domingo, 27 de octubre de 2013

La configuración del lamento

Kirsty aferró la caja de Lemarchand con sus manos temblorosas y se recostó en la cama. Cerró los ojos y al instante se halló frente a una casa, donde unas niñas saltaban la soga en el jardín delantero al son de una canción macabra.
—Hola, perra. —La bienvenida le llegó por sorpresa, y se giró con celeridad—. ¿Me extrañaste?
La joven dibujó unas caricias con los pulgares sobre la pulida superficie de «la configuración del lamento*» y, cuando esta empezó a desmontarse, la arrojó a las manos del hombre del guante con navajas, quien se encontró, de pronto, rodeado de ganchos y cadenas; desde lejos oyó las risas de aquella puta atrevida.
Un ser con la cabeza llena de alfileres sentenció:
—Solo quieres ser maligno, letal e inmortal. Suéñalo, jamás ganarás.
—¿Tú quién eres? —preguntó Freddy Krugger.
—Yo… soy… dolor —declamó, Pinhead.
Sonriente, Freddy desafió:
—Ven por la aspirina.
(Antiguo afiche publicitario de la reconocida aspirina)


*La Configuración del Lamento es un tipo de caja oriental ficticia creada por el novelista británico Clive Barker, propia de la serie de películas de la saga Hellraiser y la novela de terror del mismo nombre, escrita por Barker.
     Esta caja tiene forma cúbica, y en la misma hay que resolver un rompecabezas muy complejo. Cuando este se resuelve se produce una entrada espacio-tiempo por la que ingresan a nuestro mundo unos seres llamados cenobitas.
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Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe Martinez, y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
En esta oportunidad la consigna era: basándonos en la imagen adjunta (la de arriba), elegiremos uno (o más...) personajes de la misma y elaboraremos un microrrelato que no supere las ciento cincuenta palabras (sin cantidad mínima de ellas, y sin más reglas...).
El resultado fue «la configuración del lamento».

