miércoles, 29 de agosto de 2012

TOC


     Hacía años que Brichta se había retirado de su trabajo como detective privado: los casos por infidelidad lo habían terminado por agotar y por aburrir. La investigación más importante le venía a tocar justo cuando ya estaba fuera de juego. Si no considerara a Vega un «amigo», no habría aceptado ayudarle, pero, como sí lo valoraba como tal, pues allá fue.
     La llamada había sido realizada bien entrada la madrugada de una noche fría y con una leve, pero molesta, llovizna que ni siquiera llegaba a mojar. Bajo las luces «enfermas» de los faroles de las desoladas calles de su barrio, Brichta caminó a pie hacia la escena del crimen, donde el inspector lo estaría esperando.
     Sentado en la escalera, y fumando un cigarrillo, Vega lo recibió con una sonrisa y un fuerte apretón de manos.
     —Sabía que no me fallarías —dijo, arrojando el pucho.
     —Ni sé por qué estoy aquí.
     —Porque te llamé.
     —¡Claro!, qué estúpido.
     —Ja, ja, ja. Ven, puede que tengas para divertirte hasta el día que te mueras, con esto.
     —A mi edad, con este frío y esta garúa, voy a divertirme hasta mañana a la mañana si pesco una pulmonía.
     Subieron la escalera hasta la puerta de entrada. Pasaron por debajo del cordón policial y entraron a la casa. Se notaba a grandes rasgos el trabajo de la inspección técnico-policíaca, ya que solo se veían las manchas de sangre seca por doquier; aunque también se advertía un orden un tanto inusual. Vega avanzó hasta lo que parecía ser el escenario primario (Brichta suponía esto porque allí se apreciaba el mayor contacto entre el agresor y la víctima, a juzgar por el reguero de líquido cuajado de ambos). El ex detective preguntó por los indicios forenses y Vega hizo un chasquido con la boca antes de responder.
     —Mira, este asunto ya está cerrado, Norman. —Se escrutaron unos segundos—. Sabes lo que es un hedonista, ¿verdad?
     —¿Los monstruos esos que están con el de cabeza con clavos? ¿Los de la película del cubo?
     —Esos son cenobitas. Hedonista es un tipo que busca el placer como fin supremo intentando evitar el dolor; o algo así, no soy filósofo. Pero en la jerga criminológica es el que asesina por la simple satisfacción de hacerlo; aunque las características que ellos presentan difieren. Algunos se deleitan con la persecución y el hallazgo de una víctima más que con cualquier otra cosa, mientras otros pueden estar, en principio, motivados por los actos de tortura y abuso del mártir en tanto siga con vida. A pesar de eso, otros pueden asesinar al instante, casi como una rutina, y después gratificarse con actos de necrofilia o canibalismo. Existe un pronunciado rasgo sexual en los crímenes, aun cuando no sea obvio en un inicio, pero algunos asesinos obtienen una oleada de excitación que no es de naturaleza carnal, matan al azar y luego escapan sin siquiera tocar a las víctimas.
     »La cuestión es que esta es la historia que saldrá a la luz: un hedonista asesina a una mujer en su hogar y es abatido de un disparo por la policía local en su intento de escape.
     —Puras patrañas, ¿verdad?
     —En parte. El NN ya estaba muerto cuando llegamos. A los periodistas les gustan las palabras estrambóticas en situaciones de esta índole. En dos días todo el mundo estará utilizando la palabra hedonismo para cualquier cosa.
     »El asunto aquí es otro. El desgraciado yacía tendido junto a la víctima sin ningún rastro de violencia en su cuerpo.
     —¿Un infarto?
     —¿Para qué carajo te habría llamado si fuera ese el caso, Norman?
     —¿Me estás queriendo decir…? —empezó a decir Brichta, pero Vega lo cortó.
     —Los forenses no encontraron nada. La autopsia no se realizó por completo porque… —El inspector se restregó el mentón y estiró su labio inferior—. La policía llegó justo cuando el intruso intentaba huir con un cuchillo en sus manos, y respondió de inmediato con un certero tiro en el pecho. Punto.
     El hecho de que hubieran abaleado a un muerto para archivar el caso y así poder llevarse el crédito del operativo no sorprendía en absoluto al detective. Conocía de sobra los tejemanejes de la Federal.
     —Entonces —dijo Brichta—, tenemos un asesinato esclarecido y una muerte dudosa, y, aunque ya te has encargado de que todo quede enterradito, tu conciencia pide a gritos la verdad sobre el deceso del Natalia-Natalia porque…
     —La necesito. La autocracia policíaca se rige así. No me puedo tirar en contra del sistema. Pero por dentro sigo considerándome un sabueso de ley. Carezco de tus habilidades, amigo, y, si me encontraran metiendo las narices en este asunto, me colgarían del forro de las pelotas. Solo quiero dormir sabiendo que cumplí con mi trabajo. Es más, te pagaré.
     —Nunca dije que no te cobraría.
     Vega se lo quedó observando y luego estalló en carcajadas.
     —Déjame contarte todo lo que sabemos del crimen.
     Y así lo hizo. Brichta escuchó atento durante una hora. Tomó notas en una vieja y gastada libreta mientras repasaba todo el perímetro. Interrumpió al inspector en pocas ocasiones, y una de ellas fue para preguntar acerca de las declaraciones de los testigos. Una vez concluido el relato, Norman Brichta decidió que había inspeccionado suficiente y que se marcharía con Vega. Una vez afuera, el inspector lo guió hacia el auto del atacante.
     —¿Y por qué sigue aquí? —quiso saber Brichta.
     —Retrasé el traslado del vehículo por si deseabas echarle un vistazo.
     Brichta asintió con un ademán y Vega abrió una de las portezuelas.
     —¿Quieres mirar? —Más que una pregunta era una invitación a hacerlo. El detective retirado metió la cabeza en el habitáculo y un denso calor le azotó el rostro. Entrecerró los ojos y olisqueó profundamente como un perro. Luego volvió a erguirse y escribió algo en su cuadernito. Vega lo contemplaba curioso.
     —Hay dos clases diferentes de aromas de perfume allí dentro —comentó Brichta, guardando sus cosas en el bolsillo interior de su campera de cuero. Vega, impasible—. Lo que me hace pensar que… Uno, este muchacho no vino solo. Dos, alguien lo mató mientras intentaba escapar y lo volvió a llevar a la casa.
     Brichta percibió la consternación en el rostro de su amigo ante esta segunda opción, una cara de: «¿Te olvidas acaso de que el cuerpo no tenía indicios de ataque alguno? Esto no es un capítulo de Criminal Minds, es la vida real».
     —En la casa existen huellas de sangre que van hacia fuera. Apenas se distinguen, porque da la impresión de que las trataron de limpiar. Pero no lo hicieron bien. Si las había en la calle, es claro que la lluvia se ha encargado de borrarlas, así que ni tu gente las pudo haber advertido, porque hace tres días que no para de llover. Es decir, tu hedonista salió del edificio, de eso estoy seguro. ¿Lo mató su compañero? Eso es lo que tengo que descubrir. Y cómo y por qué.
     —Eres un puto genio.
     —Solo observador.
     Se despidieron con otro apretón de manos. Una vez en su casa, Brichta efectuó un estudio mental de todo lo que tenía a su alcance antes de sumirse en un profundo sueño. Durante el día siguiente se dedicó a recopilar información de los pocos testigos que habían declarado la noche del crimen. No le llevó demasiado tiempo. Entre sus quehaceres diarios siguió uniendo cables sueltos. Ni bien cayó la noche, otra vez lluviosa, salió con un paraguas en dirección a la casa del homicidio, pero, a media cuadra de llegar a destino, se detuvo de súbito y se ocultó detrás de un gran palo borracho.
     Desde la vereda de enfrente, alguien observaba el lugar al que se dirigía.
     Era un sujeto de baja estatura y robusto. De cabellos ralos que se pegaban al cráneo a causa del agua que caía del firmamento. Un relámpago iluminó su rostro para mostrar una tez pálida, con acentuadas ojeras bajo los ojos. Permaneció allí quieto unos cuantos minutos y, cuando se puso en movimiento, lo hizo de manera muy peculiar: caminaba dando saltos; esquivaba las rayas y las grietas de la acera. A los pocos metros se adentró a una casa.
     Brichta se aproximó hacia la entrada de la morada del desconocido y memorizó la ubicación del domicilio. Sacó su celular y llamó a Vega.
     —¿Víctor?, Norman. Te paso una dirección, y constata si pertenece a alguno de los que declararon. Viamonte mil nueve veintidós. Bien, espero tu mensaje. Chau.
     Cruzó la calle a toda prisa e ingresó a la casa a la que pensaba ir en un comienzo. Recorrió la escena principal asintiendo ante cada cosa que veía y que coincidía con su especulación. Se dirigió a la cocina y cada vez estaba más seguro de sus deducciones. Cuando husmeó el baño, se hallaba convencido. Fue al dormitorio, abrió un cajón de la cómoda y la disposición de la ropa interior fue suficiente para cantar bingo. Solo esperaba la confirmación de Vega, que gracias a Dios no se tardó en llegar: «la dirección coincide con la de uno de los declarantes. Fabio Gauna», decía el mensaje.
     Sin esperar un segundo, Brichta abandonó la casa y se encaminó a la del tal Gauna. Tocó el timbre y esperó. Se oyó un chasquido en la cerradura y luego la puerta se abrió apenas unos centímetros para volver a cerrarse, así hasta tres veces antes de que la cara del individuo asomara por la abertura.
     —¿Sí? —preguntó el propietario.
     —Mi nombre es Norman Brichta y soy investigador privado. —El semblante de Gauna no se inmutó ante la presentación—. Tengo entendido que usted declaró por el asesinato de la señorita Débora Branca.
     —Ya he dicho todo lo que sé a la policía.
     —¿También que usted mató al delincuente, Fabio? —Fabio Gauna empalideció el doble de lo que estaba—. Solo quiero hablar.
     El hombre lo hizo pasar y cerró la puerta tras de sí de la misma manera anterior, con tres intentos antes de hacerlo del todo. Invitó al detective a sentarse en un sillón y este accedió sin vacilar.
     —No tiene nada que temer —comunicó Brichta—. El caso está cerrado y yo estoy jubilado. No va a ir preso. Pero puedo conseguir que lo encierren si no me cuenta la verdad.
     —No posee pruebas de las estupideces que está diciendo.
     —¿Permite pasar a su casa a todo extraño que le dice cualquier gansada, Fabio? —Este tragó saliva—. Si le digo toc. ¿Le suena de algo?
     —Un toc siempre suena.
     —Me gusta la gente que es rápida para las ocurrencias. De verdad lo digo. —Y lo afirmaba en serio—. Trastorno obsesivo-compulsivo, Fabio. Es el que usted padece y el que lo delató. Todos los objetos en torno a los cadáveres encontrados muestran un orden que crispa los nervios. Hay tres retratos dispuestos de menor a mayor en una misma línea, hasta los lápices de adentro de una lata están agrupados de igual forma. En un principio pensé que la mujer sufría de toc, pero nada en su hogar, salvo la estancia donde fue hallada muerta, lo demostraba; ni siquiera en el cajón de las prendas íntimas. Tuve la suerte hace un rato de verlo a usted espiando allí afuera y advertí su manera de andar. Y recién, la forma en que abrió y cerró la puerta.
     —Eso no me convierte en culpable de nada.
     —El auto apesta al perfume que lleva puesto ahora —continuó Brichta sin prestarle atención—. ¿Cómo lo hizo? Cuénteme y prometo que no volverá a saber de mí. De lo contrario me veré en la obligación de delatarlo.
     —¿Qué gana usted con todo esto?
     —Eso no le incumbe. Lo único que le debe interesar es no terminar en la cárcel.
     Gauna suspiró y tomó asiento frente al implacable viejo que lo acusaba. Lo miró a los ojos y comenzó a hablar.
     «Fabio estaba enamorado de Débora desde siempre y, por supuesto, no era correspondido. Por ende, se contentaba con espiarla la mayor parte del tiempo que podía. Gracias a ello avistó el vehículo que había comenzado a acechar a la chica día y noche así como al sujeto que estudiaba cada movimiento de la joven.
     A modo de antihéroe, urdió un plan para estar preparado en el supuesto caso de que Débora se viera en problemas por culpa de aquel acosador misterioso. Como buen enfermero que era, almacenaba en su casa montones de cosas las cuales lo dejarían sin trabajo si llegasen a enterarse en el hospital. «Hurtos de los permitidos», los llamarían algunos sinvergüenzas. Entre aquellas sustracciones, destacaba un hallazgo invaluable e insólito que había conseguido del laboratorio del hospicio: una caja con frascos de adelfa pura. Fabio sabía que con tres dosis de cincuenta centímetros cúbicos de ese veneno podía dar muerte en un minuto a cualquiera, y que su efecto era absolutamente mortal y limpio, no dejaba señales de intoxicación en el cuerpo y no tenía sabor ni olor que lo delatara.
