sábado, 3 de diciembre de 2011

Mi hermana Brenda

     
     Hacía tiempo que Aldana deseaba llevar al novio a su casa, pero sabía que no era posible. Aunque, pensándolo bien, su hermana se comportaba bastante «normal» desde hacía unos cuantos meses. Tal vez pudiera realizar el intento.
     No. No lo haría. Sería un riesgo desde todo punto de vista.
     Diablos, ¿por qué no? No podía seguir viviendo así. No debería permitir que Brenda la tuviera atada por siempre.
     Ya no le tenía miedo a Brenda. A partir de aquel primer ataque se había curado de espanto con todo lo que respectaba a su hermana. Ahora la observaba desde el umbral de la puerta del sótano. La veía allí, acurrucada y desnuda, encadenada al caño de gas (inhabilitado mucho tiempo atrás), dormitando. Bajó la escalera con sigilo, y al llegar abajo se sentó en el segundo escalón, con los codos en las piernas y las manos en el mentón. Soltó un largo suspiro y la llamó:
     —Brenda.
     La aludida movió la cabeza, la cual tenía hundida entre las piernas.
     —Brenda.
     Esta se removió y poco a poco levantó el rostro hacia quien la llamaba.
     La piel de Brenda era de un rojo oscuro, como sangre coagulada. Sus ojos eran dos bolas negras en las cuales uno podía reflejarse. «Cuencas polarizadas», les decía Aldana. Los dientes eran deformes y estaban torcidos en todas direcciones, y cada uno de ellos eran colmillos picudos. Estar cerca de ella era como sentarse frente a una estufa en verano. Era el maldito infierno en carne viva. Aldana dejó caer las manos y se tomó una con la otra.
     —¿Estás ahí?
     Lo único que recibió como respuesta fue un gruñido.
     —Dame una señal. Algo que me demuestre que aún eres mi hermana.
     Brenda se puso en cuatro patas y comenzó a andar hasta Aldana. Cuando el grueso collar de fierro hizo presión en su cuello, al quedar la cadena tirante, se detuvo y su rostro quedó a tan solo centímetros del de la muchacha sentada. La olfateó en el aire, se relamió, largó un bufido y se volvió dándole la espalda.
     Aldana se restregó el rostro con las manos y se puso de pie.
     —Debería matarte —sentenció ante la indiferencia del ser que llevaba su sangre, y subió por la escalera.
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     —Si tienes miedo puedes irte —dijo Cristian con sorna.
     —No es eso, pero si vuelve y nos encuentra aquí dentro vamos a tener problemas.
     —Ya te he dicho que no vendrá hasta la noche. La tengo bien estudiada. ¿Cómo crees que descubrí al Marebito*?
     —¿De veras es como la de la película?
     —Peor, Pili. Mucho peor.
     Pili asintió y Cristian utilizó su ganzúa para abrir la puerta trasera de la casa, la de la entrada al lavadero. El cuarto estaba oscuro a pesar de que era de día y los niños ingresaron en la propiedad sin ningún reparo.
     —Cierra la puerta y sígueme —ordenó Cristian—. Está en el sótano.
     Pili lo siguió sin articular palabra. Al llegar al lugar mencionado, Cristian se quitó la mochila de los hombros y se la entregó a Pili. Este la agarró y su amigo introdujo el gancho tipo llave en la ranura de la puerta de madera. Unos segundos bastaron para destrabarla.
     —Ya no fabrican las cerraduras como antes, ¿eh? —comentó Cristian guiñando un ojo a su compañero. Pili esbozó una sonrisa cargada de nervios—. Prepárate para ver lo más descabellado que hayas visto jamás.
     Cristian abrió la puerta y emprendieron el descenso.
     Pili no podía creer lo que contemplaba. Los nervios y el temor de haberse encontrado con aquella mujer desnuda le provocaron una erección, y eso lo avergonzó. Habían llegado al final de la escalera, pero no bajaron al piso de cemento. La mujer apresada se mostraba enloquecida. Se abalanzaba hacia ellos con el fin de darles alcance, pero el largo de la cadena se lo impedía.
     —¿Qué me dices? —preguntó Cristian.
     Pili no contestó.
     —Dame la mochila. —Y Pili se la pasó.
     Cristian se puso en cuclillas a hurgar dentro de la mochila y sacó un gran trozo de carne cruda envuelta en papel film.
     —Dicen que la música amansa a las fieras —recitó Cristian desenvolviendo la provisión—. Con esta, basta solo un cacho de ternera, ja. —A continuación, arrojó el manjar al monstruo.
     Pili admiró, absorto, la manera en que aquella mujer engullía. Era como una hiena hambrienta devorando a una pequeña gama. En su fascinación, no reparó en que Cristian se había arrimado a ella y colocaba, con mucho cuidado, la ganzúa en la muesca del fierro que tenía adherido al cuello.
     —¡Cristian, no lo hagas!
     —Hace tiempo que se lo vengo prometiendo. No iba a hacerlo mientras estuviera solo con ella.
     Cristian giró la mano y se oyó un sonoro clic, que hizo eco en la pieza subterránea, antes de que el collar se abriera. El niño retiró el brazo con apremio y retrocedió expectante.
     La mujer de color rojo se detuvo en seco y retiró las fauces de la comida. Luego gruñó.
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     Aldana se detuvo en la entrada de la casa y respiró profundo.
     —Tranquila, amor. —La calmó su novio acariciándole la espalda—. Te aseguro que, sea lo que sea lo que quieras mostrarme, nada hará que deje de amarte.
     —Eso lo dices porque no conoces a mi hermana Brenda.
     El muchacho frunció el ceño con media sonrisa en los labios, sorprendido por el comentario, pero Aldana no le dio tiempo a hablar; abrió la puerta y lo invitó a pasar.
     Había meditado bastante el hecho de llevar a Tomás a su hogar y contarle toda su historia. Toda la verdad sobre su vida oculta. Todo sobre Brenda. «Si me ama seguirá a mi lado», se decía una y otra vez, convencida de la seguridad que le ofrecía aquella frase. Y allí estaba, con él a su lado, a punto de develar el más oscuro de sus secretos. Obviamente no era ninguna ilusa y sabía que tenía más para perder que para ganar, pero qué mejor que intentarlo de una vez por todas. Así, por lo menos, tendría una buena excusa para despachar a su hermana si todo salía mal.
     Dejó a Tomás sentado en el sillón del living y le pidió que esperase a que lo llamara. Este asintió y estiró el cuello en espera de un beso que ella le concedió. Aldana se alejó de él y se encaminó hacia el sótano. Al llegar a la puerta, se quedó de piedra. Estaba entornada. Un calor sofocante salía por el espacio entreabierto y Aldana la abrió del todo con una mano temblorosa.
     Lo primero que encontró fue sangre en casi todos los escalones, con pedazos de «algo» que no supo especificar hasta que vislumbró una cabeza al pie de la escalera. Las piernas le flaquearon y susurraba: «nonononononononono», a medida que bajaba con pasos vacilantes. Vio la cadena con el collar de preso abierto rodeada de restos humanos, una mochila y una gorra. Giró la cabeza y descubrió a Brenda saboreando los huesos de lo que parecía el torso de un niño.
     —Maldita seas —le dijo Aldana, cerrando las manos en puños. Brenda levantó la cabeza y, al ver a su hermana, soltó el torso y, como una araña, trepó por la pared salpicada de sangre hasta situarse en un ángulo entre esta y el techo.
     Aldana sentía la furia a punto de explotarle en las sienes mientras Brenda la escrutaba desde lo alto, cabeza abajo, con los cabellos ondeando al aire y un rictus deforme en la boca.
     De pronto…
     —Aldi. ¿Estás ahí?
     …Tomás se aproximaba a la cueva. Aldana volvió la cara en dirección a la entrada y hubiera dado cualquier cosa por evitar que su novio bajara y se topase con aquel cuadro, y que la descubriera a ella con los ojos como si fueran dos «cuencas polarizadas».
*Marebito (稀人)Película de terror dirigida por Takashi Shimizu en 2004 en la que un hombre descubre a una joven, encadenada, en estado salvaje. Al ver que esta se alimenta de sangre humana, decide satisfacer las necesidades de su invitada. 
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato de terror sin reglas de redacción, y el resultado fue «Mi hermana Brenda», historia por la cual me otorgaron los diplomas que ven a continuación:

     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

viernes, 28 de octubre de 2011

La brecha


     —¿Más café? —preguntó Corti posando el vaso térmico, lleno de café caliente recién servido, en la mesa entre los brazos del interrogado.
     —¿Y él quién es? —preguntó el joven, señalando con el rostro al sujeto que estaba al lado del detective.
     —Él es…
     —Milton Parés —interrumpió el aludido, interponiéndose entre el detective y el muchacho sentado—. La persona que cree en su historia.
     —Sé bueno y cuéntale al hombre todo lo sucedido, tal cual me lo has relatado a mí. El salto por… ¿la brecha? —dijo Corti y encendió un cigarrillo.
     El joven pelilargo, de rostro pálido y lleno de pozos, suspiró.
     —Antes que nada quiero ser sincero —comenzó el muchacho mirando sus manos—: estábamos muy drogados. Llevábamos dos horas fumando paco. No imaginé que mi chica moriría de ese modo…

     En una noche oscura y silenciosa, una brecha temporal se materializó de la nada y dos figuras se vieron expulsadas de ella como si hubiesen sido escupidas.
     —¿Te encuentras bien?
     —No —respondió ella—. No debimos habernos pasado con esa porquería. Todo me da vueltas.
     —¿Dónde estamos? —preguntó él, pasmado.
     —No lo sé, pero seguimos sin regresar a nuestro planeta. No podemos permitir que nos vean.
     —¿Qué clase de vegetación es esa…?
     —¡Rápido, escóndete! —Ambos se lanzaron cuerpo a tierra detrás de unos arbustos (¿?). Temblaban. A pesar de que intentaban disimularlo todo el tiempo, no podían evitar sentir miedo.
     Agazapados, observaron pasar a una criatura llena de pelos que olfateaba todo a su alrededor.
     —Ni se te ocurra hacer algo estúpido —ordenó ella en un susurro.
     —Quiero regresar a casa —expresó él con la voz tomada—. No me gustaría morir en las garras de esa cosa, menos a mi edad.
     De pronto, unos pasos a sus espaldas los tomaron por sorpresa. Él se dio la vuelta en el momento en que una extraña criatura, con una especie de arma en lo que parecían ser sus manos, atacaba a su compañera. Él gritó aterrado y, con desesperación, se incorporó de un salto.