lunes, 14 de octubre de 2013

La muerte es cosa de viejos


El otoño había llegado bastante frío, pero eso no le impidió a Hermes arrellanarse en su banco de mimbre, en el porche de su casa, y beber su lata de cerveza matutina. Al tercer sorbo, uno de sus vecinos pasó frente a su jardín delantero, paseando a su perro.
—Veo que empinas el codo de temprano, ¿eh, vecino? —dijo el hombre, deteniéndose delante del edificio. El can ejecutó unas volteretas sobre sí mismo, olfateando en derredor.
—Lo sorprendente —objetó Hermes— no es que yo esté bebiendo temprano en mi casa, una cerveza que pagué con mi jubilación, sino que puedas ver algo desde esa distancia.
—Pobre de ti. Mi vista es perfecta, en cambio tú usas esos anteojos de culo de botella que te hacen parecer una lechuza con estreñimiento.
—¡Oye! —exclamó de repente Hermes, irguiéndose hacia adelante, y apuntando con la mano que sostenía la bebida—, dile a tu perro que se aleje de mi césped, la última vez me plantó un sorete del tamaño de una rueda de morcilla.
—No acuses a Bólido sin pruebas en su contra. El vecindario está plagado de animales.
—Pero el tuyo es el único que caga con la imagen de la cara de su dueño.
El aludido frunció los labios y agitó un dedo acusador.
—Mira, Hermes…
—Ya deja de romperme los huevos, Elio. Y vete de una vez a hacer lo que tengas que hacer.
—Ejercicio —espetó Elio, con jactancia—. Diez vueltas a la manzana, como todas las mañanas. Algo que te vendría bien para perder un poco de peso.
—Sí, puede que te haga caso —consideró Hermes dándole un sorbo a su bebida—. Noto que tu vientre ha bajado bastante… te llega hasta las rodillas.
—Bah… Eres un viejo ridículo —gruñó Elio, con ademanes exagerados—. Vamos, Bólido, no sea cosa que se te peguen las garrapatas de este energúmeno. —El perro reaccionó al oír su nombre y siguió a su amo, con la lengua afuera.
Cuando Elio hubo recorrido unos pocos pasos, Hermes lo reclamó.
—¿Qué quieres? —preguntó Elio, apenas girando la cabeza.
—Ven —le invitó, sacudiendo un brazo. Elio se volvió a regañadientes.  Cuando estuvo junto a aquel odioso sujeto, se palmeó la pierna derecha para que su mascota acudiera a él, y a continuación se cruzó de brazos como un niño enfadado.
—Cambia esa jeta y siéntate un momento, ¿quieres? —exhortó a modo de orden Hermes, atizando de manotazos a la banqueta que tenía a su diestra. Con una mueca, Elio accedió.
Una joven cruzó montada en bicicleta por el asfalto y dedicó un saludo a ambos hombres.
—Mira como labura el muerdetrapo —mencionó Hermes, indicando la tanga de color rosa que asomaba, bien calada, por sobre la cintura baja del pantalón de la chica.
—¿Para eso me has llamado? —protestó, indignado, Elio.
—No, hombre, no. Qué carácter. ¿Te apetece una? —ofreció, señalando la lata de cerveza.
—No.
—Como prefieras.
—Hermes…
—El moishe espichó. —La repentina noticia (y la falta de tacto para anunciarla) provocó que Elio se quedara estupefacto.
¿Massot?
—El mismo.
—Por Dios, cómo debe de estar la judía.
—Su esposa está destruida. Ni que hablar de sus hijos. Pero no es de eso de lo que deseo conversar. Ya es hora de que abandones las negativas, y de que tomes una decisión, porque yo voy a ir esta misma noche.
Los viejos torcieron los cuellos al unísono hacia la casona que tenían a la izquierda, a lo lejos, hacia una vivienda deteriorada y siniestra, la cual se alzaba en una especie de colina, y que recordaba de manera escabrosa a la mansión Bates. De pronto, como si se tratase de un mal augurio, un sonido tronó ensordecedor.
—¡Hermes, maldito seas! —renegó Elio, zarandeando las manos delante del rostro—. Estás podrido por dentro.
—Disculpa. Estos gases me están matando desde anoche. Pero no me cambies de tema. Elio… no podemos esquivar el guadañazo por mucho más tiempo. Desde que esa gente arribó al pueblo, los ancianos mueren como ratas.
