jueves, 9 de febrero de 2012

La sombra de Clark Kent


—1993—

Clarky se acomodó los lentes y respiró profundo. Parecía armado de valor, pero por dentro estaba cagado en los pantalones. Sus amigos festejaban y se reían en torno a él. Le palmeaban la espalda dándole ánimos. Avanzó con paso firme y se acercó a la joven a la que pretendía encarar.
Todo a su alrededor parecía transcurrir en cámara lenta. Una gota de sudor le corrió por la frente y se la secó con el dorso de la mano, con indiferencia. Cuando estaba a escasos metros de ella, Clarky tropezó con su propio pie y se fue de bruces. Sus compañeros estallaron en sonoras carcajadas, que no aplacó el fuerte sonido de la música, y la muchacha giró sobre sus talones para ver al tonto que había caído. Este se incorporó del suelo como si de un resorte se tratara y quedó parado ante la mirada de desprecio de la bella adolescente, con los anteojos torcidos, y algo despeinado.
—Hola, Ailín —masculló, mordiendo las palabras y tragando saliva.
—Hola, Clarky —dijo ella. ¡Zaz!, el maldito diminutivo—. Chau, Clarky. —Le dio la espalda y se marchó.
El joven se volvió cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior, y su troupe se desternilló al borde de las lágrimas.
—¡Bien hecho, galán!
—Sabíamos que te tenía a sus pies, pero no a ese extremo, ¡ja, ja, ja! ¡ja, ja, ja!
—Ya cierren el culo y vayámonos de aquí.

—2012—

Tal vez crean que mi mala suerte se remonta a aquel desafortunado accidente en el boliche en el que intenté seducir a la hermosa Ailín Ceijas. Pero se equivocan. Nací con ella. Algunos hasta aventuraban que estaba maldito.
¡Estás maldito! —Me había espetado la curandera a la que recurrió mi madre luego de que me clavara, yo mismo, un tenedor en el ojo durante la cena; iba dirigido a la boca, pero de alguna manera fue a incrustarse en la pupila—. O es estúpido. —Esta vez se dirigió a mi mamá—. Para lo primero tengo la cura. Pero para lo otro no. Podría probar dándole de cachetadas hasta que espabile.
¡Hija de puta! No me dieron de cachetadas, pero la bruja me practicó todo tipo cosas casi ultrajantes. Me tiró el cuerito de tal forma que creí que me despellejaría. «¡Estoy maldito, no empachado!», me daban ganas de gritarle.

—1999—

A los diecinueve años había quedado con un amigo en ir a cenar a la casa de una chica, la cual estaría con una amiga. Una vez llegaron al edificio donde los esperaban, de la entrada principal salió una familia de chinos. La hijita de ellos, que fue la última en salir, habló:
—La puerta está abierta.
—Gracias —dijo Clarky con una sonrisa en el rostro mientras observaba a la chinita, y al mirar al frente se llevó puesto un enorme ventanal, el cual se abrió hacia adentro arrancando la traba de la mampostería y le rompió el tabique. La sangre le chorreaba de las dos fosas nasales y de la encía superior. Su amigo, asustado, le preguntó si se encontraba bien y el herido le contestó:
—Me maté, boludo. Me maté.
El muchacho que lo acompañaba se empezó a reír. Se dejó caer de rodillas y se tomaba del estómago sin poder contener el carcajeo.
—Ja, ja, ja... ja, ja, ja… me meo… ay… me meo… ¿No…? ¿No lo viste?... ja, ja, ja... ja, ja, ja.
—Me voy en sangre, deja de reírte. Esa pendeja de mierda salió por ahí. ¿Qué iba a imaginar que la entrada era toda de vidrio y que solo la puerta estaba abierta? ¡Ay, cómo me duele!
Subieron un piso por la escalera dejando un rastro de sangre. Llegaron al departamento donde los esperaban las muchachas y, al tocar el timbre, la dueña de la casa abrió la puerta y puso cara de espanto y asombro al ver a Clarky, que mantenía la cabeza hacia atrás, oprimiendo la nariz con los dedos para intentar detener la hemorragia.
—¿Qué le pasó?, por Dios —preguntó la joven. Y el amigo retomó las risas.
Los invitaron a pasar y Clarky fue directo al baño. Apenas reparó en la otra chica que estaba sentada a la mesa. Allí se demoró durante casi una hora, limpiando la herida con gasas y agua oxigenada. Una vez que se detuvo el sangrado, colocó un bollito de algodón en cada orificio de la nariz y salió. Su amigo charlaba con la anfitriona, tomados de la mano. La joven a la que le presentarían se había marchado hacía quince minutos.

