martes, 25 de septiembre de 2012

Yo soy así

A Eric.
Soy tu fan, hijo.


Eric se sentía muy triste. Por alguna extraña razón había perdido sus superpoderes. El día anterior había salido volando por la ventana de su habitación, como lo hacía habitualmente, pero apenas pudo mantenerse en el aire unos minutos.  Dando manotazos de ahogado con desesperación, terminó incrustado entre las ramas de un alto y frondoso árbol. Al descender de allí arriba, asestó un golpe de puño al tronco, con el fin de derribarlo, pero lo único que consiguió fue fracturarse la mano y la muñeca derechas.
Anegado en lágrimas, el pequeño héroe recurrió a sus padres, los cuales lo consolaron lo mejor que pudieron antes de llevarlo al hospital para que lo enyesaran.
Eric comprendió que había llegado la hora de desprenderse de la capa, guardarla para siempre, y volver a ser un niño normal. Así fue como el jovencito tornó a vestir su viejo delantal de jardín de infantes, y se reintegró a una sociedad a la que había dejado de lado. De esta manera pudo revivir y disfrutar de cosas tan simples como compartir una galletita con sus compañeros, ser cariñoso con sus padres y sus hermanos, ver series de dibujos animados y dibujar una y otra vez a su personaje favorito: Ben 10.
Una noche, luego de una semana sin sus virtudes especiales, su mamá ingresó a su cuarto con la intención de arroparlo y de darle el beso de las buenas noches y, para sorpresa de ella, Eric se encontraba despierto, de pie frente al espejo adherido detrás de la puerta.
—¿Te encuentras bien, hijo? — preguntó su mamá, preocupada.
—Sí —respondió el muchacho, sin apartar la vista de su reflejo. La mamá se le acercó por detrás y apoyó sus manos en los hombros de su hijo.
—¿Qué ves? —se interesó ella, con una sonrisa dibujada en los labios. Eric la observó a través del espejo y dijo:
—Lo que soy.
—¿Y eso sería…?
—Un niño.
—Mi niño.
—Tu niño, sí.
—Mi héroe.
—¿Aun sin poderes? —La mujer hizo girar a Eric y se acuclilló para quedar a la altura de sus ojos.
—No necesitas tener facultades asombrosas para ser mi superboy: con que seas un buen hijo, respetuoso, compañero y educado, me basta.
—Yo soy así.
—Por eso te amo, hijo.
Se fundieron en un fuerte abrazo y unas lágrimas brotaron de los ojos de la mujer, y no era un sollozo sentimental. Su pequeño la apretaba de tal manera que estuvo a punto de estrujarla. Pero, por el momento, no pensaba decirle a Eric que sus capacidades sobrehumanas habían regresado; claro que no. Nada arruinaría su momento de amor entre ella y su pequeño.


sábado, 15 de septiembre de 2012

De ratones y hadas


El ratón trepó por la cobija que colgaba del borde de la cama y, con sigilo, se aproximó a escasos centímetros del rostro de la niña que allí dormía. La olisqueó alzando el cuello y se introdujo debajo de la almohada. A los pocos segundos, salió con un billete en el morro. Los ojos del animalito parecían desencajados por la incredulidad. Con gran presteza, estiró el papel con sus patas delanteras y lo estudió un momento. Luego lo comenzó a romper. Lo rasgó y lo mordisqueó hasta que lo hizo trizas. Cuando concluyó su frenética labor, pegó un salto hacia el suelo alfombrado y se perdió en la oscuridad del dormitorio.
Al día siguiente, la pequeña despertó más temprano de lo habitual, ávida por el regalo con que el hada de los dientes la habría obsequiado a cambio de su muela de leche, pero lo único que encontró fueron los pedazos del dinero diseminados en su ropa de cama.
Se levantó, decepcionada, disgustada, y se fue al baño para asearse y para hacer sus necesidades antes de ir a desayunar.
—Buen día, amor —la recibió su papá ni bien ella apareció en la cocina—. ¿Vinieron los ratones?
—El hada de los dientes —lo corrigió su mujer, propinándole un codazo.
—Bueno, el hada de los dientes.
—Sí —masculló la nena—. Se llevó el diente y me dejó esto. —Sus padres observaron los restos que su hija desparramó sobre la mesa.
—¿Por qué hiciste eso? —la recriminó el padre.
—Yo no lo hice, me lo dejó así.
El hombre frunció los labios y se mordió la carne por dentro.
—Bueno, termina el desayuno que te retrasarás. A la tarde hablaremos.
Después de que terminaron de alimentarse, la madre acompañó a la muchacha hasta la vereda para esperar el micro escolar. Cuando este llegó, despidió a su hija con un beso y regresó a la casa.
—¿Cien pesos por un diente? —inquirió su marido.
—Eso mismo te iba a decir.
—Yo no se lo dejé. Ni siquiera lo recordé.
—Yo tampoco.
El matrimonio analizó la plata destrozada con desconcierto.

