
El primer encuentro que tuvo con ella no fue muy agradable. La gata se había erizado, y bufó con ferocidad ante la aparición que se hubo presentado de la nada. Le costó adaptarse, pero, al cabo, terminó por acostumbrarse.
El punto es que ahora debe valerse por sí misma. Como al principio, cuando la desampararon en aquel vasto descampado.
El sonido de un viejo jazz surge de un domicilio y Chloe se demora un minuto a disfrutar de la dulce melodía, sentada bajo la lánguida luz de una farola, y envuelta en el vaho que brota de una alcantarilla cercana.
Las tripas le rugen justo en el instante en que un movimiento reclama su atención: una rata corretea por el borde del cordón de la vereda, muy campante y displicente.
Ni lerda ni perezosa, Chloe se agazapa y de un brinco caza a la alimaña, que lucha por su existencia a base de chillidos y mordiscos, pero el esfuerzo resulta en vano, porque las fauces del felino se cierran en su garganta. Zarandea al roedor de un sitio a otro hasta dejarlo sin aliento y, una vez muerto entre sus dientes, comienza a dar buena cuenta del banquete.
Satisfecha, emprende su marcha, dejando los restos del cadáver en la zanja.
Las gotas del rocío nocturno acumuladas en un alero despiertan a Chloe al caer arriba de su mollera. La gatita se sacude y se despereza del descanso que acaba de tomar, arqueando el lomo e irguiendo la cola. Un bostezo corona el despertar.
Abandona la zona de reposo para iniciar una nueva peregrinación. Un individuo que cruza por su lado le propina una patada para apartarla. Hay momentos en que aborrece a los humanos y sus manías agresivas.
Al andar por un callejón, se detiene a observar a un niño que se encuentra allí, sentado en el piso con la espalda apoyada a la pared; la visera de la gorra en su cabeza le oculta el rostro. El muchacho tiene un guante de béisbol y lanza una pelota en el muro de enfrente para que al botar regrese a él. En un descuido del chico, la bola se escabulle de entre sus manos y sale despedida hacia los pies de una señorita que pasa por el área. Esta chica echa un vistazo al lugar de donde provino el esférico, pero no ve a nadie. Chloe percibe el temor de la muchacha, la cual huye a la carrera sin mirar atrás. El pibe la ignora, gira su faz sin rasgos y de blanca palidez directo a la gata, se ajusta el gorro y continúa con lo suyo: arrojar el balón (que asombrosamente vuelve a tener en su poder) contra la muralla que tiene delante.
Las horas nocturnas llegan a su fin. El tránsito se torna más fluido, y la minina se mantiene precavida. Aun así, no sabe cómo termina en brazos de la pequeña que la lleva en andas. El contacto con la humana se siente cálido, agradable. Percata el cariño que le profesa, y Chloe se abriga en su seno, rendida a su amor.
¿Cuánto hace que no concibe una emoción parecida? Los recuerdos de su amo son difusos. Demasiado vagos para poder comparar.
La niñita, atados sus cabellos con dos colitas, la traslada a su hogar. Esconde al animal bajo un cajón de madera en su habitación. Chloe pierde la noción del tiempo, así que le es imposible calcular el periodo que tolera a oscuras en ese «calabozo», pero no se inquieta, no advierte malas intenciones en ese acto.
Repentinamente, un súbito destello de luz la ciega por completo.
—¿Qué pretendes con ese gato? —dice una mujer de serio semblante.
—La encontré afuera, mamá —explica la nena.
—¿Y? —Por el tono de la madre, Chloe se imagina nuevamente vagando a la intemperie.
—¡La quiero, ! Es linda. —Mientras expresa esto, la jovencita levanta a la gata a la altura de la cara de su progenitora.
La mirada de mamá se suaviza de pronto.
—Dana…
—¡Por favor! Cuidaré de ella…
—Está bien, pero no sé qué opinará tu papá.
—Él me dirá que sí. No podrá negarse.
La mujer ríe y suspira.
—Ay, Dana, ya veremos.

Aguardaron al padre durante todo el día. Chloe había almorzado alimento para mascotas y había evacuado sus necesidades sobre «mágicas» y «reconfortantes» piedras sanitarias para gatos.
Durmió como un tronco en la cama de su nueva dueña, y al abrir los ojos se halló en soledad.

