sábado, 15 de septiembre de 2012

De ratones y hadas


El ratón trepó por la cobija que colgaba del borde de la cama y, con sigilo, se aproximó a escasos centímetros del rostro de la niña que allí dormía. La olisqueó alzando el cuello y se introdujo debajo de la almohada. A los pocos segundos, salió con un billete en el morro. Los ojos del animalito parecían desencajados por la incredulidad. Con gran presteza, estiró el papel con sus patas delanteras y lo estudió un momento. Luego lo comenzó a romper. Lo rasgó y lo mordisqueó hasta que lo hizo trizas. Cuando concluyó su frenética labor, pegó un salto hacia el suelo alfombrado y se perdió en la oscuridad del dormitorio.
Al día siguiente, la pequeña despertó más temprano de lo habitual, ávida por el regalo con que el hada de los dientes la habría obsequiado a cambio de su muela de leche, pero lo único que encontró fueron los pedazos del dinero diseminados en su ropa de cama.
Se levantó, decepcionada, disgustada, y se fue al baño para asearse y para hacer sus necesidades antes de ir a desayunar.
—Buen día, amor —la recibió su papá ni bien ella apareció en la cocina—. ¿Vinieron los ratones?
—El hada de los dientes —lo corrigió su mujer, propinándole un codazo.
—Bueno, el hada de los dientes.
—Sí —masculló la nena—. Se llevó el diente y me dejó esto. —Sus padres observaron los restos que su hija desparramó sobre la mesa.
—¿Por qué hiciste eso? —la recriminó el padre.
—Yo no lo hice, me lo dejó así.
El hombre frunció los labios y se mordió la carne por dentro.
—Bueno, termina el desayuno que te retrasarás. A la tarde hablaremos.
Después de que terminaron de alimentarse, la madre acompañó a la muchacha hasta la vereda para esperar el micro escolar. Cuando este llegó, despidió a su hija con un beso y regresó a la casa.
—¿Cien pesos por un diente? —inquirió su marido.
—Eso mismo te iba a decir.
—Yo no se lo dejé. Ni siquiera lo recordé.
—Yo tampoco.
El matrimonio analizó la plata destrozada con desconcierto.

***

El niño perdió su diente por culpa de un pelotazo que había recibido mientras jugaba al fútbol con un amiguito. Lo colocó bajo la almohada y se adormeció pensando en el ratón Pérez.
Bien entrada la noche, una esfera de luz se manifestó repentinamente y un hada surgió de ella. Sobrevoló la cabeza del infante y, jovial y luminosa, se lanzó en picada a la búsqueda del tesoro que la aguardaba. Concluido el intercambio, diente por dinero, el ser alado besó la frente del durmiente y se disipó, dejando un halo brillante tras de sí.
En un rincón de la alcoba, el ratón presenció la escena en sumo silencio; inmóvil como una piedra. Solo una de sus pupilas daba señales de que era una especie con vida, ya que no cesaba de contraerse contra su voluntad. Al cabo de un rato, se irguió y avanzó con cautela hacia el pie del lecho, por el cual se encaramó hasta posarse en el pecho del niño. Con las diminutas patas, comenzó a halar de las sábanas con el fin de destaparlo. El chico empezó a removerse hasta quedar despabilado y su visión se topó con el roedor. Apenas realizó el ademán de abrir la boca para emitir un grito, el ratón se arrojó de cabeza hacia la abertura que separaba los labios. Desesperado, el joven alcanzó a sujetar la movediza cola del repulsivo intruso que se abría camino en su interior, pero no lograba tener éxito.
El muchacho se puso azul y, a falta de aire y presa del pánico, perdió el conocimiento. El ratón hincó sus filosos incisivos en las encías y mordió hasta llegar a la raíz de la dentadura. La sangre brotaba por las comisuras del desmayado mientras la alimaña tironeaba y arrancaba uno de los molares.
Por la mañana, al ver que su hijo no se levantaba, la madre se encaminó en su busca y encontró a su bebé tendido en un charco de plasma bordó, con la carne que cubría interiormente los maxilares reventada y desdentada, y el cuerpo adornado con dinero.

