sábado, 31 de agosto de 2013

Leyes artificiales


Ahora
El aroma del parque era una exquisitez. Definitivamente se sentía distinta. Viva. Observó asomar el amanecer y se le dibujó una sonrisa en la boca. Un prototipo de ardilla surgió por sorpresa de un árbol de tronco robusto, descendió por él y correteó en torno a aquel personaje de anormal apariencia. Cuando el roedor se alejó, ella cerró los ojos y respiró del aire puro de la mañana. Notó como su pecho se hinchaba de oxígeno.
Ah, constituían sensaciones inexplicables. Únicas.
Y pensar que temió tanto por todo lo que ahora experimentaba.

Ayer
La cajera tomó la mercadería y la pasó delante de sus ojos. Estos se pusieron de color rojo y una franja vertical amarilla los cruzó de lado a lado, previamente a que se oyera el familiar pitido del registro de los precios. Un ticket emergió de entre los labios de la empleada y lo arrancó con los dedos; sin demoras, anunció a la compradora que el total a abonar era de ciento veintitrés pentios con treinta valtios.
La cliente le pagó con una barra de doscientos pentios, la cajera agarró el hierro y, a continuación, su estómago, que funcionaba como caja registradora, se abrió con un sonoro «clinc» hacia delante. De allí sacó el vuelto, lo entregó junto al comprobante de pago y deseó buenos días antes de dar las gracias por la transacción.
Marcia salió del mercado bamboleando sus bolsas. Miró al cielo para contemplar los vehículos que transitaban por el MetroAir, un tubo transparente en mitad de la aeropista, inaugurada hacía apenas unas pocas semanas. Una idea bastante buena que había presentado el actual Gobierno de la Ciudad para que el tráfico de los trasbordadores de pasajeros no interfiriera con el de las naves particulares, o con los avionistas, esos malditos locos con alas que no respetaban las señales de tránsito.
El circuito de reconocimiento de Marcia hizo que esta se detuviera de súbito. Un círculo de luz roja parpadeaba en el ángulo superior derecho de su sistema visual, donde la palabra FELICIDAD se leía en el centro de forma intermitente.
La simple aparición de ese término le resultó preocupante. Marcia no podía sentir felicidad.
De nuevo la luz roja, pero ahora la señal indicaba: MIEDO.
Marcia apuró la marcha. Giró el cuello en círculos de trescientos sesenta grados en busca de alguien que pudiera estar siguiéndola, y sintió aún más miedo, PÁNICO, si se guiaba por lo que le indicaba su sensor intrínseco. Aferró su carga con firmeza y ejecutó un brinco para que unos pequeños propulsores aerodinámicos afloraran por sus talones. Ambos artilugios escupieron una ráfaga de fuego y Marcia viajó impulsada a toda celeridad. Sus cabellos bailoteaban a causa de su atropellado avance ante la mirada de los transeúntes, extrañados por esa acción poco común en uno de sus coterráneos. Sin querer, Marcia llamaba la atención.
Llegó a su casa en menos de un minuto. Ingresó directamente por la ventana de su habitación, la cual se encontraba abierta en la segunda planta. La inseguridad había sido erradicada en los tres mil d. H., después de la Humanidad. Ya nadie debía preocuparse por hurtos, ni de ningún tipo de delincuencia en esta época, pero sí de otras cosas. Como de concebir emociones, por ejemplo.
Una vez que entró en su cuarto, dejó los bultos en el piso y se acercó al espejo que tenía alojado en la puerta del cubículo donde reposaba cuando sus circuitos se apagaban en la noche. Al examinar su reflejo, descubrió una mancha que se extendía desde su entrepierna hasta el muslo. Se palpó, pensando en cómo demonios era posible que perdiera aceite por esa zona. Levantó su mano teñida con aquel fluido y su revelador interno escribió: SANGRE.
Marcia trastabilló.
«Las leyendas eran ciertas.»
Acarició el gélido metal de su pecho y la asaltó la leve impresión de que un cosquilleo le recorría todo el organismo cibernético. Los puntos en las cúspides de sus protuberancias mamarias se habían emblandecido, y al apretarlos advirtió una nueva corriente de flujo allí abajo.
Entonces, oyó a su mascota subir la escalera. Marcia se apresuró a cerrar la puerta de su dormitorio en el momento exacto en que Chester llegaba al umbral. La criatura se detuvo en seco. No emitió ningún sonido. Ni siquiera rasgó la puerta con alguna de sus ocho patas. Al rato comenzó a producir unos gruñidos escalofriantes, y arremetió con furia desenfrenada, como una fiera hambrienta y enjaulada, contra la madera que le impedía el paso.
Marcia no era estúpida, y menos ahora que por sus cables mentales fluían directrices de raciocinio. Se lanzó sobre la cómoda ubicada a su espalda y extrajo un frasco de W40 del primer cajón. Se embadurnó con el lubricante las articulaciones del codo, el hombro y las de la muñeca. Desenroscó esta última y se quitó la mano, dejando al descubierto cuatro orificios adaptados al muñón. Estiró el brazo en dirección a la puerta, se tomó el antebrazo tendido con la mano derecha y tiró para atrás y luego hacia delante, efectuando una acción de bombeo como lo haría una anticuada escopeta Benelli M3. Marcia oprimió la palanca en forma de anillo que conmutaba el modo de tiro, la cual se hallaba bajo el codo, y descargó contra su animal justo cuando este había logrado irrumpir en la pieza. La criatura estalló en mil pedazos al verse alcanzada por el plomo. Trozos de carne volaron por los aires junto a restos de pelos y de sangre, que terminaron empotrados en las paredes y en la misma Marcia.
Una alarma tronó en el interior del hogar, y eso fue suficiente para que la robot supiera que era su fin.
Todo el sistema operativo que le permitía ser parte del planeta estaba supervisado por Energy Central Cybernetics, y cualquier irregularidad en él era detectada en los distintos emplazamientos denominados Scala (en honor a su creador Ricardo Scala), puestos de vigilancia destinados a preservar la fraternidad entre la población de los robots.
Uno de los principales objetivos de los Scala era el de cerciorarse de que los habitantes del planeta que se convirtiesen en humanos fuesen aniquilados de inmediato. La orden establecía: localizar y exterminar. Esta situación no era nada habitual. No se conocían registros públicos relativos a casos similares. Al parecer, todo consistía en una fábula inverosímil que alguien habría inventado para mantener a raya a los autómatas. Pero Marcia servía de testigo de la verdad.
Sin perder un segundo, se precipitó escalera abajo decidida a huir, cuando bien comprendía que debía quedarse en su sitio hasta que las autoridades pertinentes llegasen en su busca. Al alcanzar la sala principal, Marcia reparó en que había dejado su mano en la alcoba. Abrigó la intención de volver por ella, pero ya no quería perder más tiempo. Abandonó la casa derribando con su osamenta el portón de entrada, y se encontró interceptada por una barricada de vecinos unidos de las extremidades que tenían por manos, en medio de la calle.
«Oímos la alarma, Marcia. Será mejor que te quedes donde estás» —habló una de las máquinas.
En la visión de Marcia apareció la palabra DESESPERACIÓN. Apuntó con su brazo-arma hacia la muralla metálica y expulsó en abanico una serie de disparos de forma brusca, sin rodeos. Las chapas saltaron por los aires. Resortes, tuercas, esferas de vidrio, lentes, cilindros, toda clase de elementos inorgánicos de acero se desperdigaron por doquier, envueltos en chispazos candentes. Marcia advertía que sus ataques no infligían dolor, pero sí daños irreparables en sus blancos.
Un láser la alcanzó en el hombro derecho y, literalmente, Marcia vio las estrellas. DOLOR. ¿Eso era el dolor? ¿Eso era parte de ser humana?
Se desplomó de espaldas y accionó los propulsores de sus pies. Se deslizó a una enorme velocidad, generando rayos con el roce del cuerpo en el cemento, y regresó a su vivienda.
Los robots que quedaban en pie prepararon sus artefactos de destrucción y se arrimaron al acceso del refugio de Marcia, con cautela, avanzando entre las piezas mecánicas que se revolvían en el suelo. No llegaron a pasar, porque, en el instante en que se disponían a entrar, el techo de la residencia estalló de manera espectacular, y la autómata que se estaba convirtiendo en monstruo resurgió volando, dándose a la fuga.