Procede a estirarse como siempre luego de recobrarse de un profundo sueño reparador, clava sus garras en el acolchado y salta al suelo.
Maúlla fuerte, convocando a su ama, pero no recibe respuesta alguna.
Se mueve de manera elegante, se asoma al recibidor y se planta ante la puerta. Recostada en sus posaderas, se endereza de improviso al ver ingresar al hombre de la casa. Los pelos se le erizan y sus uñas despuntan de entre sus dedos, pero de inmediato se calma. El sujeto la franquea como si ella no existiera. Da vueltas por la estancia, examina el ambiente como si desconociera lo que está ahí.
Una brisa helada se eleva en el aire, y el tocadiscos se enciende solo. La púa cae encima del vinilo y el jazz es otra vez protagonista de la escena.
Chloe se arrellana en un mullido sillón y, mientras Louis Armstrong entona You'll never walk alone, lame su pata derecha y se enjuga el hocico, despreocupada, sabiendo que ya no importa la resolución que pudiera haber ofrecido el jefe de familia; desde hoy, ese será su nuevo hogar, y confía en que ya nunca jamás en su vida tendrá que volver a caminar sola por las calles.


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  Este relato los hice para «El Taller Comunitario de Literatura», que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Redactar a partir de una de las doce historias que participaron en «MICROCUENTOS SOBRE HAIKUS» un cuento de entre dos y cuatro páginas de extensión basado en la mencionada historia.
El resultado fue «Chloe», historia por la cual obtuve el diploma que ven a continuación:

viernes, 20 de junio de 2014

Las ranas «menguantes» de Marvin

Basado en «Ranas menguantes», haikus de Sara Lew


—Es como si su piel estuviera en descomposición.
Primer plano al rostro de preocupación de Marvin. Él tiene en sus manos un escalpelo. Sobre el pupitre está una bandeja con el cuerpo de una rana dispuesta para su disección. El muchacho escucha la charla que sostienen dos de sus compañeras acerca de Darla Guzmán, mientras observa el cuero putrefacto del anuro.
Un zoom a la dilatada pupila marrón de Marvin revela la imagen de aquella tarde a orillas del lago…
…A través de la lupa, la rana se veía inmensa, pero no pudo ser inspeccionada con detenimiento, ya que se zambulló de cabeza del nenúfar al lago.
—Diablos —rezongó la niña—. No se quedan quietas. Hay una anomalía en estos bichos.
—¿Cómo sabes? —preguntó el muchacho—. Todas se ven iguales para mí.
—Eso es porque eres un ignorante.
—¡Oye…!
Sh. —Darla señaló un batracio que parecía aturdido. Este intentó dar un brinco, pero quedó tendido de panza. Los estertores de la muerte silbaron desde el interior del ahora cadáver.
—Tendré pesadillas —manifestó Marvin.
—Marica —declaró Darla, pasando a su lado. Él la siguió.
De rodillas, escrutaron con la lente de aumento al ser sin vida.
—¿Ves? — indicó la nena—. Su dermis mengua.
—¿De dónde sacas esas palabras?
Ella se apoyó en un codo:
—¿No te gusta que hable así?
—Da la impresión de que te la quieres dar de importante.
—¿Y no lo soy para ti?
—Qué…
Darla le cortó la frase con un dulce y prolongado beso, agarró al anfibio por las patas y salió corriendo.
—Vamos —vociferó ella—, estudiémosla en mi casa. Te aseguro que algo anda mal aquí.
Marvin se quedó sentado, saboreando su primer beso, cuando un chapoteo en el agua llamó su atención. Giró su torso en dirección al sonido acuoso, y palideció. Unos ojos gigantes, seguido de una cabeza enorme, emergieron a la superficie, develando una rana de tamaño colosal, que engullía a sus pequeñas congéneres...
La proyección de Marvin huyendo despavorido se pierde en la abertura del iris antes de volver a tener delante de nosotros la faz del joven, sentado en su clase de biología.
El chico se horroriza cuando una de las extremidades del animal se estremece tres veces.
Marvin suelta el bisturí, mira a sus compañeros, que manosean los cuerpos rechonchos de color verdoso y de abdomen claro, y grita:
¡No toquen esas ranas, son menguantes!