***

La aparición de niños muertos, con sus dentaduras extirpadas, se convirtió en moneda corriente con el transcurso de las semanas. Los investigadores locales no encontraban indicios de violencia familiar ni de sospechosos que hubieran penetrado por la noche para cometer aquellos actos atroces. Mucho menos se explicaban el efectivo que dejaban en cada escena del crimen.
Al no ofrecer declaraciones a la prensa por falta de evidencias, los noticieros hablaban de «trafico de dientes».
Nada apuntaba a un ratón psicótico.

***

El problema contra el cual el animal tropezaba era que nunca lograba llegar antes que su competidora. Y eso lo sacaba de quicio. ¿Por qué razón tenía él que manchar su cuerpo de sangre cuando el diente que debía llevarse por derecho propio lo podría sacar con tranquilidad de debajo de las almohadas?
Por un tiempo tuvo que contentarse con desgarrar bocas; hasta que una noche obtuvo su oportunidad.
De inmediato percibió que la ninfa aún no se había presentado. La atmósfera estaba limpia de su inmundo hedor seductor. Subió por uno de los apoyos de la cabecera de la cama y se alojó bajo la almohada, pero, en lugar de hacerse con el diente, se acurrucó, furtivo, en espera de su antagonista. Esta sería la ocasión de demostrar de una vez por todas quién era el verdadero recolector de los dientes. Ya bastante tenía con soportar que los mocosos lo apellidaran Pérez como para que ahora una zorra voladora le robase el trabajo al cual se había dedicado durante años.
No hubo de aguardar demasiado para que el hada se mostrase. Irrumpió como de costumbre y, con un delicado desplazamiento aéreo, se embutió entre la funda y la sábana.
Un alarido agudo, casi inaudible, se alzó en las penumbras del cuarto. La niña se revolvió en su colchón a causa de la ondulación que producía su almohada y, al abrir los ojos, se encontró con una imagen sobrenatural: una mujer diminuta se agitaba aterrorizada en el aire con algo colgándole de un ala.
Muda del pánico y de la sorpresa, la pequeña estrujó el cubrecama contra su cara, a la altura de la nariz, sin poder dar crédito a lo que presenciaba.
El ratón se enroscaba y pataleaba prendido del hada con su hocico. Ella luchaba por desprenderse de él a manotazos, y efectuaba enloquecidas piruetas en el aire sacudiendo la extensión membranosa que le quedaba libre en la espalda. Pero el peso del bicho peludo la impelía hacia abajo, impidiéndole permanecer en vuelo.
Atraídos por la influencia gravitacional, ambos seres terminaron en el piso flotante símil madera, terreno en el cual el «ente etéreo» no tendría la menor posibilidad de salvarse de su agresor.
El roedor cargó toda su osamenta sobre el cuerpo del ser mágico y la aprisionó contra el suelo. Con impetuosos zarpazos, rasgó la figura y las alas de su presa, al mismo tiempo que le roía el rostro. Incrustaba los dientes en la tierna piel del suave semblante y arrancaba lonjas de carne sanguinolentas.
La mártir tiraba de las orejas del atacante con el fin de apartarlo, pero sus esfuerzos eran en vano.
Tras eternos minutos de agonía, el ratón remató su faena mascándole el cuello.
El hada parecía sonreír debido a la falta de dermis, músculos y tendones que presentaba de la nariz para abajo, donde su mandíbula había quedado al descubierto. De su yugular mutilada brotaban, como escupitajos, chorros de sangre caliente.
Desquiciado, el ratón se dio la vuelta con el afán de arremeter contra la niña y triturar sus encías hasta arrancarle diente por diente, pero esta ya no estaba; la puerta de la habitación se hallaba abierta. En algún momento se había marchado.
Se restregó la testa, frustrado, y persiguió su cola al igual que lo haría un perro con la suya. Se detuvo, defecó en el torso de la moribunda, y comenzó a lamer con ansias la sangre de su víctima, la cual ejecutaba leves movimientos con su quijada tratando de conseguir oxígeno para sus pulmones. Con doliente mirada, sus ojos escrutaban la manera en que engullían su fluido vital.
Concentrado en la inmunda tarea de saciar su sed, el mamífero verdugo se sobresaltó al oír una voz desagradable de timbre aterrador.
—Vaya, vaya, vaya. Eso sí que es repugnante. —Quien hablaba estaba parado en el umbral de la puerta del dormitorio.
—No —dijo el ratón, alarmado—. No eres real. Eres un maldito invento.
—Todos lo somos —expresó el duende de los dientes—. Algunos gozan de más popularidad que otros, claro está, pero yo, Fatina, o el Topino, como suelen llamarme en ocasiones, soy tan innegable como tú; o como ella. —Señaló a la desahuciada caída con el mentón cuadriforme.
El duende avanzó al interior del cuarto y el ratón retrocedió asustado.
—Sabrás que no solo gratifico a los pequeñuelos por sus donaciones dentales, ¿verdad? —El ratón se relamió, nervioso—. Mi oficio es cazar ratones, y soy muy hábil, por cierto.
El gnomo esbozó una sonrisa escalofriante, con los bordes de su boca tocándole las orejas puntiagudas. Ejecutó una nueva marcha al frente, y el ratón volvió a recular.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.
Uno, un paso adelante; el otro, un paso atrás.

