domingo, 27 de octubre de 2013

La configuración del lamento

Kirsty aferró la caja de Lemarchand con sus manos temblorosas y se recostó en la cama. Cerró los ojos y al instante se halló frente a una casa, donde unas niñas saltaban la soga en el jardín delantero al son de una canción macabra.
—Hola, perra. —La bienvenida le llegó por sorpresa, y se giró con celeridad—. ¿Me extrañaste?
La joven dibujó unas caricias con los pulgares sobre la pulida superficie de «la configuración del lamento*» y, cuando esta empezó a desmontarse, la arrojó a las manos del hombre del guante con navajas, quien se encontró, de pronto, rodeado de ganchos y cadenas; desde lejos oyó las risas de aquella puta atrevida.
Un ser con la cabeza llena de alfileres sentenció:
—Solo quieres ser maligno, letal e inmortal. Suéñalo, jamás ganarás.
—¿Tú quién eres? —preguntó Freddy Krugger.
—Yo… soy… dolor —declamó, Pinhead.
Sonriente, Freddy desafió:
—Ven por la aspirina.
(Antiguo afiche publicitario de la reconocida aspirina)


*La Configuración del Lamento es un tipo de caja oriental ficticia creada por el novelista británico Clive Barker, propia de la serie de películas de la saga Hellraiser y la novela de terror del mismo nombre, escrita por Barker.
     Esta caja tiene forma cúbica, y en la misma hay que resolver un rompecabezas muy complejo. Cuando este se resuelve se produce una entrada espacio-tiempo por la que ingresan a nuestro mundo unos seres llamados cenobitas.
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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
En esta oportunidad la consigna era: basándonos en la imagen adjunta (la de arriba), elegiremos uno (o más...) personajes de la misma y elaboraremos un microrrelato que no supere las ciento cincuenta palabras (sin cantidad mínima de ellas, y sin más reglas...).
El resultado fue «la configuración del lamento».