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  Este microrrelato los hice para «El Taller Comunitario de Literatura», que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Redactar a partir de una de las trece historias que participaron en «DIEZ HAIKUS PARA UN HAIGA» un microcuento de entre ciento cincuenta y cuatrocientas palabras basado en la mencionada historia.
El resultado fue «Las ranas «menguantes» de Marvin», historia por la cual obtuve el diploma que ven a continuación:

lunes, 28 de abril de 2014

Insurrección

Llega el verano
y trae consigo dolor
y mucho pesar.

Zumban las moscas.
Agitan sus membranas
sobre nosotros.

Somos basura,
escoria de un planeta
inconmovible.

Aprisionados,
así nos encontramos,
como animales.

En cautiverio,
comemos nuestras heces,
bebemos orín.

De vez en cuando,
al abrirse la jaula,
hay esperanzas.

¿Qué anhelamos?
Libertad, mi estimado,
puto albedrío.

Así nos llaman:
manada de estúpidos,
carne de cañón.

Nos subestiman.
Pero hoy es el día:
habrá insurrección.

No se lo esperan,
hincamos insaciables:
nos los zampamos.

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  Estos haikus los hice para «El Taller Comunitario de Literatura», que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
A partir de una imagen haiga (el dibujo superior), escribiremos diez haikus que nos cuenten una historia basada en aquella. Y, dándole nuestro propio toque «bruto», tales haikus no solo podrán basarse en la observación de la naturaleza que el haiga muestre, sino en cualquier idea que a cada Bruto Haijin le surja desde tal ilustración.
El resultado fue «Insurrección», historia por la cual obtuve la placa que ven a continuación:

viernes, 21 de marzo de 2014

La hija

El fuerte viento
no detiene su marcha;
es optimista.

En la barcaza,
una niña con fiebre
aguarda a su pa.

El río bravo
agita su agua dulce
y peligrosa.

Próximo a llegar,
ve los amarres, pero…
la barca no está.

El horizonte,
de un cobrizo poniente,
tiñe misterios.

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  Estos haikus los hice para un «especial» de Sábados de Brutos Escritores, que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Basándonos en la imagen «haiga», redactaremos una historia compuesta por cinco haikus (de cinco, siete y cinco sílabas los primeros, segundos y terceros versos de cada uno de ellos, respectivamente), separados los mismos por un doble espacio. El resultado fue «La hija».

sábado, 1 de marzo de 2014

Papás Noel asesinos del espacio exterior

Un gemido proveniente del interior de la casa lo saca de sus cavilaciones. Arrastra el culo cuesta abajo y, de un salto, aterriza del techo (donde se hallaba sentado junto al trineo incrustado en el tejado) a la fría escarcha del suelo.
Sortea a brincos el reguero de obsequios esparcidos en la nieve y se aventura en la vivienda. Agonizando frente a la chimenea, iluminado por el fulgor rojizo del hocico del cadáver del renoPapá Noel sigue con vida, el muy maldito.
Va a la cocina en busca de una cuchilla y, de rodillas, comienza a decapitar al extraterrestre.
Se precipita al exterior y escruta el firmamento: más naves se aproximan.
Alza la cabeza amputada aferrada por la barba y...
La mujer aprieta eject del control remoto y el VHS sale de la videograbadora.
—¿Qué onda? —dice el joven, arrebatado.
—Qué películas de mierda que me hacés ver, Raúl.
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Este microrrelato lo hice para un «especial» de Sábados de Brutos Escritores, que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Basándonos en la foto adjunta (la de arriba), elaboraremos un microrrelato que no supere las ciento cincuenta palabras (sin cantidad mínima de palabras, y sin más reglas...).

