martes, 23 de agosto de 2011

El último acto

     A las veintiuna y quince horas salí de mi casa, como todos los días. Saludé a mis hijos, besé a mi mujer y partí rumbo al trabajo.

     El frío cortaba la cara, pero no por eso dejé de regalar una sonrisa y un gesto con la mano a mi pequeña, la cual me saludaba pegada a la ventana del primer piso del monoblock.

     Me calcé los guantes que traía dentro del bolso y ajusté la bufanda a mi cuello. Doblé en la esquina de la escuela y comencé a entonar un popurrí de canciones —aún sin componer— que tenía en la cabeza.

     Las tres cuadras que caminé hasta el puente fueron de una soledad absoluta, perseguido tan solo por una luna sonriente envuelta en una espesa bruma.

     Pasé por debajo del puente y pateé una caja de cigarrillos vacía mientras dejaba circular a un colectivo de la línea 177, antes de cruzar la calle.

     Estaba por llegar al gimnasio C & C cuando vi una bolsa de residuos negra junto a un árbol. Era de las grandes, esas de consorcio. Estaba anudada y mojada.

     Se movía.

     Fruncí el ceño y me detuve de súbito, extrañado con aquel cuadro.

     Lo primero que pensé fue que habían abandonado a un animal. Di un paso con la intención de seguir mi camino, pero me dio no sé qué dejar al pobre bicho allí dentro. Me arrimé a la bolsa y me incliné para desatarla, con cautela.

     Una pareja caminaba tomados de las manos y me miraron con desconfianza.

     Los ignoré.

     La bolsa no dejaba de moverse y estirarse, y eso me puso nervioso. Entonces se me ocurrió que, a lo mejor, lo que había adentro era una rata. Pero ya era tarde para dar marcha atrás; las puntas estaban desanudadas.

     —¿Es un animal?

     Alcé la cabeza y vi a una joven de cabellos castaños, ataviada en un tapado gris, parada frente a mí.

     —Eso creo —contesté.

     Abrí la bolsa para husmear su interior y el estómago me dio un vuelco. Retrocedí soltando una maldición, acto que asustó a la mujer.

     —¿Qué es lo que hay? —preguntó preocupada.

     La miré a los ojos, confundido, con la intención de hablar, pero sin poder hacerlo. Detrás de mí, un patrullero pasó a toda velocidad, con la sirena encendida, y mi atención se centró en la parte trasera del móvil, el cual se alejaba en dirección a la estación de trenes. Me volví nuevamente hacia la joven y balbuceé lo primero que se me ocurrió:

     —Parece… un bebé.

     —¡Oh, por Dios! —Se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido.

     Justo en ese momento, el tren en el que debería haber viajado para ir al trabajo, partía de la estación. La gente que había descendido de él comenzó a moverse en todas direcciones.

     Desde donde estábamos parados, se contaban cuatro cuadras de distancia hacia el andén. Un hombre se acercaba en bicicleta, casi pegado al cordón de la vereda de la mano de enfrente, y de pronto se oyó un silbido. Agudo al principio. Un sonido ascendente parecido al de un misil a punto de impactar en la tierra.

      Busqué la procedencia de aquella cacofonía y la muchacha me imitó. Miré al cielo oscuro y encontré un punto negro que se agrandaba a medida que se aproximaba: una bolsa negra cayó en medio del asfalto.

     El ciclista hizo un movimiento brusco al doblar el manubrio hacia la izquierda y volcó con violencia al intentar esquivar el bulto. Este se movía más enérgico que su gemelo. Me aventuré a socorrer al hombre y lo así de un brazo para que se pusiera en pie.

     —¿Quién fue el gracioso? —quiso saber el sujeto, indignado y, ¡plaf!, aterrizó una tercera bolsa.

     Contemplé unos segundos el nuevo paquete y…

     —¡AAAAAH!

     El bramido casi me hizo cagar en los pantalones.

     —¿Qué carajo es eso? —inquirió el tipo a mi lado.

     Me di la vuelta, aterrado, y vi a la muchacha en el piso con la cosa que había en la primera bolsa prendida de su entrepierna. Corrí hacia la chica y agarré a esa criatura sin piel con mis manos enguantadas. Tiré de ella con todas mis fuerzas hasta lograr quitarla, pero la maldita se trajo consigo parte del pantalón de vestir y parte de carne de la mártir. Esta se desmayó.