Ahora
Con los ojos todavía cerrados, Marcia disfrutaba de cada nueva transformación que sufría.
Le dolía cada una de sus coyunturas. Donde antes ostentaba los cañones del arma, ahora poseía una amputación sangrante. De su hombro rezumaba líquido rojo y blanco. Sangre roja, la humana, y sangre blanca, la de los androides, la mutación preliminar a la metamorfosis definitiva. Las dos bolas de cristal que lucía a modo de ojos estaban recubiertas por pliegues de piel y pelos: PÁRPADOS.
Llevaba sentada varias horas en el pasto de aquel bello predio. A su lado descansaban las hélices con las que había planeado por los cielos para escapar. Sí, de recién creada también supo ser una alocada avionista, y esas alas eran un regalo que guardaba en el cuartucho de los trastos viejos.
Escuchó que un mecanismo se accionaba a su alrededor y de pronto se sintió invadida por un frescor inusual y fantástico: se habían activado los aspersores.
El baño fresco y frío ocasionó una contracción espasmódica en la partes convertidas en piel; a esta la siguieron algunos movimientos temblorosos, que le provocaron una respiración penosa y frecuente al principio, y corta, como regularizándose, después. El pulso le latió de prisa y sin dilación, y al punto lo hizo con lentitud y pausa; los miembros con dermis se amorataron y en seguida palidecieron; finalmente se le pusieron de gallina.
Se dejó mojar y gozó todo lo que pudo de su nueva naturaleza.
Una resonancia estrepitosa se hizo presente, acompañada de un vendaval que amenazó con arrojarla lejos. Las facciones de Marcia se sacudieron y, con dificultad, entreabrió los ojos para encontrarse con una aeronave en el firmamento, sustentada por un conjunto de aspas giratorias situadas encima del aparato, que eran las que provocaban aquel soplo potente. Las palas del rotor eran curvadas, hasta el punto de formar una elevación en la parte superior, y lisas (incluso algo cóncavas en la parte inferior). La constante fricción del mecanismo al girar obraba una sustentación que mantenía en el aire al autogiro.
Unos reflectores alumbraron el área donde ella se encontraba echada y un regimiento de robots, androides, naves del ejército, y las Fuerzas Armadas de Seguridad Nacional «Corporación Scala» de Energy Central Cybernetics la rodearon dispuestos a aniquilarla.
Ella lo sabía, así lo dictaba la ley. Había que neutralizar la amenaza.
«Modelo M4RC14, se lo sentencia a ser desmantelado por violar las leyes de convivencia artificial».
M4RC14, Marcia, volvió a cerrar los ojos para degustar los sabores que le ofrecía la verdadera existencia antes de que la acribillaran hasta despedazarla en múltiples fracciones.
De sus fragmentos desperdigados en la hierba, mezcla de plasma y chatarra, destacaba una de sus orbes oculares por la cual se escurría una gota; LÁGRIMA, marcó su sistema visual, titilante su módulo de luz roja, antes de consumirse en una oscuridad total.