     —Está bien. Tranquilo. ¿Quiere un poco de agua?
     —No creí que la atacaría a ella —continuó el joven, anegado en lágrimas, sin prestar atención a lo que le ofrecía Parés. Corti estaba reposado sobre una de las paredes del fondo del cuarto saboreando su tabaco—. Aquel monstruo sacudió sus tentáculos y se abalanzó sobre Cintia. Le arrancó la cabeza en un instante. Su sangre me bañó por completo, y a punto estuve de vomitar y desmayarme. Todo al mismo tiempo. No sabía qué hacer. Pensé en huir, pero ese pensamiento me hizo sentir un cobarde. Si no hubiera sido por esa maldita brecha… Soy el causante de su muerte.
     —¿En ese momento fue en el que la brecha, la fisura temporal, volvió a manifestarse? Digo, ¿así fue como pudo escapar?
     —Cintia seguía de pie, aun sin su cabeza. Su cuerpo comenzó a corretear como una gallina degollada hasta llegar junto a mí y se desplomó en mis brazos. Yo gritaba como una puta, y solo atiné a sostenerla. La criatura se deslizó por el pasto sacudiendo sus látigos viscosos, con las fauces abiertas de una manera descomunal y su único ojo protuberante fijo en nuestros cuerpos expuestos, dispuesta a acabar lo que había comenzado. Y en ese entonces advertí que se desarrollaba encima de mí lo que resultó ser la vía de escape.

     —Cintia.
     —¿Qué?
     —No te das una idea de las ganas de cojer que tengo.
     —Confórmate con una paja.
     —Ja, ja, ja —rieron los dos al mismo tiempo.
     —Cintia.
     —¿Qué?
     —¿Te conté el cuento de la hormiguita que quería escuchar los discos de Gardel?
     — Ja, ja, ja. —Volvieron a reír.
     —Qué chiste más pelotudo, ja, ja, ja —dijo ella, y se recostó en el césped del parque.
     —¡No, boluda! ¡Cómo me está pegando esto! —dijo él exhalando el humo del paco.
     Cintia se sentó y dirigió su mirada hacia donde apuntaba la de su compañero y se quedó con la boca abierta.
     —¿Qué mierda es eso?
     —¿Tú también lo ves?
     —¡Oh, por Dios¡ —exclamó Cintia.
     Lo que presenciaban era un círculo generado en el aire semejante a un remolino, el cual había expulsado a dos criaturas inconcebibles sobre el parque. Las contemplaron deambular desorientadas hasta que se perdieron de vista detrás de unos arbustos, ocultándose de un perro que pasaba por allí.
     —¿Qué haces? —dijo Cintia sujetando al muchacho por la chaqueta.
     —Sígueme.
     —No, por favor. Quédate aquí. ¿Qué piensas hacer con ese fierro?, ¡suéltalo ya mismo!
     Él la ignoró y se encaminó hacia los extraños aparecidos.
     Con sumo sigilo llegaron a espaldas de los dos seres que estaban revolcados en el pasto y, sin pensarlo un segundo, el muchacho atacó a fierrazos a uno de ellos. La carne bajo la barra se aplastaba como la manteca y derramaba un fluido verdoso. «Sangre alienígena», pensó.
     La otra criatura se irguió, de pronto, soltando un chillido ensordecedor y se arrojó sobre Cintia…

     —Al reparar en la brecha, juraría que distinguí una expresión de sorpresa y felicidad en el rostro de la criatura, y esta se impulsó con sus seis patas hacia el centro del torbellino. Luego se esfumó.
     —Mhm… Corti, solo usted y yo estamos al tanto de los acontecimientos, ¿verdad?
     —No lo habría llamado de no ser así, Parés.
     —¿A qué hora llega el personal del establecimiento?
     —Faltan un par de horas. Quédese tranquilo. ¿Qué han hecho con los cuerpos de la chica y del alienígena?
     —Es confidencial.
     —Sí. Confidencial.
     —Quiero irme a mi casa —dijo el joven apartándose el cabello del rostro.
     —Me temo que no será posible, hijo.
     —¿Por q… —El joven no terminó de formular su pregunta: «¿Por qué no?», a causa del disparo que Parés le pegó en el pecho. Acto seguido se volvió hacia Corti, quien retrocedió con asombro y pavor, y le dio un certero tiro en la frente. Guardó el arma y marcó un número en su celular.
     —Tienen dos horas para limpiar el área. Sáquenme ya de aquí.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato de Ciencia Ficción con un 60% de diálogos, y el resultado fue «La Brecha».
     Por la manera en que está escrito el relato, lamentablemente muchas personas no lo comprendieron, pero aun así yo considero que el cuento es claro. La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

martes, 4 de octubre de 2011

Regresando a casa

Escrito junto  con Camila Carbel
    
Parece como si un tornado hubiera pasado por la ciudad. Mis pupilas no creen lo que ven: autos mal estacionados, papeles y vidrios por todos lados y tachos de basura rebalsados con miles de moscas revoloteando en torno a ellos. Avanzo y percibo un olor el cual quema mis fosas nasales, es asqueroso; sin duda proviene de la pequeña casa que tiene las puertas y ventanas abiertas, de algo podrido que está dentro. Hay edificios que también se hallan con sus entradas abiertas de par en par pero otros, como la municipalidad, se encuentran totalmente cerrados.
Advierto poca gente por las calles y reconozco a varias personas: mi vecina Melisa; el actual jefe de la firma para la cual trabajé hace muchos años; Pablito, un compañerito de la escuela a la que asiste mi hijo, y a la maestra de Tiago, mi pequeño retoño. Intento evocar el nombre de la docente y no lo consigo, creo que se llama Roxana o Romina, o algo por el estilo. La mujer me mira como sorprendida, no debe recordar de dónde me conoce, tiene más de treinta alumnos, es normal que le cueste reconocerme. Levanto las cejas a modo de saludo, pero ella me devuelve una sonrisa forzada y apura el paso. Yo decido seguir mi camino con parsimonia, mis pies me duelen bastante.


Hasta el momento no hay señales de que pretendan ingresar a la casa. Parecen idiotas. Van y vienen sobre sus pasos; se chocan entre sí. Cada tanto contemplan el cielo, duros como estatuas. Desde donde está, Julián no logra atisbar qué es lo que les demanda tanta atención pero sí sabe que es algo que brilla, ya que sus rostros se ven iluminados. Agudiza más el oído y logra captar el sonido que identifica a las luces:
—Fuegos artificiales —susurra con asombro y comprensión en las penumbras de su casa.

Se aleja de la ventana y corre la cortina para cubrirla del todo ya que no puede bajar la persiana porque está rota desde hace más de un mes. Su madre siempre regaña al padre para que la arregle y, a pesar de que este promete hacerlo, nunca la repara. Tiago, su hermanito, sigue de pie en el umbral de la arcada que divide el living del comedor. Pobrecito, no puede dejar de llorar. Ese «buuuuu» constante hubiese irritado a Julián en otras circunstancias, pero ahora le produce pena.

—Todo va a estar bien, Tiago —consuela Julián a su hermano—. No llores más.


Un horrendo aroma me persigue. No es tan fuerte como el que despedía aquella casa. Aun así me da náuseas.

Tengo tanta hambre que me comería una vaca, pero ningún negocio está abierto para poder comprar algo. Odio que la gente sea tan vaga y duerma la siesta en lugar de estar trabajando. Tendré que prestar más atención para ver si encuentro a un nuevo conocido que lleve, aunque sea, un paquete de galletas encima.
Ya pasaron veinte minutos y no doy con nadie que me resulte familiar. ¡Qué suerte la mía!

Estoy sintiendo dolor en las piernas y todavía me falta mucho por recorrer. ¡Qué fastidio!


«AAAAAAAHAAAAAAAHAAAAAAAH»

Ese coro de lamentos proveniente del exterior no es para nada confortante. Julián se pone tenso y transmite el miedo a Tiago a través del abrazo que le da y este larga un sonoro llanto. Julián le tapa la boca con pavor y le ruega que se calle.

—Sh, sh, sh, sh, sh, por favor, Tiago, no llores.

—Paaapiiiii —dice bajo la palma de la mano, gimoteando.

—Papá se ha ido al cielo, ¿recuerdas? —El tener que nombrar a su padre, quien fuera devorado por esas cosas cuando intentaba mantenerlas alejadas de la casa, le encoge el corazón. Traga saliva con dificultad y hace un esfuerzo enorme por no llorar. Tiene que mantenerse entero por su hermano. Si el pequeño lo ve doblegado, sabe que empeorará las cosas.

—Quiero que vuelva mami —dice, entonces, Tiago.
Julián lo abraza con más fuerza y cierra los ojos rogando que su madre siga con vida. Tiago la necesita. Él la necesita.


Ahí viene un hombre. Es muy alto. Mi corazón da un vuelco al reparar que lleva en las manos una bolsa con cereales. Le voy a pedir un puñado. Al acercarme noto que el sujeto es más o menos de mi edad, pero no sé si debo tratarlo de usted o simplemente tutearlo. Abro la boca para pronunciar la primera palabra y sus grandes ojos me miran fijo. Creo que mejor no le pediré nada, no aparenta ser amigable. Me da miedo, es conveniente apurar el paso.
Mi estómago no deja de hacer ruido y tengo una sensación de vacío que me está matando poco a poco. ¡Quiero comer!
¡No lo puedo creer!

El corazón me late más deprisa, mi vientre gruñe y una sonrisa se dibuja en mi rostro: descubro un sándwich, está envuelto en una servilleta de papel pero una punta del fiambre asoma por allí para delatarlo. Primero observo en ambas direcciones de la calle para asegurarme de que no venga nadie, como no hay una sola alma corro (¿?) hacia el manjar.

Lo escondo entre mis ropas y me dirijo a la biblioteca, que está abierta. Allí podré sentarme a comer tranquila. El sándwich no es muy grande, pero servirá para calmar mi apetito voraz.
Qué manera de comer, ¡por Dios! Parezco una muerta de hambre.

Ya tengo la panza llena, puedo seguir mi camino, pero no estoy con ganas de levantarme, es como si hubiera aumentado veinte kilos con ese bocadillo. Me doy impulso apoyando las manos en el inmundo piso de madera lleno de tierra y bichos muertos —un verdadero asco— hasta que al fin logro levantarme.

¿Y yo comí aquí sentada? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Por qué diablos me senté en el suelo si mi intención era estar cómoda en una silla?

¡Cómo me duelen las piernas! Casi no siento los pies, así que avanzo con suma calma. Demasiada, diría. Estoy totalmente agotada. Pero debo regresar a mi casa.


Desde que los «muertos» comenzaron a atacar al vecindario, solo han recibido un llamado de su madre, y eso había sido cuando su padre aún estaba con vida, es decir, hacía dos días. Pero Julián no quiere pensar en ello. No quiere pensar en nada. Ya bastante tiene con la imagen de aquel ser marchito y espantoso derribando a su papá (fue junto a la puerta del auto cuando intentó ir en busca de mamá) para que los demás monstruos se abalanzaran sobre él y masticaran su cuerpo hasta desmembrarlo.


Una, dos, tres cuadras. Un total de trescientos metros recorridos. Creo que voy a desmayarme. Apenas vea un banco me sentaré a descansar.

Genial, además de la fetidez que me rodea, ahora huelo a carne. ¿Alguien estará haciendo asado? ¡Qué rico! Pero no es lo que pienso, mis ojos encuentran lo que huele mi nariz. En la mitad de la vereda hay un joven con una remera muy amplia, parece que es dos tallas más grande que la suya, y un pantalón negro con unas manchas oscuras; quizás es mecánico y esas manchas son de aceite…

El tipo parece estar hambriento. Se encuentra arrodillado y con ambas manos devora lo que considero un pedazo de cerdo y no muy bien cocido, porque aún chorrea sangre.

—Disculpe. No debería comer esa carne, está cruda, le puede agarrar triquinosis —lo regaño.

—Grrrr.

Es toda la respuesta que obtengo del muchacho. Le advierto por su bien y él no contesta educadamente. Estos jóvenes de hoy… Habrá pensado que le pediría un poco. Aunque ni loca lo hubiese hecho, puedo estar muerta de hambre pero no para comer esa carne, si hasta parece humana. Allá él. Me marcho sin mirar atrás.

Estoy cerca de casa. Se empieza a ver más movimiento de personas, pero sigo sin identificar a nadie.

Al fin pude llegar. Seguro que mis hijos, Julián y Tiago, me esperan para que les lea su cuento favorito: «Alicia en el país de las maravillas.»

Qué raro que esté la puerta con llave. Y yo que salí sin mi cartera. Golpeo, pero nadie atiende. No creo que Carlos se los haya llevado, me habría avisado. Esto es muy raro. Algo no anda bien, definitivamente.


Un golpe en la puerta lo saca de sus funestos pensamientos. El cuerpo de Julián se estremece y, sobresaltado, gira la cabeza. Un nuevo golpe y silencio. Tiago suelta un grito, sofocado por la mano de su hermano que oprime su boca, y empieza a soltar lágrimas a raudales.

Una silueta delgada se recorta tras la ventana y comienza a embestirla con los puños. Julián aúpa a Tiago en el momento en que el vidrio se rompe y uno de esos muertos vivientes cae al interior de la vivienda. Este queda colgado, sujetado a las cortinas, con la mitad del cuerpo dentro y la otra mitad fuera. Lleva el torso desnudo y le falta la mitad del cráneo. Sus ojos son tan solo dos bolas lechosas y su boca abierta emite un sonido espeluznante.

Julián corre escaleras arriba con el pánico dibujado en su rostro. Llega al cuarto que comparte con Tiago y, una vez dentro, baja a este de sus brazos. Arrastra una de las camas para obstruir la entrada, empuja a su hermano al interior del placard de dos puertas y detrás le sigue él.

—Sh, sh, sh, sh, sh. —Es todo lo que «dice» Julián, apretujando a Tiago entre las ropas que cuelgan de las perchas.


En qué momento ingresé en la casa, no lo recuerdo. Estoy herida. Tengo sangre en las manos y en el abdomen. Me doy la vuelta y me encuentro con que la ventana está destrozada, los vidrios salen del marco como dientes deformes y están manchados de rojo. El cortinado está en el piso —se desprendió con el barral y todo— sobre el resto de las esquirlas.

No pude haber sido yo la que hizo semejante destrozo, no…

¿A qué huele, ahora?

Mis tripas vuelven a quejarse. Camino hasta la cocina creyendo que el aroma viene de allí, pero me detengo a mitad de camino porque la exquisitez que se respira en la casa proviene de arriba. Me vuelvo hacia la escalera y emprendo el ascenso. Me cuesta un montón subir. Me tambaleo como un borracho, y eso que estoy bien aferrada a la baranda. Llamo a los chicos y no obtengo respuesta.


«AAAAAAAAAAAH»
Aquel ser está en la escalera. Julián lo sabe. Tiago lo sabe. Ambos lo escuchan. Oyen el picaporte de la puerta y se estrechan en un abrazo. Ahora los dos están llorando.


Sea lo que fuera que huele tan delicioso, está en el cuarto de los niños. No creo que se enojen porque pruebe un bocado de lo que tengan escondido. Mañana puedo comprarles más.

Tomo el picaporte y la puerta no se abre. Pero, ¿desde cuándo cierran la puerta con llave estos pibes? ¿Será posible? No, no está con llave. Empujo hacia adentro con ímpetu y arrastro la cama que es la que me obstaculiza la entrada.

¿Cómo es posible que hayan puesto la cama de este modo sin estar dentro de la habitación?

No puede doler tanto el tener hambre. Siento que mi tubo digestivo se sacude como una cañería vieja en mal estado, y me dan calambres en las entrañas. Ay, no quiero pensar más. Quiero comer.
Solo quiero comer.


La cama es arrastrada por la puerta que, a su vez, es empujada por la no-muerta. La monstruosidad cuela un brazo por el espacio a medio abrir y logra introducir el cuerpo entero. Olfatea el aire y parece relamerse. Balbucea y babea sangre. El cerebro que asoma por el faltante de cabeza late entre jirones de cabellos y cuero cabelludo.