***

El hombre salió de su cuarto y advirtió de soslayo la puerta de la calle entreabierta, por donde una criatura de baja estatura se alejaba a toda prisa, sosteniendo en el hombro un palo con una especie de red para cazar mariposas, atada a la punta, dentro de la cual un ratón chillaba y se retorcía enajenado.
La niña sobrepasó a su padre, se dirigió a su habitación y buscó los restos del hada de los dientes, pero no había ni rastros de ella ni de su sangre. Caminó hacia su cama y levantó la almohada; en donde debía estar su diente, había en su lugar una moneda de oro.
El papá se acercó a su hija y le acarició los brazos. La niña levantó la cabeza y los dos se observaron con perplejidad.

Fin

19 comentarios:

  1. Primero muahahahahahaha.

    Conociéndote querido Jefe y al leer el titulo de relato ya me olía yo algo así :P. A mi gusto es algo corto pero bien descrito. Que le den al Hada y que viva el roedor.

    Gracias por el relato ^^

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ja, ja, ja.
      Gracias a vos por leer y comentar, Pepe.
      Siento que la historia no da para más que eso, por ese motivo la hice corta. Digamos que lo que quería contar está en esas palabras. De haber escrito más me habría ido por las nubes, y hubiera sido aburrido y reiterativo, creo.
      Saludos.

      Eliminar
  2. Buenísimo, un placer de lectura.
    Inmejorable prosa, repleta de suspenso y acción.
    Las fábulas de nuestra niñez transformadas en realidad, con esa forma de redactar fantasía que hace que esta, justamente, no parezca tal cosa sino una vivencia más (macabra, claro) de lo cotidiano de nuestros días.
    Un gustazo enorme volver a leer algo tuyo, Raúl.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esa es mi finalidad cada vez que escribo, Juan: que todo, por más inverosímil que parezca, se vea real, posible. Y si lo mencionás es porque lo logré.
      Agradezco tus palabras; siempre tan amables.
      Saludos.

      Eliminar
  3. ¡Impresionante, Raúl!
    Lo que acabo de leer me parece una excelente revisión, morbosa, retorcida y delirante, de la leyenda del ratoncito Pérez, una bestezuela de cuento demenciada (un cabroncete de bicho, vaya, para decirlo sin eufemismos), que me ha impresionado a causa del vivo contraste que existe entre el carácter tradicional de este personaje de fantasía con las acciones que tú le “haces” llevar a cabo en tu relato. Conseguiste que pasara angustia por la suerte de los niñitos.
    Una idea muy original, excelentemente desarrollada. Me sorprendió desde el comienzo, porque, con semejante título, no sospeché lo que iba a encontrarme en el relato (conociéndote, debí hacerlo, pero... aun así, lograste sorprenderme).
    Ahondando en algo que ya te ha comentado el amigo Juan, te digo que posees una habilidad inusual para dotar de “realidad” lo que escribes: aquí, logras que el carácter fantástico de los personajes se olvide y que unos hechos que serían inverosímiles en la realidad se lean como perfectamente posibles. Y por esto, asustan más.
    ¡Enhorabuena!
    (¡Aaaaahhh!, ¿y dónde vive tan generosa hada? Porque lo que es a mi casa, solo venía el ratoncito Pérez, el cual, ¡rácano de él!, siempre me dejaba lo mismo: una botellita de plástico en miniatura rellena de bolitas de anís. ¡Cómo odiaba a ese maldito roedor!, ja, ja, ja. Hiciste que vinieran a mi mente recuerdos muy hermosos de mi infancia)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya te lo comenté una vez: es increíble que captes a la perfección lo que intento transmitir. Eso me enorgullece. Es bueno saber que las pretensiones que tiene uno con lo que hace se logren.
      Lo que remarcás del comentario de Juan ya lo expliqué, aunque ya lo expresaste, casi de la misma manera, vos.
      A lo mejor no era el Ratón Pérez el que te visitaba, sino una rata, ja.
      Gracias y saludos.

      Eliminar
  4. Raúl, es una historia muy entretenida. Me encantan los cuentos, las hadas, los duendes... y el ratoncito Pérez. Sólo me dan pena los pobres niños, ¿qué culpa tienen?

    Lo que le pasa al ratón es lo que le debería ocurrir a tod@s los que se comportan como él. Encontrarse con la horma de su zapato. Lamentablemente eso sí que sería un cuento, ja, ja, ja. Demasiado bonito = "cuento" para ser verdad.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Son culpables por tener los dientes de leche :P
      Guiándome por tu comentario, Marje, entonces, ¿este es uno de esos cuentos demasiados bonitos?
      Me alegro que te entretuvieras; es el objetivo que tengo con cada historia que escribo: entretener a los Fieles Lectores.
      Gracias y saludos.

      Eliminar
    2. Mira que eres "malvado"! Los niños no tienen la culpa de nada.

      Este es un cuento de terror, no es mi temática favorita... aún así, haces que me guste, que me apetezca seguir leyendo y que me resulte interesante.

      Gracias a ti, saludos.

      Eliminar
  5. Que buen relato Raúl! Opino como Pepe, por tu estilo me veía venir algo del estilo. Me gusto mucho la historia! :)
    Siempre tan creativo en tus temas! Cami.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por leer y comentar, Cami.
      Me alegro que te gustara, y que te pareciera creativo. Es muy difícil no ser reiterativo, más haciendo el estilo al que te referís.
      Saludos.

      Eliminar
  6. Me he tenido que reir Raúl, nunca me han gustado los dientes, dentistas y similares. Hoy has "calado" con tu fábula.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Mientrasleo.
      Hay muchas definiciones para la palabra calar. Si no te gustan los dientes, dentistas y similares habré «calado» bien para lograr sacarte unas risas (las cuales espero hayan sido nerviosas, je, je).
      Saludos.

      Eliminar
  7. Me ha encantado *o*
    Todos esos personajes... ese ratón malo TT_TT se robada de esa forma los dientes, pobre hada! No sabía de ese otro jajaajajaja interesante¡¡¡ *o*
    Te sigo leyendo :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ja, sabía que este te gustaría. A eso otro nadie lo conocia ;).
      Gracias, Neiglo.
      Saludos.

      Eliminar
  8. Creativo, original y sorprendente, me gustó y lo de los niños fue genial aunque malo y extraño pero la historia es interesante, pobre ratón y esa hada por qué le robaba sus clientes si hay muchos de niños en el mundo?, es cierto lo que dijiste:)
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ja, gracias, Romi, me alegro que lo disfrutaras. Estos seres no saben ni quieren compartir, solo les interesa tener protagonismo.
      Saludos.

      Eliminar
  9. excelente historia Raul!!!! hasta un escalofrió me recorrió la espina dorsal mientas te leía!. Excelenteeeeeeeee

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Kari. Un placer causarte escalofríos ;)
      Saludos.

      Eliminar