***

El niño perdió su diente por culpa de un pelotazo que había recibido mientras jugaba al fútbol con un amiguito. Lo colocó bajo la almohada y se adormeció pensando en el ratón Pérez.
Bien entrada la noche, una esfera de luz se manifestó repentinamente y un hada surgió de ella. Sobrevoló la cabeza del infante y, jovial y luminosa, se lanzó en picada a la búsqueda del tesoro que la aguardaba. Concluido el intercambio, diente por dinero, el ser alado besó la frente del durmiente y se disipó, dejando un halo brillante tras de sí.
En un rincón de la alcoba, el ratón presenció la escena en sumo silencio; inmóvil como una piedra. Solo una de sus pupilas daba señales de que era una especie con vida, ya que no cesaba de contraerse contra su voluntad. Al cabo de un rato, se irguió y avanzó con cautela hacia el pie del lecho, por el cual se encaramó hasta posarse en el pecho del niño. Con las diminutas patas, comenzó a halar de las sábanas con el fin de destaparlo. El chico empezó a removerse hasta quedar despabilado y su visión se topó con el roedor. Apenas realizó el ademán de abrir la boca para emitir un grito, el ratón se arrojó de cabeza hacia la abertura que separaba los labios. Desesperado, el joven alcanzó a sujetar la movediza cola del repulsivo intruso que se abría camino en su interior, pero no lograba tener éxito.
El muchacho se puso azul y, a falta de aire y presa del pánico, perdió el conocimiento. El ratón hincó sus filosos incisivos en las encías y mordió hasta llegar a la raíz de la dentadura. La sangre brotaba por las comisuras del desmayado mientras la alimaña tironeaba y arrancaba uno de los molares.
Por la mañana, al ver que su hijo no se levantaba, la madre se encaminó en su busca y encontró a su bebé tendido en un charco de plasma bordó, con la carne que cubría interiormente los maxilares reventada y desdentada, y el cuerpo adornado con dinero.

***

La aparición de niños muertos, con sus dentaduras extirpadas, se convirtió en moneda corriente con el transcurso de las semanas. Los investigadores locales no encontraban indicios de violencia familiar ni de sospechosos que hubieran penetrado por la noche para cometer aquellos actos atroces. Mucho menos se explicaban el efectivo que dejaban en cada escena del crimen.
Al no ofrecer declaraciones a la prensa por falta de evidencias, los noticieros hablaban de «trafico de dientes».
Nada apuntaba a un ratón psicótico.

