viernes, 29 de junio de 2012

Alejandra Graziano: su curiosidad y su designio


     Lo que llamó la atención de Alejandra Graziano en la Terminal de Micros, el día que iba a ir junto con su marido a Entre Ríos en viaje de placer, fue el sujeto que se aproximó a hablar con el chofer. Era un tipo de unos sesenta años, con camisa leñadora (a pesar del calor) a cuadros negros y rojos, arremangada a la altura de los codos. Tenía el cabello entrecano peinado hacia atrás; llevaba una barba afeitada al ras, unos jeans gastados y unas zapatillas igual de usadas. Era un hombre fornido, de hombros anchos, manos inmensas, con dedos como chorizos y de estatura media. Pero no era la persona en sí lo que indujo el interés de Alejandra, sino el bolso que llevaba cruzado sobre el hombro izquierdo, de esos comunes, modelo deportivo de poliéster azul, de tres cierres, el cual saltaba a la vista que estaba vacío. Ella acompañó a su esposo en el momento en que él entregaba sus pertenencias para que fueran guardadas en el maletero y no vio en ningún momento a aquel individuo dejar nada allí. Por alguna extraña razón, un sudor frío le recorrió la espalda cuando el fulano entregó el pasaje al chofer y este último desvió la mirada hacia ella. Las cañas de pescar que sostenía en forma vertical estuvieron a punto de caérsele, y en eso llegó su esposo.
     —¡Epa! ¿Nerviosa? —dijo él sujetando las cañas.
     —Creo que la cerveza que tomé con tu mamá me está haciendo efecto.
     —Si apenas bebiste un vaso para brindar por un buen viaje.
     —Suficiente para que duerma todo el trayecto. Ocho horas hasta La Paz, en paz. ¿Subimos?
     —Déjame prender el último pucho, o voy a volverme loco hasta la primera parada.
     —La realiza aquí nomás en Retiro, Gabriel.
     —¿Y quieres que me aguante hasta allí? —respondió él, risueño. Alejandra puso los ojos en blanco y esperó a que su marido terminara su dichoso cigarrillo. Cuando se percataron de que se habían olvidado de dejar en el maletero las cañas de pescar, se rieron a carcajadas y las llevaron a que las guardaran.
     El micro era uno de esos de dos pisos, y los asientos de ellos estaban en la parte superior. Alejandra ascendió, un tanto abatatada, con su mochila a cuestas, mientras Gabriel la seguía por detrás entregando los boletos al chofer. La mujer esquivó la mirada del conductor, aun sabiendo que él no la estaba observando, pero el recuerdo de la manera en que le había echado un vistazo cuando dejaba subir al del bolso vacío, le producía repelús.
     En el fondo del piso inferior del coche, atisbó al viajero sospechoso, pero enseguida lo ignoró y siguió por la escalerilla que la conducía arriba. Se sentó junto a la ventanilla y, cuando Gabriel se puso a su lado, le dijo:
     —¿Viste al tipo de camisa leñadora?
     —Sí, ¿qué tiene?
     —No trae más equipaje que el bolso que lleva cruzado, y está vacío.
     —¿Y?
     —¿No te parece raro? Son ocho horas de viaje y no trae nada.
     —A lo mejor se baja en Pacheco, o en alguna de las paradas más próximas.
     Alejandra no dijo nada y se recostó en su lugar. Su mente trabajaba a mil por hora, y pensaba cosas absurdas, como que en la ruta los podrían interceptar unos cómplices del sujeto y terminar robándoles hasta las bandejitas con comida que les daban para el viaje; o peor, que era un asesino y que adentro del bolso ocultaba una cuchilla con la que descuartizaría a todos los pasajeros.
     Decidió sacarse esas ideas tontas de la cabeza tomando unos mates y charlando con su amor. Más tarde, cuando salieran de Retiro, dormiría; en lo posible hasta Escobar. Si Gabriel quería bajar a fumar en Pacheco, Zárate o Gualeguay, que lo hiciera, pero sin despertarla.
      Y así fue. A los quince minutos de zarpar, Alejandra se sumió en el más profundo de los sueños.