Elio se frotaba la cara, con la mirada ensimismada, asimilando cada palabra de su interlocutor.
—Nadie lo advierte, ¿por qué? Dime —instó Hermes para obtener una respuesta.
—Porque somos viejos.
—Y…
—…los viejos fallecen.
—No es sorpresa para nadie, claro está. —Hermes remató su bebida y estrujó el aluminio con sus gruesos dedos—. Ya van cinco este otoño ¡Cinco! No pretendo ser el próximo.
—Permíteme que lo piense.
—Eres un cobarde.
Elio se incorporó como un resorte y se marchó a paso ligero.
—Dije que lo pensaré. Bólido, vámonos.
Y Elio se alejó, apartándose de un Hermes que cavilaba en la manera en que abordaría aquella casa.
Cerca de las veinte horas, el teléfono sonó en la casa de Hermes.
—¿Sí?
—Este verano, mi perro cumpliría nueve años.
—Y yo tengo la próstata del tamaño de una sandía.
—Lleva desaparecido desde el mediodía —continuó su perorata Elio.
Hermes se enmudeció, su cerebro trataba de dilucidar la información que le acababan de soltar de sopetón.
—Esos desgraciados no solo se cargan a la gente mayor —concluyó inmediatamente.
—Voy contigo. En un rato estoy por ahí. Aguárdame.
Elio se presentó tan rápido como le fue posible. En el bolsillo de su campera llevaba un arma de fuego calibre .32 que poseía hacía muchos años, adquirida para la defensa de su hogar y de su familia, y que jamás tuvo que utilizar. Esta sería la primera vez, si acontecía, cuando ya sus hijos habían abandonado el nido tiempo atrás, y cuando su mujer llevaba muerta más de diez años.
No esperó a golpear a la puerta o a tocar el timbre, ingresó enérgico y se encontró con un cuadro que lo dejaría traumatizado de por vida: un carcamal completamente desnudo en medio de la sala.
—¡Por todos los cielos! ¿Qué haces en bolas?
—Estoy en mi casa —respondió Hermes, sorprendido por la abrupta irrupción, pero sin una pizca de pudor. Ni siquiera procuró taparse las partes íntimas.
—Por favor, no des un paso más o vas a pisarte las pelotas —rogó Elio, asqueado, cubriendo la visión con un brazo.
—Ja, qué putazo. Me visto y vamos —dijo el dueño de la casa, y se dirigió al dormitorio, contoneando las arrugadas y peludas nalgas.
En cuanto Hermes estuvo preparado, ambos salieron a la cruda noche, él con un machete que utilizaba para podar las ramas de los árboles, y Elio con su revólver en el bolsillo. Alguna que otra persona andaba todavía en la calle, pero solo unas pocas les prestaron atención, incluso cuando presenciaban a uno de los vejestorios aferrando un cuchillo enorme.
Subieron la empinada ladera, no sin dificultad. Más le costó ascender a Hermes; cada vez que hacía un parate, Elio esbozaba una sonrisa socarrona y lo miraba de reojo, sin detenerse.
Al alcanzar el caserón y, con sus respectivos elementos de protección prestos, se agazaparon en el flanco donde había un gran ventanal por el cual podrían escudriñar el interior. Al elevar las cabezas hacia el cristal, los hombres abrieron los ojos y las bocas de forma descomunal, y se pegaron un susto de muerte cuando un baldazo de sangre enchastró el lado de adentro del vidrio frente a sus faces.
Hermes y Elio gritaron como niñas aterradas ante una alimaña. El miedo provocó que el segundo oprimiese el gatillo sin querer, y que la bala saliera disparada directa al pie de su compañero.
¡AAAAYYY! —chilló Hermes, entre sorprendido y horrorizado, largando el machete—. La puta que te parió, pelotudo.
Antes de que Elio lograra disculparse, la luz de la entrada se encendió de improviso, y la puerta se abrió con violencia. La silueta de una amorfa figura gigantesca se recortó en el umbral; miró a un costado, luego al otro, y salió al exterior.
Hermes y Elio bajaban la elevación de tierra como si «San Puta» los llevara, el primero tomado del hombro del otro por culpa de la herida de bala.
—Elio, si salimos de esta, recuérdame asesinarte.
Ninguno de los dos redujo la velocidad, ni voltearon a dar una ojeada a las cosas que estaban por darles alcance.