—2012—

Superman es Clark Kent. Yo uso lentes, y en ese entonces también, motivo por el cual me apodaron Clark, pero, por mi físico escuálido y mis constantes percances, decían que ni siquiera llegaba a ser la sombra de Kent, así que me llamaban Clarky. Hasta la fecha muchos lo siguen haciendo.
Al contar estas anécdotas siento que solo fueron infortunios casuales los que me sucedieron y no producto de la mala suerte que en realidad tengo. Pero les juro que es al revés.
Si abría un sachet de leche para beber en el desayuno, tenía que masticarla de lo cortada que estaba. Si jugaba al fútbol con mis amigos, el primer pelotazo fuerte iba a parar a mis huevos. Si quería ver una película que pasaban por televisión, se cortaba la luz, y en esa oscuridad algo me ocurría seguro. Si debía hacer un trabajo práctico en mi casa para la escuela, en el camino hacia ella me agarraban unos chicos malos, me cagaban bien a palos y me rompían la tarea. Luego, en clases, la maestra me ponía un uno por no presentar el trabajo y me enviaba a dirección por desaliñado.
Podría escribir un libro del tamaño de un directorio telefónico con las cosas que me pasaron (y pasan) día tras día desde que nací. ¡Carajo, si hasta en neonatología se rompió la maldita incubadora en la que estaba por haber nacido prematuro!
Como podrán apreciar, este estigma, como lo llamo, ha impedido que pueda relacionarme con las mujeres. ¿Me creen si les digo que soy virgen? Solo tuve una experiencia y prefiero no recordarla.
No, la masturbación no cuenta. En ese caso diría que me desvirgué a los diez años, ja.

—2002—

—Tomé demasiado —balbuceó Clarky.
—Habrá que darse prisa, entonces  —comentó ella—, no se mantendrá dura durante mucho tiempo.
Lo besó apasionadamente y lo tiró en la cama. Al segundo le estaba practicando sexo oral. Luego se incorporó y comenzó a bajarse la pollera. Clarky se sentó y la ayudó con la tanga y en ese instante se le pasó el pedo que traía encima.
¡Ella era él!
El pene le colgaba entre las piernas como uno de esos globos alargados que se van desinflando. Clarky le dio un fuerte empujón y salió disparado al baño y, de rodillas junto al inodoro, vomitó hasta las entrañas.

—2012—

¿Vieron «El juego de las lágrimas»?: igual… la misma escena representada tal cual.
Da la impresión de que solo quisiera contarles mis rachas de mala suerte con las muchachas.
Puede ser. Es que podría decir que tengo un motivo para hacerlo.
Cuando hoy salí de mi casa, en la esquina había una anciana ciega esperando a cruzar la calle.
—Permítame —le dije, servicial, y la tomé del brazo para acompañarla a la cuadra de enfrente.
—Gracias, querido —contestó. Una vez del otro lado, la solté—. Muy amable —dijo, dio media vuelta y se estampó la cara contra el poste de luz junto al cual la dejé parada.
Me llevé las manos a la boca, abrí los ojos como platos y me metí en el bar al que voy siempre, ignorando las puteadas que me echaba la vieja. Pobre…
Me senté a una mesa y pedí un café con leche. Media hora tardaron en traer el pedido y me dieron un capuchino. Lo bebí sin quejarme. En eso, se abre la puerta.
No creía en el amor a primera vista, pero la manera en que tropezó aquella muchacha al ingresar al bar me llenó el corazón.
Se sentó al otro lado de donde estaba yo; al hacerlo, una de las patas de la silla se quebró y fue a parar al piso. Cayó de manera tan graciosa que ninguno de los presentes pudo evitar reír. Excepto yo. Estaba deslumbrado. Un camarero la ayudó a levantarse y le pidió disculpas mientras le alcanzaba otra silla. Ella sonreía y decía que no había problema, que esas cosas solían sucederle.
—«Estas cosas suelen sucederme».
Aquellas palabras me embriagaron.
La oí pedir un té. Se lo trajeron a la media hora, pero en la taza había café y lo bebió sin quejarse.
Sé que les hablé sobre mi mala suerte, pero era solo para llegar a esto: ¿tal vez una señal de vientos de cambios?
Sea lo que fuere no lo dejaré pasar. Saco mi billetera y coloco un billete junto a la taza, me paro y avanzo prendiendo el botón de mi saco. Vuelvo la cabeza, por instinto, hacia mi mesa y veo que dejé un billete de cien pesos en lugar del de diez. Cierro los ojos y pienso: «¡cien pesos un capuchino, la rep…!». Me resigno y sigo mi camino. Puede que me tropiece antes de llegar a mi destino, pero esta vez nada va a detenerme. Algo me dice que encontré la horma de mi zapato.
Algo me dice que mi mala suerte va a rebotar como lo haría un rayo de luz en un espejo.
Algo me dice que hoy disfrutaré de la mala suerte.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato con el género que no nos atrevemos/no nos sale/no nos gusta/no haríamos jamás. A mí me tocó realizar una comedia romántica y el resultado fue: «La sombra de Clark Kent».
     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.