     Alejandra abre los ojos somnolienta. Gira la cabeza y se encuentra con que su marido no está a su lado. En realidad no hay nadie en el micro. Se convence de que han realizado una parada. Aún es de noche y el silencio es absoluto. Se levanta de su asiento y camina por el pasillo hacia la escalerilla central. Antes de descender, se detiene ante el dispenser de bebidas y se sirve un poco de jugo de naranja helado. Lo bebe de un trago y baja. «Deben estar todos afuera», piensa, ya que allí tampoco se ve a nadie. La puerta del bus está abierta, y sale al exterior. Ni un alma a la vista, pero el panorama no solo es preocupante por eso. ¿Dónde demonios se han detenido? La zona es desértica y montañosa y no hay nada de nada en los alrededores. De pronto, el viento le trae al oído un sonido rumiante. Se vuelve hacia el micro y lo rodea por delante. Al llegar al otro lado se detiene de súbito y da un respingo. A unos cincuenta metros, más o menos, el grupo de pasajeros se encuentra aglomerado encima de un animal enorme. Alejandra no puede identificarlo, pero es muy grande, y aquellas personas lo descarnan con los dientes. Los escucha masticar y gruñir a pesar del silbido del ventarrón y la distancia. Las piernas de la mujer le tiemblan al reconocer las ropas de Gabriel en el tumulto enardecido y, por instinto, lo nombra. Todos reaccionan y se giran hacia el llamado. Las caras de esta gente se hallan deformes y empapadas por la sangre de la presa que estaban devorando. Cuando la ven a Alejandra, sueltan un chillido estridente e intolerable y se abalanzan hacia ella en estampida. La mujer profiere un grito y sale corriendo de vuelta al micro. Logra subir y cerrar la puerta en el momento justo en que la turba iracunda se pega como moscas a los vidrios de las ventanas y puertas del vehículo. Se atemoriza cuando ve que uno de ellos realiza un salto imposible de ejecutar sobre el morro del micro, se adhiere al cristal con manos y pies como una araña y comienza a rasguñar el parabrisas.
     —«No se puede borrar con el codo lo que se escribe con la mano». —Alejandra se vuelve sobrecogida por la sorpresiva expresión, y divisa una silueta sentada en el fondo. La figura se pone de pie y ella reconoce al hombre del bolso azul. La azorada mujer retrocede ante el avance del extraño, el cual se quita la correa de los hombros para desprenderse de su carga; esta se ve voluminosa, y algo se mueve en su interior.
     —Toma —dice el sujeto, y le tiende el bulto—. Ahora es tu responsabilidad.
     Alejandra comienza a decir que no con la cabeza, se lleva las manos a la boca y, tras un susurro de negativas, termina gritando:
     —¡Noooooo!