sábado, 31 de agosto de 2013

Leyes artificiales


Ahora
El aroma del parque era una exquisitez. Definitivamente se sentía distinta. Viva. Observó asomar el amanecer y se le dibujó una sonrisa en la boca. Un prototipo de ardilla surgió por sorpresa de un árbol de tronco robusto, descendió por él y correteó en torno a aquel personaje de anormal apariencia. Cuando el roedor se alejó, ella cerró los ojos y respiró del aire puro de la mañana. Notó como su pecho se hinchaba de oxígeno.
Ah, constituían sensaciones inexplicables. Únicas.
Y pensar que temió tanto por todo lo que ahora experimentaba.

Ayer
La cajera tomó la mercadería y la pasó delante de sus ojos. Estos se pusieron de color rojo y una franja vertical amarilla los cruzó de lado a lado, previamente a que se oyera el familiar pitido del registro de los precios. Un ticket emergió de entre los labios de la empleada y lo arrancó con los dedos; sin demoras, anunció a la compradora que el total a abonar era de ciento veintitrés pentios con treinta valtios.
La cliente le pagó con una barra de doscientos pentios, la cajera agarró el hierro y, a continuación, su estómago, que funcionaba como caja registradora, se abrió con un sonoro «clinc» hacia delante. De allí sacó el vuelto, lo entregó junto al comprobante de pago y deseó buenos días antes de dar las gracias por la transacción.
Marcia salió del mercado bamboleando sus bolsas. Miró al cielo para contemplar los vehículos que transitaban por el MetroAir, un tubo transparente en mitad de la aeropista, inaugurada hacía apenas unas pocas semanas. Una idea bastante buena que había presentado el actual Gobierno de la Ciudad para que el tráfico de los trasbordadores de pasajeros no interfiriera con el de las naves particulares, o con los avionistas, esos malditos locos con alas que no respetaban las señales de tránsito.
El circuito de reconocimiento de Marcia hizo que esta se detuviera de súbito. Un círculo de luz roja parpadeaba en el ángulo superior derecho de su sistema visual, donde la palabra FELICIDAD se leía en el centro de forma intermitente.
La simple aparición de ese término le resultó preocupante. Marcia no podía sentir felicidad.
De nuevo la luz roja, pero ahora la señal indicaba: MIEDO.
Marcia apuró la marcha. Giró el cuello en círculos de trescientos sesenta grados en busca de alguien que pudiera estar siguiéndola, y sintió aún más miedo, PÁNICO, si se guiaba por lo que le indicaba su sensor intrínseco. Aferró su carga con firmeza y ejecutó un brinco para que unos pequeños propulsores aerodinámicos afloraran por sus talones. Ambos artilugios escupieron una ráfaga de fuego y Marcia viajó impulsada a toda celeridad. Sus cabellos bailoteaban a causa de su atropellado avance ante la mirada de los transeúntes, extrañados por esa acción poco común en uno de sus coterráneos. Sin querer, Marcia llamaba la atención.
Llegó a su casa en menos de un minuto. Ingresó directamente por la ventana de su habitación, la cual se encontraba abierta en la segunda planta. La inseguridad había sido erradicada en los tres mil d. H., después de la Humanidad. Ya nadie debía preocuparse por hurtos, ni de ningún tipo de delincuencia en esta época, pero sí de otras cosas. Como de concebir emociones, por ejemplo.
Una vez que entró en su cuarto, dejó los bultos en el piso y se acercó al espejo que tenía alojado en la puerta del cubículo donde reposaba cuando sus circuitos se apagaban en la noche. Al examinar su reflejo, descubrió una mancha que se extendía desde su entrepierna hasta el muslo. Se palpó, pensando en cómo demonios era posible que perdiera aceite por esa zona. Levantó su mano teñida con aquel fluido y su revelador interno escribió: SANGRE.
Marcia trastabilló.
«Las leyendas eran ciertas.»
Acarició el gélido metal de su pecho y la asaltó la leve impresión de que un cosquilleo le recorría todo el organismo cibernético. Los puntos en las cúspides de sus protuberancias mamarias se habían emblandecido, y al apretarlos advirtió una nueva corriente de flujo allí abajo.
Entonces, oyó a su mascota subir la escalera. Marcia se apresuró a cerrar la puerta de su dormitorio en el momento exacto en que Chester llegaba al umbral. La criatura se detuvo en seco. No emitió ningún sonido. Ni siquiera rasgó la puerta con alguna de sus ocho patas. Al rato comenzó a producir unos gruñidos escalofriantes, y arremetió con furia desenfrenada, como una fiera hambrienta y enjaulada, contra la madera que le impedía el paso.
Marcia no era estúpida, y menos ahora que por sus cables mentales fluían directrices de raciocinio. Se lanzó sobre la cómoda ubicada a su espalda y extrajo un frasco de W40 del primer cajón. Se embadurnó con el lubricante las articulaciones del codo, el hombro y las de la muñeca. Desenroscó esta última y se quitó la mano, dejando al descubierto cuatro orificios adaptados al muñón. Estiró el brazo en dirección a la puerta, se tomó el antebrazo tendido con la mano derecha y tiró para atrás y luego hacia delante, efectuando una acción de bombeo como lo haría una anticuada escopeta Benelli M3. Marcia oprimió la palanca en forma de anillo que conmutaba el modo de tiro, la cual se hallaba bajo el codo, y descargó contra su animal justo cuando este había logrado irrumpir en la pieza. La criatura estalló en mil pedazos al verse alcanzada por el plomo. Trozos de carne volaron por los aires junto a restos de pelos y de sangre, que terminaron empotrados en las paredes y en la misma Marcia.
Una alarma tronó en el interior del hogar, y eso fue suficiente para que la robot supiera que era su fin.
Todo el sistema operativo que le permitía ser parte del planeta estaba supervisado por Energy Central Cybernetics, y cualquier irregularidad en él era detectada en los distintos emplazamientos denominados Scala (en honor a su creador Ricardo Scala), puestos de vigilancia destinados a preservar la fraternidad entre la población de los robots.
Uno de los principales objetivos de los Scala era el de cerciorarse de que los habitantes del planeta que se convirtiesen en humanos fuesen aniquilados de inmediato. La orden establecía: localizar y exterminar. Esta situación no era nada habitual. No se conocían registros públicos relativos a casos similares. Al parecer, todo consistía en una fábula inverosímil que alguien habría inventado para mantener a raya a los autómatas. Pero Marcia servía de testigo de la verdad.
Sin perder un segundo, se precipitó escalera abajo decidida a huir, cuando bien comprendía que debía quedarse en su sitio hasta que las autoridades pertinentes llegasen en su busca. Al alcanzar la sala principal, Marcia reparó en que había dejado su mano en la alcoba. Abrigó la intención de volver por ella, pero ya no quería perder más tiempo. Abandonó la casa derribando con su osamenta el portón de entrada, y se encontró interceptada por una barricada de vecinos unidos de las extremidades que tenían por manos, en medio de la calle.
«Oímos la alarma, Marcia. Será mejor que te quedes donde estás» —habló una de las máquinas.
En la visión de Marcia apareció la palabra DESESPERACIÓN. Apuntó con su brazo-arma hacia la muralla metálica y expulsó en abanico una serie de disparos de forma brusca, sin rodeos. Las chapas saltaron por los aires. Resortes, tuercas, esferas de vidrio, lentes, cilindros, toda clase de elementos inorgánicos de acero se desperdigaron por doquier, envueltos en chispazos candentes. Marcia advertía que sus ataques no infligían dolor, pero sí daños irreparables en sus blancos.
Un láser la alcanzó en el hombro derecho y, literalmente, Marcia vio las estrellas. DOLOR. ¿Eso era el dolor? ¿Eso era parte de ser humana?
Se desplomó de espaldas y accionó los propulsores de sus pies. Se deslizó a una enorme velocidad, generando rayos con el roce del cuerpo en el cemento, y regresó a su vivienda.
Los robots que quedaban en pie prepararon sus artefactos de destrucción y se arrimaron al acceso del refugio de Marcia, con cautela, avanzando entre las piezas mecánicas que se revolvían en el suelo. No llegaron a pasar, porque, en el instante en que se disponían a entrar, el techo de la residencia estalló de manera espectacular, y la autómata que se estaba convirtiendo en monstruo resurgió volando, dándose a la fuga.