     Sostuve con fuerza al (¿bebé?) engendro entre mis manos y lo estrellé contra el suelo. Se removió como un pez fuera del agua y, sin haberse hecho daño alguno, gateó a una velocidad inexplicable.

     Lo que sucedió a continuación apenas puedo relatarlo…

     La criatura volvió a atacar la entrepierna de la mujer caída y, en un abrir y cerrar de ojos, empezó a introducirse en su vagina.

     No supe en qué instante el hombre de la bicicleta se había retirado. Sí supe que ese espectáculo quedaría grabado a fuego en mi retina.

     Me quedé de piedra sin hacer nada.

     Ni bien el ser acabó de ingresar por completo, el cuerpo de la joven se convulsionó y su vientre se infló como un globo.

     Unos bocinazos fueron lo que me sacaron del trance: un colectivo había frenado frente a mí y quería que le diera paso.

     Parte de la gente que había bajado del tren se estaba acercando y yo me mantenía allí, de pie bajo el fulgor de las luces delanteras del colectivo, como un actor sobre el escenario representando el último acto de un unipersonal. En eso, los silbidos se hicieron oír.

     Elevé la vista a las alturas, sin tomar en cuenta al colectivero y su bocina, para ver la lluvia no pronosticada de aquellas extrañas placentas negras.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     La historia a crear debía contener una anécdota o hecho real del autor mezclado con otro ficticio de cualquier índole, contada a modo de narrativa interna.
     El resultado fue El último acto, relato por el cual me alcé con el diploma que ven a continuación.
     La versión que leyeron en el blog está corregida, ya que la presentada en el ejercicio tenía dos errores:


1-      «Desde DONDE estábamos parados, se contaban cuatro cuadras de distancia hacia el andén.» Aquí había escrito dónde, con acento.
2-      «Unos bocinazos fueron lo que me sacaron del trance: un colectivo había frenado frente a mí y quería que le DIERA paso.»  Aquí había escrito «… que le DE paso»
3-      « Sostuve con fuerza al (¿bebé?) ENGENDRO entre mis manos y lo estrellé contra el suelo.» Aquí solo cambié el calificativo, ya que había escrito ENTE y no me gustaba como quedaba «…ENTE entre»

12 comentarios:

  1. Magnífico relato, Raúl. Inquietante y misterioso. Y el bebé de la foto acojona de veras jajaja

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  2. Gracias por darme, siempre, tu apoyo, Luis. Lo valoro mucho.

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  3. ¡Anda, no seas bobo! No tienes que darme las gracias por nada, amigo. Me encanta como escribes. Ya sabes dónde estoy para lo que necesites.

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  4. Volví a leer la parte en que estrellás al "engendro" contra el suelo y me ha vuelto a dar el mismo asco que la primera vez...
    Nada, ya sabés que me encantó el relato, por eso lo voté ;)
    Es necesario que te diga lo de siempre??? Sos GROSO Raúl, muy!!

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  5. Este relato es simplemente Genial Raúl y ese hermosos diploma esta bien merecido jeje. Tengo una curiosidad, ¿Que inspiró el titulo "El ultimo Acto"? lo relaciono con tu presencia frente a la luz del auto entre toda la multitud de personas.

    P.D. la imagen del bebe engendro esta brutal jeje aunque te cuento que me lo imagine como el bebe de "It's Alive" jejeje saludos my friend.

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  6. Marina, tus halagos van a hacer que «me la crea».
    Leo, mentiría si te dijera que al terminar de escribirla no pensé en «El monstruo está vivo», ja. Con respecto al título, es justamente por esa parte que señalás.
    Gracias a los dos.

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  7. Un relato muy loco y asqueroso....excelente.

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  8. Loco no se, pero asqueroso seguro. Gracias por leerlo, Pao.

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  9. cada relato que voy leyendo supera al anterior, felicidades Raul, pocos hay de tu genero, qe es de mis favoritos, una especie de gore si no me equivoco....me gustaria tener un poco de tu talento...felicidades

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  10. Muy amables tus palabras. Se agradecen, Kamy.

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  11. Me gusto¡¡¡ Me dio cosa lo de la criatura¡¡¡

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    1. Esa es la idea, Neiglo, que dé «cosa», y más.
      Saludos.

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