     Alejandra se irguió en su asiento, apenas consciente de que acababa de despertar. Gabriel la tomó del brazo, entre preocupado y divertido, y le preguntó si se encontraba bien. Ella suspiró y se reclinó sobre el respaldo, con una mano apoyada en la frente sudada.
     —¿Una pesadilla? —preguntó él, aun sabiendo la respuesta. La mujer asintió con la cabeza—. ¿Quieres contarme?
     —¿Me traerías un vaso con agua, antes? —pidió ella.
     —Sí, claro. —Gabriel se levantó y fue en busca de lo solicitado.
     Alejandra ojeó por la ventanilla y advirtió la oscuridad de la noche. Por lo visto ya habían pasado por Retiro. ¿Cómo había sido posible que no se hubiera despertado?
     Su esposo regresó y le ofreció el vasito descartable. Ella se bajó el contenido de un trago.
     —Despacio —advirtió él—. Vas a ahogarte.
     —Soñé con el tipo del bolso azul —habló Alejandra, y tragó saliva.
     —La curiosidad de saber por qué viaja tan liviano de equipaje te tiene mal, ¿no?
     —Parece que sí, ja, ja, ja. —Gabriel se le unió a la risa—. ¿Por qué no me despertaste en Retiro?
     —Lo hice, pero estabas muerta.
     —Qué lo parió. —Alejandra se restregó los ojos con las manos—. ¿Tomamos unos mates y te cuento la pesadilla?
     —Bueno. —El hombre sacó el juego de mate de la mochila que estaba entre los pies de su mujer, y marchó a llenar el termo con agua caliente.
     Bebieron hasta vaciar el recipiente. El sueño de Alejandra se convirtió en una anécdota a los pocos minutos de charla. Sin darse cuenta, ya habían arribado a Pacheco. Esta vez, Alejandra bajó con el resto de los pasajeros. Cuando estaba por descender del micro, miró de soslayo hacia el fondo, y allí descubrió al viejo arrellanado en su lugar. Desvió la vista y bajó a toda prisa.
     Gabriel prendió un cigarrillo y ella lo abrazó por la cintura. Tenía un poco de frío. Pero en realidad estaba nerviosa. Se sentía una estúpida, pero no podía evitar la inquietud que el desconocido le causaba.
     —No baja —soltó ella.
     —¿Quién? —Alejandra señaló con el mentón hacia el micro. Gabriel acompañó con los ojos la dirección del gesto y divisó la silueta de alguien sentado—. ¿Por qué no lo dejas en paz y te lo quitas de la cabeza? —requirió Gabriel, un tanto hastiado.
     —Es que tengo un mal presentimiento.
     —No me vengas ahora con tus premoniciones baratas. Esas novelitas de terror que lees te están atrofiando el cerebro.
     —No seas malo —dijo ella dándole una palmada en el pecho.
     —Mejor subamos, que me estoy cagando de frío.
     —Siempre tan fino él.

     El gigante de dos pisos está deshabitado y en penumbras. Alejandra se encuentra de pie, de espaldas a la cabina del conductor. Con ambas manos, sujeta con fuerza los respaldos de cuero de los asientos que tiene a sus flancos. En el medio del pasillo, iluminado por el fulgor de una luna llena, se destaca el bolso deportivo de poliéster. Está abultado, y la tela se tensa y cede como si lo que estuviera allí dentro buscara una vía de escape. El corazón de Alejandra bombea sangre a sus sienes, y su garganta se comprime de pánico. Quiere huir, pero no puede; está yerta. De pronto, la cremallera del bolso empieza a descorrerse, y se desliza lentamente hasta abrirse del todo. Un quejido se eleva en el aire, proveniente de adentro de aquella cosa, y, de forma imprevista, veloz, un ser horrendo —un bosquejo abominable de un bebé concebido por Botero y finalizado por algún delirante pintor surrealista— sale de allí directo hacia Alejandra, quien estalla en un estruendoso alarido de pavor.
     Los brazos de la aterrada mujer se abren en cruz y queda despojada de sus ropas como si alguna entidad invisible se las rasgara de ambos lados. La criatura se prende de ella como una garrapata; con lo que aparentan ser sus piernas, por la cintura, y, con lo que parecen brazos, por el torso. Entonces, el monstruo abre las fauces para succionar uno de los pechos de Alejandra. El dolor que la muchacha experimenta es indescriptible. ¡Aquel ser se está amamantando! Poco a poco, Alejandra percibe cómo el monstruo le va sorbiendo hasta la sangre de su organismo. Las fuerzas la abandonan y todo se vuelve borroso.