***

El problema contra el cual el animal tropezaba era que nunca lograba llegar antes que su competidora. Y eso lo sacaba de quicio. ¿Por qué razón tenía él que manchar su cuerpo de sangre cuando el diente que debía llevarse por derecho propio lo podría sacar con tranquilidad de debajo de las almohadas?
Por un tiempo tuvo que contentarse con desgarrar bocas; hasta que una noche obtuvo su oportunidad.
De inmediato percibió que la ninfa aún no se había presentado. La atmósfera estaba limpia de su inmundo hedor seductor. Subió por uno de los apoyos de la cabecera de la cama y se alojó bajo la almohada, pero, en lugar de hacerse con el diente, se acurrucó, furtivo, en espera de su antagonista. Esta sería la ocasión de demostrar de una vez por todas quién era el verdadero recolector de los dientes. Ya bastante tenía con soportar que los mocosos lo apellidaran Pérez como para que ahora una zorra voladora le robase el trabajo al cual se había dedicado durante años.
No hubo de aguardar demasiado para que el hada se mostrase. Irrumpió como de costumbre y, con un delicado desplazamiento aéreo, se embutió entre la funda y la sábana.
Un alarido agudo, casi inaudible, se alzó en las penumbras del cuarto. La niña se revolvió en su colchón a causa de la ondulación que producía su almohada y, al abrir los ojos, se encontró con una imagen sobrenatural: una mujer diminuta se agitaba aterrorizada en el aire con algo colgándole de un ala.
Muda del pánico y de la sorpresa, la pequeña estrujó el cubrecama contra su cara, a la altura de la nariz, sin poder dar crédito a lo que presenciaba.
El ratón se enroscaba y pataleaba prendido del hada con su hocico. Ella luchaba por desprenderse de él a manotazos, y efectuaba enloquecidas piruetas en el aire sacudiendo la extensión membranosa que le quedaba libre en la espalda. Pero el peso del bicho peludo la impelía hacia abajo, impidiéndole permanecer en vuelo.
Atraídos por la influencia gravitacional, ambos seres terminaron en el piso flotante símil madera, terreno en el cual el «ente etéreo» no tendría la menor posibilidad de salvarse de su agresor.
El roedor cargó toda su osamenta sobre el cuerpo del ser mágico y la aprisionó contra el suelo. Con impetuosos zarpazos, rasgó la figura y las alas de su presa, al mismo tiempo que le roía el rostro. Incrustaba los dientes en la tierna piel del suave semblante y arrancaba lonjas de carne sanguinolentas.
La mártir tiraba de las orejas del atacante con el fin de apartarlo, pero sus esfuerzos eran en vano.
Tras eternos minutos de agonía, el ratón remató su faena mascándole el cuello.
El hada parecía sonreír debido a la falta de dermis, músculos y tendones que presentaba de la nariz para abajo, donde su mandíbula había quedado al descubierto. De su yugular mutilada brotaban, como escupitajos, chorros de sangre caliente.
Desquiciado, el ratón se dio la vuelta con el afán de arremeter contra la niña y triturar sus encías hasta arrancarle diente por diente, pero esta ya no estaba; la puerta de la habitación se hallaba abierta. En algún momento se había marchado.
Se restregó la testa, frustrado, y persiguió su cola al igual que lo haría un perro con la suya. Se detuvo, defecó en el torso de la moribunda, y comenzó a lamer con ansias la sangre de su víctima, la cual ejecutaba leves movimientos con su quijada tratando de conseguir oxígeno para sus pulmones. Con doliente mirada, sus ojos escrutaban la manera en que engullían su fluido vital.
Concentrado en la inmunda tarea de saciar su sed, el mamífero verdugo se sobresaltó al oír una voz desagradable de timbre aterrador.
—Vaya, vaya, vaya. Eso sí que es repugnante. —Quien hablaba estaba parado en el umbral de la puerta del dormitorio.
—No —dijo el ratón, alarmado—. No eres real. Eres un maldito invento.
—Todos lo somos —expresó el duende de los dientes—. Algunos gozan de más popularidad que otros, claro está, pero yo, Fatina, o el Topino, como suelen llamarme en ocasiones, soy tan innegable como tú; o como ella. —Señaló a la desahuciada caída con el mentón cuadriforme.
El duende avanzó al interior del cuarto y el ratón retrocedió asustado.
—Sabrás que no solo gratifico a los pequeñuelos por sus donaciones dentales, ¿verdad? —El ratón se relamió, nervioso—. Mi oficio es cazar ratones, y soy muy hábil, por cierto.
El gnomo esbozó una sonrisa escalofriante, con los bordes de su boca tocándole las orejas puntiagudas. Ejecutó una nueva marcha al frente, y el ratón volvió a recular.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.

***

El hombre salió de su cuarto y advirtió de soslayo la puerta de la calle entreabierta, por donde una criatura de baja estatura se alejaba a toda prisa, sosteniendo en el hombro un palo con una especie de red para cazar mariposas, atada a la punta, dentro de la cual un ratón chillaba y se retorcía enajenado.
La niña sobrepasó a su padre, se dirigió a su habitación y buscó los restos del hada de los dientes, pero no había ni rastros de ella ni de su sangre. Caminó hacia su cama y levantó la almohada; en donde debía estar su diente, había en su lugar una moneda de oro.
El papá se acercó a su hija y le acarició los brazos. La niña levantó la cabeza y los dos se observaron con perplejidad.

Fin