viernes, 25 de mayo de 2012

Vernet 470


Prólogo

     —¿Su nombre?
     —Ruben Ifrán.
     —¿Conoce a los propietarios del lugar?
     —Sí. Era la casa de mi abuela.
     —¿Tiene alguna idea de lo que pudo haber sucedido aquí?
     El joven interrogado perdió la mirada en el insólito panorama que había frente a sus narices y, luego de unos segundos que parecieron eternos, dijo:
     —No.
     El policía que lo interpelaba observó con el ceño fruncido la lágrima que corría por la mejilla del muchacho, y prefirió no ahondar en el tema. Por lo menos por el momento.

Perfume de hombre

     Eran las veintitrés y treinta cuando Elba Vides regresó del trabajo a su hogar. Quitó el candado de la pequeña reja de la entrada al patio delantero e ingresó con fastidio al ver que Negro, su gigantesco perro sin raza definida, se abalanzaba hacia ella a modo de bienvenida. Alejó al animal de un puntapié y anduvo con su habitual cojera —causada por un viejo accidente al bajar de un colectivo, el cual provocó la caída y la consecuente rotura de rodilla— por el pasillo de baldosas hidráulicas de cemento con tacos, hasta el frente de la casa. Buscó la llave dentro de su cartera, abrió la puerta y entró.
     Los percibió casi al instante en que estuvo en el interior: un fuerte aroma a perfume masculino y olor a cigarrillo.
     Esa parte de la casa (llamémosla recibidor, si se quiere) estaba provista por un sillón de dos cuerpos, una mesa ratona y un televisor de veinte pulgadas a color, de los primeros que salieron al mercado. Frente a este sector, a la derecha de la entrada a la vivienda, se hallaba una de las dos habitaciones del recinto; la de ella.
     Elba se detuvo. Pensaba en si sería posible que su hijo hubiese estado allí. Pero desechó la idea al instante. Si la visitaban un lunes por mes era mucho esperar.
     —¿Quién eres? —preguntó al aire—. ¿Quién usa tan rico perfume?
     Por supuesto, no obtuvo respuesta alguna.

Lorna le abre la puerta a su madre

     Lorna solía acostarse en la cama de su madre hasta que ella volviese del trabajo. Por lo general, Elba llegaba a las once y media de la noche y golpeaba la ventana para que su hija le abriera la puerta. Esa vez, los golpes habían despertado a la muchacha quince minutos más temprano de lo habitual.
     —¿Quién es? —preguntó adormilada Lorna.
     —Soy yo, Lorna. Ábreme. —La voz de Elba: alta y clara.
     La chica se levantó de la cama, descalza. Llevaba puesta tan solo una remera larga hasta los muslos. Sus rulos estaban totalmente despeinados. Abrió la puerta y el frescor nocturno le alborotó aún más los rebeldes cabellos. Asomó la cabeza y se abrazó para darse calor con sus propias manos. Afuera no había nadie.
     Lorna se apresuró a cerrar la puerta con dos vueltas de llave y encendió la luz del exterior; luego la del recibidor. Siguió con la de la habitación, la del comedor, la de la cocina, la de la otra habitación (la suya), la del baño —el cual quedaba en el patio de atrás, donde tenían el gallinero—, y la del lavadero. Corriendo, volvió a meterse en la cama y se arropó hasta la cabeza.
     Cuando Elba llegó, le contó a su mamá lo sucedido con un notorio tono de congoja y temor contenido en la garganta. Charlaron largo rato sobre el asunto mientras tomaban mate.

El llanto del bebé (o el lamento salvador)

     El hijo mayor de Elba trabajaba de noche en el ferrocarril, como guardabarrera. Ese año, 1983, él, su mujer embarazada y sus dos hijos pequeños vivieron un tiempo en la casa de Vernet 470. Los lunes Elba tenía franco, así que ese día en particular, todos, menos Julio, estuvieron presentes para enterarse de los hechos acaecidos.
     Los huéspedes dormían en el otrora cuarto de Julio y Lorna. Luego de un suculento asado y de la despedida al hombre trabajador, Karen acostó a los chicos: a Dany, el bebé, en el moisés; y a Ruben, en la cama. Dio las buenas noches a su suegra y se acurrucó junto a su hijo mayor.
     Entrada la noche, la atmósfera del cuarto se enrareció. Las altas puertas de madera temblaron y se abrieron de par en par. Karen entreabrió los ojos y un viento helado le erizó el pelo, como si un campo de electricidad se desarrollara en torno a su cabeza. Las ropas de cama que cubrían su cuerpo se plegaron hacia los pies y un peso se reposó sobre su panza de seis meses. La presión fue brutal. Karen intentó gritar, pero de su boca apenas salió un gemido apagado. La lámpara del techo de la cocina comenzó a balancearse de izquierda a derecha, haciendo fluctuar sombras siniestras por doquier. Fue entonces cuando Dany rompió a llorar.
     —Fue el llanto de Dany lo que me protegió —comentaría más tarde Karen a su suegra, quien le cebaba unos mates y la oía con atención; y ciertas dudas.