domingo, 16 de febrero de 2014

Mamá, tampoco


Habían sido los ataques de ira de William los que lo habían abocado a la desdichada situación en la que se encontraba. Por más medicado que lo mantuvieran en el hospicio, nada conseguía proporcionarle consuelo, a pesar de que no recordaba ni el más mínimo detalle de los atroces hechos. Llevaba internado desde las últimas Navidades, fecha en la que se había desatado el horror, y no había terminado preso por ser menor de edad; aunque no se salvó de ir a parar al loquero.
En noviembre del presente año, le habían comunicado que una pariente lejana había reclamado la tutela de su persona, una tía abuela paterna a la que jamás había oído nombrar.
Ocurrió que dicha señora residía en un sitio llamado La Riestra.
«Es campo», informó al joven la asistente social, la misma que habría de encargarse del traslado a su nuevo hogar.
El «día D» sobrevino precisamente para Pascuas. Will pasó la fiesta brindando con algunos de sus compañeros, y también con los enfermeros y el personal de limpieza y de seguridad. El corcho de una sidra sin alcohol le impactó directo en la mollera, y él interpretó ese golpe como una señal de buena fortuna. Ya había preparado su valija durante la tarde del día veinticuatro, así que no tenía de qué preocuparse.
El viaje le resultó largo y tedioso. Casi no cruzó palabras con la mujer que conducía. La trabajadora social era una dama estricta, pero, gracias a los meses que hacía que la conocía, el adolescente sabía que podía ser bastante benévola si se lo proponía.
Luego de varias horas a bordo del Volkswagen Bora, bordearon un inmenso sembradío de girasoles. No avistaban ningún indicio de civilización desde hacía un buen tiempo, hasta que, al fin, William pudo vislumbrar el techo de una construcción en la distancia.
—¿Allí es? —inquirió Will, ansioso. Y, entonces, el auto se detuvo.
—No quiero ser injusta contigo, Bill. —La asistente social tragó saliva, abrió la guantera y extrajo una tarjeta—. Telefonéame si necesitas algo, lo que sea. No importa lo que hayas realizado en el pasado. No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.
William era consciente de que se refería a la muerte de su familia, aunque…
—No alcanzo a comprenderla del todo.
La mujer accionó el motor, y sentenció:
—Ya entenderás.
Cuando arribaron a la entrada de la vivienda, una nube de polvo se elevó alrededor de los neumáticos del vehículo y la pareja de viajantes descendió de él. Antes de llegar al inmenso boquete que ostentaba la fachada a modo de umbral de la puerta, pero desprovisto de ella, una mujer de proporciones descomunales asomó por allí, y Will adivinó el motivo de tan asombrosa abertura. Esa elefanta no podría haber traspasado una puerta normal ni de casualidad.
Cada paso que daba parecía apisonar el terreno que soportaba su peso. Las carnes de los tobillos se desparramaban como trozos de mondongo por sobre las tiras de cuero de sus sandalias, o lo que fuera que llevara por calzado. Ataviada con un vestido que se asemejaba a un camisón de dormir, de un blanco amarillento, la dama mamut bamboleaba las tetas enormes, las cuales rebotaban sobre su prominente vientre. Mostraba el cabello suelto; largo y blancuzco, se extendía hasta la espalda. Sus ojos eran dos ranuras sucias que daban la impresión de desaparecer entre sus pómulos carnosos.
«Papá Noel es mujer, y es mi tía abuela», pensó William, pero, por alguna razón, la idea no le produjo gracia.
—Señora Del For —pronunció la asistente social extendiendo la mano.
—Amelia, por fin me has traído al querubín. —La señorona apretó la mano de la aludida, y Will se figuró que se la estrujaba hasta reventarla. Lo imaginó porque la manita de la joven era engullida dentro de la manota de su supuesta tía—. Con que tú eres el nieto de mi hermano, ¿eh? Sí que eres cachetón —dijo, pellizcando una de sus mejillas—. Vamos, dilo: ¡chusma, chusma! Jo, jo, jo.
El rostro del chico se tornó rojo, y una vena se le hinchó en la frente. En aquel momento, Amelia intervino, apoyando un brazo protector sobre los hombros del muchacho.