     Cuando despertó lo hizo llorando. No era un llanto desconsolador, pero sí lo bastante aflictivo como para que su esposo lo advirtiera. Él le preguntó si estaba bien y ella le respondió que sí, que solo se había tratado de un mal sueño.
     —¿Otra vez con lo mismo? —consultó él.
     —No —mintió ella—. Ni siquiera lo recuerdo.
     El resto del viaje lo efectuaron en silencio. La mayoría de los pasajeros dormían, y su marido hacía lo mismo, con la cabeza colgando hacia el lado del pasillo, y con la boca abierta. En cambio, ella no. Se mantenía desvelada y pensaba en el sujeto de abajo. Intentó apartárselo de la mente escuchando un poco de música que tenía en el celular, pero le fue imposible. Intuía que algo no andaba bien. No era normal que sufriera esas pesadillas sin motivo. En un instante bajó la vista hacia sus manos, y se encontró con que sus nudillos estaban blancos por la presión que ejercían los dedos al clavárseles las uñas en las palmas. Alivió la tensión y prestó atención a las marcas sangrantes que se había infligido. No les dio importancia y contempló indiferente por la ventanilla el paisaje nocturno.
     En el momento en que el micro realizó su parada en Zárate, Alejandra bajó junto a Gabriel para tomar un poco de aire fresco. Cuando Gabriel encendió un cigarrillo, ella le pidió que le convidase uno.
     —¿Vas a fumar?
     —Sí, ¿por?
     —No, por nada —dijo él, y le tendió el paquete—. Ale, ¿seguro que estás bien?
     —¿Me veo mal?
     —Bueno, algo nerviosa.
     —Puede ser.
     —Y…
     —¿Por qué no me dejas de romper las pelotas, eh?
     —¿Me tienes que hablar así?
     —¿Acaso no dices que me ves nerviosa?
     —Sí, pero…
     —Bueno, porque me ves nerviosa, te hablo como te hablo.
     —Buen punto —dijo él, dubitativo—. Subo. Cuando te calmes, te espero arriba.
     Otra vez en marcha hacia La Paz, Entre Ríos. Alejandra se enfrascó de nuevo en el tipo del bolso, quien, para colmo, tampoco había bajado la parada anterior. Eso no era natural, cualquier persona necesita estirar las piernas luego de tantas horas de viaje. La situación la estaba volviendo loca. Intentó leer el diario, pero no le fue posible concentrarse. Así permaneció un buen rato y, sin darse cuenta, comenzó a adormecerse hasta caer rendida.

     Alejandra transpira. Tiene la boca abierta y el entrecejo fruncido. Se mece hacia delante y atrás en intervalos regulares. Se halla desnuda. Sabe que el sujeto del bolso la está penetrando por detrás, pero no puede evitarlo. Le duele y le encanta. Siente las acometidas de la ingle de él en sus nalgas en cada enardecido movimiento de pelvis. Una de sus manos, grandes, ásperas y callosas, la sostiene de un hombro, mientras la otra soba uno de sus pechos oprimiéndole el pezón. El hombre jadea, y ella percibe la viciada respiración antes que su lengua le lama la oreja y el cuello. Alejandra suelta gemidos reprimidos a cada embiste trasero. Él baja la mano que la sostiene del hombro para que sus dedos se abran paso en la vagina, y comienza a masturbarla de manera frenética. La velocidad del meneo aumenta, así como el empuje del hierro caliente, que de forma impetuosa deja escapar su secreción dentro de ella. Alejandra no se controla, contrae su cuerpo a fuerza de espasmos y acaba junto con él. Siente correr el semen de él y su propio flujo entre sus muslos y sus piernas, y escucha el ¡plop! que produce el miembro al retirarse de su ano.
     Se deja caer de rodillas, abatida, satisfecha, y frente a su rostro aparece el bolso azul con el cierre abierto. Del interior surgen unas manitas de bebé que juguetean con el aire.
     —Ha llegado el momento de tu designio —oye Alejandra que sentencia el hombre a sus espaldas.
     Un llanto se alza de la garganta del bebé, al que no se le ve su complexión, y, de pronto, un potente chorro de sangre se proyecta escupido desde donde está la criatura, hacia arriba. Alejandra se ve empapada por aquel plasma pegajoso, resbala y cae boca arriba, justo para ver al dueño del bolso reír a carcajadas, con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las gotas encarnadas.