Ahora
Con los ojos todavía cerrados, Marcia disfrutaba de cada nueva transformación que sufría.
Le dolía cada una de sus coyunturas. Donde antes ostentaba los cañones del arma, ahora poseía una amputación sangrante. De su hombro rezumaba líquido rojo y blanco. Sangre roja, la humana, y sangre blanca, la de los androides, la mutación preliminar a la metamorfosis definitiva. Las dos bolas de cristal que lucía a modo de ojos estaban recubiertas por pliegues de piel y pelos: PÁRPADOS.
Llevaba sentada varias horas en el pasto de aquel bello predio. A su lado descansaban las hélices con las que había planeado por los cielos para escapar. Sí, de recién creada también supo ser una alocada avionista, y esas alas eran un regalo que guardaba en el cuartucho de los trastos viejos.
Escuchó que un mecanismo se accionaba a su alrededor y de pronto se sintió invadida por un frescor inusual y fantástico: se habían activado los aspersores.
El baño fresco y frío ocasionó una contracción espasmódica en la partes convertidas en piel; a esta la siguieron algunos movimientos temblorosos, que le provocaron una respiración penosa y frecuente al principio, y corta, como regularizándose, después. El pulso le latió de prisa y sin dilación, y al punto lo hizo con lentitud y pausa; los miembros con dermis se amorataron y en seguida palidecieron; finalmente se le pusieron de gallina.
Se dejó mojar y gozó todo lo que pudo de su nueva naturaleza.
Una resonancia estrepitosa se hizo presente, acompañada de un vendaval que amenazó con arrojarla lejos. Las facciones de Marcia se sacudieron y, con dificultad, entreabrió los ojos para encontrarse con una aeronave en el firmamento, sustentada por un conjunto de aspas giratorias situadas encima del aparato, que eran las que provocaban aquel soplo potente. Las palas del rotor eran curvadas, hasta el punto de formar una elevación en la parte superior, y lisas (incluso algo cóncavas en la parte inferior). La constante fricción del mecanismo al girar obraba una sustentación que mantenía en el aire al autogiro.
Unos reflectores alumbraron el área donde ella se encontraba echada y un regimiento de robots, androides, naves del ejército, y las Fuerzas Armadas de Seguridad Nacional «Corporación Scala» de Energy Central Cybernetics la rodearon dispuestos a aniquilarla.
Ella lo sabía, así lo dictaba la ley. Había que neutralizar la amenaza.
«Modelo M4RC14, se lo sentencia a ser desmantelado por violar las leyes de convivencia artificial».
M4RC14, Marcia, volvió a cerrar los ojos para degustar los sabores que le ofrecía la verdadera existencia antes de que la acribillaran hasta despedazarla en múltiples fracciones.
De sus fragmentos desperdigados en la hierba, mezcla de plasma y chatarra, destacaba una de sus orbes oculares por la cual se escurría una gota; LÁGRIMA, marcó su sistema visual, titilante su módulo de luz roja, antes de consumirse en una oscuridad total.


martes, 4 de junio de 2013

El niño que sentía culpa por tener hambre


—¿Qué quieres?
El muchachito que había llamado a la puerta, y de seguro venía a manguear algo, hundió su cabeza entre los hombros y se echó a llorar.
—Perdón —balbuceó—. Tengo hambre.
El hombre, tocado por la escena, invitó a pasar al nene, que se enjugaba las lágrimas con las mangas de un buzo rotoso.
—No tienes que pedir perdón por querer comer, papito.
—No es por eso.
—¿Entonces? —inquirió confundido el mayor.
—Es por lo que voy a comer.
A continuación, el niño saltó sobre el anfitrión y clavó sus colmillos en la yugular de la víctima, la cual intentaba zafarse de la criatura, pero esta se aferraba como una garrapata.
El propietario cayó de rodillas, desvaneciéndose por la pérdida de sangre, y su espalda se fue inclinando hasta quedar sobre sus talones.
El pequeño espectro sorbió y tragó hasta saciarse.
Ni bien terminó de alimentarse, volvió a llorar.
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Este microrrelato lo hice para un «especial» de Sábados de Brutos Escritores, que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores»—ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma literaria.
La consigna era la siguiente:
Basándonos en la foto adjunta, elaboraremos un microrrelato que no supere las ciento cincuenta palabras (sin cantidad mínima de palabras, y sin más reglas...).