—Señora Del For. Ya hablamos del síndrome que padece Wi…
—Sí, sí —interrumpió la tía—. Su problemita con la intolerancia. Proviene de familia, sé de qué se trata. —Como si de pronto cayera en la cuenta de que había dicho una barbaridad, la señora Del For aclaró—: No de la mía, por supuesto. Mi difunto esposo era un hombre muy temperamental, ¿sabe? Descuide usted. El nene estará bien conmigo.
—La custodia es temporal, señora. William no puede vivir en estas condiciones.
—Oh, la señorita decide, ¿cierto? Vaya con Dios, hija.
Amelia se inclinó y le ofreció un beso de despedida a William.
—Llámame —le susurró al oído. Will se ajustó las gafas con el dedo índice y asintió. Amelia se arrimó al auto, abrió la portezuela trasera y sacó de allí el modesto equipaje del niño, y se lo entregó.
—Hasta pronto —saludó la asistente, y se subió al coche. Cuando este se perdió de vista, William experimentó una verdadera congoja, que le oprimía el pecho.
—Hasta que al fin se fue esa puta —soltó de pronto la mujer gorda. William se dio la vuelta, sorprendido.
—¿Cómo dice?
—William Casanova Santos. Jo. Dudo que con esa cara seas un casanova, y, por cómo te comportaste con tu familia, de santos no tienes un carajo.
—No le permito…
¡Plaf!
El cachetazo que recibió el chico fue lo que se dice un soberano soplamocos. Los anteojos le quedaron torcidos, los ojos, vidriosos, la nariz le cosquillaba y el labio inferior se había partido.
—Vamos, enséñame tu bipolaridad. ¿Te pones verde, o algo así?
Will no prestaba crédito a lo que le acaecía. Esa mujer estaba demente.
—Confiésame una cosa, Bill. ¿Crees en Papá Noel? —El joven no sabía qué responder a aquello.
—No —balbuceó. Y dijo la verdad.
—Claro que no. Ya tienes pelos en las pelotas para aceptar esas cosas. Pero déjame que te revele algo. Al fin y al cabo, es Navidad, Jo, jo, jo.
«Diablos», pensó Will, «Mamá Noel está desquiciada».
Siguió a la mujer hasta la parte posterior del edificio. Marchar detrás de semejante trasero le inspiraba repugnancia. Desde esa posición, le era posible contemplar cómo las carnes de sus grasientos muslos se rozaban entre sí. Si pudieran, sacarían chispas.
Cuando la tía se giró para enfrentarlo, Will amagó a protegerse con su bolso.
—Eres todo un machote. Jo, jo, jo. Tira ese bolso a la mierda y agarra eso.
Will bajó la vista y volvió a clavarla en la sebosa carota de ella.
—¿Adviertes lo que es?
—Un tipo de cuchilla.
—Una hoz, ignorante. Sujétala.
—¿Para qué?
—Yo te voy a dar para qué —espetó la mujer, mordiéndose el labio de abajo, y comenzó a atizar de manotazos a Will, que fue incapaz de contener las lágrimas.
—Ya, ya, flojito de mierda. Levanta esa herramienta antes de que te deslome a trompazos.
William le hizo caso.
—Pesa demasiado.
—Claro que no, lo que sucede es que eres un inútil. Acomódate esas lentes y cesa de guiñar ese ojo, me estás irritando. —Will intuyó que se refería a su tic nervioso, el cual no podía controlar—. Ahora, voilà.
El orondo mastodonte se apartó a un lado, y dejó al descubierto lo que su gigantesca osamenta le había estado ocultando al aterrorizado joven. En la hierba, a los pies de un árbol, se encontraba tendido, con las cuatro patas atadas, un cérvido de un tamaño colosal. Pero eso no constituía lo más insólito de la escena, sino la particularidad de que el animal tenía una nariz redonda que destilaba una luz roja.
—Te presento a… ¡Rodolfo! —vociferó la tía.
William se sentía flotar. Era absurdo, pero allí estaba. El reno más conocido de Papá Noel.
—No… es… posible…
—¿Eres ciego o qué, cuatro ojos? Mátalo.
—¡Qué!
—Córtale el gaznate.
—No voy a…
—¡VAS A REALIZAR LO QUE TE MANDO, MALDITO NERD DEL CULO, O JURO POR DIOS QUE ME ARROJARÉ SOBRE TI Y TE OBLIGARÉ A QUE FORNIQUES CONMIGO HASTA QUE TE ASFIXIES! ASÍ QUE… ¡REBÁNALE EL PESCUEZO AL PUTO PAPÁ DE BAMBI!
William se acercó al rumiante aprisionado, incapaz de hacer otra cosa más que temblar y llorar.