Loca

     —Tu mujer está loca, hijo.
     —¡Mamá!
     —Veintidós años has vivido aquí y nunca viste un fantasma, ¿o sí?
     —Hablaré con ella.
     —O lo tendré que hacer yo.
     —¿Y aquella vez que Lorna dijo que le hablaste y no estabas?
     —Tu hermana es una estúpida. Por suerte ya no vive aquí.

Karen tenía razón después de todo

     En esa misma habitación, otro día lunes, Julio se encontraba desvelado mientras su mujer dormía despatarrada a su lado. Ruben estaba acostado con la abuela; y Dany, en su cunita.
     Julio estaba en cueros, cubierto con la sábana solo hasta la altura de la cintura. Fumaba un cigarrillo mirando las vigas del techo (siempre las había encontrado parecidas a las vías del tren). Tenía la cabeza apoyada en el respaldo de la cama, y la espalda sobre la almohada.
     Abstraído en sus pensamientos, apenas fue consciente de que las puertas del cuarto se abrían solas. Los pies del lecho comenzaron a temblar, a sacudirse de arriba abajo al tiempo que algo se deslizaba por debajo de las sábanas sobre sus piernas. Julio escupió su cigarrillo, agarró la almohada y empezó a golpear, a fuerza de improperios de toda clase y especie, a lo que fuera que reptaba con destino a su entrepierna.
     Karen se espabiló sobresaltada y aterrada. La súbita reacción de Julio no solo la había despertado a ella, sino a todos los de la casa. En el momento en que Elba encendió la luz de la cocina, todo el movimiento de la cama y el ascenso por las piernas habían acabado.
     Ni bien lograron que los niños volvieran a dormirse, Julio, su madre y su mujer se quedaron en la cocina platicando acerca de lo ocurrido.
     Elba había puesto a calentar la pava para cebar unos mates.

Cuentos asombrosos en la casa de Lorna

     —¿Viste el capítulo de anoche de Cuentos asombrosos, abue? —preguntó su nieta a Elba.
     —Ay, sí. Me encantó. El último, ¿no? El de la muñeca de porcelana.
     —No, mamá —intervino Lorna—.  El último fue el del viejo que lo viene a buscar el tren.
     —Tch. Era el del tipo que compra la muñeca y es igual a la mujer que ama. Luego descubre que ella tiene un muñeco con el aspecto de él. ¿Qué viejo ni qué tren? No dieron otro después de ese.
     —Suegra —dijo su yerno—, no le están tomando el pelo. Los vimos todos anoche y no dieron ese que dice usted.
     —¿Qué, estoy loca entonces? ¿Cómo puede ser que ustedes vean un capítulo y yo otro? ¿Me lo inventé?
     Lorna, su esposo y su hija no pudieron contener la risa. Elba no tuvo más remedio que unírseles.

La abuela está vieja

     —Fui a visitar a la abuela —contó Ruben a sus hermanos. Ya por entonces eran cuatro.
     —¿La viste a Cachavacha? —bromeó la hermana menor.
     —No está bien.
     —Nunca lo estuvo —sostuvo Daniel.
     —¿Qué pasó? ¿De quién te habló mal? Es más bicha la vieja de mierda esa. —El que se había expresado con libertad no era otro que Ezequiel.
     —Estuvimos charlando de todo un poco. Siempre toca los mismos temas: que en la época de los militares estábamos mejor, que el hijo de puta de Maradona, que el Alejandro de Massimo Manfredi es lo mejor que leyó sobre el Magno, etc. Después empezamos a hablar sobre las historias que nos contaron mamá y papá, eso que les pasó en la habitación. Y, como siempre, me relató lo de la tía: «soy yo, Lorna. Ábreme». Es un placer escuchar todo aquello en boca de la abuela. Tiene esa dicción al narrar que es imposible no permanecer hipnotizado.
     »El caso es que en un momento como que se quedó en blanco, mirando hacia donde tiene la tele.
     »—¿Estás bien, abuela? —le pregunté. Y no me contestó. Me arrimé a ella y le puse una mano en el hombro y entonces comenzó a recitar una especie de poema, o verso. Algo de eso. Unas tres veces seguidas. A la tercera vez puse el grabador de voz del celular. Escuchen.
     Ruben sacó su teléfono e hizo escuchar las palabras a sus hermanos.

En una villa inmensa de verdes prados
que acoge en su seno ángeles misericordiosos,
hay una Torre
de imponente hermosura.
¡Allí se alza, protectora de rosas!
No hay quien se atreva a cruzar sus muros.

Ánimas sonrientes sobrevuelan las alturas.
Oscilan hace tiempo.
Un tiempo que es añejo.
Dejan en el aire,
bajo un juego de osadías,
un aroma que desarma a quien pueda concebirlo.

Los que vagan por la villa
escrutan por las ventanas
a las almas en pena
danzar en torno a la Torre.
En la cima de la misma
el rey las ve vestidas de fiesta.

De oro y plata
conformábase la Torre.
Ecos que dictaban,
hasta largas distancias,
toda la sabiduría
de quien gobernaba.
    
     Los hermanos se observaron pasmados.
     —Luego se volteó a mirarme y me dijo: «¿No lo hueles?», «¿No lo has olido?», «Pues es solo cuestión de respirar profundo, Rubi». Se metió en su habitación y no salió más.

La casa de la abuela

     Ruben estaba preocupado por su abuela. Muy preocupado. La mujer mostraba reacciones de demencia. Decía cosas sin sentido. Puteaba más de lo habitual. Repetía una y otra vez la dirección de su casa, como si tuviera miedo de olvidarse de ella: «Vernet 470, Vernet 470, Vernet 470.»
     Fue a visitarla a diario, y cada día parecía estar peor. A veces se turnaba con su padre, pero este daba la impresión de no ver lo mal que estaba su madre. Tal vez Elba se mostraba en ese estado senil solo ante Ruben, vaya a saber uno. La cuestión era que su abuela le decía que estaba enferma, que se encontraba próxima a partir. Y no se refería a ir de paseo o a romper algo, sino a que moriría pronto.
     En los varios días posteriores, Ruben procuró aliviar el decaimiento que parecía tener su abuela. Charlaban y leían juntos; él escuchaba su singular, y convincente, parloteo sin saber del todo qué era cierto y qué no lo era. Y así, a medida que se introducía más y más en el lunático mundo de ella, advirtió con tristeza que su tarea de arrimar el hombro era en vano.
     —¿Y Negro? —le preguntó el joven una tarde.
     —Lo ahorqué con la cadena —contestó ella, imperturbable. Ruben soltó una carcajada, pero la cortó al instante al notar que la mujer no bromeaba—. Me tenía las pelotas llenas; ladrando todas las noches.
     En efecto, el perro estaba muerto. Su cuerpo estaba tirado en el fondo y era ahora comida de las gallinas. Más tarde, la anciana le pidió que lo enterrase en la parte de adelante, debajo del duende de jardín.
     Y entonces, transcurridos algunos días, las cosas empeoraron. Elba descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Dejó de asearse y erraba por la casa como perdida. Se la veía pálida como un espectro, y su mirada daba miedo de lo vacua que era. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y su pronunciación era más bien una vacilación trémula. Por momentos parecía querer confesar algún tipo de secreto oculto, en una lucha interna por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, simplemente se sentaba a contemplar el vacío, horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. Pero lo más aterrador era la forma en que inspiraba. Eso le retrotrajo a Ruben aquello de: «¿No lo hueles?», «¿No lo has olido?», «Pues es solo cuestión de respirar profundo, Rubi