Julián y Tiago no tienen escapatoria. La mujer desnuda, que por fortuna no reconocen como su madre, los sorprende al abrir de golpe las puertas del placard. Los chicos se desgañitan enloquecidos y Julián intenta un fallido escape. La zombi lo aferra del pelo y le propina un tarascón que le arranca parte del cuello. La sangre salpica como una estatua en una fuente de agua y Julián muere en el acto. Tiago presencia la escena de canibalismo más salvaje que pueda imaginar y se orina encima. El hedor de este súbito percance hace que la «mujer mala» repare en él. El corazoncito del niño le martilla el pecho, desbocado.

—¡MAAAMIIIIIII! —vocifera el niño entre lágrimas, haciendo chirriar la letra «i» tal cual lo haría una tiza en un pizarrón; un sonido sibilante que desgarra los oídos. Clama por su mamá para que venga en su ayuda, ajeno a que es ella misma la que clava los dientes en su mollera para llegar a la masa encefálica y poder masticarla como si se tratara de una naranja a medio pelar.

El hecho de haber comido la rata muerta en la biblioteca y, luego, haber rechazado el cadáver humano que tenía entre las manos el tipo de la remera holgada, daba a pensar que la mujer estaba satisfecha, pero por la forma en que engulle a sus hijos, pues, aún tiene hambre. Mucha hambre.
      El hecho de haber comido la rata muerta en la biblioteca y, luego, haber rechazado el cadáver humano que tenía entre las manos el tipo de la remera holgada, daba a pensar que la mujer estaba satisfecha, pero por la forma en que engulle a sus hijos, pues, aún tiene hambre. Mucha hambre.
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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     En esta oportunidad había que escribir un relato sobre zombis en tiempo presente.
     El resultado fue «Regresando a casa», relato por el cual obtuvimos los diplomas que ven a continuación.

     La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller
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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Te veo en el granero, vaquero


1

     Tiró de las riendas para que Tosco se detuviera. Alzó la vista a las montañas y vio sobre ellas un humo azul elevarse a los cielos. «Malditos indios», susurró. Chasqueó la lengua en el paladar y Tosco continuó la marcha.

     Llevaba horas montado en su alazán. Debía descansar. Hacía más o menos unas mil yardas que se había topado con el letrero caído de «BIENVENIDOS A PAIN» y recién ahora pudo divisar una propiedad. Clavó las espuelas en Tosco y este aceleró el paso.

     Al llegar al rancho, Clayton se bajó del caballo e inspeccionó el lugar. Además de la casa, detrás de ella había un granero y más atrás se podía observar un corral con cuatro cerdos echados en el chiquero. Estaban quietos y no se movían; disfrutaban de una siesta bajo el sol en su porquería.

     Clayton se quitó el sombrero, secó el sudor de su frente con el antebrazo y se dirigió, levantando polvo en cada paso, hacia el aljibe que había unos metros más adelante. Por suerte, el balde se encontraba lleno de agua sobre el borde circular de ladrillos. Sumergió las manos en él y se refrescó la cara. Tosco relinchó; Clayton desenfundó el arma y se dio la vuelta, presto.

     —Vaya —dijo una joven rubia de cabellos rizados—, un hombre de colt.

     —No es bueno que sorprenda así a alguien que va armado, señorita.

     —Tampoco es bueno que un hombre armado irrumpa en una propiedad privada.

     Clayton devolvió el colt a su funda y sacudió el sombrero en la pierna antes de volver a colocarlo en su cabeza; lo inclinó hacia adelante con los dedos índice y medio de la mano derecha y se presentó.

     —Clayton Jewel.

     —Dakota Fray —dijo ella, impávida ante el extraño.

     —Lamento haber invadido su hacienda, es que llevo horas cabalgando, sin contar las semanas, y mi amigo está sediento —explicó, señalando a Tosco con el pulgar.

     —No es común ver a un pistolero por estos lados. Al sheriff no le gustará enterarse de su presencia.

     —No tiene por qué saberlo. No tengo pensado quedarme en el pueblo. Me urge seguir mi camino.

     —Ya veo —comentó Dakota, risueña—. Espero que tenga tiempo de mostrarme cómo usa su arma —dijo a continuación.

     —¿Cómo dice? —preguntó, extrañado, Clayton.

     Dakota comenzó a desabotonarse la camisa a cuadros y, mientras se la quitaba, le dio la espalda en cueros. No llevaba sostén.

     —Te veo en el granero, vaquero.

     —¿Qué demonios…? —balbuceó Clayton. Miró a Tosco, quien sacudía la cabeza como si aprobara la situación.

     Se encaminó tras la joven y se adentró al lúgubre granero, donde la atrevida muchacha lo esperaba recostada como Dios la trajo al mundo sobre un montón de heno.

     —¿Qué esperas para usar tu pistola? —le insinuó ella.

     —De hecho, es un revólver.

     —Es lo mismo con tal de que dispare, ¿no?

     Clayton arrojó el sombrero a un costado, se desprendió la pistolera y la tiró al otro lado y se zambulló en aquel forraje de placer.

     Besó a la mujer con salvaje pasión mientras acariciaba los contornos de su figura de punta a punta. Oprimió sus pechos con ambas manos y jugueteó con la lengua en las durezas tibias de sus puntas. Dakota gemía, caliente; sentía, en la fricción que ejercía en su empapada entrepierna, la dureza del hombre bajo el pantalón. Apoyó las manos sobre el pecho de él y lo separó de su cuerpo con la intención de dejarlo de rodillas. Este, obediente, se dejó llevar hasta quedar en la posición que ella pretendía. Dakota le desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera en busca del miembro de Clayton. Este sintió el calor de esa boca de labios de fresa envolver su pene y creyó que estallaría en cualquier momento. La sujetó de los cabellos por la nuca y la ayudó a tomar velocidad en ese sube y baja candente.

     Un leve sonido lo desconcentró. Atinó a darse la vuelta, pero Dakota, impetuosa, le bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas.

     —Métemela —le pidió Dakota.

     Y él lo hizo.

     La sujetó fuerte de las nalgas para así poder embestirla con dureza mientras que, con los dedos, tanteaba la otra posible entrada trasera, que comenzaba a humedecerse y dilatarse.

     La camisa de Clayton estaba mojada en el pecho, espalda y axilas. Unas gotas cayeron de su frente y fueron a parar a la blanca y tersa piel de Dakota, la cual mordía su labio inferior a causa de la lujuria que la acometía.

     —Eres un cerdo —le dijo ella entre jadeos.

     —Ah, ¿sí? —respondió él, cachondo.

     —Sí, eres un puto cerdo —le espetaron de atrás. Clayton giró la cabeza, vio estrellas y halos de luz ante sus ojos y luego oscuridad.



2

     Clayton abrió los párpados con mucha dificultad. El sol le lastimó la vista y pestañeó repetidas veces. Soltó un apagado gemido a través de su boca amordazada con cinta de embalar; dentro tenía una especie de bola dura que la mantenía entreabierta, pero bien sellada.

     Intentó moverse y le fue imposible, estaba atado de pies y manos tal como se ata a un ternero luego de ser enlazado, completamente despojado de ropas. De su ceja izquierda chorreaba un hilo de sangre que se escurría sinuoso por el pómulo.

     Estiró la cabeza hacia atrás todo lo que le era posible y se encontró con el corral de los puercos. Sus ojos se abrieron como platos al descubrir lo que dormía en el chiquero y que anteriormente confundiese con animales. Eran personas. Cuatro hombres desnudos y maniatados igual que él, con las cabezas afeitadas y la piel rosada, como si los hubiesen azotado por horas, o días. Pero lo perturbador de aquel cuadro era ver que ninguno tenía extremidades a partir de los codos y de las rodillas, en su lugar sobresalían huesos de sus muñones, pulidos en forma de pezuñas.

     —Hasta que el hombre de colt despertó —habló una voz femenina que no era la de Dakota.

     Clayton enderezó la cabeza y vio a una mujer de cabellos oscuros y mirada desencajada con un hacha en las manos. Llevaba puesto un delantal de cuero con manchas rojas y resecas. Detrás de ella, Dakota sonreía; traía el sombrero de él en la cabeza y su pistolera en la cintura. En una de sus manos llevaba una navaja de afeitar.

     —Ya te has revolcado con mi chica —expresó la del delantal manchado—. Ahora te revolcarás en la mierda como el cerdo que eres. Pero para eso debemos transformarte un poquitín, ¿sabes?

     Clayton las veía aproximarse. Sabía que le cortarían las manos y los pies para dejar sus huesos al descubierto a modo de patas de porcino y que lo dejarían pelado y rosado como el culo irritado de un bebé.

     Soltó un alarido con todo el poder de sus cuerdas vocales, pero el grito se vio silenciado por la bola en su boca y la cinta que rodeaba sus labios.

     —¡Cerdos! —sentenció la del hacha—. ¡Todos los hombres son unos cerdos!

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
    
     En esta oportunidad había que escribir un relato erótico en modo de narrativa externa.
     El resultado fue «Te veo en el granero, vaquero», relato por el cual me alcé con los diplomas que ven a continuación.



       La versión que leyeron en el blog está revisada y corregida respecto de la original gracias a los comentarios y sugerencias de la gente del Taller.

martes, 23 de agosto de 2011

El último acto

     A las veintiuna y quince horas salí de mi casa, como todos los días. Saludé a mis hijos, besé a mi mujer y partí rumbo al trabajo.

     El frío cortaba la cara, pero no por eso dejé de regalar una sonrisa y un gesto con la mano a mi pequeña, la cual me saludaba pegada a la ventana del primer piso del monoblock.

     Me calcé los guantes que traía dentro del bolso y ajusté la bufanda a mi cuello. Doblé en la esquina de la escuela y comencé a entonar un popurrí de canciones —aún sin componer— que tenía en la cabeza.

     Las tres cuadras que caminé hasta el puente fueron de una soledad absoluta, perseguido tan solo por una luna sonriente envuelta en una espesa bruma.

     Pasé por debajo del puente y pateé una caja de cigarrillos vacía mientras dejaba circular a un colectivo de la línea 177, antes de cruzar la calle.

     Estaba por llegar al gimnasio C & C cuando vi una bolsa de residuos negra junto a un árbol. Era de las grandes, esas de consorcio. Estaba anudada y mojada.

     Se movía.

     Fruncí el ceño y me detuve de súbito, extrañado con aquel cuadro.

     Lo primero que pensé fue que habían abandonado a un animal. Di un paso con la intención de seguir mi camino, pero me dio no sé qué dejar al pobre bicho allí dentro. Me arrimé a la bolsa y me incliné para desatarla, con cautela.

     Una pareja caminaba tomados de las manos y me miraron con desconfianza.

     Los ignoré.

     La bolsa no dejaba de moverse y estirarse, y eso me puso nervioso. Entonces se me ocurrió que, a lo mejor, lo que había adentro era una rata. Pero ya era tarde para dar marcha atrás; las puntas estaban desanudadas.