Le habían asegurado que él había asesinado a su familia el año anterior, pero no se acordaba de ello. ¿Era esta la forma que había elegido el destino de hacerle expiar los pecados cometidos?
«No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.»
La voz de Amelia resonaba como un eco en su cabeza, pero vacilaba en confiar en ella, dadas las circunstancias.
«Es atreverse. Tienes que presionarlo en ti. Tú únicamente lo estás pensando. Eso es lo que haces. Mantén la calma, atrévete.»
Recitó en su mente aquellas estrofas de la canción Dare, de Gorillaz, como para infundirse ánimos. Pero lo que en definitiva lo empujó a degollar a Rodolfo no fue el tema en sí, sino la patada que le propinó el hipopótamo humano. A diestra y siniestra blandió Will la hoz, rasgando carne, y haciendo saltar sangre y órganos. Cuando William concluyó su frenética tarea, se derrumbó de rodillas, agitado, sollozando, y dejó caer el objeto cortante. La nariz de Rodolfo se fue consumiendo de manera intermitente hasta quedar apagada.
—¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo —rio la tía Del For, bailoteando—. ¡Ese es mi sobrino nieto! Ven, que hay más.
William se incorporó, se enjugó la sangre tibia del rostro y, nuevamente, anduvo tras las huellas de la loca, que esta vez lo condujo hacia el interior de la morada. Lo contuvo frente a lo que parecía ser una habitación para huéspedes. Abrió la puerta y ordenó:
—Acaba ahora con Papá Noel.
Un hombre, tan obeso y grande como su tía, se encontraba postrado en una cama, amarrado de pies y manos, y con una mordaza obstruyéndole la boca. Su cabello era crespo y blanco, así como su barba. Vestía con los ropajes típicos de Papá Noel. Gemía, con los ojos desorbitados.
—Pa… pá… No… él…
Papá no él, y mamá, tampoco. Jo, jo, jo. —El muchacho apenas escuchaba los delirios que profería su tía abuela. ¿En aquel cuarto en penumbras yacía realmente Papá Noel?—. Mata a Santa.
William recibió un guantazo por la espalda, y la mano agresora le cubrió todo el costado derecho de la cara, incluida la oreja. El golpe lo dejó sordo de ese oído, y al pitido que lo asaltó de repente lo acompañó un fuerte mareo.
El muchacho caminó hasta la mesita de luz, en la cual se posaba una chuchilla de mango negro. La aferró con miembros temblorosos y, cerrando los ojos, apuñaló a Papá Noel una y otra vez, hasta que notó que se acalambraban los brazos.
La tía Del For bailaba y cantaba como una posesa. Will miraba a Santa con una aflicción jamás vivida. Se percibía aún más niño de lo que era. Aparentaba estar inmerso en un sueño, mágico y terrorífico a la vez. Hasta que…
La tía se había desplomado. Tenía el semblante contraído, y sus hombros se pegaban a las orejas. Estaba roja como un tomate. Tanta excitación le había provocado un infarto.
William intentó separarse del santo al que acababa de acuchillar, cuando sus dedos se enredaron en la barba del muerto, y esta se desprendió de su rostro. Era falsa.
—Hija de…
William arrancó el pelambre de mentira del cadáver, y se aproximó al cuerpo de la mujer. A su lado había una especie de dispositivo en forma de toma de luz. Comprendiéndolo todo, Will corrió hacia la ventana que se orientaba hacia la parte de atrás de la casa y miró por allí al reno despedazado. Oprimió el botón que sujetaba en la mano y la nariz del animal se encendió. Volvió a apretar, y el fulgor se desvaneció.
William torció el cuello tres veces y guiñó un ojo. «Mamá, tampoco», pensó. Luego sonrió. Ya no era él mismo. Si todavía continuaran vivos, cualquiera de su familia lo reconocería.
Regresó a la casa y se dirigió al teléfono que había en la sala central. Sacó una tarjeta de su bolsillo y marcó el número que allí figuraba.
—Hola, ¿Amelia? Soy Bill. Debes volver pronto. Olvidé darte tu regalo de Navidad.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un cuento de Navidad en el que cada participante, en forma anónima, crearía un relato cuyo protagonista sería otro de los participantes del Especial Navidad 2013, y el resultado fue «Mamá, tampoco», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación: