martes, 22 de enero de 2013

El profesional


1
Cuando en 2001 quedó a cargo de las nuevas Oficinas del Departamento de Interpol de la Policía Federal Argentina, Rainieri no imaginó jamás que se vería implicado en un caso semejante.
Defendía a rajatabla lo que el código 2 del Estatuto determinaba como objetivos («Conseguir y desarrollar, dentro del marco de las leyes de los diferentes países y del respeto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la más amplia asistencia recíproca de todas las autoridades de policía criminal»; «Establecer y desarrollar todas las instrucciones que puedan contribuir a la prevención y represión de las infracciones de derecho común»), y más aún con lo que especificaba el código 3 («Está rigurosamente prohibida a la Organización toda actividad o intervención en cuestiones o asuntos de carácter público, militar, religioso o racial»). Pero ¿cómo hacerlo con lo que tenía entre manos?
La Secretaría General de la Organización le había ordenado de manera tajante no facilitar ningún tipo de difusión internacional, cosa que al agente le olía a que el caso, al final, quedaría encubierto.
Eso era algo que no pensaba permitir.
Había escuchado miles de veces sobre la leyenda del Pombero, pero tenerlo frente a sus propias narices fue lo más impensado y ridículo que se le pudo pasar por la cabeza.
Ahora, sentado en su oficina, daba vueltas entre sus dedos a una tarjeta. La que había encontrado en la escena del ¿crimen? La dejó en el escritorio, se puso de lleno a indagar el SBA —Servicio de Búsqueda Automática de Interpol—, el cual permite a todos los Estados Miembros acceder, a través de su sistema de mensajería, a los archivos existentes en la Secretaría General, obteniendo, en forma inmediata, información en las bases de datos de: informes nominales (delincuentes internacionales), vehículos robados, obras de arte sustraídas y documentos de carácter policial, administrativo y técnico. Por supuesto no encontró nada.
El profesional, llamaron los testigos al sujeto de traje negro.
La asesina, llamaron a la asiática que apareció luego.
Sobre esta mujer, solo él poseía la información. Y pensaba guardársela hasta ver qué resolución le transmitían sobre el asunto. Aunque sabía que no podría esperar mucho tiempo.

2
De esto había transcurrido una semana, y todavía no obtenía novedades de ninguna clase por parte del Departamento, por lo cual tuvo que recurrir a sus informantes.
Rainieri se había unido a «la fuerza» en 1994, a la edad de veinte años. Hoy, con treinta y siete, se sentía tan vital como entonces y con las ganas suficientes para llegar al fondo de este asunto en el que no querían intervenir sus superiores.
Se encontraba en su casa bebiendo whisky, reposado en su sillón de dos cuerpos, con fotos y papeles esparcidos sobre la mesa ratona, cuando le sonó el celular.
—Hola.
—Estuvo en Chile.
¡¿En Chile?! —manifestó Rainieri, irguiéndose en el sillón.
—Liquidó a un «bicho» con cabeza de chancho y cuerpo de serpiente.
Rainieri le dio un largo sorbo a su vaso.
—Para hacer mi trabajo en otro país tengo que ser un agente especializado. ¿Querés decirme cómo mierda me especializo en monstruos?
—Soy buche, el resto es problema tuyo.
—Andá a la concha de tu hermana. Llamame cuando tengas algo más.
—Lo de Chile lo tengo todo: lugar, testigos, muertos… también estuvo la chinita.
—¿Es china?
—China, ponja, coreana, es la misma mierda.
Okey, teneme al tanto —dijo y cortó.
Se bebió lo que quedaba de líquido en su vaso y se puso de pie. Se estiró y se desperezó. Se fue al baño y descargó la vejiga. Lavó sus manos, sus dientes y su cara y se dirigió a su habitación. Vestía un short, una musculosa morley y ojotas. Se sentó en la cama despojándose del calzado, se quitó la prenda superior y se arropó junto a su mujer, que llevaba dormida tres horas. La abrazó, la besó en el hueco bajo la oreja izquierda y cerró los ojos.
Mañana sería un día muy largo.

3
Su primera tarea fue enviar un comunicado en clave a la Asamblea General, nada de Comité Ejecutivo ni de Secretaría general. Debía ir al grano a sabiendas de que ignorarían su petición, pero conservaba un atisbo de esperanza considerando la peculiar naturaleza del crimen en cuestión. Obviamente, en el mensaje enviado iba adjunto todo lo relacionado con la mujer asiática. Si esto no los convencía de subsidiarlo en el caso, nada lo haría.
Para su sorpresa, la Asamblea General le había respondido por la tarde, cuando ya daba por concluida su jornada. Se harían cargo de todo lo relacionado con la política, los recursos, los métodos de trabajo, las finanzas, las actividades y los programas que Rainieri necesitase para la labor encubierta que estaba dispuesto a emprender. Pero se desentendían de cualquier fallo en la misión. A partir de este momento, su vida y su trabajo corrían por su cuenta.
Perfecto, era lo que esperaba.
Limpió su computadora de toda información que pudiera delatar su tarea. Borró el historial de navegación de descargas, vació cachés, eliminó cookies, datos de sitios y de complementos, contraseñas guardadas y datos archivados de la función autocompletar. Apagó la máquina, hizo lo mismo con las luces de la oficina y se retiró dejando el lugar bajo llave.
Esa noche tendría que hablar con su esposa. Entendería, pero no por eso le gustaría la noticia. Era una gran mujer.
El sol comenzaba a ponerse en el horizonte y las sombras trajeron el frío. Rainieri sacó su BlackBerry y realizó una llamada.
—Tengo todo arreglado.
—Sabía que lo ibas a hacer.
—Quiero que mañana a las diez seas el primero en el banco y retires todos mis fondos. En la caja vas a encontrar las cosas que me enviaron desde Lion. Te veo en el aeropuerto al mediodía. Ahí te paso las indicaciones que faltan.
—A ver, a ver, a ver. ¿Desde cuándo soy tu siervo?
—Desde que quedás al mando de las Oficinas en mi ausencia.
—Me estás jodiendo.
—Sabés que no juego con esas cosas. Sos el único que puede ayudarme con la información que voy a precisar y la que voy a manejar.
—Muy bien. No se hable más. Te veo mañana.
—Listo —contestó Rainieri y colgó.

4
La reacción de Sandra fue tal cual la intuía, ni más ni menos. Con lagrimitas y todo. Por eso se portó como un buen esposo y la invitó a cenar a Palermo Soho, al restaurante afrodisíaco Te Mataré Ramírez (“sic”). De entrada pidieron un «Tu oleaje de hembra te aniquila en la noche», que consistía en roll de conejo confitado, morrón y mango, rebozado en panco, salsa teriyaky y pisto de vegetales. De plato principal un «Arranco el goce de tu tibio tesoro con mi lengua encendida», que no era otra cosa que salmón rosado tataky, acompañado de recula, menta, vivos gajos de naranja y tentáculos de calamar, con un amarillo coulis de limón y papas bouchon. Y de postre, un «Quemé mi lengua al deseo de lamerte» para él, y un «Estimulo lujurioso» para ella: mousse de chocolate semiamargo y helado en bochas, respectivamente.
Salieron de allí lo bastante calientes como para terminar haciendo todo lo que hicieron en uno de los mejores albergues transitorios de la zona. A las cuatro de la mañana regresaron a su hogar, donde se echaron dos polvos más y durmieron en cucharita.