     Alejandra Graziano despertó como si hubiera estado ahogándose en el fondo del mar. Con una mano en el pecho, y la otra clavando sus dedos en la pierna de su esposo, se irguió hacia delante con la boca en forma de un óvalo deforme, y los ojos como huevos duros. Algunos de los pasajeros se voltearon a curiosear, pero ella permanecía en su mundo de pesadillas.
     Gabriel, preocupado, le pasó un brazo por los hombros y le acarició el rostro.
     —¡¿Ale, qué te pasa?! —quiso saber él.
     Alejandra lo contempló con los ojos brillantes, anegados en lágrimas. Bajó la vista a su entrepierna y se cubrió allí con ambas manos.
     —Me indispuse —soltó ella—. Voy al baño.
     Agarró la mochila y se levantó, pasó arrebatada empujando las piernas de su pareja y salió precipitada por el pasillo. Gabriel la observó bajar la escalerilla sin saber qué hacer.
     Alejandra sabía que no estaba en fecha del período. ¡Había eyaculado durante su pesadilla! Se sentía sucia, ultrajada. Aquel viejo inmundo la había vejado. Era inverosímil, cierto, pero lo había hecho. De alguna manera se había introducido en sus sueños con el fin de darle a conocer un propósito del cual ella no pensaba formar parte. La obligó a ver aquellas cosas terribles y la había… ¡la había violado! Se gritaba este pensamiento una y otra vez, tratando de olvidar la evidencia de que lo había gozado, a tal punto de despertar mojada.
     Así anduvo por el pasillo de abajo. Se acercaba al lugar donde viajaba el hombre, pero pasaría a su lado lo más rápido posible. Al acercarse entrecerró los ojos y se lanzó hacia la puerta del baño, la cual abrió con brusquedad y cerró con mayor violencia aún. La trabó y, sin esperar un segundo, se arrojó sobre el inodoro, donde vomitó todo lo que había ingerido en las últimas horas. Las arcadas parecían llevarle el estómago hasta la garganta. Las venas del cuello se le tensaron, y las escleróticas se llenaron de relámpagos rojos. Una vez que vació su estómago, se dejó caer abrazada a la taza. Estaba agotada. Se quedó allí, llorando de impotencia.
     Oprimió el botón para hacer correr el agua, se levantó del piso y se enjuagó la boca en el lavatorio. Se lavó la cara y se secó con una toalla de mano que tenía en la mochila. Sacó un paquete de protectores diarios y tomó uno de ellos. Se quitó las zapatillas para poder quitarse los pantalones. Se desprendió de la bombacha mojada y se limpió la entrepierna con las toallitas húmedas que utilizaba para el exceso de grasa del rostro. Mientras lo hacía, volvió a llorar.
     Se acomodó el apósito y se subió el pantalón. Tendría que seguir el resto del viaje sin ropa interior; esta la tuvo que envolver en papel higiénico. Ya no volvería a usarla jamás.
     Respiró con profundidad mirándose al espejo. Estaba dispuesta para salir, cuando unos golpes a la puerta la sorprendieron.
     —Ocupado —dijo.
     —¿Se encuentra bien?
     «Oh, por Dios, es él», se dijo en un brote de desesperación interna.
     Por un instante se quedó muda. Su cuerpo empezó a sacudirse como una rama fina y vieja que está a punto de quebrarse a causa de un fuerte viento.
     —Estoy bien —se oyó pronunciar, y habría jurado que las palabras no habían salido de su boca.
     —¿Quiere que vaya por su marido?
     La estaba probando, era eso. Sabía quién era ella y que se encontraba acompañada. La había estado vigilando todo el tiempo. No, no solo eso. Él había mantenido relaciones con ella. Ahora más que nunca se hallaba segura de ello. Cerró los ojos unos segundos y todo lo que creyó que eran sueños se le dibujó en la mente como certezas horrorosas.
     —Sí, por favor —casi bramó al abrir los ojos—. Si sabe quién es, dígale que venga a buscarme.
     —Por supuesto, aguarde un momento —respondió el hombre. Se lo escuchaba preocupado y servicial, pero no caería en su trampa. La quería a ella. Sí, ahora lo comprendía todo. El bolso no constituía más que una grotesca metáfora de su placenta. Él era un demonio. Quería poseerla para dejarla embarazada del anticristo, y así endemoniar a toda la raza humana. Eso era lo que le evocaban sus vívidas pesadillas. Y no lo permitiría, no. No, no, no y no.
     Pum, pum, pum, pum, pum.
     —Ale —llamó su marido al otro lado de la puerta—. Ale, ¿estás bien?
     Alejandra tragó saliva, reconfortada al escuchar la voz de su esposo. Estiró el brazo para destrabar el cerrojo de la puerta y se vio expelida contra esta, con suma violencia. Su rostro impactó de lleno contra la madera y la sangre manó a borbotones de su boca y su nariz. Rebotó hacia atrás y la cadera dio contra el lavatorio. El golpe la impulsó de costado y fue a parar contra el inodoro de plástico duro, el cual se desprendió del suelo y se partió en dos. El cuarto de baño se había convertido en un lavarropas industrial y ella estaba aprisionada dentro sin poder salir.

     Alejandra parpadea y esa simple señal de vida le duele horrores. Se encuentra recostada en una posición incómoda. Intenta moverse y siente un aguijón clavarse en su hombro: está dislocado. Se acomoda como puede y pega una patada dolorosa a la puerta que la había mantenido encerrada. Esta se abre como si fuera una tapa y es entonces cuando cae en la cuenta de que el micro debió chocar y volcar de costado. Ella yace sobre los cristales del espejo del lavatorio. Cada movimiento que intenta hacer le supone un suplicio. Aun así continúa esforzándose por ponerse en pie.
     «Es otro de esos sueños», se dice para sus adentros, convencida. Se asoma por el rectángulo del marco y el panorama que tiene delante no es nada alentador. Hay cuerpos revolcados por doquier. Da la impresión de que todos están muertos, cosa que la persuade más todavía de que está soñando. Busca con la vista a su marido y lo encuentra despatarrado a pocos metros, con el cuello en una postura impracticable hasta para el mejor de los contorsionistas. Alejandra sale de su hueco y avanza sorteando respaldos de cuero, equipajes y cuerpos hasta Gabriel. Va lamentándose paso a paso, chorreando, con la boca abierta, lágrimas, mocos y sangre. Cuando llega junto a Gabriel, lo envuelve en un abrazo maternal y lo acuna desconsolada. Entonces, una mano se posa sobre su hombro herido. La contusión y el espanto le obligan a proferir un alarido estridente y se aleja como puede de ese contacto inesperado. Al advertir de quién se trata el individuo que la había tocado, su rostro se transforma en una mueca deforme repleta de rabia y, con inconmensurable vehemencia, se lanza sobre el tipo que había tratado de dominarla desde que había abordado el micro.
     Antes de que pueda decir nada, Alejandra agarra de los cabellos al hombre de camisa a cuadros rojos y negros y, entre espantosos chillidos, le aplasta la cabeza una y otra vez contra una de las ventanillas, que en este caso sirve de suelo. El cristal astillado se resquebraja cada vez más, pero la mujer no para de golpearlo hasta que no ve que la sangre pasa de roja a gris, y de gris a negra.
     Lo suelta con asco y cae de espaldas, gimiendo a más no poder. Mira en torno suyo en busca de testigos del homicidio, pero no hay nadie que pueda juzgarla. Y de manera casi oportuna, su mirada choca contra lo peor de sus pesadillas: el bolso azul.
     Allí está, solo, en medio del desastre. Parece puesto allí a propósito, listo para que ella lo tome.
     Alejandra se incorpora y se estira hasta el condenado objeto. Lo aferra de una de sus asas y tira hacia ella. El simple contacto con aquella textura es repulsivo. Lo siente en cada centímetro de la piel. El bulto llega hasta su regazo y Alejandra lo palpa, temblorosa.
     —No soy responsable de ti —susurra, y descorre el cierre.



22 comentarios:

  1. ¡Qué historia! Contiene todos los ingrediente del terror puro y duro al que nos tenés acostumbrados Raúl. Desde sangre hasta sexo, pasando por inmejorables toques de pánico.
    Me gustó muchísimo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Sebastián!
      Gracias por leer el relato. Se te extrañaba por acá ;)
      Otro abrazo para vos.

      Eliminar
  2. ¡Excelente!
    Mucho terror, y del mejor.
    Los intervalos de los sueños en medio de la trama son geniales, muy difíciles de lograr. Y uno termina metiéndose en la cabeza de Alejandra, no pudiendo discernir, finalmente, si los sueños fueron sueños... o no.
    El final abierto lo mejor que le pudo pasar a la historia.
    ¡Felicitaciones, Raúl! Es muy bueno.
    Un abrazo en la distancia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Juan!
      Esa fue la idea principal: dejar que decida el lector si todo es real o un simple delirio de la protagonista. De ahí el hecho de no develar de más en el final.
      Me alegro que te gustara.
      Saludos.

      Eliminar
  3. Muy bueno... muy paranoico y bueno. Surreal a todo lo que da... es un buen ejemplo de un relato Onírico y excelente... Pobre Ale, me dolió por ella! jajajaja

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajajaja, gracias por leer y por comentar, Carmen.
      Saludos.

      Eliminar
  4. Oh, oh, oh. IMPRESIONANTE.
    Raúl, ya te lo han dicho todo los amigos que han comentado el relato, así que, a lo sabiamente comentado por Sebastián, Juanito y Carmen, solo puedo añadir que me parece genial el contraste que has conseguido entre los episodios oníricos (en los que has logrado hacer tangible esa atmósfera opresiva que caracteriza a las peores pesadillas, encarnando a la perfección la naturaleza delirante y ominosa de las mismas) y las escenas más "cotidianas" del viaje (los diálogos entre Alejandra y Gabriel, la pareja de los protagonistas), escenas que actúan como contrapunto de los pasajes oníricos y relajan la tensión del relato para volver a agarrar del cuello al lector y angustiarlo de nuevo cuando este se halla más desprevenido.

    ¿Te puedo pedir algo? ja, ja, ja. Si alguna vez incluyeras a este troyano en uno de tus relatos, puedes no ahorrarte con él ningún tipo de sevicia. Cortarle el cuello, coserlo a puñaladas o que le arranquen los ojos e incluso que le meen luego en las cuencas para que le escueza ( :P ), que no seré yo quien le ponga cortapisas a la imaginación del creador, pero, por favoooooooooor, terminar con el orto roto, eso noooooooooo ja, ja, ja.
    (¡Glurrrppp, perdóneme usted la chocarrería! ;) )

    ¡Enhorabuena, escritorazo! Por aquí me quedaré, rondando a esperar el siguiente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siempre generoso a morir.
      Lo bueno de leer tus comentarios no son los halagos, sino el hecho de que señalás con exactitud lo que quiero expresar en cada escrito. Eso me pone muy contento. Como que, guste o no el relato, me indica que lo que hago me sale medianamente como pretendo que salga.
      (Me hiciste mear de risa con tu comentario, ja, ja, ja.)
      Gracias y saludos.

      Eliminar
  5. ¡Qué buen relato! Terror al por mayor.
    Lograste otra vez, un relato con descripciones tan justas que me hizo sentir el sufrimiento de la protagonista, su miedo, su desesperación, su dolor.
    La verdad que por momentos dudé que los "sueños" fueran solo eso, y si me preguntás ahora, todavía no lo se...
    ¡Me gustó mucho!

    ¡¡¡Felicitaciones!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues, yo prefiero que persista la duda a que tengan una respuesta esclarecedora.
      Gracias por leer y comentar ;)

      Eliminar
  6. Prometo mensaje, estoy en la PDA y no puedo extenderme :p, y sobretodo agujerearte a preguntas... Esto es sorprendente, digno del maestro... ¡¡¡¡Presentalo a un concurso!!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quedo a la espera, entonces ;)
      Bienvenido y gracias por pasar, Fleming.

      Eliminar
  7. ESpectacular, esto es a lo que nos tenés acostumbrados, Raúl, una historia de terror muy bien llevada y lograda... Me gustó mucho, hay de todo, en fin, todo lo han dicho en comentarios anteriores... Me da gusto leer tus relatos de terror, tenés una mano increíble...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Cristian. Tus halagos siempre reconfortan. Voy a tratar de no perder esa mano de la que hablás, para que no te deje de dar gusto leer mis relatos ;)
      Saludos.

      Eliminar
  8. Miedo angustioso. Terror. Pánico. ¡Qué manera de sufrir (yo)!

    No son sueños, ni pesadillas, es "lo siguiente". ¡Aaaaaaaaaaaah!

    ¿Podré volver a dormirme en algún autocar en mi vida? No, sin acordarme de la pobre Alejandra. Y como vea al "leñador" de la bolsa deportiva azul... ni me subo al vehículo. ¿Y si sueño?

    ¡¡El vello de punta!! Sangre a raudales.. ¿Y todo porque Alejandra Grazia-no es "una curiosona"? ¿O porque es "su designio"? ¿O por una combinación de ambas cosas?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Combinación de ambas, Marje.
      Y si soñás, todo depende de vos, je, je.
      Gracias por tu grito.
      Saludos.
      PD: Que use una camisa leñadora no significa que sea leñador, ojo ;)

      Eliminar
    2. "Que use una camisa leñadora no significa que sea leñador", a veces confundo la parte con el todo :P

      Creo que lo que ocurre es que llamamos a las ropas y a los accesorios de diferente manera:
      -la camisa "leñadora", aquí es camisa "de leñador",
      -el "bolso deportivo", ¿se refiere a una "bolsa de deportes", para llevar las cosas al gimnasio por ejemplo?

      Eliminar
    3. Aclarado ;)
      Sí, bolso deportivo es eso. Bolsa llamamos más que nada a lo que se usa para las compras. Nunca para los de viaje.

      Eliminar
  9. ooh, me encantooo¡¡¡ *o* impresionante todooooooooo¡¡¡

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegro mucho, Neiglo!; podría decir que es de mis favoritos.

      Eliminar
  10. ¡No puede terminar así!
    AAAAAAAHHHHHHHHHH

    Y yo me tomaba licencias poéticas para putear en el otro post... pfff.
    ¿Querés ser mi amigo Raulo?

    jajajaja ¡Espectacular relato!

    Sigo leyendo los demás.
    No encuentro "El pago" ¿Está en este blog? (Leí que tenías otro)

    Un detalle: Se me hace curioso volver a leer el recurso de la bestia mamando de la mina como en "Pa, ya está por anochecer"
    Imagen que te tiene en vilo, se ve :B

    Abrazo monstruoso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya somos amigos, Facu, ja.
      El pago está en este blog como La ventana -10-. Es que pertenece a la antología La ventana.
      Lo que mencionás sobre la bestia mamando, pues, no es nada curioso, eso es el síndrome del narrador repetitivo que no se da cuenta de que ya escribió sobre eso. eso es de mal escritor...
      Saludos.

      Eliminar