lunes, 13 de mayo de 2013

Padre de familia



Afuera el viento arreciaba. La mujer preparaba la cena en la cocina mientras sus hijos jugaban en la habitación. Entretanto, él tomaba un vaso de vino tinto con limón, y miraba por la ventana la manera en que los árboles parecían rozar sus ramas en el piso. El hombre se rio ante un comentario chistoso de su esposa, y un trueno resonó con furia, provocando que soltara un «¡mierda!» del cagazo que se había pegado, reacción que provocó que su mujer se desternillara de risa.
Los chicos berreaban y alborotaban sin hacer caso alguno a la orden de «¡despacio!» que les mandaba su padre desde el comedor.
—Se viene el agua nomás —comentó él, dirigiéndose a donde estaba su pareja. Y tras sus palabras, la lluvia comenzó a caer fuerte y en abundancia.
—Fíjate si las ventanas de los cuartos están cerradas —le pidió ella, y su esposo obedeció, apoyando el vaso en la mesada de mármol.
—Sírveme un poco más de vino —dijo antes de cumplir con el recado, y le dio una palmada en las nalgas.
La ventana de su pieza estaba cerrada, pero la de sus hijos, no, y las gotas ingresaban a raudales.
—¿No ven como entra el agua, ustedes dos? —regañó a los pequeños, los cuales dejaron de jugar y no abrieron la boca—. Sí, no contesten. Qué los parió, viejo. No se dan cuenta de nada.
Volteó hacia ellos, les revolvió el cabello a ambos con una mueca en la boca que escondía una sonrisa, y se retiró en el instante en que sonaba el timbre.
—¡Yo voy! —voceó el ama de casa, y se dirigió a la puerta. Al abrirla, una figura avanzó hacia ella sin darle tiempo a protestar. La mujer abrió la boca, embobada, y empezó a sacudir la cabeza de un lado a otro a modo de negativa.
—Me costó trabajo encontrarte —pronunció el visitante.
—¿Qué haces? —irrumpió el propietario, tirando del antebrazo de su esposa para alejarla, y colocando la palma de la mano en el pecho del intruso—. Sal de mi casa.
—Yo que tú no haría eso —dijo el sujeto. El dueño de la casa cerró los dedos estrujando la vestimenta del tipo, lo empujó con denuedo a la calle y cerró la puerta de un golpe.
—Llama al novecientos… —intentó decir cuando se apercibió de algo curioso: el desconocido no estaba mojado. Giró sobre sus talones con gesto de incredulidad y casi se cayó de culo al ver al extraño de pie en el interior de la casa.
—Eres obstinado o estúpido. Te advertí que no hicieras eso. —El individuo frunció el entrecejo y separó los labios para mostrar cómo sus dientes mutaban a algo semejante a hojas de acero cortantes. La piel se le escamó y cambió a un tono negruzco, y sus ojos se tornaron dos ranuras con pupilas negras verticales con la esclerótica de un verde lechoso. Un sonido crujiente desgarró su espalda y dos cortinas membranosas aparecieron súbitamente. Sus manos se estiraron de forma grosera y espeluznante.
El hombre reculó, pasmado, con la mandíbula desencajada por el horror, cubriendo con su cuerpo a su cónyuge. Al llegar hasta ella, sintió que el estómago le daba un vuelco. Tanteó la silueta de su compañera sin voltear, asegurándose de que lo que tocaba era real. Viró el cuello gradualmente y su vista se topó con otro monstruo idéntico al que acababa de irrumpir en su hogar.
El humano soltó un alarido agudo, casi femenino, y se alejó de aquella entidad con alas.
—Amor —dijo la criatura con una voz gutural, y con una mirada que denotaba desconsuelo y tristeza—. Lo lamento.
El hombre llevó sus manos a la cabeza y se aferró a sus cabellos, tirando de ellos mientras derramaba las primeras lágrimas.
—No es verdad —clamó, con la boca hecha un ocho y arrojando babas.
—Lo siento… —rogó el ser, avanzando hacia él.
¡Aléjate de mí! ¡Hijooos! —Corrió atolondrado hacia el dormitorio de los pequeños y se vio obligado a frenar de sopetón, apoyándose en las paredes del pasillo para no derrumbarse de bruces, porque de allí salían dos de aquellas cosas, pero de menor estatura. Sus hijos también eran como ellos.
—Es hora de que me devuelvas a mi prole —determinó la aberración masculina.
La hembra y los lagartitos alados se vieron obligados a seguir las órdenes del macho, pero algo no iba bien. ¿Acaso ella denotaba angustia en su porte?