     —¿Es un animal?

     Alcé la cabeza y vi a una joven de cabellos castaños, ataviada en un tapado gris, parada frente a mí.

     —Eso creo —contesté.

     Abrí la bolsa para husmear su interior y el estómago me dio un vuelco. Retrocedí soltando una maldición, acto que asustó a la mujer.

     —¿Qué es lo que hay? —preguntó preocupada.

     La miré a los ojos, confundido, con la intención de hablar, pero sin poder hacerlo. Detrás de mí, un patrullero pasó a toda velocidad, con la sirena encendida, y mi atención se centró en la parte trasera del móvil, el cual se alejaba en dirección a la estación de trenes. Me volví nuevamente hacia la joven y balbuceé lo primero que se me ocurrió:

     —Parece… un bebé.

     —¡Oh, por Dios! —Se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido.

     Justo en ese momento, el tren en el que debería haber viajado para ir al trabajo, partía de la estación. La gente que había descendido de él comenzó a moverse en todas direcciones.

     Desde donde estábamos parados, se contaban cuatro cuadras de distancia hacia el andén. Un hombre se acercaba en bicicleta, casi pegado al cordón de la vereda de la mano de enfrente, y de pronto se oyó un silbido. Agudo al principio. Un sonido ascendente parecido al de un misil a punto de impactar en la tierra.

      Busqué la procedencia de aquella cacofonía y la muchacha me imitó. Miré al cielo oscuro y encontré un punto negro que se agrandaba a medida que se aproximaba: una bolsa negra cayó en medio del asfalto.

     El ciclista hizo un movimiento brusco al doblar el manubrio hacia la izquierda y volcó con violencia al intentar esquivar el bulto. Este se movía más enérgico que su gemelo. Me aventuré a socorrer al hombre y lo así de un brazo para que se pusiera en pie.

     —¿Quién fue el gracioso? —quiso saber el sujeto, indignado y, ¡plaf!, aterrizó una tercera bolsa.

     Contemplé unos segundos el nuevo paquete y…

     —¡AAAAAH!

     El bramido casi me hizo cagar en los pantalones.

     —¿Qué carajo es eso? —inquirió el tipo a mi lado.

     Me di la vuelta, aterrado, y vi a la muchacha en el piso con la cosa que había en la primera bolsa prendida de su entrepierna. Corrí hacia la chica y agarré a esa criatura sin piel con mis manos enguantadas. Tiré de ella con todas mis fuerzas hasta lograr quitarla, pero la maldita se trajo consigo parte del pantalón de vestir y parte de carne de la mártir. Esta se desmayó.

     Sostuve con fuerza al (¿bebé?) engendro entre mis manos y lo estrellé contra el suelo. Se removió como un pez fuera del agua y, sin haberse hecho daño alguno, gateó a una velocidad inexplicable.

     Lo que sucedió a continuación apenas puedo relatarlo…

     La criatura volvió a atacar la entrepierna de la mujer caída y, en un abrir y cerrar de ojos, empezó a introducirse en su vagina.

     No supe en qué instante el hombre de la bicicleta se había retirado. Sí supe que ese espectáculo quedaría grabado a fuego en mi retina.

     Me quedé de piedra sin hacer nada.

     Ni bien el ser acabó de ingresar por completo, el cuerpo de la joven se convulsionó y su vientre se infló como un globo.

     Unos bocinazos fueron lo que me sacaron del trance: un colectivo había frenado frente a mí y quería que le diera paso.

     Parte de la gente que había bajado del tren se estaba acercando y yo me mantenía allí, de pie bajo el fulgor de las luces delanteras del colectivo, como un actor sobre el escenario representando el último acto de un unipersonal. En eso, los silbidos se hicieron oír.

     Elevé la vista a las alturas, sin tomar en cuenta al colectivero y su bocina, para ver la lluvia no pronosticada de aquellas extrañas placentas negras.

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     Este relato nació de un ejercicio que se realizó en El Edén De Los Novelistas Brutos., página de Facebook administrada por Raúl Omar GarcíaPepe MartinezCarmen Gutierrez y Juan Esteban Bassagaisteguy destinada a la divulgación de relatos de aquellos que desean contar historias con el fin de entretener, aprender y pasar un grato momento de lectura y donde todos los sábados se publica un cuento (la mayoría de ellos referentes al género del terror) de los llamados «Fieles Lectores» —ahora devenidos en «Brutos Escritores»— que forman parte de esta humilde plataforma  literaria.
     La historia a crear debía contener una anécdota o hecho real del autor mezclado con otro ficticio de cualquier índole, contada a modo de narrativa interna.
     El resultado fue El último acto, relato por el cual me alcé con el diploma que ven a continuación.
     La versión que leyeron en el blog está corregida, ya que la presentada en el ejercicio tenía dos errores:


1-      «Desde DONDE estábamos parados, se contaban cuatro cuadras de distancia hacia el andén.» Aquí había escrito dónde, con acento.
2-      «Unos bocinazos fueron lo que me sacaron del trance: un colectivo había frenado frente a mí y quería que le DIERA paso.»  Aquí había escrito «… que le DE paso»
3-      « Sostuve con fuerza al (¿bebé?) ENGENDRO entre mis manos y lo estrellé contra el suelo.» Aquí solo cambié el calificativo, ya que había escrito ENTE y no me gustaba como quedaba «…ENTE entre»