     La noche que vio el auto del acechador sin el conductor en él, se desesperó. Corrió en busca de unos guantes de látex, se los enfundó y agarró una jeringa descartable, la cual llenó con el contenido de tres ampollas de la toxina. Salió a toda prisa de su residencia, sorteando rayas y líneas de las baldosas de la vereda, sin darle importancia a la lluvia, y enfiló por uno de los flancos de la casa de su vecina para poder escudriñar por la ventana lateral como lo había hecho en otras oportunidades; aunque con distintas intenciones. Y fue en ese instante en que se dio cuenta de que todo estaba perdido.
     El sujeto arrastraba a Débora de sus cabellos; antes de un rubio blancuzco, ahora teñidos de sangre. Se encontraba completamente desnuda y con una cinta de embalar pegada a su boca. Sus movimientos denotaban el intento de zafarse de su atacante, pero se la veía aturdida, de seguro por el golpe que le había provocado la brutal herida en la cabeza. Una franja roja, producto del roce de sus nalgas al ser jalada, se trazaba desde la habitación hasta el centro de la vivienda. Allí la soltó y extrajo una sevillana de su chaqueta. Se puso de rodillas y comenzó a cercenar los pezones de la muchacha, que se retorcía por el dolor infligido. Fabio estaba estupefacto y aterido. Su mente no respondía. Tan solo se quedó allí, como un perverso voyerista, sin siquiera pestañear.
     El criminal detuvo los movimientos de la joven con múltiples golpes en su rostro y, en cuanto la dejó atontada, empezó a apuñalarla una y otra vez en el estómago. En cada cuchillada, el sujeto se estremecía y su rostro reflejaba el placer que le provocaban las embestidas. Fabio reaccionó y dio la espalda al espectáculo macabro, con una mano en la boca. Se desplomó en la hierba mojada y se largó a llorar. Con resignación, se puso de pie y avanzó ligero, dando saltitos esquivos, hacia el auto del homicida. Tanteó la puerta trasera, rogando que se hallara abierta, y resultó que lo estaba. Entonces, se precipitó en la parte de atrás para aguardar al maldito.
     El tiempo de espera fue eterno e insufrible para Fabio, pero, como nada es para siempre, el asesino llegó y se acomodó en el asiento del conductor en un santiamén. El hombre agazapado respiró con profundidad cuatro veces y saltó como un resorte. Tapó la boca del sujeto al que iba a atacar y le clavó la aguja de la jeringa en la nuca, donde vació el narcótico por completo. Con euforia y horror, se apartó del hombre que se encontraba al volante y este comenzó a convulsionarse con violencia. Al poco tiempo dejó de sacudirse. Fabio bajó del auto, guardando el arma homicida en un bolsillo del pantalón. Abrió la puerta del conductor y se colocó el cadáver en los hombros. Lo cargó hasta la casa y lo depositó junto al cuerpo desnudo de su amor imposible. El desorden del lugar desequilibraba mentalmente a Fabio y no pudo resistir la tentación de colocar todo lo que veía allí en alineaciones precisas para que su cerebro las asimilase como correspondía. Con un trapo rejilla que consiguió de la cocina, se tomó el trabajo de limpiar las pisadas que él y el malviviente habían impreso de camino a la puerta de entrada. Era conveniente que la policía creyese que se había muerto de un infarto a causa de la sobrexcitación.
     Antes de irse, se arrodilló junto al cuerpo de Débora, le besó la frente y le pidió perdón.»
     Brichta no lo interrumpió durante el transcurso de su relato de la historia. Salvo los detalles escabrosos, y la forma en que cometió el crimen, todo era como lo había supuesto. Obsequió al muchacho un apretón de hombros sin palabras de consuelo. Se trataba de un fisgón que había actuado como pudo, no más que eso. No era el héroe que pretendió ser. Su único alivio era que el culpable de todo esto estaba muerto y que él no terminaría en una celda.
     Brichta se despidió y volvió a prometer que no sabría de él jamás, cosa que cumplió.
     Tras el triple portazo antes de cerrarse la puerta, abrió el paraguas y usó su celular para llamar a Vega y contarle todos los detalles importantes.
     —Así que ya te puedes quedar tranquilo —decía Brichta caminando bajo la aspersión del cielo.
     —Eres bueno de verdad, Norman. Tengo los contactos necesarios en la fuerza para que te den trabajo a pesar de la edad. No deberías estar retirado.
     —La fuerza es muy corrupta para mi gusto, mi estimado. Déjame como estoy.
     —Okay, como tú quieras. ¿Estamos en contacto?
     —Estamos en contac… ¡La concha de la lora!
     —¡¿Qué pasó?!
     —Pisé mierda.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato policíaco (clásico o detectivesco), y el resultado fue «TOC».
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.