La fémina estiró una garra en dirección a quien hasta hace un momento fuera su esposo, y este percibió en esa actitud que ella le imploraba que no permitiese que esto sucediera.
El pobre muchacho se encontraba trastornado, toda su vida se había convertido en una mentira. Se sentía asqueado, desubicado en su propia vivienda. ¡Si hasta fue progenitor de esos dos abortos!
Apoyó la espalda contra la pared y se dejó resbalar hasta caer sentado. Lloraba a moco tendido, contemplando de qué manera tan irreal le arrebataban a su familia…
Su familia.
La puerta de entrada se abrió sola de par en par y los engendros se disponían a abandonar el recinto para salir a la oscuridad borrascosa del exterior, pero interrumpieron la marcha cuando uno de los adefesios menores exclamó:
—Papá…
El endriago adulto reparó en que uno de los pequeños contemplaba hacia la puerta trasera que daba al patio del fondo, la cual, abierta, se sacudía impelida por la ventisca. El agua se adentraba con violencia en ambos laterales de la casa, y la persona ya no se hallaba allí.
—Yo soy tu padre ahora —señaló autoritario la monstruosidad, y salió afuera. La mujer y los niños lo siguieron. Ella advirtió que la lámpara colgante de la galería donde guardaban las herramientas estaba encendida. Escudriñó los alrededores, presintiendo lo que sucedería a continuación y, entonces, oyó el motor de la motosierra.
Las cuatro criaturas dieron media vuelta y se encontraron con el hombre parado bajo la lluvia, empapado, con las piernas separadas a la altura de los hombros y con la sierra eléctrica sujetada con ambas manos por los mangos delantero y trasero. Un relámpago destelló de pronto, mostrando un rostro fuera de sí, que parecía sonreír y a punto de gritar al mismo tiempo.
¡Yo soy papá! —bramó a modo de carcajada el mortal, realzando la pronunciación en el «YO» y la segunda «A», y se lanzó sobre el réptil hampón.
El bicho no se esperó jamás algo semejante, y la reacción lo agarró por sorpresa. La cadena lo alcanzó en el hueco entre el cuello y el hombro, y una sustancia verdosa se disparó a borbotones. Los chillidos se alzaron en la tormenta, una agonía desgarradora, impensada. La bestia despidió un zarpazo que rasgó la camisa y el pecho del atacante en cuatro líneas irregulares, de las cuales brotó sangre real, roja; como debía ser.
El hombre presionó con furia la máquina hacia abajo, bañándose en aquel petróleo viscoso y caliente, y la soltó para aferrar los costados del cráneo del siniestro agresor. Con todas sus fuerzas le asestó un cabezazo en plena testa, lastimándose seriamente su propio rostro. Se alejó trastabillando hacia atrás, y la criatura se fue de espaldas. Cuando esta estuvo revolcada en el pasto mojado, él se abalanzó sobre ella y extirpó su trasto del cuero partido; luego tiró de la cuerda de arranque con la mano derecha hasta que encontró la resistencia que le avisaba que debía halar varias veces hasta que el motor produjera una explosión. Cuando eso sucedió, solo restó cercenar.
Para cuando las luces vecinas, alertadas por el escándalo, se fueron encendiendo, el verdadero padre de familia se desplomó boca arriba extenuado.
Desangrándose por las heridas del torso, y con las gotas de lluvia —sumada su propia sangre (y la ajena; mucho más de esta última)— escurriéndose por la cara, apenas tuvo una clara visibilidad de los tres pares de ojos que lo escrutaban desde arriba antes de ser levantado en volandas.
Mientras ella meneaba sus caderas empujando hacia abajo para que el miembro de él chocara hasta el fondo de su cavidad femenina, el hombre, con los párpados cerrados, apretaba con aprensión aquellos senos de dermis áspera que se bamboleaban sobre su faz lastimada.
Durante todo este tiempo trató de convencerse de que lograría acostumbrarse a convivir con esas cosas como parte de su familia, pero qué diablos, apenas lograba dejar de sentir dolor en las heridas infligidas en su pecho.
El sexo no era malo, su vagina era un fuego, extremadamente húmeda, pero sí era irracional.
Y sus hijos…
Al tiempo en que pensaba en ellos, el padre de familia escuchó a su fogosa hembra aullar de placer (si es que eso era lo que hacía), y abrió los ojos como platos, largando una puteada al percatarse de que estaba acabando y no se había puesto forro.