lunes, 14 de octubre de 2013

La muerte es cosa de viejos


El otoño había llegado bastante frío, pero eso no le impidió a Hermes arrellanarse en su banco de mimbre, en el porche de su casa, y beber su lata de cerveza matutina. Al tercer sorbo, uno de sus vecinos pasó frente a su jardín delantero, paseando a su perro.
—Veo que empinas el codo de temprano, ¿eh, vecino? —dijo el hombre, deteniéndose delante del edificio. El can ejecutó unas volteretas sobre sí mismo, olfateando en derredor.
—Lo sorprendente —objetó Hermes— no es que yo esté bebiendo temprano en mi casa, una cerveza que pagué con mi jubilación, sino que puedas ver algo desde esa distancia.
—Pobre de ti. Mi vista es perfecta, en cambio tú usas esos anteojos de culo de botella que te hacen parecer una lechuza con estreñimiento.
—¡Oye! —exclamó de repente Hermes, irguiéndose hacia adelante, y apuntando con la mano que sostenía la bebida—, dile a tu perro que se aleje de mi césped, la última vez me plantó un sorete del tamaño de una rueda de morcilla.
—No acuses a Bólido sin pruebas en su contra. El vecindario está plagado de animales.
—Pero el tuyo es el único que caga con la imagen de la cara de su dueño.
El aludido frunció los labios y agitó un dedo acusador.
—Mira, Hermes…
—Ya deja de romperme los huevos, Elio. Y vete de una vez a hacer lo que tengas que hacer.
—Ejercicio —espetó Elio, con jactancia—. Diez vueltas a la manzana, como todas las mañanas. Algo que te vendría bien para perder un poco de peso.
—Sí, puede que te haga caso —consideró Hermes dándole un sorbo a su bebida—. Noto que tu vientre ha bajado bastante… te llega hasta las rodillas.
—Bah… Eres un viejo ridículo —gruñó Elio, con ademanes exagerados—. Vamos, Bólido, no sea cosa que se te peguen las garrapatas de este energúmeno. —El perro reaccionó al oír su nombre y siguió a su amo, con la lengua afuera.
Cuando Elio hubo recorrido unos pocos pasos, Hermes lo reclamó.
—¿Qué quieres? —preguntó Elio, apenas girando la cabeza.
—Ven —le invitó, sacudiendo un brazo. Elio se volvió a regañadientes.  Cuando estuvo junto a aquel odioso sujeto, se palmeó la pierna derecha para que su mascota acudiera a él, y a continuación se cruzó de brazos como un niño enfadado.
—Cambia esa jeta y siéntate un momento, ¿quieres? —exhortó a modo de orden Hermes, atizando de manotazos a la banqueta que tenía a su diestra. Con una mueca, Elio accedió.
Una joven cruzó montada en bicicleta por el asfalto y dedicó un saludo a ambos hombres.
—Mira como labura el muerdetrapo —mencionó Hermes, indicando la tanga de color rosa que asomaba, bien calada, por sobre la cintura baja del pantalón de la chica.
—¿Para eso me has llamado? —protestó, indignado, Elio.
—No, hombre, no. Qué carácter. ¿Te apetece una? —ofreció, señalando la lata de cerveza.
—No.
—Como prefieras.
—Hermes…
—El moishe espichó. —La repentina noticia (y la falta de tacto para anunciarla) provocó que Elio se quedara estupefacto.
¿Massot?
—El mismo.
—Por Dios, cómo debe de estar la judía.
—Su esposa está destruida. Ni que hablar de sus hijos. Pero no es de eso de lo que deseo conversar. Ya es hora de que abandones las negativas, y de que tomes una decisión, porque yo voy a ir esta misma noche.
Los viejos torcieron los cuellos al unísono hacia la casona que tenían a la izquierda, a lo lejos, hacia una vivienda deteriorada y siniestra, la cual se alzaba en una especie de colina, y que recordaba de manera escabrosa a la mansión Bates. De pronto, como si se tratase de un mal augurio, un sonido tronó ensordecedor.
—¡Hermes, maldito seas! —renegó Elio, zarandeando las manos delante del rostro—. Estás podrido por dentro.
—Disculpa. Estos gases me están matando desde anoche. Pero no me cambies de tema. Elio… no podemos esquivar el guadañazo por mucho más tiempo. Desde que esa gente arribó al pueblo, los ancianos mueren como ratas.
Elio se frotaba la cara, con la mirada ensimismada, asimilando cada palabra de su interlocutor.
—Nadie lo advierte, ¿por qué? Dime —instó Hermes para obtener una respuesta.
—Porque somos viejos.
—Y…
—…los viejos fallecen.
—No es sorpresa para nadie, claro está. —Hermes remató su bebida y estrujó el aluminio con sus gruesos dedos—. Ya van cinco este otoño ¡Cinco! No pretendo ser el próximo.
—Permíteme que lo piense.
—Eres un cobarde.
Elio se incorporó como un resorte y se marchó a paso ligero.
—Dije que lo pensaré. Bólido, vámonos.
Y Elio se alejó, apartándose de un Hermes que cavilaba en la manera en que abordaría aquella casa.
Cerca de las veinte horas, el teléfono sonó en la casa de Hermes.
—¿Sí?
—Este verano, mi perro cumpliría nueve años.
—Y yo tengo la próstata del tamaño de una sandía.
—Lleva desaparecido desde el mediodía —continuó su perorata Elio.
Hermes se enmudeció, su cerebro trataba de dilucidar la información que le acababan de soltar de sopetón.
—Esos desgraciados no solo se cargan a la gente mayor —concluyó inmediatamente.
—Voy contigo. En un rato estoy por ahí. Aguárdame.
Elio se presentó tan rápido como le fue posible. En el bolsillo de su campera llevaba un arma de fuego calibre .32 que poseía hacía muchos años, adquirida para la defensa de su hogar y de su familia, y que jamás tuvo que utilizar. Esta sería la primera vez, si acontecía, cuando ya sus hijos habían abandonado el nido tiempo atrás, y cuando su mujer llevaba muerta más de diez años.
No esperó a golpear a la puerta o a tocar el timbre, ingresó enérgico y se encontró con un cuadro que lo dejaría traumatizado de por vida: un carcamal completamente desnudo en medio de la sala.
—¡Por todos los cielos! ¿Qué haces en bolas?
—Estoy en mi casa —respondió Hermes, sorprendido por la abrupta irrupción, pero sin una pizca de pudor. Ni siquiera procuró taparse las partes íntimas.
—Por favor, no des un paso más o vas a pisarte las pelotas —rogó Elio, asqueado, cubriendo la visión con un brazo.
—Ja, qué putazo. Me visto y vamos —dijo el dueño de la casa, y se dirigió al dormitorio, contoneando las arrugadas y peludas nalgas.
En cuanto Hermes estuvo preparado, ambos salieron a la cruda noche, él con un machete que utilizaba para podar las ramas de los árboles, y Elio con su revólver en el bolsillo. Alguna que otra persona andaba todavía en la calle, pero solo unas pocas les prestaron atención, incluso cuando presenciaban a uno de los vejestorios aferrando un cuchillo enorme.
Subieron la empinada ladera, no sin dificultad. Más le costó ascender a Hermes; cada vez que hacía un parate, Elio esbozaba una sonrisa socarrona y lo miraba de reojo, sin detenerse.
Al alcanzar el caserón y, con sus respectivos elementos de protección prestos, se agazaparon en el flanco donde había un gran ventanal por el cual podrían escudriñar el interior. Al elevar las cabezas hacia el cristal, los hombres abrieron los ojos y las bocas de forma descomunal, y se pegaron un susto de muerte cuando un baldazo de sangre enchastró el lado de adentro del vidrio frente a sus faces.
Hermes y Elio gritaron como niñas aterradas ante una alimaña. El miedo provocó que el segundo oprimiese el gatillo sin querer, y que la bala saliera disparada directa al pie de su compañero.
¡AAAAYYY! —chilló Hermes, entre sorprendido y horrorizado, largando el machete—. La puta que te parió, pelotudo.
Antes de que Elio lograra disculparse, la luz de la entrada se encendió de improviso, y la puerta se abrió con violencia. La silueta de una amorfa figura gigantesca se recortó en el umbral; miró a un costado, luego al otro, y salió al exterior.
Hermes y Elio bajaban la elevación de tierra como si «San Puta» los llevara, el primero tomado del hombro del otro por culpa de la herida de bala.
—Elio, si salimos de esta, recuérdame asesinarte.
Ninguno de los dos redujo la velocidad, ni voltearon a dar una ojeada a las cosas que estaban por darles alcance.