Un derrumbe en Vernet al 400

     —Me gustaría que me hablaras, abuela. —La anciana estaba sentada en el sillón del recibidor mirando hacia la puerta de entrada, y así apenas podía ver Ruben sus facciones; no obstante, el perfil mostraba sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero no estaba dormida porque mantenía los ojos muy abiertos y fijos en su objetivo: la puerta. El cuerpo se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme.
     De pronto, Ruben advirtió un extraño humo elevarse del cenicero posado en la mesa ratona. El joven, con la piel de gallina, se movió hacia su abuela y se colocó frente a ella, de espaldas a la entrada. Elba lo miró a los ojos y dijo:
     —¿No lo hueles? Sí, yo lo huelo; perfume y tabaco. Hace mucho que ronda por la casa. Tus padres y tu tía lo han sentido, pero no me atrevía... ¡Ah… no me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La casa le pertenece! Tu abuelo me quiere en ella, pero junto a él.
     Y Ruben los olió. El perfume de hombre y el aroma a cigarrillo. Pero peor fue lo que vio y escuchó. El techo de chapas pareció ondular como las aguas del mar. Las maderas de las paredes crujían, se partían. Parecían también ser roídas. Unos ruidos de cadenas sonaron en el exterior.
     —¿Me crees? ¿Eh? Viene por mí. —Ruben temblaba ante las palabras de su abuela—. ¡Ya vete, idiota! ¡Te digo que está del otro lado de la puerta!
     Esta se abrió de improviso, pero lo que entró no fue el espíritu del difunto marido de Elba, como esperaba el muchacho, sino que fue Negro, el perro recientemente asesinado y enterrado, arrastrando su cadena a cuestas.
     Ruben sintió que se desvanecería allí mismo. O como mínimo se lo haría en los pantalones. El perrote se abalanzó sobre su abuela, aprisionándola bajo el peso del cuerpo peludo. En un acto de pura y consciente cobardía, el joven se dio a la fuga de la casa. Saltó de un brinco la puerta de reja de la entrada principal y cruzó a la vereda de enfrente, donde se dejó caer en el piso con la espalda contra la pared. Desde allí pudo presenciar la escena más insólita de toda su vida: la casa se desmoronaba como si se engullera a sí misma. Semejaba una boca fruncida hacia adentro, llena de astillas en lugar de dientes, que se masticaba a dentelladas salvajes. Un sonido rumiante se alzó hacia el firmamento como un lamento desgarrador, con polvo de escombros que cegaban el espectáculo.
     Para cuando los vecinos de la cuadra y los alrededores salieron a las calles atraídos por el fragor de un derrumbe, en Vernet 470 solo quedaba un terreno baldío.

Epílogo

     —Papá me envió a avisarte que la cena está lista. —El hombre mayor, a quien se dirigía el niño, estaba sentado en su mecedora. Oteaba el entorno, abstraído—. ¿Abuelo?
     —¿No lo hueles? —habló el viejo sin mirar a su nieto. Olisqueaba el aire de una manera extraña—. ¿No lo has olido?
     —Oookaaay… —dijo el niño, caminando hacia atrás, y se retiró de allí. Se dirigió al comedor y se sentó a la mesa.
     —¿Le avisaste? —preguntó el padre del chico.
     —Ve a buscarlo tú. El abuelo Ruben está como una cabra.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir relatos basados en cuentos de Horacio Quiroga y Edgar Allan Poe. A mí me tocó homenajear a «La caída de la casa Usher» de Poe, y el resultado fue «Vernet 470», historia por la cual me otorgaron el diploma que ven a continuación:
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Maron



♪ ♫ ♪ ♫

Volcó la copa de champagne,
roció toda su chaqueta.
Los pétalos de aquella flor están
adornando el suelo.

Su mente en blanco actúa
(Acompañan coros) mecánicamente mal.
No existe duda alguna
(Acompañan coros) en su forma de actuar.

Sintió placer, vértigo en piel.
La adrenalina florece.
Huyó cargada con verdes papeles;
dan grandes placeres.

Su mente en blanco actúa
(Acompañan coros) mecánicamente mal.
No existe duda alguna
(Acompañan coros) en su forma de actuar.

Maron:
Promesas que fueron en vano.
(Solo coros) Jugaste con su vida.
Corres tu rímel con lágrimas frías.
(Solo coros) Bajan por tus mejillas.

Sus pies descalzos pisan
(Acompañan coros) añicos de cristal.
Su mente en blanco actúa
(Acompañan coros) mecánicamente mal.
No existe duda alguna
(Acompañan coros) en su forma de actuar.

Maron:
Promesas que fueron en vano.
(Solo coros) Jugaste con su vida.
Corres tu rímel con lágrimas frías.
(Solo coros) Bajan por tus mejillas.


♪ ♫ ♪ ♫