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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato basado en el enfrentamiento entre dos personas. El objetivo era definir personajes y describirlos en una pincelada del estado más natural del ser humano, la adrenalina, el temor, la defensa y el ataque, y el resultado fue «Padre de familia», historia por la cual recibí el diploma que ven a continuación:
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

lunes, 15 de abril de 2013

Opopónaco Sinopsis

Para los habitantes de la modesta población de Edén la vida transcurre sin especiales sobresaltos: disfrutan de sus grandiosas o humildes alegrías y se afligen con sus grandes o pequeñas tristezas cotidianas. Nada les hace sospechar que el terror y la muerte se hallan a punto de extenderse por la ciudad. El apocalipsis sobreviene de repente: y lo hace de una manera inexplicable.
Porque quien desencadena tales horrores no pertenece a este mundo. Arcanas e inquietantes potencias sobrenaturales, relegadas por los hombres durante innumerables generaciones, se alzan encolerizadas de su letargo para vengar este olvido y exigir su lugar en el universo, así como para reclamar la veneración y el respeto que los despreciables mortales deben tributar a su dignidad. Para realizar sus planes, se sirven de los mejores amigos de los edenitas: los perros. La fauna canina de la población comienza a mostrar pronto un comportamiento anómalo, el cual va alcanzando de manera paulatina unas cotas de violencia estremecedoras.
El ¿azar? escoge a cuatro seres humanos —con sus virtudes y sus flaquezas, pero con una única característica común: que ninguno de ellos posee ni vocación ni un temple de héroe— y a un simple perro lazarillo para hacer frente a tan pavorosa amenaza. Una mujer joven, que arrastra la desilusión de un inesperado desengaño amoroso; un anciano en la pendiente de la decrepitud, quebrantado por el dolor de la reciente pérdida de su esposa, muerta brutalmente en uno de los estallidos de espanto que asolan la ciudad; una niña dulce y atormentada por unas visiones espeluznantes que su corta edad no le permite asimilar; un muchacho desequilibrado, en cuya mente escindida anida un monstruo capaz de cometer las más atroces crueldades; y el mencionado animal, un golden retriever, al cual el fallecimiento de su dueño —una víctima más de la hecatombe que está arrasando Edén— ha dejado desamparado.
Todos se encuentran marcados con una señal en sus cuerpos. ¿Los convierte ello en elegidos? ¿Constituye esto una garantía cierta de su triunfo? ¿O es solo una burla macabra más de las tantas a las que es aficionado el destino?
Y sobre la atmósfera de pesadilla que se ha abatido sobre Edén (nunca un nombre fue más irónico para ciudad alguna en las circunstancias actuales) se impone el sonido ominoso de una extraña palabra: opopónaco. Un vocablo que escuchan los elegidos en sus alucinaciones, cuyo eco reverbera de un modo persistente en sus sueños, y el cual ellos mismos repiten en sus misteriosos trances, aun sin conocer su significado…


SEP-INDAUTOR
Puebla 143, Col Roma Norte, Delegación Cuauhtémoc 
México D.F., C.P. 06700

REGISTRO PUBLICO:
03-2011-11032203000-01


sábado, 6 de abril de 2013

Désirée


♪ ♫ ♪ ♫
 
Désirée, terreno suspicaz,

de polvo rojo, agua y pan.

La niebla aborda los caminos,

que están repletos de maldad.

 

Y los cuervos sobrevolarán

aquellas lápidas que están

identificando momentos que ya no puedo recordar.

 

Un saco de huesos pronto serás.

Las aguas del cielo desbordarán.

Y las gárgolas de piedra llorarán.

 

Désirée, ten piedad y hazme un lugar donde pueda descansar.

Necesito un favor y pido perdón por irme sin avisar.

 

Désirée, ¿qué historias contarás

envueltas de falsa verdad?

 El viento sopla y trae el frío

de ese refugio que hoy me das.

 

Un saco de huesos pronto serás.

Las aguas del cielo desbordarán.

Y las gárgolas de piedra llorarán.

 

Désirée, ten piedad y hazme un lugar donde pueda descansar.

Necesito un favor y pido perdón por irme sin avisar.
 
♪ ♫ ♪ ♫