5
Cuando Rainieri llegó al aeropuerto, su contacto lo aguardaba sentado en una de las butacas.
—Disculpá la tardanza —expresó Rainieri.
—Acá tenés. Todo lo que te enviaron y el dinero. —Rainieri tomó las cosas y separó cinco fajos de billetes, los cuales le tendió a su compañero.
—Tomá. Mandale esto a mi mujer por Western Union, ni se te ocurra acercarte a mi casa.
Hey, amigo. ¿No confiás en mí?
—En vos, sí; en tu pija, no.
—Ya gritaste.
—Sí.
—Te tengo otra cosa. Tomá. —Y le extendió un sobre de papel de estraza bastante pesado—. Después de lo del chancho/víbora se fue a Perú. Va en compañía de una mina de pelo castaño, en un Dodge Charger del sesenta y nueve. Pararon en la última estación de servicios de la carretera Panamericana. Podés hablar con el propietario. Es puto. —Rainieri hizo una mueca y frunció el ceño ante el comentario—. De ahí pasaron por una colonia japonesa llamada Nikkey, para evitar la caseta fronteriza. Por lo menos eso es lo que creo; si no, no entiendo por qué carajo pasaron por ahí. El caso es que se detuvieron en un tugurio llamado Bar Koi, y allí, el tipo este, el Pro, volvió a hacer de las suyas.
—¿Otra criatura?
—Una especie de zorro. O algo así. Contactá a la Sargento Naota.
—¿Alguna otra cosa?
—En el pueblo de Edén sucedió algo extraño que involucra a perros. Tenelo en cuenta, por las dudas. Puede que se dirija para allá. ¿Ya viste la foto? —Rainieri rebuscó en el sobre.
—¿Qué foto?
—La de tu culo y mi choto, ja, ja, ja.
—Qué tipo pelotudo.
—Nos vemos, che. Buen viaje y cuidate.
—Vigilame el rancho.
Ambos se despidieron con un fuerte apretón de manos y asintieron con las cabezas. Luego se separaron.
Una hora más tarde, Rainieri volaba rumbo a Chile.
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     Este texto fue escrito para la novela inconclusa El profesional, de Pepe Martinez  quien me pidió que creara un personaje argentino que actuara como perseguidor de El Pro, el protagonista de su historia. Por lo tanto, este escrito no puede concebirse como un relato con principio y fin. Aun así, creo que puede leerse como una historia independiente. Ya me dirán ustedes, los lectores, si estoy errado.

miércoles, 9 de enero de 2013

Todo por un sueño

Basado en el villancico «La estrellita»



Una estrellita pasó
caminando pa' Belén

era tan linda y tan joven

que el niño la quiso ver




El buen buey dijo que no,

el gallo dijo no sé

pero el burriito de Pascua

quiso seguirla con él




Y así partieron los dos

el niño en regio córcel

hasta llegar a una tierra

copia feliz del Edén (Bis)




Cuando del burro bajó

la estrella no pudo ver

y al preguntar a otros niños

logró saber el porqué




La estrella cuando pasó 

por esta tierra de Edén

entre el mar y las montañas

del cielo quiso caer




Pues al fin pudo encontrar

en Chile gente de bien

y se quedó en su bandera 

para aprender a querer (Bis)



Cada Navidad, los elfos entonan la misma canción y me es inevitable no advertirla como una señal:
♪♫ Díganme si alguien lo ha visto pasar.
Lleva bajo el brazo nuestra única verdad, por la que elegimos continuar.
Un ciego, mendigo, «vio» por ahí que andan todos juntos riéndose de mí:
—Déjalo pasar, no es para ti.
—Si es para mí, eso lo sabré luego —le grité al pobre ciego—. Vamos, dime a dónde van ♪♫.
Habla de los sueños.
Apenas cumplo catorce años y siento que dejé de ser un niño hace ya demasiado tiempo. Busco a mi sueño desde que tengo uso de razón y, por alguna broma cruel del destino, nunca logro dar con él.
Estas fechas suelen identificarse con la nieve —¿acaso no nos presentan al hombre de los regalos con su abrigado atuendo rojo?—, pero aquí estamos en pleno verano y el calor es agobiante.
Ahora estoy transitando por una desolada carretera de un lugar del que no recuerdo el nombre. Aunque eso es lo de menos, sé que por aquí mora el buen buey.
Cuando me topo con él, lo encuentro arando al costado del camino. Al verme se incorpora en dos patas y se acomoda los tiradores de su pantalón corto color caqui.
—Varios veranos han transcurrido de la última vez que viese a un humano —dice con un vozarrón imponente. A su lado parezco una hormiga.
—He venido desde lejos para rogarle que me acompañe en busca de un sueño.
—Un sueño —repite rascándose el mentón.
—¿Lo ha visto? —pregunto—, sé que pasó por aquí.
—Los sueños solo se ven cuando se está dormido, y yo ya no duermo.
—No lo comprendo.
—Soñar despierto es para pobres de espíritu; perseguirlos es una utopía.
—¿Entonces?
—No cuentes conmigo.
—No ir tras las ilusiones de uno es de cobarde —le espeto. Con miedo, por supuesto, pero mantengo la entereza. Para mi asombro, el bruto estalla en carcajadas.
—No sería buey si no estuviera castrado —revela, y me da la espalda.
Decepcionado, pego media vuelta y me marcho sin decir palabra. Cuando me hallo a una distancia prudente, me echo a llorar.
No sentirme un niño no significa que no lo sea.
Al caer la noche, vislumbro un granero en medio de la nada. Decido que es un lugar propicio donde reposar y me encamino hacia allí. Al aproximarme, veo en la entrada a un pollino atado a un poste de madera.
—Ni lo pienses —hablan a mi espalda y casi muero del susto. Giro sobre mis talones sujetando lo que cargo cruzado en mi espalda y quedo cara a cara con un gallo de mi estatura—. Nadie jamás ha podido montar a ese jumento.
—¿Cómo lo sabes?
—No sé, solo lo digo.
—Busco un sueño.
—Todos lo hacen, chico —cacarea el gallo.
—¿No lo has visto cruzar estas inmediaciones?
—No sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Es que bien pudo haber sido eso, como también una esperanza, o peor: una pesadilla. Lo mejor sería esperar un milagro.
—Esperar es de cobardes.
—Hijo, digo, hijo, la de los huevos es la gallina.
Enfurecido, agarro una piedra y se la lanzo. El gallo da un salto y huye dejando un sinnúmero de plumas blancas danzando en el aire tibio.
Me vuelvo hacia el pollino, me desprendo de la carga de mi espalda y del morral de cuero, retiro de este último un taco de harina relleno con carne y me siento a cenar.
—Si te convidase de este burrito, te convertiría en caníbal, ¿cierto? —Me río de mi patética ocurrencia y vuelvo a llorar.
Escucho rebuznar al animal y, al levantar la cabeza, observo que hala con los dientes de la cuerda que lo aprisiona. Dejo a un lado la comida y me arrimo al palo para desamarrar la soga, ya que esto es lo que interpreto que desea. Lo hago y el tosco cuadrúpedo sale a la carrera. Cabizbajo, regreso por mis cosas y me adentro en el granero para descansar.
Por la mañana, me despierto cuando algo húmedo y frío roza mi rostro. Al ver que se trata del morro del pollino, me enderezo de un salto en el colchón de heno.
—¡Has vuelto! —exclamo sorprendido—. ¿Será mucho pedir que me permitas montarte para continuar mi travesía?
El animal rozna y yo lo tomo como un sí.
Cabalgo horas en mi particular corcel hasta que doy con el pueblo donde mi tesoro arribó. Allí, un niño y una niña nos cortan el paso. A él le falta la nariz, solo ostenta dos orificios purulentos, y ella es una cosa horrenda y lampiña, con la boca en el lugar donde debería estar su mejilla. Ambos portan barras de hierro en sus manos.
—No busco problemas, les advierto —expreso con sinceridad.
—Si vienes por el sueño, sí los buscas —me dice sin nariz.
—Me pertenece —declaro.
—No puede pertenecerte algo que no has alcanzado. —Cuando dice esto, un hato de criaturas, menores que yo, todos ellos deformes y armados hasta los dientes (los que aún los conservaran, claro) con palos, hachas, machetes, fierros, piedras y cualquier tipo de elemento contundente, me rodea por todos los flancos—. Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, y ese sueño que anhelas es ahora nuestra esperanza.
Medito un momento en lo que me manifiesta y recorro con la mirada a cada uno de ellos. Cierro los ojos y nuevamente me acometen las lágrimas.
Alguien dijo en cierta ocasión: «Si tienes un sueño y crees en él, corres el riesgo de que se convierta en realidad».
Pienso en ello en cuanto desenfundo la escopeta de la vaina que atraviesa mi espalda y acribillo al mocoso que diserta. La sangre y los restos de su cabeza salpican a los que están a su lado, y apenas dejo que salgan de su asombro cuando le vuelo la frente a la pequeña Quasimodo y a otro le reviento el torso en dos. El arma me resulta muy pesada y el repercutir lastima mi hombro, pero no interrumpo la masacre que inicié y agujereo uno por uno a esos leprosos y mugrientos ladrones.
Pretendo correr el riesgo de que mi sueño se convierta en realidad, pero para eso debo darle alcance. Sea como sea.
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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
En esta ocasión había que escribir relatos basados en villancicos navideños. A mí me tocó la canción chilena «La estrellita», y el resultado fue «Todo por un sueño».
La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.